LAS PRIMAS. Guillermo A. González

Corría el mes de agosto de 1897. Cuba vivía una difícil época, dentro de la su clásicamernte difícil historia. En los campos de toda la isla se desarrollaba la guerra de independencia y en las ciudades, grandes masas de campesinos hambrientos, vivían en las calles, en la más completa indigencia por la política de reconcentración de Valeriano Weiler, que para imperdir que los insurrectos recibieran la ayuda popular, obligó a los campesinos a abandonar su modus vivendi y  a trasladarse sin condiciones ningunas a las poblaciones urbanas. La villa de Guanbacoa, al este de la ciudad de la Habana no era una excepción. Las calles se veían invadidas por los reconcentrados que dormían donde podían y se alimentaban del escaso rancho que le ofrecían los militares españoles. Por otra parte las tropas coloniales también ocupaban las calles, con la finalidad de controlar a los reconcentrados, provocando ellos mismos grandes alteraciones del orden público , dentro las que se destacaban las continuas violaciones a las criollas.

Los Brugueras tenían una casona en la calle Corral Falso. Allí vivían, Juan, el único hombre y cabeza de familia, Ana, su esposa, Concha, la hija del matrimonio, de cinco años, Raquel, hermana viuda de con su hija Carmen, de la misma edad de Concha y Carlota, la otra hermana, soltera por aquellos tiempos. La casa, con dos salones de estar, comedor aparte y seis habitaciones, así como los lujosos muebles, adornos de porcelana, vajillas inglesas y copas de bacarat, se habían obtenido por lo dote de Ana, que descendía de una rica familia dueña de una flota de barcos de cabotaje, aunque todo aquel esplendor no se correspondía con las posibilidades económicas de la familia, pues Juan, con un título de abogado, jamás ejerció esta profesión y se dedicaba a la docencia, siendo el único profesor laico de la escuela de los hermanos escolapios, donde impartía literatura, su gran pasión. Como el sueldo no cubría los gastos de la familia, era además el administrador del hospital del pueblo, que atendido por monjas y un solo médico, brindaba atención a la población, aunque con muchas limitaciones. Las cuatro mujeres de la casa, cocían la ropa del hospital, del hospicio y del asilo de ancianos y las labores domésticas las tres antiguas esclavas domésticas, que cuando les dieron la libertad no quisieron abandonar a la familia.

Dada la didícil situación social que se vivía, caracterizada por una gran inseguridad ciudadana, habían decidido que las mujeres no salieran a la calle. Juan, además de sus dos trabajos, se encargaba de traer y llevar toda la ropa que se arreglaba y confeccionaba allí y las niñas no iban a la escuela, sino que recibiían la educación por las clases que por las tardes les daban Ana y Raquel.

Concha, era seis meses mayor que Carmen, había nacido bajo el signo de cáncer, en junio de 1892. Fue una niña robusta y saludable, que irradaba alegría y con la mejor disposición para todos.

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