LAS PRIMAS. Guillermo A. González

Nacieron el mismo año, Carmen bajo el signo de Géminis y Concha bajo el signo de Cáncer, en las postrimerías del siglo XIX. Sus madres eran hermanas y compartían con sus respectivos maridos y la madre de ambas la vieja casona familiar de Guanabacoa; aquella villa folklórica, mística, católica y yoruba que, surcada por riachuelos, estaba situada al este de La Habana. Más que primas se criaron como hermanas.

Carmen fue una niña bella y enfermiza, lo que hizo que todos la mimaran algo más de la cuenta. Unas fiebres inexplicadas aparecían cada cierto tiempo y lo rosado de su piel se tornaba en palidez. La infeliz criatura caía en un obligado reposo en cama, para posteriormente volver a la normalidad  tras una rápida recuperación. Los médicos encogían los hombros y padres, tíos y abuela se desesperaban.

Concha, no tan bella, pero fuerte como un roble, tuvo una niñez intrépida y maravillosa. Sólo algún catarrito o un dolorcito de barriga por comer de más. En la escuela era una estudiante destacada y desde pequeña mostró una especial facilidad en  los trabajos manuales. Pintaba con esmero, pero sobre todo, cuando sus manitas cogían aguja e hilo, de las telas surgían maravillas. Tuvo una feliz infancia en la que aprendió a no querer más de aquello que era posible tener.

Tomasa, una negra que desde siempre hacía las labores domésticas del aquel hogar y que poco a poco se convirtió en un personaje imprescindible en la familia, le dijo un día a la abuela:

– Concha va a ser muy poderosa porque es hija de Yemayá. La abuela, satisfecha por la profecía, le preguntó por Carmen. La respuesta fue rápida: -La niña Carmencita es distinta, ella es hija de Oshún. Días después, como quien no quiere llamar la atención, la abuela preguntó a Tomasa por las características que Oshún le trasmitía a sus hijas y  la negra, a sabiendas de que su respuesta iba a herir, respondió con franqueza: -Es la putería.

Carmen se convirtió en una adolescente hermosísima. Tenía grandes ojos verdes con  pestañas largas y sedosas. Su pelo oscuro caía en rizos sobre los hombros. La boca estaba enmarcada por labios carnosos. Solamente la nariz, con un aspecto judío, a pesar de la ausencia de herencia conocida, era algo grande, pero ni siquiera eso rompía la  hermosura de aquel rostro. El resto lo completaba una figura algo delgada por la historia de largas enfermedades, pero de una armonía envidiable. Las fiebres desparecieron tan misteriosamente como aparecieron. Su vida se convirtió en una constante diversión. No se inclinaba por ninguno de los muchos jóvenes que aspiraban a su amor, a los cuales daba esperanzas para arrebatárselas al poco tiempo.

Concha fue una joven más redondita, aunque no se le pudiera llamar gorda. Sus ojos eran negros, penetrantes, decididos y traviesos. La boca, no tan carnosa, mostraba una dentadura perfecta y la nariz, pequeña, redondeada, daban ganas de acariciarla entre aquellas mejillas rosadas. Participaba en fiestas con cordura. Hubiera querido estudiar, pero se entendía que en aquellos tiempos las mujeres no tenían por qué hacerlo. Su carrera sería el matrimonio. Desde niña se enamoró de José Manuel, un joven vecino, delgado, con una mirada romántica y ojerosa que la enloquecía. En las fiestas, todo su tiempo lo dedicaba a él.

Carmen, que no había mostrado predilección por ninguno de los muchos jóvenes que la cortejaba, comenzó a aceptar las invitaciones de Ernesto, el guapo y educado amigo íntimo de José Manuel,  sin llegar a ningún compromiso formal como él aspiraba. Así pasaba el tiempo y cuando Carmen rondaba los veintitrés años, la casa comenzó a ser visitada por Don Clemente, un hacendado cincuentón, con muchísimo dinero, dueño de importantes vegas de tabaco en Pinar del Río y que vivía en una mansión en el pueblo vecino de Campo Florido. Carmen, hasta ese momento tan despreocupada por las visitas que no fueran para ella, comenzó a dar especial atención a Don Clemente y ocho meses después salía de su casa con blanco traje, corona de azahares y gran cola para casarse con aquel hombre, pobre en bellezas y rico en dineros. La familia se mostró ambivalente, por un lado pensaban que aquel vejete no iba a dar la felicidad a una joven hermosa; por otra, los billetes mejoraban los peores físicos y las comodidades eran capaces de traer la dicha. Sólo Concha se enfrentó a su prima tratando de que no renunciara a Ernesto, quien la quería realmente y aunque pobre, era un buen trabajador y que no entregara su vida a un hombre que no amaba, solamente por interés. La respuesta de Carmen fue contundente:

-Deja ya de darme consejos de moral. Yo estoy segura de lo que hago. Voy a ser muy rica, heredaré esa fortuna y podré hacer lo que quiera. Tú sigue con tu José Manuel y algún día vendrás a mí pidiéndome ayuda porque estarás muerta de hambre. Entonces podré preguntarte cuál de las dos estaba en lo cierto.

Fue la última vez que las primas se hablaron.

Concha, a los dieciocho, formalizó su relación con José Manuel y con aquellas manos bendecidas por las musas preparó un ajuar  con el que podría soñar una reina. Fabricó encajes que parecían espuma de mar; sábanas con flores multicolores bordadas; toallas con las  iniciales de ambos en  mil formas distintas. A los veinte años, en el mes de mayo, salió también de blanco, con la mantilla que ella misma creó, con la tiara que ella misma fabricó, y con el hombre que amaba, hacia la felicidad que bien sabía que iba a tener.

