LA VORÁGINE DE LO ABSURDO. Fernando Revenga

 

Estamos inmersos en una absurda vorágine desenfrenada,

Sin percatarnos  que todo es absolutamente efímero,

El presente es el lugar más deshabitado del planeta

Somos a lo sumo una página en la historia.

 

Desde hacía ya bastante tiempo Teófilo vaticinaba la llegada de lo que se atrevía a etiquetar como la vorágine de lo absurdo. Él se jactaba de que era amigo de Dios, su nombre así lo decía, dado que etimológicamente ese es su significado, y por ello le parecía bellísimo, agradecía a los suyos por haberle bautizado con ese peculiar distintivo.

Había nacido en un pueblo cerca de Valladolid y tuvo la suerte de que a pesar de que por edad le tocaba participar en la Guerra Civil su amor por la música le libró de ir al frente. Fue músico militar, tocaba varios instrumentos y dirigía una banda del ejército nacional, dentro del arma de infantería, en concreto de la división de ingenieros zapadores.

Su consuegra solía decir que la vida actual era “la fin del Mundo”, pero él, culto e instruido y desde el respeto, le indicaba: doña Conchita, el fin del Mundo, no la fin del Mundo, pero no está usted  equivocada en absoluto, por ese camino creo que vamos, las normas que a todos o a casi todos nos enseñaron, están desapareciendo, esa asignatura llamada “urbanidad”, y esa palabra tan bella y significativa: respeto.

Pienso, continuaba Teófilo, que los riesgos están aumentando, cuesta caminar, respirar, comer con normalidad, privilegios que la sociedad nos brinda, pero que se tornan en lo contrario: andar, pasear no resulta fácil por los múltiples  vehículos que circulan entre nosotros, el aire está cada vez más contaminado por las sustancias volátiles suspendidas de los carburantes, fábricas, fumadores empedernidos maleducados,  por todo ello y mucho más nos cuesta poder respirar con normalidad, comemos alimentos poco sanos, que contienen muchos elementos perjudiciales para nuestro organismo, tales como conservantes, aditivos, edulcorantes, la lista sería inacabable.

Teófilo desde hacía bastante tiempo tenía en mente diseñar y construir un poblado idílico, un lugar donde esos riesgos no existieran o se minimizaran. Él era especialmente sensible y por vivencias personales, que no vienen al caso, fue convirtiéndose en una persona muy susceptible.

No sería tan difícil, sobran lamentablemente espacios que nadie utiliza, hay tantos pueblos sin habitar en la denominada España vacía. También se sentía en cierta medida mal por ello, ¿quizás porque el pueblo que lo vio nacer formaba parte de esa  importante nación despoblada?

¡Eran tantas las preguntas que se planteaba!, Podría llevar a cabo tal proyecto? Creo que no será difícil encontrar los candidatos idóneos, decía. Se trataba de montar un poblado compuesto por personas exentas de odio y rencores, personas deseosas de ser felices sin hacer daño a nadie. ¿Quién no quiere serlo?

Uno de los muchos lemas de Teófilo era  mantenerse en pie y  constantemente repetía  que sólo se vive una vez. Añadía que esta vida es un instante prolongado para quien  lo pasa mal y un instante fugaz para quien  lo pasa bien, pero finalmente es eso: un instante. Perdemos el tiempo en verdaderas tonterías.

Había mucho trabajo que hacer y las ideas eran muy importantes; organizarlas no era fácil para intentar llevar a buen puerto este ansiado proyecto.

Una de las cuestiones que se le antojaba básica e imprescindible dado que consideraba que influía negativamente en la población era la información que suministraba la radio, la televisión y el resto de medios de comunicación. Decidió pues que en el poblado  existiría algún canal de T.V. y  radio, pero las noticias que se emitieran serían  positivas y aleccionadoras dejando al margen los sucesos que no solo no enseñan, sino que generan desasosiego, tristeza y preocupación, a pesar de que le constaba que esto ya lo hacían en cierta medida las dictaduras totalitarias, para nada quería que se pareciera a ninguna otra comparación dictatorial.

 

Realmente existían muchas expectativas y  él tenía depositada mucha ilusión. Consideraba el proyecto un tanto utópico pero no  irrealizable, estaba claro para él que se podía, que debía intentar llevarlo a cabo. Es evidente la existencia de mucha gente voluntariosa, capacitada y buena a la que le encantaría  participar en este  plan.

Teófilo se puso en marcha para encontrar un enclave idóneo. Tendría en cuenta a la oposición, los que creen que, si ellos no son felices, ningún otro merece esa condición. Son envidiosos y celosos patológicos.

Encontró el lugar para el poblado, un pueblo abandonado de Castilla la Vieja. Un pueblo como tantos otros.

Consideraba que no era necesario invertir mucho dinero y contaba con diversas ayudas.

