LA PRINCIPAL. Francisco de Asis Roca

Tocaban a difuntos. Un desconocido permanecía impertérrito de espaldas al campanario, con la mirada fija en el lúgubre automóvil que encabezaba la procesión. Detrás, con paso firme a pesar de los altos tacones, iba Daniela, de riguroso luto; un velo cubría su cabeza y parte del rostro. La seguía el resto del pueblo, que avanzaba en silencio. Un sol de justicia hacía el trayecto insoportable.

El coche se detuvo, apagó el motor y esperó a que la gente entrara. Quedaron fuera la viuda, el difunto y él. Dos hombres sacaron el ataúd y lo colocaron sobre una plataforma con ruedas frente a la puerta de la iglesia. El hombre se acercó hasta rozar las mejillas de la mujer, le susurró algo al oído y se fue. Ella entró a la iglesia detrás del féretro.

El funeral duró hora y media. El sermón del padre Eulogio fue muy emotivo. Don Casimiro era muy querido en el pueblo y podían contarse muchas cosas buenas de él: le gustaba ayudar a la gente, era generoso, desprendido y paciente. Casi todo el mundo había pasado por La Principal. Así llamaban a la fábrica de hilaturas de Fuensalida, que él presidía desde que la heredó de su padre en 1963. Además, era propietario de más de trescientas hectáreas de campo, que tenía arrendadas a muchos paisanos, muy agradecidos también. En los momentos difíciles siempre echaba una mano.

Murió víctima de un fulminante ataque al corazón durante la celebración de su setenta y cinco aniversario. Cada año, La Principal, organizaba una gran fiesta a la que estaba invitado todo el pueblo. Era el acontecimiento más esperado. Se servían buenos vinos y platos típicos de la zona: perdiz estofada, carcamusas, cochifrito, migas, y los dulces que a Don Casimiro tanto le gustaban. El personal de la fábrica se encargaba de todo con la consigna de no escatimar en gastos. La fiesta empezaba a mediodía y duraba hasta la noche tras el brindis y el baile que amenizaba la orquesta del pueblo.

Pero esta vez la fiesta acabó antes. Los músicos habían entonado el Cumpleaños feliz, y todos lo cantaban copa en mano mirando hacia el entarimado donde don Casimiro acompañaba a Daniela, su joven esposa. Antes de que acabara la canción cayó desplomado. Enseguida subió gente a atenderlo. Al principio se oían gritos de angustia. Luego hubo un silencio sepulcral hasta que llegó la ambulancia. Los gestos del médico hacían pensar lo peor. De madrugada se confirmaba la muerte de don Casimiro. La noticia corrió de boca en boca extendiéndose por Fuensalida en el acto.

Ahora ella era el centro de todas las miradas. Estaba sola en el primer banco. El luto sentaba bien a su cuerpo estilizado. Nadie entendía por qué don Casimiro, un hombre tan bueno y cabal, con setenta y cuatro años cumplidos, acabó casándose con aquella romana de solo treinta y tres. Se conocieron durante una visita de la Asociación Italiana de Maquinaria Textil a La Principal, donde ella acudió en calidad de intérprete. Todo el día tradujo las explicaciones de don Casimiro y las preguntas de la comitiva. Él enseguida sucumbió a sus encantos. Al cabo de seis meses, al regreso de un viaje, apareció en el pueblo con Daniela, a la que presentó como su mujer. La noticia fue una bomba que desconcertó a todo el mundo.

Apenas un año después lo enterraban en el panteón familiar. Nunca se había concentrado tanta gente en el cementerio de Fuensalida. El ayuntamiento declaró tres días de duelo oficial.

Al día siguiente, en la fábrica, todas las máquinas pararon. El Consejo de administración había anunciado a los trabajadores el cierre de La Principal, durante tres días de duelo. Las banderas ondeaban a media asta.

Juliana, la mujer de Federico, el guarda de la fábrica, sollozaba desconsolada repitiendo: ¡Qué va a ser de nosotros! ¡Qué va a ser de nosotros! Vivían en una casita instalada en la parte de atrás de la finca. Se encargaban de la vigilancia y del cuidado de dos mastines, que soltaban todas las noches en el recinto hasta las cinco de la madrugada.

