LA SAGUAGUA (SAWAWA). Carlos Eduardo Mendoza

No sé, nunca más supe de ella. Quiero pensar que sí, que la guardó y la sopla cuando se siente sola y que de este modo nos sentimos unidos.

Mientras yo repetía el quinto grado escribía con una letra muy mala. No trabajaba con delicadeza y mis dedos agrestes aprisionaban el lápiz y lo afincaban con más fuerza de lo necesario, dejando un rastro de garabatos.

Cada vez que la maestra salía del salón y todos se levantaban a hacer bromas, me paraba frente al ventanal y miraba el huerto que habíamos sembrado. Sacaba mi saguagua, un instrumento de bambú muy delgado que me había enseñado a elaborar un indio y el cual tenía en el lomo una lengüeta y unos hoyos. Al soplarlo generaba un sonido melancólico, que variaba según los hoyuelos que tapara.

—Siéntate —me dijo Leonor, mi compañerita de estudio del quinto grado, que había quedado con la tarea de mantener el orden en el aula–. Y guarda inmediatamente esa cosa.

Me dirigí a mi lugar sin protestar. Me hicieron bromas por dejarme dominar por una chica, pero no contesté nada. No sé por qué razón. Leonor sonrió, tratando de esconder cierto orgullo.

Unos días después, casi todos jugaban voleibol y yo los observaba meditabundo mientras soplaba mi saguagua. Entonces apareció Leonor, me tomó por el brazo y me condujo hasta uno de los salones. Revisó mis cuadernos y me obligó a corregirlos, a borrar algunas palabras, escribirlas de nuevo y a practicar los ejercicios de matemáticas.  Al final, indicó:

—Mañana te espero a la misma hora. ¿Está claro?

Balbuceé algo, sin embargo Leonor no me entendió y me hizo repetir varias veces lo que le había dicho.

—¡Abre bien la boca! —dijo mirándome—. Mañana practicaremos.

Y de allí seguimos. Todas las tardes Leonor se sentaba a practicar conmigo. Me entregaba ejercicios de matemáticas, de caligrafía para embellecer la letra y, por último, me hacía pronunciar palabras o leer en voz alta fragmentos de libros, con el propósito de mejorar mi dicción.

La maestra reconocía pequeños avances, pero otros niños me negaban cualquier mejora, en especial María Silvia.

—Volverán a rasparte  —decía sonriendo.

También corrió la voz de que yo reprobaría el año de nuevo, que lo había escuchado directamente de la maestra.

—Yo no quiero que me raspen otra vez —dije con timidez a Leonor.

—No vas a repetir más —dijo Leonor. Apretó los labios y vaticinó—: Pasarás a sexto grado.

María Silvia hizo un gesto de desdén y explicó a los compañeros:

—Lo botarán del colegio, aquí no aceptan repetir dos veces—y echó a reír con las otras muchachas.

Creo que Leonor lo sentía como un reto.

—No les des el gusto. Estudiarás y pasarás—me dijo con ese tono que ya era costumbre en ella, y que sospecho que ambos disfrutábamos.

El día del examen final, le llevé un obsequio a Leonor: era una saguagua. La entregué en una cajita torpemente forrada con papel lustrillo brillante.

—¿Qué es? —preguntó mirándome.

—Debe ser tabaco del que usan los brujos —dijo María Silvia riendo.

Moví las manos nerviosamente, balbuceé algo y sonrojándome, giré sobre mis talones y me fui dando grandes zancadas y sin hacer caso esta vez de Leonor que me llamaba y corría tras de mí.

 

Cuando iniciamos el sexto grado, ya me había quitado el remoquete de repitiente, pero Leonor había marchado a otro colegio y nunca más supe de ella.

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