LA OTRA VIDA. Carol Simón

PRIMERA PARTE

CAPITULO 1

Recuerdo aquel lugar como si ya hubiese estado antes. Las imágenes se acumulaban en mí cabeza y me producían un ligero dolor parecido al que sentía después de escuchar una larga conferencia en algún lugar del mundo.

Eran las diez de la mañana y brillaba un sol que no lograba calentar el húmedo ambiente en Tampa, Florida, donde yo había nacido. El otoño no hacía más que empezar y las hojas se iban desprendiendo de los árboles como si de una fina lluvia se tratara. A las diez horas cogí un vuelo destino Praga.

El frío no me dejaba pensar con claridad. A las once de la mañana aún esperaba en aquel bar de Praga, encantador y a la vez muy acogedor. Ya no me daba tiempo de disfrutar del paisaje porque al día siguiente tenía que volar a Richmond, donde tenía una bonita casa con unas preciosas vistas y cómodamente equipada. Sí, era una casa sobretodo muy práctica.

Su esbelta silueta apareció por la vieja puerta del local cuyo camarero se movía ágilmente de mesa en mesa atendiendo a todo aquel que deseara algo.

Me hizo una señal y se dirigió a mí casi con el paso enfurecido.

-¡Hola Mark!

– Hola Katy. ¿Hace tiempo que esperas?. ¿Quieres tomar algo?. Me voy a pedir un café y unos bollos.

-No gracias, yo ya he desayunado. ¿Tienes un cigarrillo?

Mark era un ser encantador, medía metro ochenta y tenía un hermoso pelo castaño. Sus labios, bien perfilados,  escondían una hermosa dentadura. Vestía unos vaqueros y una camisa de rayas azules, de seda.  Los zapatos marineros le daban al conjunto un aire deportivo.

La joven le dejó el café y los bollos encima de la mesa, mientras Mark cogía un cigarrillo y lo encendía nerviosamente.

-Bien Katy, ¿a qué se debe esta repentina cita?

¿Qué quieres de mí? Pídeme cualquier cosa. Sabes que si está en mis manos, te ayudaré.

– Gracias Mark, creo que necesito tú colaboración. Debo hacer un viaje a Honduras pero primero pasaré por Richmond para arreglar unos asuntos. ¿Me quieres acompañar? Debo descubrir porque Jim Black fue allí el verano pasado. Lo asesinaron el otro día y a mí me han dado el caso. Tal vez, encuentre alguna conexión. Mañana viajaré a Richmond y el jueves cogeré un vuelo a Tegucigalpa.

Me explicaré.  Black cogió un vuelo desde Miami a Honduras. Viajaban  él y su familia. Se cree que tiene negocios fraudulentos en varios lugares donde también figuran Miami, Orlando, París… Todo un elemento, ya ves.

Se hospedaban en el hotel más céntrico de la ciudad y pasaron unas semanas de turismo. Por otro lado, tengo testigos que juran haber visto a Black en Orlando, curiosamente también con su familia, los mismos días, por lo que creemos que  tiene dos familias o un doble o no sé qué demonios pensar… ¿Entiendes algo?. Yo no, la verdad. Como no encuentre más pistas o testigos que aclaren el asunto, me temo que no resolveré el asesinato pero, ¿de quién?. Del primer Black o del de Orlando. Estoy hecha un lío, creo que se ha tomado demasiadas molestias.  Es un industrial de la madera y en Honduras abunda, pero conociendo un poco aquel país me temo que no hay agua limpia en este asunto.

– A menos –interrumpió Mark-, que, este tal Black fuera algo más que un simple industrial de la madera y como ya me has contado, también un vulgar traficante de todo aquello que tenga un precio, ¿no?

-Sí claro, debo saber que le llevó a Honduras. Tengo que encontrar algunas respuestas. Tal vez encuentre alguna explicación. Deseo saber el origen de esta intriga.

Mark se había pedido otro café. Conforme me hablaba notaba sus penetrantes ojos clavados en mí. Estaba absorto. La duda hacía mecha en su tez suavemente bronceada.

Katy, a todo esto, ¿conocías al tal Black? –espetó Mark de repente y bajándome de la nube en la que me había instalado.