–No llores, cariño, que estarán a punto de llegar –le dijo el guarda a su mujer intentando calmarla–. Voy a la garita a esperarlos.

Eran las nueve menos cuarto de la mañana. Los perros ladraron y poco después sonó el timbre de entrada. Federico descolgó el telefonillo y tras pronunciar un entrecortado Buenos días, pulsó el botón que abría la verja.

Esperó a que entraran los coches, diez en total, y volvió a cerrar la puerta. Aparcaron en las plazas que tenían reservadas. Luego, en silencio, los consejeros accedieron al edificio donde se encontraba la sala del Consejo. Sobre la mesa había termos de café y bandejas con pastas. Juliana lo había preparado como le dijeron. Ocuparon todos los asientos excepto el presidencial. El ambiente era de absoluta consternación. Estuvieron en silencio un par de minutos mirándose entre sí. Don Pelayo, amigo íntimo de don Casimiro, y vicepresidente de la compañía, se puso en pie, fue hacia la puerta y se aseguró de que estuviera bien cerrada. Luego volvió a su butaca y se sirvió un café. Aquel gesto hizo que los demás se animaran a desayunar. Poco a poco, el ambiente se tornaba más relajado y cortés: ¿Le sirvo?; Sí, por favor; ¿Una pasta?; Gracias… Don Pelayo esperó a que todos acabaran.

–Señores –empezó su discurso–: La semana pasada, don Casimiro presidía esta misma mesa. Desde ayer descansa en paz eternamente junto a su familia. Pero estoy seguro de que siempre le tendremos presente entre nosotros –oído esto todos se levantaron y aplaudieron durante unos instantes–. No les hablaré de las bondades de nuestro querido presidente –continuó mientras volvían a sentarse–, de eso ya se encargó cumplidamente ayer el padre Eulogio en su responso. Les he convocado para desvelarles algo de vital importancia.

Hizo una larga pausa, mirándolos uno a uno y cargando de solemnidad lo que iba a decir.

–Hace tres meses –continuó–, mi buen amigo Casimiro me confió un grave problema referente a Daniela, su mujer. Dijo que al medio año de casados empezó a notarla distante. Un día, por casualidad, volviendo del trabajo antes de lo habitual, la vio bajar de un coche un par de calles antes de llegar a casa. Durante la cena le preguntó en qué había ocupado la tarde, y ella contestó que estaba algo destemplada y que prefirió no salir de casa, leer y relajarse. La mentira le afectó tanto que aquella noche casi no pudo dormir. Después de pensarlo mucho contrató un detective privado. El informe de su investigación confirmaba que Daniela se encontraba a escondidas con un hombre.

En la sala empezaron a murmurar todos a la vez.

–¡Señores, señores, por favor déjenme acabar! –gritó don Pelayo para continuar con su relato–. Según el detective, en ninguna ocasión se vio a la mujer en circunstancias que hicieran pensar en un romance; más bien, todo lo contrario. En las fotos que le mostraron parecía coaccionada. Entonces don Casimiro quiso saber más y pagó una importante suma de dinero a la agencia para que continuaran investigando. El día de su aniversario se enteró de que el hombre de las fotografías era un capo de la mafia calabresa. Me dijo que lo había visto durante la cena. Estaba muy nervioso. Poco después ocurrió el fatal desenlace. Ayer, el tipo estaba en la plaza de la iglesia observando la llegada del cortejo.

De nuevo el silencio invadió la sala. Don Pelayo levantó su mano derecha y con pausados gestos indicó que esperaran. Luego pulsó el botón del intercomunicador y dijo:

–Que pase.

La puerta se abrió y entró una persona cabizbaja que escondía el rostro con la capucha de un chándal. Tímidamente se acercó hasta llegar a la mesa.

–No te preocupes querida –le dijo don Pelayo–, aquí estás a salvo.

