LOQUE NO SABIAS VER. Nieves Escuredo

Su cabeza era como una olla a presión que iba a estallar en cuestión de segundos, su cuerpo estaba tan dolorido que parecía como si la hubieran despedazado miembro a miembro para más tarde volver a reconstruirla. Un intenso dolor nacía en la mitad de su brazo izquierdo y llegaba hasta su hombro, donde se cebaba como las abejas ante el extraño que usurpa su colmena. Intentaba abrir los ojos, pero ni eso era capaz de hacer. Intentó recordar qué había pasado, dónde estaba, pero no alcanzaba a orientarse. Apenas podía pensar, parecía que en su cerebro se hubiese instalado una gran nube gris cargada de truenos amenazando con una gran tormenta, bloqueando cualquier intento de conexión neuronal. Esa sensación le provocó miedo, náuseas, soledad y finalmente, un total desamparo.

Quiso gritar, pero no pudo, no le salía la voz. Era desesperante, estar ahí, tumbada, sin saber nada más. Sus lágrimas resbalaron por sus mejillas, sintiéndolas como una mecha recién encendida, ese dolor le hizo sospechar que su rostro debía estar totalmente magullado.

– ¿Cómo te encuentras, Berta?

Había alguien más allí, era una voz femenina, suave, agradable, parecía un susurro, y, aunque no pudo percibir su presencia, sintió un atisbo de alivio. Había alguien más.

– ¿Quién eres?

– ¿No me conoces?

-Apenas te puedo ver… ¿nos conocemos? ¿dónde estoy? – dijo desesperada.

– Tranquila, estoy para ayudarte. ¿Sabes cómo llegaste hasta aquí?

– ¡No! no sé qué hago aquí, no sé qué me ha podido pasar, ¡ayúdame por favor!

-Creo que debes comenzar por intentar recordar qué ha pasado, yo puedo ayudarte y acompañarte en ese camino. ¿Qué es lo último que recuerdas?

Berta no podía identificar aquella voz, pero por alguna extraña razón le resultaba familiar y esto parecía tranquilizarla en principio. Intentó recordar, pero en su cabeza había un gran bloqueo que le impedía trasladarse al momento que había desencadenado la situación actual. Haciendo un gran esfuerzo mental aparecieron algunas imágenes, pero éstas eran fugaces e inconexas.

– Estoy… confundida… creo que habíamos salido a cenar con amigos… hubo una discusión y…- titubeó.

En realidad, no sabía si realmente habían salido a cenar o si por el contrario era algún tipo de sueño ya que, en su mente, aparecían imágenes confusas desapareciendo al instante.

– Tranquila, es normal que no sepas muy bien ni cómo ni qué ha pasado, pero voy a intentar traerte esos recuerdos para que puedas conectar con ese momento porque es muy importante. Crees que habías salido a cenar, ¿con quién?

– Creo… creo que sí, ¡Dios mío! ¿Dónde está Manuel?

– Manuel… ¿quién es?

Berta se sintió confundida, esa mujer no sabía nada de Manuel. Si habían tenido un accidente, Manuel también estaría herido como ella, pero si aquella mujer no sabía de su existencia significaba que, o bien a Manuel no le habían encontrado o bien aquel accidente no había existido, y en ese caso ¿qué le había pasado? Su presión arterial comenzó a subir nuevamente, de repente sintió como su corazón quería salir corriendo de su pecho, estaba histérica, fuera de sí.

-Cálmate, por favor. Si quieres que lleguemos a saber cómo has llegado hasta aquí, me tendrás que ir contando qué pasó ese día. Puede que sea muy precipitado pedirte esto ahora. Vamos a intentar tranquilizarnos de nuevo y hablar, solo eso, ¿te parece?

Berta sintió cómo le cogía la mano. Era de tacto suave, y se dio cuenta de la diferente temperatura corporal de aquella mujer y la suya, mientras ella sentía que sus manos estaban heladas, aquella mujer las tenía cálidas.

Un sentimiento de anhelo la invadió, era como si ese simple gesto la hubiera transportado a su hogar.

-A ver, por ejemplo, cuéntame cómo era tu vida, Berta.

-Normal, mi vida es normal. Llevo un tiempo de baja en el trabajo por unos problemas que he tenido, pero salvo por eso, es una vida sencilla. Trabajamos, salimos de vez en cuando, quedamos con sus amigos. Manuel, mi marido, es médico ¿sabes? y cuando tiene guardias me acerco al hospital y cenamos, no podemos extendernos mucho porque el tiempo es limitado, pero bueno, es una vida normal.

-Lo dices como… ¿resignada? ¿no te gustaba?

-Bueno, ahora paso mucho tiempo sola. Cuando trabajaba apenas me daba cuenta, porque estaba fuera de casa mucho tiempo y al final sólo tenía ganas de llegar a casa, pero ahora con tantas horas libres, pues echo de menos lo de antes.