Carmen vivió cinco años de matrimonio en una casa de ensueño, criados uniformados la servían, comía en vajillas inglesas y bebía en copas de cristal de Bohemia. Tres gatos persas adornaban el salón. Su esposo le dio todos los gustos que ella podía imaginar. La llevaba de paseo a La Habana y frecuentaban los sitios más caros. Visitaba a la familia  cada mes y así la vida se convirtió en una lujosa rutina, pero rutina al fin. Se hablaba de un joven apuesto que visitaba la casa y que lucía con elegancia el uniforme militar. Comentaba el pueblo que Carmen resplandecía con su presencia…

Al principio, Concha vivió en una pequeña casa alquilada junto a uno de los tantos arroyos de Guanabacoa. Los muebles eran pobres y los adornos modestos, pero poco a poco, entre lo que ella podía fabricar con sus manos y lo que iba comprando, se convirtió en su sitio ideal. Tomasa, la negra querida por todos en la familia, se fue con su niña preferida para dedicarse a la limpieza hasta que, ya muy vieja, solamente estaba para acompañarlos  y la tuvieron junto a ellos hasta que murió. Los niños vinieron poco a poco, el primero un varón, seguido por dos hembras. A Concha el tiempo no le alcanzaba, sin embargo, lo buscaba para seguir haciendo trabajos de bordado y tejido. Siempre estaba ocupada; pero era plenamente feliz.

Carmen no tuvo hijos y a los cinco años de casada enviudó de repente. Una tarde su esposo se quejó de un dolor en el pecho, pero se fue a una reunión con su abogado a pesar del consejo de Carmen de llevarle al médico. Dos horas después llegó la noticia de su fallecimiento. De este modo, Carmen se convirtió en una rica viuda joven y bella. Al principio pensó en quedarse en su casa de Campo Florido, pero poco después  se mudó a un lujoso piso en la calle Prado, en el mismo corazón de La Habana y reinició su vida social, asistiendo a las más sonadas fiestas y no perdiéndose una función de teatro. Su belleza se mantenía intacta. En sus salidas, llevaba  en los primeros momentos a aquel joven militar  como pareja informal, pero a medida que el tiempo transcurrió aparecieron otros acompañantes, siempre apuestos, siempre ricos y siempre desechables como pañuelos de papel.

Paso a paso, Concha fue mejorando de vida. José Manuel, economista de profesión y al principio cajero de un banco, fue gradualmente ascendiendo en su trabajo y llegó a ocupar la dirección de la empresa. Un día de verano, coincidiendo con el cumpleaños de Concha, José Manuel llevó a la familia a Santos Suárez, barrio con un próspero futuro en La Habana. Detuvo el coche en la puerta de una casa con un gran jardín y un portal con paredes de granito rosado. Miró a Concha y ella enseguida comprendió que ése sería su nuevo hogar. La casa era maravillosa y ella fue haciéndole cambios. Las mejores rosas florecieron en aquel jardín. En el patio central nadaban peces multicolores en una gigantesca pecera. En el traspatio, grandes pajareras con pericos y papagayos hacían gran barullo y adornaban el ambiente. Poco después de haberse mudado, la madre de José Manuel falleció y dejó dos hijas adolescentes a las que Concha trajo a la casa. Desde ese momento por las tardes, enseñaba  manualidades a sus hijas y a sus cuñadas y ya no solamente salían las maravillas de sus manos, sino de las de todas.

Carmen, tres años después, sin previo aviso, se mudó a París; se casaba con un joyero joven y muy rico. Se unirían ambas fortunas y dedicarían el resto de su vida a viajar, porque ahora sí sabía lo que era estar enamorada. La familia tuvo noticias de ella durante un tiempo, hasta que dejó de escribir y nada más supieron de ella.

Concha enviudó a los cincuenta y dos años. Un cáncer de pulmón se llevó en treinta días a su José Manuel. Al principio parecía que el mundo se había acabado, pero de vuelta del entierro se dio cuenta de que ahora era la cabeza de aquella familia, que el retiro que le quedaría le daría para vivir malamente y que todavía tenía dos hijas y dos cuñadas solteras. Al poco tiempo todo estaba pensado y,  a pesar de la tristeza por la reciente pérdida, inició las gestiones para poner una pequeña tienda dónde vender todos los encajes que durante tantos años había fabricado. La abrieron en la céntrica calle de San Rafael y desde el principio tuvieron éxito. El tiempo pasó, las hijas también se casaron, vinieron nietos que dieron barullo a la casona, el negocio continuó y Concha siguió con muy poco tiempo libre, siempre recordando a su marido y a la felicidad que tuvo junto a él.

Una tarde de invierno, cuando ya Concha había pasado de los sesenta años, uno de los nietos le avisó que en el portal había una señora preguntando por ella. Concha se escandalizó por haberla dejado a la intemperie,  pues era una tarde muy fría, a lo que el nieto respondió que la señora había querido quedarse allí. Concha salió a su encuentro. Allí, en una de las viejas mecedoras había una mujer delgada, modestamente vestida, con un rostro arrugado, nariz de aspecto judaico y unos grandes ojos verdes, como último estigma de una perdida belleza. Concha sintió que sus ojos se humedecían. En un momento pasaron por su mente los más hermosos recuerdos  de la infancia y la juventud. La señora se puso de pie y antes de que pudieran abrazarse dijo:

-Esto es lo que queda de tu prima. Lo perdimos todo en París, mi marido fue a la cárcel y allí murió hace un mes. No tengo donde ir.

Concha, no sin recordar la última conversación entre ambas, estrechó a su prima con amor, le pasó el brazo por la cintura y haciendo un gesto que abarcaba toda la fachada de aquella casa que era su fortaleza, uniendo su frente a la de Carmen, le dijo en tono bajo:

 

-Bienvenida a casa.

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