-No, estoy trabajando en este caso hace una semana y no tengo datos verificados. Era un tipo que sabía moverse muy bien, ambiguo, desconocido para la policía, -no le quería dar más datos a Mark, aunque la verdad, tampoco tenía tantos-.

Jim Black era un hombre de cincuenta y cuatro años, nacido en Texas.  Había amasado una gran fortuna, presuntamente, con la venta de madera, y eso le hacía viajar y pasar largas temporadas en distintos lugares. La “familia oficial”. Eva, su primera mujer, había trabajado de enfermera hacía unos años y al casarse, lo dejó. Tenían dos hijas, Rose, de doce años y la pequeña Lucy, de ocho. Esta era la breve historia que expliqué a Mark.

-Comprendo, musitó él con voz tenue, apagada, absorto en sus pensamientos. Parecía lejano, en otro planeta. Cuando volvió en sí susurró: ¿O sea que no lo conociste en persona?

Sí, en verdad lo vi en una fiesta en Miami pero no fuimos presentados. Toni Lincha me invitó a la inauguración de su galería de arte y Black era uno de los muchos invitados. Vestía elegantemente con un traje de lino pulcramente planchado de color beige. Toni me presentó a su esposa Marta y recuerdo vagamente nuestra conversación. Fue muy breve. Hablamos de arte, de lo que yo entiendo poco,  y le pedí a Toni que me trajera algo de beber. Al rato, volvió con tres Martini y la conversación se debió a temas más cotidianos.

¿Cómo?-me interrumpió Mark-. ¿Tú conocías al sr Black? ¡Qué casualidad!, yo también lo conocí  en una fiesta que celebró en su casa por Navidad. Una fiesta espléndida.

El dato que me dio Mark era muy interesante, pues por casualidad, el jefe de policía Mathew, también fue invitado a esa fiesta según supe al volver de mis vacaciones en Acapulco y él me informó que,  el distinguido Sr. Black trabajaba para la policía como confidente. Era un espía de guante blanco investigando los trapos sucios de la alta sociedad. Por supuesto, estaba muy bien considerado y trabajaba tan pulcramente que era capaz, incluso,  de burlar al gobierno que le pagaba.

-Traficante, espía, confidente… demasiado para una persona de doble vida o tal vez no. Puede que sea eso lo que le permitiese actuar con tanta eficacia y tener una reputación de máximo nivel entre sus colegas.

A las 7:45h tomaba un avión con destino a Richmond. El vuelo fue de lo más normal a excepción de tres o cuatro turbulencias que despertaron a todo el pasaje. Llegó el desayuno pero fui incapaz de probarlo, el café era horrendo y las tostadas con mantequilla y mermelada bastante secas. Desayunaría después en mí café favorito del centro Martins, un local acogedor que conocía desde siempre. Martin lleva su negocio con mucho mimo, conocía las preferencias de todos y cada uno de sus clientes: cafés largos, cortos, con leche, sin azúcar…Tras el aterrizaje y con sólo una maleta de cabina no tardé mucho en coger un taxi  y dirigirme a Martin´s, donde me esperaba un exquisito café con bollos calientes. Deliciosos bollos que hacía la Sra. Michels, una vecina que desde siempre cocinaba para Martin una excelente cocina que daba al local una reputación reconocida por todo el mundo.

Sentada en una mesa del fondo, con intimidad, me dispuse a devorar el desayuno. No tardó en aparecer por la puerta el viejo Charly con su antiguo bastón y el sombrero de ala ancha desgastado por el tiempo y una mala limpieza. Todo parecía en su sitio, todo, excepto un joven del cual yo, no sabía nada y que, por supuesto, no reconocí.

  • Martin, por favor, acércate un momento,- le espeté sin vacilar- ¿Podrías decirme quien es ese joven tan atractivo?
  • Joe Mayers ha venido hace poco de New York y se dedica a la compra-venta de terrenos. Un chico muy agradable, si te soy sincero, y generoso con las propinas…
  • ¿Eso es todo? ¿Algún chisme interesante?
  • Soltero, o eso dice, trabajador, culto, nacido en Chicago, 36 años, no sé…¿Qué quieres saber concretamente?
  • Nada en especial, un poco de todo. Gracias. ¡Ah!, muy buenos los bollos, como siempre.

