LOS HOMBRES DE MI VIDA. Inma Noguera

No quiero ser mi padre, ni el padre de mi padre; en ocasiones no quiero ser ni el que soy, porque son ellos los que ya están dentro de mí, incluso antes de haber nacido. Si alguien pregunta quién soy lo honesto sería responder que aún soy nadie. No he intervenido en nada de lo que me identifica, me siento abocado a una sentencia ineludible, que me persigue y de la que no logro desprenderme.

Soy mi abuelo y sus renuncias: sólo el vetusto legajo que atesoraba bajo el colchón le hacía olvidar su hartazgo de ser hombre. Se definía como un tipo corriente, con una vida convencional, una mujer parecida a todas y unos hijos semejantes a la mayoría. Me contaron también que, cada noche cuando su mundo dormía, acurrucado de penumbra y zureando como un pichón, amordazaba su frustración y proyectaba la cacería contra sus fantasmas; así, poseído por la danza de la pluma sobre el papel, añadía voces al conjuro de su pasantía para erigirse dios. Sólo entonces se sentía invulnerable y decidía, una vez más, eternizar el final de su libro. Más tarde he sabido que publicó otras obras, pero aquella, a día de hoy, continúa inacabada. Ahora, un jurista jubilado desde hace casi dos décadas, pasa las mañanas en un banco del parque y rememora con las palomas los entresijos de la justicia. Al banco le ha ido concediendo atributos humanos. Cuando olvida volver a casa, porque hay días que olvida el hambre o las ganas de mear y salimos en su busca, se despide del asiento con unos golpecitos en el respaldo y en voz baja le dice: luego vuelvo, espérame.

Mi padre es el segundo de sus hijos y el que decidió hacerse cargo de él cuando mis tíos resolvieron llevarle a una residencia. Cualquiera podría creer que su decisión fue un acto de amor, pero yo sé que no es así. Acumular pruebas, juzgar y emitir sentencias va en mi ADN, y veinticinco años de observación me dan licencia para opinar sin riesgo de equivocarme que le odia, le odia tan profundamente que necesita tenerle cerca, para no perder de vista que le sigue odiando.

El sueño de mi abuelo era escribir, pero un escritor no podría mantener a la modélica familia que sus padres ideaban para él. Resolvió estudiar leyes y destacó en los juzgados resolviendo los casos que otros rechazaban por complicados. Estoy convencido de que lo que realmente le satisfacía era formar parte de las historias más espinosas, las que habría deseado recrear en las páginas de los libros que nunca escribiría. Dedicaba las madrugadas, y a escondidas de su mujer, a los manuscritos que atesoraba bajo el colchón. Culpaba a su padre, mi bisabuelo, de haberle robado el proyecto de su vida. Mi padre culpa a mi abuelo por una razón idéntica y yo los culpo a todos en bloque. Los hago responsables de que algunos días no pueda quitarme de la cabeza la idea de acabar con todo, incapaz de afrontar sus reproches y manifiestos de decepción. Me niego a ser otro eslabón en esta cadena, me rebelo y sigo ahí, tan cobarde como ellos, asumiendo ser quién esperan y que poco tiene que ver conmigo. Como se esperaba de mí me licencié en Derecho, fui un estudiante ejemplar y podría ser brillante en mi profesión, de no ser porque soy consciente de que no llegaré a ejercer jamás la abogacía. Yo no. El único poder que ambiciono es el de triunfar en un escenario y dar vida a todo tipo de personajes, animados o no.  Tengo un deseo desde niño: ser una cartera. Tal vez os confiese el motivo. Me sentará bien contar algo que nunca he contado a nadie.

Soy mi padre. El triunfador, el intachable. Mi padre y su cobardía, sus ansias de poder y el ofrecimiento de su alma a cambio de prestigio. En cambio, su pasión es la ingeniería aeronáutica, por la que únicamente se interesa en alguna revista a la que se suscribió en secreto, para evitar el discurso censor de mi abuelo.

Éste soy yo, soy mi padre y sus monstruos. Hay imágenes suyas que no me dan tregua, me persiguen o me cortan el paso constantemente: el cigarro que se consume entre los labios y se agita al compás de las palabras, como si hablase entre dientes, forma parte de un retrato mental recurrente. Mi madre le ha recriminado el hábito desde que una de sus colillas cayó dentro de la bañera en la que yo pretendía decapitar a Mr. Potato, pero para alguien como él significa poco la opinión de una mujer y menos aún si es la suya. Dejaré de fumar, lo juro.

Desde la ventana de mi habitación le veía cruzar la calle cada mañana para dirigirse primero al bar, donde tomaba café de un trago, y después bordear el parque hasta la Ciudad de la Justicia. Doscientos metros en los que yo no apartaba la vista ni un instante hasta que desaparecía tras la puerta de enormes cristales giratorios. ¡Cuántas veces deseé convertirme en la cartera que mi padre sujetaba con tanto celo! Imaginaba que mi mano era el asa y paseábamos sin que soltase mi mano ni un instante. La realidad nunca tenía puntos coincidentes con mi sueño y todavía hoy miro a mi padre y me pregunto por qué nunca me tocaba.

