LA VOZ SIN ROSTRO. María Gracia Cárdenas

Salió a toda prisa, subió en su BMW aparcado en el lateral de la casa y se dirigió hacia la Avenida de Michigan.

 

Michel era hijo único. Su madre, viuda, logró sufragar no con poco sacrificio los gastos de sus estudios en una prestigiosa universidad de Illinois, donde se doctoró en Derecho y Económicas. Con tan solo veinticinco años consiguió un puesto de alta responsabilidad en un prestigioso bufete de abogados situado en el centro de Chicago. Allí conoció a la que sería su esposa durante diez años, Grace, atractiva y con una personalidad arrolladora. Gozaban de buena posición laboral y social. El trabajo ocupaba la mayor parte del tiempo en sus vidas, aunque ciertos fines de semana los ocupaban con algún viaje de placer o reuniones con los amigos.

En apariencia, todo funcionaba bien en la pareja. Residían en una preciosa casa a orillas del lago Michigan, fruto de una herencia que Grace había recibido de sus abuelos. A veces sus ojos acusaban la ausencia de un hijo, especialmente los de ella.

Una tarde, mientras esperaba a su mujer –como era habitual-, descubrió que le estaba siendo infiel. La impresión que le causó tal hallazgo le hizo desplomarse sobre el sofá. No tardó en sonar el teléfono móvil. Era Grace.

— ¿Sí, cariño?

— ¡Hola! No me esperes a cenar: tengo que tomar un vuelo urgente a Filadelfia para la reunión de mañana —escuchó al otro lado.

— Ok, no te preocupes- Michel colgó fríamente. El resto de la tarde la dedicó a pensar qué haría a partir de ese momento y a recoger sus cosas personales junto a un par de maletas. Fue el instante en el que la vida le cambiaría para siempre.

La decisión estaba tomada: pasaría algún tiempo en la casa de la playa que poseían en la costa californiana.Pero Grace no le acompañaría en esta ocasión; tampoco haría el trayecto en avión.Lo odiaba.

Le esperaban cuatro mil kilómetros y más de dos semanas de viaje antes de llegar a su destino. Siempre se sintió atraído por recorrer la mítica Ruta 66. De este a oeste del país, repetiría el itinerario de tantos emigrantes compatriotas que se trasladaron durante los años 30 en busca de una nueva ilusión y de una vida mejor.

A la mañana siguiente se dirigió a toda prisa hacia Adam Street, que tantas veces había recorrido camino al trabajo. En esta ocasión sería el punto de partida hacia su nueva aventura. El cuentakilómetros marcaba 74 millas por hora y la música de Sting –su cantante favorito- sonaba a todo volumen. El GPS, con voz suave y cordial, le indicaba la ruta hacia Missouri. No prestó demasiada atención, pues la música y los pensamientos de todo lo que iba dejando atrás le impedían concentrarse.

Ya atardecía cuando paró el coche frente al Motel MungerMoss, en Missouri. Cansado y finalizada la primera etapa del largo recorrido que aún tenía por delante, volvió a irrumpir la voz femenina del navegador:

— Ha llegado Vd. a su destino.

— Gracias señorita—contestó con tono irónico.

Prefería madrugar al día siguiente, aún le quedaba un largo trayecto hasta llegar a Oklahoma. Tomó algo rápido y se dirigió a la habitación para descansar.

El desayuno servido en el Dinner de la gasolinera cercana al motel le dio la oportunidad de conocer y entablar un poco de conversación con la pareja de al lado, dos jóvenes aventureros que hacían la ruta en una Harley Davidson. Michel no hablaba con nadie desde hacía dos días y se agradecía la plática. Tras una breve charla, entendió que aquella aventura le abriría nuevos horizontes, nuevas personas, diferentes a las que estaba habituado a tratar.

Puso el coche en marcha, y se escuchó de inmediato: “su ruta se está calculando”. Por primera vez prestó atención a la voz. Se detuvo a pensar unos instantes ¿Quién sería esa mujer que presta su voz a un sistema GPS que ayuda a los conductores a no perderse? Continuó por la carretera entre las grandes llanuras y tierras altas de aquel estado.

El teléfono sonó en varias ocasiones, a veces con insistencia, pero Michel había decidido no responder a nadie hasta llegar a su casa de la playa. Llamaría tan solo a su madre.

Adentrándose en aquellos paisajes desérticos de cañones imponentes, bellos atardeceres y horizontes infinitos, la melancolía y soledad que lo acompañaban desde el inicio del viaje se fue desvaneciendo. Se sintiócon ganas de tomar una copa antes de subir a la habitación del motel donde pasaría su segunda noche. El local recreaba el ambiente de los antiguos locales de los años 50. En el fonógrafo se escuchaba música country. Se acercó a la larga barra, llena de taburetes casi vacíos:

—Buenas noches, ¿qué desea tomar?

—Un whisky doble con hielo, por favor.

Volvió a pensar en la voz que minutos antes le indicaba que había llegado a su destino y marchó a la habitación a descansar.