Apuré el café, engullí los bollos y una vez que me fumé mi cigarrillo, pagué la cuenta y salí del local a toda prisa. Me estaban esperando y yo estaba esperando el momento de volver a ver a mí viejo amigo Lucas.

A Lucas no le gustaba esperar. Siempre decía que era una falta, muy grave, de educación hacer esperar a otra persona. Por supuesto no soportaba a la gente que lo hacía esperar. Nos encontramos en la plaza de la Libertad que estaba presidida por una gran estatua de no sé qué personaje ilustre del siglo IX. Como siempre que lo veía, acordábamos quedar en un banco a la izquierda de la plaza. Sin lugar a dudas nos reconoceríamos al instante por mucho tiempo que pasara.

-Hola Lucas, ¿cómo estás?

-Bien, gracias. Mejor dicho, como siempre.

– Te he citado hoy para ver si tú me puedes ayudar en un asunto que tengo entre manos.

– Explícate Katy, soy todo oídos.

Lucas había sido, hace ya un tiempo, mi amante, pero debido a su trabajo pasaba largas temporadas en el extranjero, entre otros países Honduras. Era catedrático de historia y daba cursos y conferencias por todo el mundo. Debido a esto, Lucas conocía perfectamente el país, por lo que podía ser muy útil para obtener información.

Brevemente le expliqué toda la información que yo tenía de Jim Black. Las dos historias, por si tenía alguna información, lo conocía de algo o simplemente había oído hablar de él. Le comenté la posibilidad de que fuera un tipo introvertido y celoso de su intimidad, solitario. Tal vez o por el contrario, abierto, espontaneo, simpático. Al fin y al cabo era un vendedor.

Lucas en principio no tenía ni idea de lo que le estaba hablando pero prometió indagar todo lo posible con sus contactos y amigos. Al fin nos despedimos, no si antes prometer tenerme informada lo antes posible.

La llamada de Lucas no tardó en llegar. Eran las tres y cuarto del día siguiente cuando cogí el teléfono, me alarmó el tono y la excitación de Lucas. El mensaje era corto: olvídate de todo, es peligroso.  Y colgó. Probé una y otra vez ponerme en contacto con él, pero no contestaba, apagado o fuera de cobertura, me indicaba una y otra vez la voz femenina al otro lado. Desesperé pero no podía quedarme quieta pensando, debía actuar y pronto.

Recogí mis cosas, pocas a decir verdad, aunque muy útiles para un viaje fugaz a Honduras. En el aeropuerto comí un sándwich de queso poco apetecible, una cola y un café. Había que pasar el tiempo. El próximo vuelo salía a las ocho.

Tévez estaba al tanto de mi visita y de mis razones, por eso la conversación fue corta pero muy productiva. Anticipándose a mi visita, el sargento había recopilado todos los datos que se pudieron salvar del maltrecho archivo: fotografías, contactos, negocios, llamadas…Todo lo relativo al Sr. Black.

Montones de informes se acumulaban encima de mi cama y tenía poco tiempo para leerlos. Al día siguiente había quedado con Javier Ruiz, el que fuera socio en el negocio de madera de Black. Confiaba que me pudiera dar una visión del personaje del que teníamos pocos datos en Richmond, pero me encontré que él sabía muy poco del asunto.

Tévez recibió un llamada de Ruiz que le confesó que sabía quien había matado a Black.

-¡Hable por el amor de Dios! Espetó inquieto.

Un silencio que pareció durar una eternidad. Por fin pudo articular palabra.

-¡Es él, es el hermano de Olivia!

-¿Cómo? ¿Qué? ¿Qué le ha dicho?

-Siéntese por favor.

Yo estaba hecha un lío, confusa, sin respuestas.

Por lo visto, Lolo, el hermano de Olivia se quiso vengar por haberla engañado, y sin más, le disparó. No fue por dinero, ni celos, fue por el honor de la familia.

Al día siguiente ya estaba en Tampa en mí cafetería preferida. Como siempre Mark llegaba tarde. Como siempre yo le esperaba encantada.

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