Desde aquella misma ventana observo, ahora, decenas de palomas alrededor de mi abuelo que salen espantadas si se acerca el perro de Blas, un indigente que algunos días comparte pasado con el escritor; eso le cuenta mi abuelo, que es un escritor y que sale en busca de inspiración.

Me cuestiono a quién ofreceré yo mi alma para obtener a cambio el valor que necesito. Pertenecer a una familia como la mía, en la que nadie es quien dice ser, hace que me sienta un participante en el juego del escondite, y mi papel es el del que nunca grita ¡Casa! Además, la hipocresía suele ir acompañada de intolerancia y encontrar aliados fue tarea imposible, aún en la infancia. Es verdad que el abuelo en sus últimos días reclamaba mi presencia e intentaba, balbuceando, contarme algo. Sujetaba mi mano con las pocas fuerzas que le quedaban y por más que yo insistía, sólo conseguía articular algún sonido gutural, que expresaba más agonía que confidencia. Debía ser importante, pensaba yo. Era importante, después lo he sabido al leer sus diarios.

“Van pasando los meses y finjo el aislamiento propio del opositor. Creen que me he volcado en conseguir uno de los primeros puestos. En la convocatoria se ofertan diez plazas y en casa dan por supuesto que una será mía. ¡Qué equivocados están, abuelo y qué paradójico que, ahora que no estás, sienta que eres el único al que puedo hacer partícipe de mis planes! Lo que realmente estudio es el guion de la obra que siempre quise representar. La primera vez que fui al teatro fue contigo, llegamos tarde ¿te acuerdas? Te habían regalado unas entradas y no conseguiste que ellos aceptasen acompañarte, así que resolviste el compromiso llevándome contigo. Recuerdo haberte oído decir que hay lugares donde no se puede ir solo.

Las palomas te echan de menos y Blas acude cada día a vuestro banco. Ahora él se encarga de darles de comer. Y ¿sabes quién mantiene largas conversaciones con Blas?, eso es: mi padre. Le prejubilaron antes de la demolición de los viejos juzgados, y camufla el resentimiento construyendo maquetas de barcos con tu amigo Blas como espectador. Y por cierto, hablando de espectadores, pronto estrenaremos la obra. Tengo el papel principal, por fin, abuelo, representaré Madame Butterfly. He decidido esperar al día de la función para sincerarme con mi padre. He insinuado algo, pero ya sabes cómo es él, ciego y sordo para lo que prefiere ignorar. Ella, más intuitiva o simplemente madre, creo que sospecha algo. Hace unos días me sorprendió en actitud cariñosa con Lucas y todavía no ha habido reacción alguna por su parte, tal vez no la haya.

Quisiera que vinieran a visitarte alguna vez, aunque también sé que no vas a echarles de menos. A mí no me gusta este lugar, los jarrones con flores de plástico huelen a olvido, el silencio es pegajoso, y los recuerdos amenazan mi determinación de ser quien soy y no otros.”

Los diarios del abuelo han resuelto mis incógnitas y me han desvelado lo que quiso decirme antes de morir y no pudo: soy un bastardo. Literalmente, el hijo de una puta de la que mi padre estuvo encaprichado hasta que ella enfermó. Esas páginas narran con detalle el día en que aquella mujer apareció, coincidiendo con Nochebuena, y en presencia de los asistentes a la cena familiar, suplicó compasión y que se hiciesen cargo del niño que la acompañaba. Mi abuelo, escribe, apartó a mi padre y su desconcierto, y me sentó en la mesa junto a él, después de dar un tremendo portazo. Pocas páginas después, enmarcado en un círculo puede leerse: “la puta ya no va a molestar más, la mala vida que llevaba se la ha tragado.”  Lo que para él supuso cerrar un episodio familiar indeseable, para mí, ahora, es un laberinto emocional repleto de cuestiones que necesito analizar para explicar quién he sido y en quién deseo convertirme.

Gracias a sus escritos, también he sabido de la profundidad de su amor por Marta, a la que amó hasta que su mente lo permitió. Muy pronto empecé a intuir que lo que sentía por mi abuela era un cariño protector que, ahora se confirma, en nada se parecía al amor. En esos textos examina su conciencia y se duele de pecados inconfesables, compartidos, únicamente, con su amigo del alma, testigo presencial de su época más oscura. Se conocieron durante la guerra civil y fueron cómplices de hechos de los que nadie se sentiría orgulloso. No he podido localizar a Gregorio, pero no desisto, continuaré mi búsqueda y si está vivo, daré con él. Quiero conocer de  primera voz las andanzas de juventud de un hombre al que empecé a querer demasiado tarde y al que, quién sabe, si no debo la vida.

Mi mayor temor se concentra en mi padre y su intransigencia. Sentirá profanado su pasado. Va a maldecir la hora en que me permitió leer al abuelo y sé que pertenece a ese grupo de personas para las que la crítica y el reproche son, entre todas las injurias, las que menos perdonan. Habrá noches en las que, como los lobos, aullará durante horas recordando a sus víctimas. Yo quiero creer que esos aullidos, ciertas noches, contendrán arrepentimiento. En cualquier caso, yo estaré demasiado lejos para que el brillo de sus colmillos llegue a intimidarme, sobre todo ahora, después de descubrir el motivo de su aspereza y ese cariño suyo, siempre tan remoto. ¡Que le perdone Dios, porque yo aún no puedo!

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