– ¿Por qué estabas de baja?

-Tuve un problema con un compañero, me causó mucho estrés, y me recomendaron estar un tiempo fuera de servicio, soy policía, y en el estado en que estaba no podía hacer bien mi trabajo.

– ¿Qué tipo de problema?

-Un compañero. Al principio nos caímos bien, me tocaba hacer muchas guardias con él. Es importante llevarte bien con tu compañero porque son muchas horas en un coche solos. Le dejó su novia y estaba deprimido. Yo le apoyé en todo, incluso me acuerdo de que llegué a ayudarle con la mudanza, algo que no le sentó muy bien a Manuel, claro, él es a veces muy posesivo y celoso, me quiere mucho ¿sabes? y es que cualquiera que se acerque a mí lo ve como una amenaza. Le dije que era un exagerado, pero al final tuvo razón, como siempre. A veces das tu confianza a las personas y eso las confunde. Eso es lo que le pasó a mi compañero; no asimiló que sólo era una compañera. Comenzó a perseguirme en horas fuera del trabajo, me llamaba a cada rato. Manuel me dijo que eso no era normal, nos lo encontrábamos en todos lados. La gota que colmó el vaso fue una noche que estábamos cenando, celebrando nuestro aniversario y llegó al sitio enfadado, diciendo cosas que no tenían mucho sentido, señalando a Manuel, increpándole. Salieron, porque Manuel quiso calmarlo. Al día siguiente, cuando lo notifiqué a mis superiores no me creyeron. Me hicieron sentir como si estuviera loca, como si las cosas que yo había vivido fueran mentira. Me sentí muy poco apoyada, todos los compañeros me miraban como si yo fuera la que hubiera hecho algo malo. Fueron meses muy duros, me sentía muy aislada por todos, y creo que caí en una depresión. Mis superiores me sugirieron la baja.

– Supongo que no fuiste a ningún especialista, te aconsejó tu marido ¿no es así?

-No… bueno, sí. El día que me dijeron que no estaba en condiciones para hacer bien mi trabajo me fui a casa llorando. Se lo conté a Manuel. No se lo podía creer porque él había sido testigo. Me dijo que lo mejor era que por un tiempo me quedara en casa y me recuperara, así, mientras tanto, podría pedir otro destino.

– ¿De eso hace mucho?

-Casi seis meses.

-Bien, supongo que fue una situación difícil, tu estado emocional no era el más apropiado. Entiendo que puede que estuvieras más irritable de lo normal y discutíais más.

– ¿Cómo?

-Sí, me has contado que lo último que recuerdas es que habíais discutido, ¿recuerdas?

-Sí…ahora recuerdo algo, habíamos quedado con unos amigos míos, llegamos tarde, tan tarde que mis amigos nos avisaron mientras llegábamos que se marchaban. Hacía más de un año que no los veía.

– ¿Por qué llegasteis tarde?

– No lo sé. Sé que estuve preparándome para ser puntual, mientras Manuel veía una película. Le avisé varias veces que se nos estaba haciendo tarde, y no me hizo ni caso. Yo tenía ganas de salir y verlos, porque mis oportunidades son limitadas, y era un plan que me apetecía muchísimo. Sólo era cenar porque ellos tenían que irse, la niñera solo la tenían contratada hasta una hora y al día siguiente tenían que coger el avión de regreso a su ciudad, pero habían accedido a cenar con nosotros, era un plan muy tranquilo.

– ¿Por qué no te fuiste tú?

– ¿Cómo voy a hacer eso? No podría. Es verdad que cuando llegamos tarde a algún sitio lo pienso, pienso que a la próxima voy sola, sin esperar, pero luego no puedo hacerlo.

-Entonces, ¿te había pasado más veces?

-Sí. Cuando yo tengo un plan, sé que, si a Manuel no le apetece, no me lo va a decir, pero va a postergar la puesta en marcha. Hemos tenido discusiones por ese motivo.

-Y entonces ¿esa fue la razón de la discusión? Bueno, entonces motivos no te faltaban para enfadarte.

-Sí… le reproché muchas cosas. Yo ya no tengo amigas, solo le tengo a él y a la gente de mi trabajo, no tengo ningún círculo social más. Con los compañeros de trabajo ya no puedo contar, porque no están de mi parte.

– ¿De parte de quién estaban?

-De mi compañero. Me acusaron de querer llamar la atención.

– ¿Nunca intentaste hablar con él para saber qué pasó?

-No, preferí alejarme, Manuel ya me dijo que ese perfil es peligroso. En realidad, eso es acoso.

– ¿Entonces aquí no tenías a nadie?

-No.

– ¿Ninguna amiga?

