LA SOGA DE LOS HERREROS. Luis Javier Gutierez

Apenas había amanecido cuando Lucio, el Herrero, salió de su refugio en la Loma de la Sarda. No era el lugar más idóneo para esconderse, pero para una sola noche había cumplido su papel. A estas horas el sargento Menéndez, que no tenía un pelo de tonto, ya sospecharía de él y habría reunido un número de tricornios suficiente para empezar la búsqueda.

Se sentó en una piedra para comer alguna de las pocas provisiones que había podido coger antes de escapar a toda prisa. Se empezaban a ver las primeras luces de las casa y de algunas chimeneas ya salía humo. Era una mañana fría y el pueblo, desde esa altura, se veía como envuelto en una bruma fina. No quedaba más remedio que espabilarse y poner tierra de por medio si no quería sorpresas.

Lucio, a pesar de lo que indicaba su apodo, nunca había sido herrero. Era un oficio por el que nunca había mostrado interés, a pesar del empeño de su padre. Todo empezó con su abuelo Cosme. Este sí había sido herrero de profesión, aunque era tosco y descuidado en la faena. Sin embargo, sus vecinos decían que todo lo malo que era en su profesión lo suplía con bondad. Se casó joven con Angelita, por la que decían bebía los vientos desde chaval. No tuvo Cosme suerte en la vida. Su hijo pequeño, Arturo, murió de unas fiebres siendo apenas un chaval. A Angelita la enterraron pocos meses después. Sus vecinos decían que la mató la pena.

– A Angelita le pudieron las ganas de reunirse con Arturín, dijo Don Alberto, el cura, en la homilía de su funeral.

Cosme empezó a frecuentar cada vez menos la fragua y más la taberna, ahogando su tristeza en vino y anís. Fue para Santa Águeda que la vida le dolió demasiado y lo encontró Paco, el pastor, colgando de una soga en una viga de la paridera.

Rogelio, el mayor, heredó la herrería, pero, al contrario que su padre, trabajaba el metal con dedicación y destreza. Dominaba desde muy joven la faena en la fragua, por lo que se había ganado una buena reputación. La herrería siempre estaba llena de mulos y caballos para herrar y todo tipo de aperos y cachivaches metálicos se amontonaban para ser reparados.

– Así no te harás nunca rico, Rogelio- le decía Fidel, el alguacil- Tus herraduras aguantan demasiado sin caerse.

– Las cosas se hacen bien o no se hacen, Don Fidel- respondía Rogelio con una sonrisa.

Ya en esa época, todos se referían a los miembros de la familia como “los Herreros”. También algunos se referían a ellos como “la familia del ahorcado”, lo que hizo que de alguna manera se aislasen del resto de sus vecinos.  Rogelio por aquel entonces ya cortejaba a Inés, la de Navafría. Era una chica guapa y alegre que, con su simpatía y dulzura, hizo que las penas y la soledad del herrero fueran más llevaderas. Fueron pasando los años y la vida de Rogelio transcurría plácida. Inés le aportaba la paz y el equilibrio que necesitaba, mientras que sus dos hijos, Lucio y Reyes, le proporcionaban alegría e ilusión para seguir adelante. La fragua le daba para vivir, aunque con algunas apreturas, por lo que, cuando Lucio tuvo edad suficiente para ponerse a trabajar, arrendó algunas tierras a los Alfaro.

En aquellos años, Rogelio ya se había resignado a que su hijo no demostrase ningún interés por la forja. Este prefería las labores del campo y pastorear con las tres docenas de ovejas que había comprado a un tratante de Navafría. Rogelio dejaba hacer a su hijo y asumió, con el tiempo, que el oficio se terminaría con él.

Los Alfaro eran, por aquel entonces, dueños de la mayoría de los campos que circundaban el pueblo. Don Ginés Alfaro y Doña Manolita eran buenas personas. Podía decirse que la mayoría de los vecinos vivían de las tierras que ellos arrendaban a un precio razonable. Eran gente piadosa y de una gran generosidad. Muchas fueron las rentas que perdonaron en los tiempos de necesidad o cuando alguna sequía abrasaba la cosecha.