Madrugó al día siguiente. Tenía por delante una de las etapas más largas de la ruta.

—Quiero ir a Santa Fe, Nuevo México—  dijo nada más poner el coche en marcha.

—Perdón, no le he escuchado bien-  la voz acaramelada y melosa volvió a sobresaltarle y trató de imaginar cómo sería ella.

De motel en motel, iban pasando los días con la sola compañía de la música y las irrupciones de aquella voz enlatada por la que comenzaba a sentirse atraído. Mientras recorría el Estado de Texas, y a tenor de lo poco que había que ver por aquellas tierras, aprovechó para telefonear a su mejor amigo, que residía en Chicago.

—Hola, soy yo.

— ¡Michel, no sé nada de ti desde hace días! ¿Cómo te encuentras? ¿Dónde estás?

— Bien, todo bien John. Necesito que me hagas un favor urgente: localízame a una persona. Sé que te resultara difícil e incluso costoso, pero esto último no importa, correré con los gastos.

— ¿De quién se trata? Y, ¿qué me dices de Grace?

— Eso ya no importa John. Es una petición un tanto extraña: necesito que localices a la persona que pone voz a las instrucciones del GPS del coche – le pidió antes deindicarle el modelo y fabricante.

— Voy hacia el oeste por la ruta 66. Chao, y gracias. Te lo devolveré. Volveremos a hablar.

Anochecía y consultó de nuevo el GPS. Debía estar ya cerca de Santa Fe. La voz emitió de nuevo un mensaje.

— Está Vd. llegando a su destino, quedan 15 millas —

La impaciencia por conocer a la mujer detrás de la voz y que poco a poco que se estaba apoderando de su corazón iba en aumento. Encontrarla se convirtió en una obsesión. La información proporcionada por su amigo no tardó en llegar. Habían pasado unos días y el teléfono del coche interrumpió la canción que escuchaba. Nervioso, atendió la llamada.

— ¡Hola John! ¿Qué sabes?

—Creo que podría servirte de ayuda lo que he podido encontrar. No en vano nuestros contactos en diferentes estados del país nos han ayudado bastante.

—Gracias John, no sabes cuánto te lo agradezco.

—Se llama Louise, reside en Carolina del Norte en un pequeño pueblo llamado Kure Beach Pier, junto a la playa, muy cerca de Wilmington. Te pasaré el teléfono en cuanto lo consiga.

—Gracias, no imaginas cuánto te lo agradezco ¡nos veremos pronto! Chao.

—Cuídate mucho, estoy deseando tomar una copa contigo y que me cuentes lo que andas tramando. Un abrazo.

En la lejanía ya divisaba el muelle de Santa Mónica, final de aquel largo recorrido, pero prefirió pasar de largo y continuar por la carretera de la costa, hasta llegar a la casa de color blanco con ventanas azules de madera, a orillas del mar. Bajó su equipaje del coche y entró en la casa. Nada más abrir la puerta, sintió un enorme vacío en su corazón y prefirió salir a dar un largo paseo por la playa. La puesta de sol le hizo recordar los antiguos atardeceres compartidos con Grace.  Ya no tenía sentido seguir allí. Regresó a la casa y buscó desde su portátil el primer vuelo para regresar a la otra costa del país. Encontró uno directo desde Los Ángeles con destino a Atlanta. Partía a las siete de la mañana del día siguiente. Satisfecho y sin deshacer el equipaje, abrió una botella de vino y se sirvió una copa.

No pudo conciliar el sueño aquella noche. Los pensamientos por lo que pudiera ocurrir los próximos días, cuando telefoneara a esa mujer desconocida y a la vez tan familiar ya para él, lo atormentaban ¿Respondería a su llamada?

Nada más aterrizar en el aeropuerto recibe la llamada de su amigo, el corazón le dio un vuelco y no acertaba a  encontrar el móvil en el bolsillo del pantalón.

—Buenas tardes John ¿Cómo te encuentras?

—Bien, escucha, toma nota del teléfono de esa señorita desconocida.

—Espera por favor, un segundo.

En medio del nerviosismo que le causó la llamada, al fin, pudo apuntar el número.

—Gracias amigo, te llamare de nuevo y te contaré. No imaginas el favor que me acabas de hacer, Chao.

—Cuídate mucho.

Enlazó  con un vuelo hacia Wilmington, donde pasaría la noche.

La mañana era soleada y mientras tomaba el desayuno en la terraza del hotel, cogió el móvil de la chaqueta, nervioso.  Marcó el número que su amigo le había facilitado. Una dulce voz femenina contestó:

— ¿Sí? ¿Quién es?

—Perdón señorita, me llamo Michel, si fuera posible desearía conocerla, tengo que contarle algo muy importante.

—No suelo entrevistarme con desconocidos, lo siento.

—Espere por favor, no cuelgue, le ruego me permita que la invite a un café, cuando a usted le venga bien.

—Está bien, le espero en el Dinner Beach que se encuentra próximo al pantalán de la playa, a las cinco.

— Gracias, allí estaré, ¡no imagina el favor que me hace! Hasta luego.