Entonces ella alzó la cabeza y, quitándose la capucha con ambas manos, descubrió su identidad. Al instante todos se pusieron en pie. Era Daniela, la viuda de don Casimiro. Nadie se atrevió a decir nada. Don Pelayo la invitó a ocupar el sillón de su marido. Luego indicó a los demás que volvieran a sentarse.

Ella tenía el semblante abatido. Sus ojos cansados y vidriosos revelaban que había pasado la noche llorando. Le acercaron un vaso de agua. Dio un sorbo y secó sus labios con una servilleta. Luego miró a don Pelayo.

–Ayer, después del entierro –retomó su discurso el vicepresidente–, recibí una llamada de doña Daniela instándome a que acudiera a su casa urgentemente. Lo que ella dijo, me ayudó a atar cabos con lo que ya sabía y que hace un momento les he desvelado. Después de valorar la gravedad del asunto y consciente del peligro que entrañaba, le sugerí que nos lo expusiera ella misma.

Dicho esto, se giró hacia Daniela y con un gesto le cedió la palabra.

–El hombre de cuya foto les habrá hablado don Pelayo se llama Fabrizio –dijo con voz entrecortada–. Es el menor de los Ronccatti de Catanzaro, una conocida familia calabresa propietaria de varios locales de ocio nocturno en el sur de Italia, donde trafican con drogas. Le conocí en Roma, en La Escuela de Idiomas. Entonces era un chico simpático y educado, protegido por su madre, a la que adoraba, y que se esforzaba en mantenerlo al margen de la mala vida que llevaban sus hermanos, dirigidos por Enzo Ronccatti, el Pater familias, un hombre cruel capaz de cometer las peores atrocidades –Daniela paró para beber agua–. Todo fue bien hasta que al cabo de dos años murió la sua mamma. Fabrizio cayó en una profunda depresión que le obligó a pasar una larga temporada en la casa familiar. Intenté ayudarle, pero sus hermanos me lo impidieron. Cuando se recuperó ya no era el mismo. Empezó a trabajar en los negocios de la familia. Se volvió agresivo y dominante conmigo. Llegué a pasar tanto miedo que no tuve más remedio que dejarlo y regresar a Roma. No volví a saber nada más de él. Pasé una temporada sola y triste, hasta que conocí a Casimiro. Enseguida conectamos. Viajaba a Roma para verme. Dábamos largos paseos charlando, me invitaba a cenar y siempre me sorprendía con algún detalle. Acabó conquistándome. Me sentía tan bien con él, que la diferencia de edad no supuso ninguna barrera. A los seis meses ya estábamos casados.

Se detuvo un instante mirando a los diez consejeros que, embobados, seguían sus explicaciones.

–¿Les aburro? –preguntó poniendo cara de circunstancia.

–¡No, no, para nada! ¡Continúe, por favor! –se apresuraron todos a responder suscitándole una leve sonrisa.

Entonces Daniela, como si acabara de acordarse de algo malo, frunció el ceño e inclinando la cabeza hacia la mesa continuó:

–Y cuando más feliz era, volvió a aparecer Fabrizio. Me sorprendió un día saliendo de casa. Llevaba una pistola escondida con un periódico. Me obligó a subir a su coche y me llevó hasta un descampado lejos de Fuensalida. Estaba fuera de sí. Me decía gritando que o volvía con él o mataba al viejo, y que me daba dos semanas para arreglarlo. Me vi un par de veces más con Fabrizio. Yo le suplicaba y él me recordaba los días que le quedaban de vida a mi marido. Hasta pensé dejar a Casimiro después de su fiesta de cumpleaños, pero… ya no fue necesario –dicho esto acabó llorando.

–Descansa un poco, querida –le sugirió don Pelayo.

Ella levantó la cabeza y con la mirada perdida continuó:

–Ayer me esperaba en la puerta de la iglesia y, antes de que entraran el féretro, se acercó el muy cerdo y dijo: no me ha hecho falta matarlo. Estate a punto mañana por la noche. O vienes conmigo o te irás con él.

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