LO QUE ESCONDEN NUESTROS SECRETOS. Martina López

¿Y si todo el mundo miente? ¿Y si nadie dice la verdad?

La inspectora Cristina Fernández no sabía qué pensar, habían transcurrido dos semanas desde el hallazgo del cadáver de Lola Rodríguez y la policía no tenía pistas de quién era el autor del crimen. Era el caso más difícil de su carrera, y, para colmo, la habían ascendido a jefa de Homicidios recientemente. Tenía que demostrar que era buena para ejercer el cargo. Aunque eran las 23:00h seguía en la comisaría de Valencia para ver si conseguía algún avance. Desesperada ante sus intentos en vano, fue a hablar con el subinspector García.

—¿Qué tal vas? —le dijo.

—No muy bien, he repasado las coartadas de las personas cercanas a la víctima y todas se confirman. El crimen fue cometido a las 00:00h. Los padres estaban en su casa, en Barcelona, cenaron a las 22:00h con unos vecinos, que lo confirman, y se acostaron sobre las 23:30h.

—Ellos no pudieron ser, a pesar de que no tenían muy buena relación —contestó Cristina—. ¿Y los amigos?

—Un camarero confirma que estuvieron en el bar de la esquina toda la noche. Además, ellos dicen que nadie se movió ni se quedó solo en ningún momento, por lo que quedan descartados.

—¿Han llegado ya los resultados de las huellas y de las muestras recogidas en el escenario?

—No, jefa, no creo que tarden mucho. Solo nos han dicho que las huellas eran de la víctima, el resto lo sabremos con exactitud en cuanto los tengamos.

—De acuerdo, gracias —Cristina ya se marchaba cuando se giró de repente—. Por cierto, no tardes en irte a descansar, que mañana será un día muy largo.

Al salir, la oscuridad de la noche lo invadía todo. Cogió el coche. Estaba deseando acostarse.

Llegó a casa, saludó a Dani, su marido, y fue directa al dormitorio. Se tumbó en la cama y oyó que él entraba en la habitación.

—¿Qué tal ha ido tu día, cariño? —dijo él.

—Agotador, ¿y el tuyo? ¿Cómo está tu madre?

— Mi día bien, mi madre está mejor. Mañana le darán el alta.

—¿Entonces vendrás a trabajar? El caso está estancado.

—Sí, me reincorporaré y podré ayudarte.

—Menos mal, necesito mirar el caso desde otro punto de vista —añadió Cristina sonriendo.

Se durmió enseguida y, al alba, se levantó. Tomó un café con leche antes de ir a la comisaría con Dani. Aprovechó el largo paseo para ponerlo al día:

—El 29 de diciembre un vecino al vaciar la basura encuentra el cuerpo desnudo de la víctima. Llama a la policía, y el forense establece que murió el día 25 a las 00:00h. Sin embargo, guardaron el cuerpo en un lugar cerrado y lo tiraron a la basura el 29, tal vez porque empezaba a descomponerse y su olor delataría al asesino. En la autopsia no encontraron nada. Habían lavado el cadáver con lejía y no quedaba ninguna pista. Además, su estómago estaba vacío.

—¿Dices que el asesino no dejó huellas ni pistas? —dijo Dani tras sopesar la información—. Al menos eso revela algunas características de su personalidad, es decir, que es muy cauto e inteligente.

—El problema es que sin más datos no podemos elaborar un perfil —respondió Cristina.

Entraron en la comisaría y fueron a sus despachos. En el pasillo encontraron al subinspector García y al inspector Díaz hablando sobre el caso. Al verlos, se quedaron sorprendidos.

—Inspector Ruiz, qué alegría volver a verlo. ¿Cómo sigue su madre del accidente de tráfico? —dijo García.

—Bien, hoy le dan el alta y ya vuelvo a la rutina —contestó Ruiz.

—Bueno, a trabajar —dijo Cristina—. Ya he puesto al inspector Ruiz al corriente del caso. Que cada uno continúe con lo que estaba haciendo. García, usted con los dispositivos electrónicos; Ruiz, ayude al subinspector. Díaz, usted venga conmigo para revisar el piso.

Fueron en coche al piso de Lola Rodríguez, pero, después de volver a registrarlo durante media hora, no encontraron nada nuevo.

El asesino sabía muy bien cómo eliminar las pistas. Cristina pensó que era un asesino profesional o un policía. Descartó un asesino profesional, ya que suelen matar fieles a sus reglas, y el modus operandi de este crimen no coincide con ninguna.

Mientras tanto, Ruiz investigaba la información que la víctima tenía en el portátil. Para cotejar los contactos del móvil con los del ordenador, fue al despacho del subinspector García, que era quien custodiaba el teléfono. Llamó a la puerta y, al no obtener respuesta, entró. No había nadie. Buscó el celular, pero no lo encontró. Se dirigía a la puerta cuando saltó el contestador. Hablaba un hombre, de voz áspera:

“García, soy Fuentes. Necesitaremos que ocultes lo nuestro con Lola, lo de que fue nuestra amante, nos robó y nos dejó en la ruina”.

 

Antes de que García volviera, activó otra vez el mensaje para grabarlo y, una vez que lo tuvo en su móvil, lo pasó a Cristina por e-mail. Se fue a casa con el fin de buscar el nexo que unía a Lola con aquellos hombres.

Al llegar a comisaría, Cristina se encontró que no estaban ni el inspector Dani Ruiz ni el subinspector Adrián García. Extrañada, fue a recepción y se dirigió al policía de guardia.

—Hola, ¿ha visto al subinspector García y al inspector Ruiz? —le preguntó.

—Sí, inspectora, primero salió García y veinte minutos más tarde volvió a entrar, al tiempo en el que inspector Ruiz se marchaba. El subinspector, después de entrar en su despacho y estar un minuto más o menos, vino a preguntarme si había visto a Ruiz en el suyo, y yo le dije que sí, que había entrado y estuvo buscando algo. Después, sacó su móvil y estuvo sujetándolo un rato mientras miraba a la salida. El subinspector García me dio las gracias y se fue otra vez.

Cogió el móvil para llamar a Dani y vio que tenía un correo suyo. Lo abrió. Era un audio. Entró en su despacho para escucharlo. Un minuto después fue a toda velocidad a su casa mientras llamaba al teléfono de Dani, que no respondía.

Saltó del coche al llegar a su casa mientras sacaba su arma. La puerta estaba abierta.

—Dani —gritó.

No obtuvo respuesta. Fue hacia el salón.

Había una luz encendida en la sala que utilizaban como despacho. La puerta estaba abierta y vio que había sangre por el suelo. Entró. Halló a su marido apoyado contra la estantería con un disparo en el abdomen. Enfrente de él, estaba el subinspector Adrián García apuntándole con su pistola.

—Suelta el arma —gritó ella.

García no la escuchaba.

—Que sueltes el arma te he dicho —dijo aún más alto apuntándole con la pistola.

Adrián García, que apuntaba al inspector Ruiz, hizo ademán de disparar.

Sonó un único disparo y el subinspector cayó al suelo con un balazo en la cabeza.

Cristina soltó el arma y corrió al lado de su marido.

—Aguanta, cariño, te pondrás bien —le dijo entre lágrimas, luego llamó por teléfono: — Necesito una ambulancia para la calle Mayor número 2. Hay un herido con un disparo en el abdomen. Dense prisa por favor.

—Te quiero, Cris —susurró Dani.

—Y yo también, Dani.

Visitó todos los días el hospital hasta que dieron el alta a Dani. Cogieron una semana libre y, al volver a comisaría, continuaron con su rutina.

 

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