Al colgar, sintió un tremendo alivio. La ilusión de que llegara cuanto antes la hora de la cita le hizo sentir una felicidad que no experimentaba desde hacía tiempo. Se dirigió al lugar acordado y la voz, ahora más familiar, lo llevó hasta una preciosa playa del Atlántico. Muy cerca se encontraba el restaurante. Con esfuerzo, empujó la puerta cerrada por el fuerte viento del sur y divisó al fondo una cristalera con vistas a la playa. De espaldas se encontraba la única mujer que había en el local, con la mirada perdida sentada en su silla de ruedas. No tuvo duda de que debía ser ella.

—Buenas tardes. Disculpe, soy Michel, la telefonee esta mañana— delante tenía una bella mujer cuya mirada serena y cautivadora lo hizo enmudecer.

—Siéntese por favor.

Otra vez aquella encantadora voz, solo que ahora tenía delante a su dueña. Michel no sabía qué decir. La había oído muchas veces, pero ahora le resultaba diferente, extraña. Contuvo los nervios como pudo y se sorprendió al ver que había una silla convenientemente colocada junto a ella, mirando hacia la playa, como si siempre hubiera estado allí. Tomó asiento y miró hacia el mar, enfurecido por el viento.

—Me llamo Ruth— dijo sin retirar la mirada del ventanal.

—Hola Ruth, disculpe si todo esto le ha resultado muy abrupto. He sentido un impulso que me ha guiado hasta usted y se preguntará cómo y por qué — respondió Michel sin saber  por dónde comenzar, buscándole una mirada que ella no le devolvía.

— ¿Qué es eso tan importante que debía contarme, Michel? — dijo mirándole por fin a los ojos, ahora más tristes que segundos antes.

—Le va a parecer una locura, Ruth, pero mi vida ha dado un revuelto en estos últimos días. Todo se ha ido al traste, y he emprendido un viaje del que no tengo claro el destino. En coche. Y ahí entra usted. Su voz…

— ¿Me ha escuchado en algún anuncio, en la radio? — dijo interrumpiendo a Michel.

—No: en el GPS— respondió sorprendido.

—Soy actriz de doblaje. Presto mi voz a todo tipo de anuncios, y sí, también a sistemas de GPS.

—El caso es que…

—Está enamorado de mí— volvió a interrumpirle con una voz fría.

Michel se quedó petrificado. No comprendía cómo lo que empezaba a sonar como una locura, incluso para él, era tan evidente para esa Ruth.

—Mire Michel, no se ofenda, pero no es usted la primera persona que se sienta en esa silla. Ni la segunda. De hecho, vengo aquí dos o tres veces al mes, desde hace años, cuando algún número desconocido me llama y alguien me dice al otro lado que desea conocerme. Cuando no se trata de “algo muy importante que decirme”, necesitan encontrarse conmigo por alguna cuestión vital, o el enamoramiento ciego sin precedentes que me argumentan los más valientes. Es mi voz. Causa ese efecto en hombres y mujeres. Y prefiero despachar este asunto aquí, en persona, para evitar malos entendidos. Vuelva a su casa Michel. No sé qué esperaba encontrar aquí. Lo cierto es que su llamada, como la de todos, me halaga. Me hace sentirme aún deseada, aunque sea de una forma virtual, platónica e irracional. Sé que mi actitud puede resultarle egoísta o enfermiza. Pero esto es ya lo único que me regala la vida, Michel: el amor fútil e idealizado de desconocidos, que se desvanece justo antes de dejar de ser una ilusión, en ese preciso instante antes de empezar a fraguarse. Es una luz crepuscular, como la que se puede contemplar desde este mismo ventanal justo antes de la salida o después de la puesta de un sol que nunca llegará a ver. Pero no tengo nada que ofrecerle. Nuestra relación empezó cuando subió a su vehículo y comenzó este viaje. Y termina aquí.

Ruth volvió a mirar a Michel, que le retiró la mirada para dirigirla al mar crispado, como sus emociones.

—Comprendo, lamento haberla molestado — dijo mientras se levantaba molesto y confundido.

Ni siquiera miró atrás cuando se dirigió a la puerta de salida del restaurante. Subió al vehículo y arrancó. Otra vez esa voz. Antes de iniciar la marcha, cambió la configuración del GPS para que las indicaciones las diera un hombre. Y emprendió el camino de vuelta a casa, aún sin asimilar lo que acaba de ocurrir. Había recorrido pocos kilómetros cuando detuvo el vehículo a un lado de la carretera. Buscó en su teléfono móvil la marca del GPS y un correo electrónico de contacto. En medio de la nada, empezó a redactar un mensaje a la atención del departamento de recursos humanos de la empresa que los fabricaba.

—Buenas tardes: me gustaría solicitar información sobre los requisitos y posibles ofertas de empleo, actuales o futuras, como actor de doblaje para sus dispositivos GPS. Estoy pensando en formarme profesionalmente y querría conocer sus posibles salidas profesionales. Agradeciendo la atención, reciba un cordial saludo. Michel.

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