No se podía decir lo mismo de Jaime, el Bigotes, hijo único de los Alfaro y, a la postre, heredero de todas sus propiedades. Apodado así por su poblado mostacho rojizo, era un personaje arrogante, fanfarrón y de mal corazón. Tenía poder y lo utilizaba para humillar y someter a sus arrendatarios, a los que, tras la muerte de sus padres, empezó a ahogar con unas rentas cada vez más altas.

Quiso la mala fortuna que el Bigotes se encaprichase de Reyes cuando esta era apenas una chiquilla. Reyes había heredado de Inés, su madre, la simpatía y la belleza; una tentación demasiado grande para Jaime Alfaro, que no pensaba dejarla escapar.

Reyes, debido a su juventud e inexperiencia, se enamoró perdidamente del Bigotes.  El poder y la personalidad firme de este, entre otras cosas, hicieron que le entregase su corazón y su cuerpo sin condiciones, a pesar de que sus padres y los vecinos intentaban, sin conseguirlo, abrirle los ojos. Jaime Alfaro era mala persona, pero era embaucador y seductor cuando se lo proponía. Fue la más joven de los Herreros presa fácil para un tipo como él.

No podía, como era de esperar, acabar bien aquella historia. Jaime se aburrió pronto de la Reyes. La muchacha acabó despreciada, abandonada y, lo que era peor, con un hijo de Jaime en su barriga. Rogelio intentó hacerle ver al Bigotes que era responsable de la criatura y que debía cumplir su deber como hombre y casarse con la Reyes.

– No quieras venderme esta burra, herrero, que tu hija no es ninguna santa. A saber con cuantos del pueblo se habrá abierto de piernas. Busca, que seguro que encuentras por ahí a algún muerto de hambre que la quiera.

Hubiese querido el herrero en ese momento arrancarse a por el Bigotes y romperle el alma allí mismo, y si no lo hizo fue porque era el amo y el sustento de los suyos dependía de las tierras de aquel hijo de mala madre. Tuvo que tragarse la bilis y el orgullo, apretar los dientes y volver a casa con el peso de la humillación sobre sus espaldas.

Reyes, pocos días más tarde, desapareció del pueblo para no volver nunca. Algunos rumores decían que, destrozada por la vergüenza, había tenido el mismo final que su abuelo Cosme; otros, más fundados, decían que un funcionario de la capital, mucho mayor que ella, se había apiadado de su desgracia, la había llevado al altar y dado sus apellidos a la criatura.

No volvió a ser el mismo Rogelio desde entonces. Se agrió su carácter y se encorvó su cuerpo, como si toda la carga de aquella desgracia descansase sobre sus espaldas. Se le fue también la alegría y la dulzura a la Inés, que empezó a perder la razón y muchos vecinos decían haberla visto, semidesnuda, hablando sola por el pueblo, como si estuviese endemoniada.

También Lucio cambió su comportamiento. A pesar de no mostrarse nunca excesivamente cariñoso con su hermana, siempre tuvo con ella un especial instinto protector.  Comenzó a mostrarse huraño y huyó de toda compañía. Los que le conocían empezaron a decir que era cuestión de tiempo que en el pueblo hubiese una desgracia.

Se encontraba una tarde Jaime, el Bigotes, jugando al tute en la cantina con tres parroquianos cuando entró Rogelio y pidió un vino. El herrero, cabizbajo, ni siquiera miro a la mesa donde jugaban. Se quitó la boina y echó un trago.

– Ten cuidado, Rogelio- voceó el Bigotes- Así empezó el borracho de tu padre y mira como acabó.

Fue Fidel, el alguacil, el que estuvo rápido para parar la acometida de Rogelio que, navaja en mano, se fue a por el Bigotes con intención de terminar con todo allí mismo. Este, asustado, saltó de la silla y salió del local gritando para que alguien llamase a la Guardia Civil. Aquel incidente le costó a Rogelio pasar tres noches en los calabozos del cuartelillo.

– Mira, Rogelio, que sí, que es un cabrón, pero, quieras o no, es el amo y ahí siempre vas a llevar las de perder- le decía el sargento con tono casi paternal, mientras el herrero le miraba con resignación. El sargento Menéndez era un tipo de fiar. Llevaba muchos años en el cuerpo y era el jefe del puesto de la Guardia Civil. Junto al cabo Pedro Jiménez y el guardia Evaristo Juárez, formaban un equipo eficiente y bien avenido. Respetaba y apreciaba a la familia de los Herreros, especialmente a Lucio, con el que mantenía una buena amistad. Por otro lado, despreciaba al Bigotes, al que consideraba un cacique de la peor calaña, pero la ley era la ley y estaba escrita para ser cumplida a rajatabla, sin excepciones.

