LA NOVIA TEMPLADA. Juana Boullosa

Nunca había sabido porqué sentía tanta vergüenza de sí misma. Eso fue lo que me
confesó Alicia un día. Quedé sorprendido por sus palabras, también por su sinceridad, ya
que no es común que reconozcamos ante los demás nuestros problemas o debilidades.
Nunca habría imaginado que Alicia, mi novia, pudiese decir aquello. Según ella, sentía
una culpabilidad muy fuerte, algo dentro de ella no estaba bien; pero no sabía qué podía
ser, tardó mucho tiempo en identificar esa incómoda sensación, al principio ni siquiera la
reconocía como tal. Ese aspecto de su personalidad, junto con otro más gravoso, siempre
se había interpuesto en nuestra relación. Yo intenté ayudarla muchas veces, de diferentes
maneras. Pero los dos veíamos que aquellas sensaciones negativas eran algo recurrente.
Durante mucho tiempo estuvo confundida creyendo que esos sentimientos eran producto
de algún complejo o trauma infantil, tan de moda actualmente. Yo intuía que descubrirlo
no habría de ser tan evidente ni sencillo.

En todos los demás aspectos Alicia parecía la mujer perfecta, al menos a mí. Era
guapa, alegre e inteligente. Destacaba su calma y educación, rara vez se alteraba por nada.
Para mí esto era una suerte, ya que no podía soportar a las mujeres gritonas y zafias. En
cuanto a sus defectos casi no podría mencionar ninguno, quizás los celos. Si, Alicia era
algo celosa. Hablaba muy poco de su familia, era huérfana. Vivió siempre en un pueblo
cerca de Salamanca, con unos tíos maternos y su primo Juan, los cuales se hicieron cargo
de ella. Más tarde vino a Madrid para estudiar enfermería, aquí nos conocimos. Una vez
me dijo que le hubiese gustado ser hija única, para no tener que compartir a sus padres
con nadie, ¡qué idea! Pensé.

A veces invitábamos a conocidos a comer en nuestra casa de campo, la cual se
encontraba cerca de su pueblo, al que por cierto casi nunca quería ir. Esos fines de semana,
ella disfrutaba mucho con nuestros amigos, allí podía desarrollar ese afán suyo de agradar
y ser hospitalaria. Le gustaba atender a los demás, a veces demasiado. “Me gusta cuidar
a la gente” decía. Gracias a su profesión podía seguir desarrollando todo ese altruismo y
necesidad de ayuda por los demás que sentía.

Todo me parecía idílico con ella hasta que tratábamos ese tema tan problemático para
nosotros: la intimidad. Junto a sus continuos sentimientos de vergüenza y culpa Alicia
sentía un absoluto rechazo y miedo al sexo. Sufría mucho, ya que, en el fondo temía que
yo la abandonase debido a ello. Quizá por eso intentaba agradar en todos los demás
aspectos, aunque los dos sabíamos que llegaría un día, en el que todas esas atenciones no
serían suficientes para seguir unidos. Buscamos ayuda en muchos sitios para “su
problema no identificado”, como lo llamaba ella, poniendo un poco de humor, como
quitando importancia, aunque cada vez tenía más miedo. Los resultados siempre eran
nulos. Su resistencia a estar conmigo no provenía de una dolencia física. Lo peor fue
escuchar que tampoco tenía ningún problema psicológico que pudiese
explicar aquello. Era muy extraño para ella y para mí, incomprensible.

“Voy a ir a un terapeuta nuevo que me ha recomendado una compañera del hospital”
me dijo Alicia un día. Estaba muy animada con la idea, le habían hablado muy bien de él
y sus modernos métodos. Yo, al contrario, no tenía demasiada fe, habíamos repetido este
proceso varias veces, sin ningún resultado positivo. Pero decidí callar mis pensamientos,
no quería desanimarla. Al contrario, la animé a que probase. Quiso ir sola, cosa que me
extrañó, ya que siempre quería que fuese con ella.
Con el paso de los días y las semanas Alicia empezó a cambiar poco a poco. Estaba
más animada, con más fuerza y confianza en ella misma. Eso era algo nuevo para mí,
nunca la había visto tan segura; hasta daba la impresión de que andaba diferente, más
erguida y ligera, como si se hubiese quitado un peso de encima, y así había sido ¡ya lo
creo! Según pude saber después. Yo iba preguntando cómo estaba, qué tipo de terapia
recibía. En definitiva, quería saber todo lo que le estaba ocurriendo para que se hubiese
transformado de esa manera. Pero ella no parecía tener ganas de contarme muchos
detalles, casi siempre me daba largas cuando le preguntaba sobre el tema. “Estoy mucho
mejor, Luis, y eso es lo que importa, no quiero perder más tiempo hablando de tristezas
y de las aburridas sesiones con el psicólogo” decía. Estaba intrigado, pero también
contento y satisfecho ¡por fin! Por lo cual tampoco quise insistir más, me di cuenta de que
sea lo que fuere que había solucionado en su interior, no le era cómodo compartirlo con
nadie, ni siquiera conmigo. Así que, si todo iba bien ¿para qué preocuparme? mi intuición
me decía que era mejor no ahondar más.
El tiempo fue pasando felizmente con Alicia, la cual me parecía ahora otra mujer
distinta a la que conocí, liberada ya de esas complejidades de su carácter. Un día un amigo
que es médico me invitó a acompañarle a un congreso. Allí conocí a algunas personas
muy interesantes, como aquel psicólogo con el que entablé conversación, se llamaba
Pablo. Cuando aquella tarde empecé a hablar con ese hombre no podía imaginar lo
importante que sería para mí. Me comentaba sobre su trabajo, sus investigaciones y
resultados. Al parecer era un profesional muy reconocido gracias a sus tratamientos con
hipnosis, la cual, me explicó, solo la utilizaba en casos difíciles y resistentes a otro tipo
de terapias.