-La verdad es que no. La gente hace su vida, y poco a poco vas perdiendo el contacto. Además, cuando comencé a salir con Manuel me volqué demasiado en él. Al final sólo salía con él.

– ¿Por qué te volcaste en él si tiene sus propios amigos?

-Bueno, muchas veces los planes coincidían, y como tiene el trabajo que tiene. Yo prefería quedar con él, aunque también estuvieran sus amigos. – Berta explicaba esta situación poco convencida. Ella había decidido apostar por él, pero se empezaba a dar cuenta de que había dejado atrás a mucha gente.

-Bueno, fue una decisión tuya, ¿no? nadie te obligó, ¿verdad?

-Eh… sí … sí, totalmente voluntario – dijo en un tono que ni ella misma se creía.

-Claro Berta, en el fondo todo lo que tú has hecho ha sido voluntario, nadie te ha obligado, creemos ¿no es así? Vamos a ver… por ejemplo, aquellas cenas con amigas donde salías corriendo para poder llegar a casa, con ese sentimiento de abandono a tu marido; aquellas conversaciones telefónicas en tu propia casa que tenías que cortar porque él te pedía que por favor colgaras porque… ¿estaba haciendo algo importante Berta? ¿qué estaba haciendo tan importante que tu simple conversación le molestaba?

Berta se sorprendió ¿cómo sabía esas cosas aquella mujer? Eso pertenecía a lo más íntimo de su ser, nunca había hablado de esos episodios, ni si quiera con amigas, sentía vergüenza y prefería no contarlas.

Aquella mujer siguió descubriéndole esos episodios, mientras Berta los visualizaba.

– ¿Qué me dices de esas cenas mientras él estaba de guardia? Tú no podías hacer ningún plan porque nunca sabías cuanto tiempo tendrías que esperar para poder cenar con él, para luego despacharte en ¿apenas un cuarto de hora, Berta?

– ¡Basta! ¿Quién eres? ¿Qué quieres? – dijo llorando.

– Quiero que despiertes, Berta, estás aquí por todo eso. Yo estoy aquí por todos esos momentos. En realidad, lo que pasó esa noche no era motivo para perder los papeles, pero sí una “cosa más” que se sumaba a tu impotencia, hastío y frustración. No podías tener planes propios porque eran siempre secundarios. En realidad, Berta, tú eras secundaria, en su vida y en la tuya propia. Tu paciencia, por alguna razón se agotó esa noche y al final tomaste la decisión que tenías que haber tomado hace tiempo, porque desde hacía tiempo, Berta, no eras feliz.

La ira de Berta fue en aumento. Se daba cuenta de que esos eran los reproches que esa noche le había hecho a Manuel, terminando por confesar que estaba harta de estar siempre a su disposición, que le dejaba. Recordó que Manuel había cambiado de dirección bruscamente con el coche y habían vuelto a casa, donde la discusión continuó ya a otro nivel. Él le había ofrecido unos tranquilizantes para que se calmara porque estaba loca, pero eso la había cabreado aún más. Ese tono tranquilo, ofreciéndole la supuesta ayuda, haciéndola sentir como si hubiera perdido la razón, no lo había podido soportar. Recordó que en ese momento le había cogido el frasco de las pastillas y se lo había tirado para inmediatamente ir hacia la habitación y hacer una pequeña maleta. Las imágenes en su cabeza pasaban a gran velocidad. Cuando estaba cogiendo la ropa él se había abalanzado sobre ella diciendo que no iba a salir de allí, no iba a permitir que le abandonara. Ella le empujó con todas sus fuerzas, pero el volvió sobre ella descargándole un puñetazo en la cara que la tiró al suelo, dejándola casi sin sentido. Notó como sus manos no la dejaban respirar. Ella sacó las pocas fuerzas que le quedaban para poder luchar y en el forcejeo se golpeó con la mesilla de noche en la cabeza, quedando en la más absoluta oscuridad.

– ¡Hijo de puta! – gritó con rabia.

– ¿Recuerdas ya todo lo que te hizo, Berta?

– ¿Quién eres?

-Yo soy todo eso que tienes ahí guardado en tu cabeza. Soy esa voz que apagaste en tu consciencia para no escucharla. Por algún motivo no querías expresar las cosas que no te gustaban. Preferiste seguir una vida normal y ahora casi la has perdido. Tienes que volver a la realidad, Berta, o será demasiado tarde.

 

Una fuerte descarga sacudió todo su cuerpo. Varios susurros retumbaron en su cabeza, podía distinguir diferentes voces, podía percibir como había varias personas cerca de ella, otras, dos o incluso tres, corrían de un lado para otro. Intentó abrir los ojos, pero esta vez la luz era tan potente que tuvo que volver a cerrarlos.

-La tenemos, doctor Ramos, está estabilizada- dijo una voz desconocida.

 

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