LA ESCAPADA ROMÁNTICA. Ana Tort

Laura llevaba varios meses organizando su viaje con Carlos al Parque Natural Torres del Paine, al sur de Chile, por sus bodas de plata. Se había ocupado ella de todo, porque trabajaba en una mayorista de viajes y conseguía siempre muy buenos precios y condiciones. Se iban los primeros diez días de febrero, cuando en el hemisferio sur es verano y se pueden visitar los imponentes glaciares y el parque natural sin riesgo de morir congelado.

Carlos tuvo el día antes de su partida, un cosquilleo permanente en el estómago que no supo si eran nervios, desarreglo gástrico o una premonición de que algo iba a ocurrir. No estaba seguro que de fuera buena idea irse con su mujer tan lejos a celebrar un matrimonio que, por su parte, hacía años que estaba roto. Pero no se había atrevido a decirle a Laura que no quería ir, podría ser el fin de su unión. Y estaba Raquel, dos años ya de relación, ¡qué barbaridad!, que le prohibía dejar a su mujer porque ella no estaba dispuesta a separarse de su marido, veinte años mayor que ella, quien le proporcionaba una situación social privilegiada y mucho tiempo libre, pues viajaba con frecuencia por trabajo. Carlos tampoco quería separarse, apenas se peleaba con Laura, de hecho, casi no se hablaban y estaban sus dos hijos que, aunque eran mayores y podrían entender un divorcio, lo mejor para ellos era crecer en una familia unida. Para qué iba a buscarse problemas si tenía una casa donde vivía a gusto, una mujer que se ocupaba de que estuvieran perfectamente atendidas sus necesidades y las de sus hijos y una amante impresionantemente guapa a la que no tenía que proporcionar el altísimo nivel de vida a la que ella estaba acostumbrada. Como se decía las pocas veces que tenía remordimientos: “No hago daño a nadie con esta situación”.

Laura estuvo torcida todo el día previo al del viaje. Se había enterado de la existencia de Raquel un año antes, de sopetón: su marido la llamó un día para decirle que tenía una cena de trabajo y llegaría tarde – ¡cariño, un rollo que se alargará mucho, no me esperes! -y no colgó bien, de manera que ella oyó sus siguientes palabras: -ya está, tenemos toda la noche para nosotros…- Pero lo verdaderamente doloroso fue su tono, ese que ya nunca usaba con ella y que era toda una insinuación. Los primeros días sintió una rabia que no le permitía trabajar, ni comprar, ni cocinar, solo oía la voz de Carlos diciendo: “tenemos toda la noche…” Se dedicó a buscar alguna prueba de su infidelidad y la encontró en las facturas del móvil de su marido donde un número se repetía todos los días varias veces desde hacía meses.  Entonces sintió dolor, tanta pena que le costaba no llorar por cualquier tontería: un anuncio donde se abrazaban dos personas, una canción de amor en la radio, la pareja que se besaba en el coche de al lado aprovechando el semáforo en rojo… Luego sintió odio, no quería verlo, llegaba tarde de trabajar, lo evitaba los fines de semana haciendo planes con sus amigas, se acostaba y levantaba antes que él. Pero poco a poco y casi sin darse cuenta, empezó a serle indiferente: “Que el cretino de mi marido haga lo que le dé la gana, mientras su sueldo siga llegando y a mí me deje en paz.”

Raquel estaba emocionada con el viaje. En los dos años que llevaba de relación con Carlos, él casi nunca había decidido nada, y menos, una escapada romántica juntos. Y estaba la forma en que se lo había propuesto, por carta y con tanto misterio. No sabía dónde iba, sólo que debía llevar ropa de abrigo, el pasaporte y que eran varios días. Suerte que Roberto, su marido, se iba por esas fechas a Chile por trabajo, así ella podía ausentarse también sin levantar sospechas. Él nunca la llamaba a casa, siempre al móvil y sobre la misma hora, las diez de la noche, por lo que sería fácil aparentar que seguía en Madrid. Hacía días que no se veía con Carlos y, respetando su deseo, no había mencionado el viaje. Él lo dejaba claro, era una sorpresa y ésta empezaba por ni siquiera comentarlo. Tenía que ir al mostrador número cuarenta y tres de Iberia el martes a las ocho de la tarde donde le darían su tarjeta de embarque. Se verían en el avión. ¡Cuántas precauciones tomaba! Pero mejor, que ella no quería arriesgar su matrimonio por una aventura con un hombre con el que tenía tan poco futuro.  A ver si este viaje servía para recuperar la ilusión en su amante. Empezaba a aburrirle, iban a los mismos lugares y hacían siempre las mismas cosas. Incluso en el sexo tenía poca iniciativa e imaginación. Ella se acostaba con Carlos y con Roberto, alguna vez incluso con los dos el mismo día, y seguía gustándole y apeteciéndole, mientras que a Carlos, al que le constaba que hacía meses que no tocaba a su mujer, había días que era casi imposible llevarlo a la cama… Pero no era el momento de pensar en eso, ya decidiría si continuar con él a la vuelta de su viaje.

El martes a las ocho menos cuarto de la tarde, Carlos y Laura llegaron al aeropuerto. Carlos paró el coche frente a la terminal para bajar las maletas cuando vio a su mujer rebuscando en su bolso con gesto de preocupación.