No quedó así la cosa. Jaime era rencoroso y, tras aquel episodio, se quedaron los Herreros también sin las tierras que tenía arrendadas de los Alfaro. Fueron malos tiempos para la familia. Los mulos y caballos fueron dando paso a los tractores y la fragua ya no daba para vivir, por lo que hubo que vender las ovejas para poder comer. Lucio ayudaba con lo que sacaba de las perdices y conejos que le proporcionaban el hurón y la escopeta, pero, entre unas cosas y otras, apenas daba para subsistir.

Fue un frío jueves del mes de enero cuando a Rogelio, el Herrero, la vida se le hizo insoportable y, como si de una macabra tradición familiar se tratase, pasó una soga alrededor del cuello y saltó desde el balcón de su casa.

Tampoco pasó de aquella noche Jaime Alfaro. Fue al pasar por la puerta de la iglesia, después de la partida de tute en la cantina, cuando oyó una voz.

– Espero que te hayas puesto en paz con Dios, Bigotes.

Fue apenas un segundo. Un rápido movimiento y el cuchillo entró, giró y salió de su garganta.  Quiso decir algo, pero la sangre que brotaba de su cuello a borbotones se lo impidió. Miró a Lucio con los ojos muy abiertos mientras agonizaba. Este le devolvió una mirada fría, sin apenas inmutarse. Dejó en el suelo el cuerpo sin vida y se perdió en la oscuridad.

El sargento Menéndez, tras la llamada de un vecino, descubrió los dos cadáveres esa misma noche. Primero el de  Rogelio y luego el de Jaime. Cuando encontró el segundo cuerpo cogió el cuchillo que estaba en el suelo y limpió la empuñadura cuidadosamente. Pensó que no le sería difícil estampar las huellas de Rogelio en el arma. Era un hombre íntegro, pero pensó que, a veces, la justicia tiene poco que ver con la ley. Todo hacía indicar que Lucio era el autor de esa muerte, pero, al fin y al cabo, su pecado había sido librar al pueblo de un malnacido. Estaba en esos pensamientos cuando rugió el Land Rover conducido por el cabo Jiménez.

-Acabo de enterarme, mi sargento. Han visto a Lucio saliendo a toda prisa de su casa. Parece que no ha perdido el tiempo. Menuda sangría ha organizado.

-¿Cómo sabes que fue él? Eso está por ver-, contestó el sargento. Mientras le lanzaba una mirada desafiante.

El cabo miró desconcertado, pero conocía a su jefe desde hacía muchos años y sabía que, en ciertos momentos, era mejor mantenerse en silencio.

-Vamos a organizar la búsqueda antes de que ese desgraciado haga una locura- dijo el sargento mientras subía al coche.

Dos días con sus dos noches habían pasado desde que Lucio, el Herrero, se había echado al monte. Pensaba refugiarse en la cueva de Escar para descansar cuando oyó el ladrido de los perros y las voces de los guardias subiendo por la cuesta de Valdamunia. Maldijo y abrió su macuto, buscando algo en el interior. Sabía que si lo cogían acabaría sus días en un penal de mala muerte. No se arrepentía de lo que hizo. Volvería a hacerlo sin dudar. Al fin y al cabo su delito era haber librado al mundo de un miserable. Pensó en su hermana y sonrió. Seguro que estaría orgullosa de él.

Era medianoche cuando por la radio se oyó la voz nerviosa del sargento Menéndez.

– Lobo cero, aquí Lobo uno, cambio

– Adelante Lobo uno.

– Hemos encontrado al Herrero. En el alto de Valdamunia.

– ¿Lo habéis detenido?

– Negativo.

– Ojo, no se os escape, que se conoce ese monte como la palma de la mano.

– Este ya no va a ningún lado. Avisad al Juez y decidle que sería conveniente que también viniese un forense.

Sin esperar respuesta, el sargento soltó el auricular de la radio con rabia. Escupió e hizo un gesto de fastidio. Dirigió la luz de su linterna hacia arriba.

– ¡Jodidos Herreros!-pensó mientras observaba la grotesca mueca que se le había quedado al ahorcado en la cara.

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