Su tema me interesaba mucho, era curioso y empecé a preguntarle por ello. Él contó
casos y anécdotas sobre historias reales que había tratado en su consulta, algunas
sorprendentes, por supuesto sin dar ningún nombre, ya que debía guardar el secreto
profesional. A uno de esos casos le presté especial atención. Se trataba, según Pablo, de
una mujer joven a la que atendió hace un tiempo; por lo visto, tenía fuertes bloqueos
emocionales y la trató con éxito gracias a las novedosas modificaciones que él introducía
en la hipnosis Ericksoniana. La historia me interesaba cada vez más por los detalles del
caso, muy familiares para mí. Parece ser que aquella paciente pudo recordar sucesos de
su vida ocurridos muchos años antes, cuando todavía era casi una niña. Hechos tan
desagradables y traumáticos que su mente los borró de su memoria para protegerse. Según
él, esto era muy común en algunas personas, pero difícil descubrirlo; porque acceder al
inconsciente no es fácil en todos los casos, especialmente cuando existe una “fidelidad
familiar” según sus palabras.

Según iba escuchando su relato y los detalles de la historia de aquella mujer, sentía que
empezaba a ponerme algo nervioso. A cada nuevo dato sobre ella que Pablo daba, más
intranquilo estaba yo. Cuando me interesé por el nombre de la mujer, él no quiso
contestar, pero yo insistí. Le pregunté si su nombre era Alicia Cuevas, él no respondió,
pero no hizo falta, ya que me miró muy sorprendido al escuchar ese nombre. Los dos
sabíamos que era ella. Sentí que me estaba mareando, tuve que esperar un rato sentado en
uno de los sofás para tranquilizarme antes de volver a casa.

Cuando llegué Alicia estaba ya dormida. No quise despertarla, no estaba preparado
para saludarla con un beso como si nada pasara después de saber lo que sabía de mí
pacífica y calmada novia, estaba incómodo. Necesitaba un poco de tiempo para pensar,
no estaba seguro de qué actitud tomar a partir de ahora. Temía que al contarle lo que sabía
surgieran nuevos problemas entre nosotros. ¿Podría confiar en ella a partir de ahora?
Seguía conmocionado, quería descansar antes de tomar alguna decisión. Me acordé
entonces de la frase: “el que busca encuentra”; en esos momentos pensé que mejor
hubiese sido no saber nada.

Esa noche apenas pude dormir, cuando lo intentaba imaginaba esas horribles escenas
narradas por Pablo: aquella niña furiosa y llena de odio, golpeando con una piedra la
cabeza de su primito Juan hasta dejarle sin vida, con un ensañamiento impropio de su
corta edad. Todo ocurrió cerca del huerto familiar, allí solían jugar juntos. Siempre pensé,
al igual que todos en el pueblo, que la muerte del niño había sido provocada por un tipo
un poco raro que andaba por allí en aquellos días, y que se acercó a los dos niños esa tarde
con no buenas intenciones, ese fue el testimonio que dio ante los mayores la pequeña
Alicia, con su carita asustada y roja. Nada pudieron averiguar sobre aquel hombre y su
supuesta culpabilidad, pues huyó al saberse acusado y perseguido por la Guardia Civil.

Ella nunca contó a nadie su secreto y había quedado claro en este tiempo que
tampoco tenía intención de compartirlo conmigo. Si yo también callaba igual estaría
engañando, no sería sincero con ella. Al final los dos tendríamos algo que ocultar y no
estaba seguro de que eso fuese bueno para nuestra relación. Además me preguntaba ¿a
partir de ahora la podría seguir queriendo igual? ¿quizás debería temerla? Me había
sorprendido lo poco que la conocía después de algunos años juntos. En esos pensamientos
estaba cuando Alicia se despertó, y sonriendo me abrazó, mirándome con sus bonitos ojos
castaños. Por un momento no reaccioné, estaba algo asustado. Pero enseguida me relajé
en sus brazos, y al respirar su aroma recordé lo mucho que la quería. Así pues: a partir de
ahora los dos tendríamos un secreto.

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