– ¿Qué ocurre?

– ¡No encuentro mi pasaporte! – Laura se bajó del coche y volcó el contenido de su bolso sobre el asiento.

– ¿Y ahora qué? – Carlos también había salido y estaba junto a ella.

– ¡No lo sé! -Laura le miró a los ojos, pero enseguida apartó la mirada – Me voy volando a casa. Intentaré tardar lo menos posible. Toma tu billete y las maletas, ve a facturar y espérame junto a la puerta de embarque.  – Mientras hablaba, le había tendido su billete y se fue a abrir el maletero.

-Deja, esto ya lo hago yo. ¡Date mucha prisa!

– No te preocupes que llegaré, el avión sale a las diez.

Raquel llegó a las ocho y media, como siempre, con retraso. Pero esta vez por un excusable motivo. Roberto también se había ido al aeropuerto y antes quiso acostarse con ella como despedida. Luego se tuvo que volver a arreglar y se demoró un poco más de lo habitual para no coincidir. En cualquier caso, él viajaba en primera clase y esperaba el embarque siempre en la sala vip. Así que Raquel sólo tenía que quedarse en una cafetería apartada y ser de las últimas en entrar en su avión. De esta manera, seguro que no se encontrarían. En el mostrador cuarenta y tres de Iberia le dieron dos billetes: Madrid- Santiago de Chile y Santiago- Punta Arenas para una hora después de aterrizar. – ¡Oh, no! -exclamó demasiado alto para lo que ella hubiera querido. La azafata le explicó que la gente que viaja a Punta Arenas es porque va a Torres del Paine, los glaciares, una maravilla, etcétera. Ella sonrío forzadamente, suerte que había mirado el billete de Roberto y sabía que él volaba en Lan Chile. Pero, aun así, podían coincidir al llegar. – ¿Es muy grande el aeropuerto de Santiago? -Pues sí, mucho, hay varias terminales. Es muy moderno y nuevo.

Raquel dudó si darse la vuelta y salir literalmente corriendo del aeropuerto, para no arriesgarse a que todo se torciera para siempre, o hacer una locura e ir a recorrer un país y una zona que le apetecía muchísimo visitar. Su marido viajaba tanto por trabajo que en sus vacaciones no quería más aviones ni hoteles, por lo que ella llevaba al menos cinco años sin conocer un lugar nuevo fuera de España.

Carlos pasó seguridad mirando hacia atrás todo el tiempo, a ver si veía llegar a Laura. Ya había facturado las dos maletas que, como siempre, había preparado su mujer y tenía su tarjeta de embarque. Laura había logrado que les sentaran en clase ejecutiva. Decidió esperarla tomando una cerveza en el primer bar que encontró.  Dudó en llamar a Raquel para avisarla de que se iba de viaje, pero de un tiempo a esa parte, se veían menos y ella estaba rara. Mejor desconectar unos días, “¡que me eche de menos!” Viendo que pasaba el tiempo y ya avisaban para el embarque llamó a Laura, que le dijo que estaba todavía en el coche, a punto de llegar, que fuera entrando en el avión. Maldiciéndola en voz baja, entró y se aposentó en su sitio, el primer asiento lado ventana detrás de las tres filas de primera.

Raquel entró de las últimas. Allí estaba Carlos, ojeando la revista de la compañía. Fue a sentarse a su lado vacío, junto al pasillo. En ese momento empezaban a entrar los pasajeros de primera con una copa de champagne en la mano que les habían entregado en la puerta. Las azafatas se movían por todo el avión ayudando a colocar las maletas y bolsas en los portaequipajes encima de los asientos.

Carlos miró a Raquel con asombro:

– ¿Qué haces aquí, estás loca?

– ¿De qué hablas? ¡Si tú me has enviado el billete! ¿No es nuestra escapada romántica?

Carlos se percató de que un hombre se había quedado a su lado en el pasillo sin disimular que los observaba.

– ¿Y usted qué mira? -le gritó.

– A mi mujer – respondió el aludido sin apenas emoción en su tono. Raquel se giró, miró a Roberto, se levantó, besó a su marido y con una sonrisa forzada:

– Cariño, quería darte una sorpresa, pero me han colocado en este asiento en vez de uno a tu lado en primera.

– Sí, por lo que he podido escuchar, está claro que querías darme una sorpresa.

Roberto se fue a sentar, ya empezaban a dar por megafonía las instrucciones para el despegue. Raquel cayó en su asiento. Carlos la miraba con la cara descompuesta.

– ¿Has dicho que has recibido el billete de mi parte?

– Sí, ¿no me lo has enviado tú? – Se esforzaba por no llorar.

– No, se suponía que viajaba con Laura.

-Pues Roberto se suponía que iba en Lan Chile.

-Esto tiene una explicación, Iberia y Lan Chile tienen código compartido. Cuando no se llenan los dos aviones, juntan a los pasajeros en uno.

El avión empezaba a moverse hacia atrás cuando se oyó un fuerte y agudo aullido de mujer seguido de sollozos incontrolables.

Laura en esos momentos hablaba por teléfono con su abogado mientras un cerrajero cambiaba la cerradura de su casa. ¡Cómo le hubiera gustado ver la cara de Carlos y Raquel!

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