LAS FIESTAS EN LA PLAYA. Santiago Saiz

Estas fiestas las hemos pasado en la playa bañándonos con agua muy fría pues sarna con gusto no pica.

Por la mañana había que arreglar la casa, que era grande y espaciosa, estábamos, con los primos y los abuelos, todos en ella, aun así, no nos estorbábamos, pero había que ordenarla.

Se establecieron turnos de trabajo para su limpieza, todos debíamos limpiar nuestro cuarto y además teníamos asignada una parte común para dejarla inmaculada.

El abuelo disfrutaba pasando revista a la limpieza, y no podíamos salir hasta que estuviese perfecta, por lo que, si alguno no terminaba su parte teníamos que ayudarlo para que nos dejara salir con las bicis al campo.

Siempre acudíamos a la playa, pues era donde más amigos teníamos y más historietas contábamos, por turnos para que no hablásemos todos a la vez. El objeto más frecuente de conversación eran los acontecimientos del pueblo. Hay que pensar que era de pescadores y, cuando no arribaba a su hora un barco, todos estaban muy preocupados hasta que se localizaba la embarcación.

Una vez sucedió que el motor de La Jacinta se estropeó y no podía dar aviso de la avería, pues la radio no funcionaba por falta de electricidad. Pasaron más de cuarenta y ocho horas hasta que una embarcación de otro puerto la avistó.

Remolcaron La Jacinta a nuestro puerto con su tripulación, al principio todo fue alegría por el rencuentro, pero contó el que había sido capitán suplente del barco, ya que el propietario y capitán oficial estaba enfermo, que el motor no había sido revisado y, como consecuencia, les había pasado el percance.

Ahora se trata de averiguar de quién era la culpa y, lo más importante, que no volviera a suceder.

Mis hermanos y primos estábamos a la escucha de todo, pues en el bar del pueblo se discutía el problema; para nosotros, noveles en la materia, era muy interesante pues por primera vez oímos hablar de otros percances no solo las historias de La Jacinta, sino también de algunos naufragios.

Salió el marinero Juan y empezó a contar que ya notó algo raro al salir del puerto, pues el motor no sonaba como siempre, pero el mecánico dijo que eso era normal y que no pasaba nada, por ello continuaron la navegación. Al principio todo iba muy bien, e incluso la pesca, que nunca era abundante, se les dio bien.

“Todos estábamos contentos, el tiempo nos acompañaba, había buen ambiente de trabajo y compañerismo, se gastaban las bromas de costumbre, y a veces con una agudeza que el capitán se veía obligado a llamar la atención”, dijo el marinero.

En fin, tuvimos que ir a casa pues ya se hacía tarde, ahora tocaba la segunda parte, muy esperada por todos, era la reunión familiar alrededor del hogar, que daba un resplandor muy intenso y variable, según el viento y la leña.

Nuestros padres nos animaron a que contásemos nuestras aventuras, y se acordó que lo hiciésemos todos por el orden establecido, salvo que alguno tuviese novedades importantes, en cuyo caso y según costumbre, debería empezar a contarlas.

Todos mencionamos como novedad lo que había pasado con la barca de pesca, lo que, según quien lo contase, podría ser más ameno o menos, decidimos no hablar más de ello, pues lo único que podríamos conseguir era variar un poco la historia, que había acabado bien al fin y al cabo.

Papá empezó a hablar como siempre sobre cuestiones de mayores, lo que está muy bien. Eran asuntos que los niños no creíamos interesantes. Empezó comunicando que contaría que le habían sucedido. Todos pusimos cara de susto, pues podría pasar que las vacaciones se acabasen, todos nos miramos de reojo y esperamos cuál sería.

Al día siguiente cuando terminé de trabajar fui a buscar el coche y, sorpresa, tenía un pinchazo, llamé al taller para que viniesen a cambiar la rueda. Resulta que la de repuesto no estaba bien, y remolcaron el coche al taller para arreglar las dos. Eso me ha supuesto un retraso y lo que es peor, un malestar general.

De regreso a casa, como era de esperar, hubo un atasco, la carretera estaba completamente taponada por el tráfico, y lo que yo recorrería en menos de treinta minutos, me costó más de una hora y media.

Ahora tocara el turno a mamá, que muy amablemente, dice que no tiene novedades.

El siguiente de la lista era el abuelo, con quien no teníamos problemas pues se adaptaba a nosotros y nosotros a él. Siempre decía “Mis nietos me han obedecido, aunque siempre hay algunos díscolos, pero llamados a capítulo nos hemos entendido y han rectificado su postura, que no era otra que la de escurrir el bulto en sus obligaciones. Creían que yo era mayor y no vería cuál era el problema”.

Los dos mayores nos han comunicado que no tienen novedades, que lo han pasado bien con la pandilla hablando del futuro y de los estudios.

Por sus gestos hemos comprendido que ocultan algo, que no ha sido todo tan fácil, pero resulta que nuestros padres han zanjado la conversación de ellos, y todo hace sospechar que continuará a puerta cerrada.

Total, que los pequeños somos muy buenos y lo único que nos queda por contar son las aventuras del perro, que por cierto no han sido correctas, pues ha entrado en el jardín de la señora Dolores y ha removido dos parterres de flores; la suerte es que no habido testigos, pero, si se indaga diremos que el perro se ha portado muy bien y ha estado con nosotros.

En eso que suena el teléfono y lo descuelga mamá, por la cara que pone yo deduzco que no son buenas noticias. Deja el teléfono y nos dice es la señora Dolores, que pregunta si sabéis algo sobre su jardín donde ha entrado un perro que ha removido todo, por eso está llamando a todos los que tienen perro y ha empezado por nosotros.

Le respondemos que no ha sido nuestro perro pues siempre ha estado con nosotros, y que no sabemos cuál puede haber sido; ella a regañadientes va al teléfono y comunica a la vecina que nuestro perro no ha sido que los niños han estado con él y que no saben de quién podría ser el perro.

Al anochecer la hoguera está en las últimas y tras unos saludos nos vamos a la cama menos los mayores. No podemos quedarnos a espiar, porque el abuelo nos sigue hasta nuestras habitaciones y permanece en el pasillo.

Poco a poco caemos en la cama y a regañadientes nos quedamos dormidos, ya que el vigilante está al acecho. Mañana sabremos más.

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