Poco a poco reunió a los candidatos adecuados para habitar la aldea. Decidieron bautizar dicho lugar : “Poblado Esperanza”, después de barajar varios nombres, como Alegría, Felicidad y algún otro.

Financiaron este plan con una ayuda excepcional del Estado y diversos grupos empresariales, gente ilusionada en invertir en este ensayo  utópico, es probable que el Gobierno pensara que la idea resultaba interesante, era algo así como un experimento de convivencia, fresco y con esperanzas de futuro. Formaron una especie de ONG peculiar. Montaron todo lo necesario para subsistir y hacerlo de forma ecológica y con mucho respeto entre los pobladores.

Todo estaba organizado, se había constituido la comunidad, fijado unas normas de convivencia y por último elegido el líder o los líderes, si tenía que haber más de uno. Es curioso, porque en la práctica ya estaba elegido  Teófilo, hubo unanimidad al respecto.

Empezaba a funcionar el Poblado Esperanza, había mucha ilusión depositada, el sueño se iniciaba, a pesar de que algunos  opinaban desde fuera que era un montaje pueril, infantil, ingenuo; decían: ¿acaso pensáis que este poblado durará mucho?

No resultó sencillo, pero poco a poco la aldea tomaba forma y cada día se notaba la progresión.

Sabía que esta era una frase de Adolfo Suarez y que fue repetida hasta la saciedad, pero en absoluto era un tópico manido.

Acaso no penséis ni por asomo que no habrá agresiones variopintas, intentarán atacar a los miembros de la aldea de formas diversas y poco honrosas. Algunos decían que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

Había otros comentarios negativos, inclusive fueron etiquetados de secta.

Teófilo les contestaba: “Quizás estéis en lo cierto, pero nosotros a diferencia de otros proyectos fracasados no tenemos religión, sólo ética e intención de ser felices sin perjudicar a nadie, dando más que recibiendo. En absoluto esto iba a ser una dictadura oligárquica ni nada que se le parezca. Se pusieron en práctica todos los acuerdos alcanzados: total respeto al prójimo, solidaridad y ayuda fraternal, entre otros muchos.

Parece que todo funcionaba, sí, aunque pareciera increíble, se respiraba en el poblado paz, frescura y alegría.

El tiempo transcurría y el Poblado Esperanza era una realidad, pero un día sucedió que se cumplieron los pronósticos  y un grupo de tristes desalmados se presentó en la aldea intentando hacer daño a Teófilo, pero los habitantes del poblado se interpusieron y mostraron su alto nivel de respeto, advirtiendo a esos individuos que ni se les ocurriera hacer el mal, ni siquiera rozar a su fundador, decían que aunque eran pacíficos, sabían defenderse. “Somos fuertes, muy fuertes”, comentaban, y nada ni nadie nos impedirá que sigamos llevando a cabo nuestros sueños. Estamos unidos, mucho más de lo que podéis pensar.

Se les preguntó cuáles eran los motivos por los que actuaban así. Ellos, los intolerantes, los vacíos de alma, esgrimieron un argumento incongruente, mostrando odio, envidia, celos, y finalmente acabaron yéndose cabizbajos, enfadados, pues no tenían fuerza suficiente  para destruir a Teófilo y mucho menos a los habitantes del Poblado  Esperanza. La infelicidad era el principal motivo de su intolerancia, no tenían futuro por no saber vivir con dignidad el presente. Teniendo en cuenta que para conseguirlo lo primero que debían de tener era  una conciencia nítida y transparente.

A partir de este suceso, el miedo y la inseguridad empezaron a instaurarse en el Poblado Esperanza, y Teófilo, su filántropo y fundador, decidió jubilarse. Ya estaba muy mayor y cansado, sabía que se habían plantado las semillas adecuadas para la continuidad de aquel proyecto, ya en absoluto utópico.

Teófilo era el hombre de las frases que invitaban a reflexionar, su padre persona muy instruida le había inculcado parte de su fraseología  y decía que este tipo de individuos egoístas, -los agresores del poblado-los llamaba estultos y necios, comentaba que las obras realizadas ponen en el tiempo a cada uno en el sitio que le corresponde  y que siempre hay que vivir con intensidad el aquí y el ahora. Decía también que realmente el presente es el lugar más abandonado del planeta ya mencionado en el epígrafe, al comienzo de este relato. También insistía que menos es más.

Últimamente repetía una de sus frases que menos agradaban a sus seguidores, preciso, necesito bajarme del mundo, ya he luchado bastante”.

Y se fue no sin que le prepararan un homenaje sencillo, humilde. Algunos propusieron modificar el nombre del poblado y en vez de  Poblado Esperanza, llamarlo” La Esperanza de Teófilo”.

Le despidieron con profunda tristeza agradeciéndole la creación de  este poblado esperanzador. También repetían lo que su fundador les había inculcado: respeto, respeto, respeto y que Dios, la naturaleza y el destino te ubiquen en el lugar sagrado del que eres merecedor.

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