LOS SUSPIROS DE MATILDE. Bettina Caporale

El día de su despido Aguirre amaneció con la conciencia turbia, o si se quiere demasiado lúcida, que eso depende de cómo se lo mire a juzgar por lo que luego iría a suceder. Manoteó el reloj de la mesa de luz y miró resignado la aguja más corta, que implacable marcaba ya las siete. Sin tiempo siquiera para maldecir, y guiado más por el hábito que por la visión, marchó hacia el baño con la temeraria precisión de un sonámbulo.

Atrás quedó Matilde, que se levantaría justo cuando él saliera para comenzar con sus tan renovados como efímeros bríos aquel emprendimiento del que hacía poco le había hablado y que él no recordaba ni comprendía del todo bien. La observó entre penumbras y casi pudo adivinarla: Matilde envuelta en el suave acolchado, aplastada la mujer por aquel peso liviano e incondicional.

Ya en el baño se miró al espejo, un rápido vistazo para confirmar que todo siguiera en su lugar, al menos a grandes rasgos, que si buscaba las diferencias seguro terminaría por encontrarlas, pues no hay un solo día que pase en vano y se vaya sin dejar su marca aunque sea minúscula. La cabeza redonda empeñada en su anunciado camino hacia la calvicie, los ojos miopes casi irreconocibles sin el marco del armazón metálico, la nariz demasiado derecha para pretender audacia, la eterna sonrisa camuflando la amargura de los labios, finos y rectos: efectivamente, todo seguía en su lugar.

Empujó la mampara de la ducha con delicadeza, los miembros pesados entraron para recibir la diaria y obligada caricia, la mano derecha hinchada por el calor de la cama empujando el grifo del agua fría primero, el otro en seguida después, la lluvia tibia martillando los huesos ocultos del cráneo, las clavículas, el esternón, una por una las costillas. Mientras observaba hipnotizado a las gotas recorrer como lágrimas los azulejos de cerámica blanca recordó a Matilde eligiéndolos en aquel local exclusivo, de la misma manera en la que había elegido casi todo lo que los rodeaba. Matilde que ahora dormía un sueño esperanzado y entusiasta, Matilde que ya iba para un mes que no andaba por la casa exhalando aquellos suspiros que  ni consuelo buscaban.

Ya en el estudio devolvió los cotidianos saludos hasta llegar a su oficina y al pasar le pidió un café a Marita, que seguía desviviéndose por que él al menos la mirara. En otras épocas hubiera hecho mucho más que mirarla, pero a esta altura hasta los ojos tenía cansados de decir que sí.

Su oficina lo recibió silenciosa, con el hermetismo del doble vidrio reforzado cubriendo el amplio ventanal que daba a la avenida, ocho pisos debajo.  Sin darle tiempo para ensayar al menos un suspiro de  iniciación,  las caderas redondeadas de Marita acercaron la bandeja con su exagerado balanceo y los brazos rellenos la apoyaron sobre el escritorio. – Ah – dijo la mujer aún inclinada–, me olvidaba de lo principal: el Dr. Mena quiere verlo.

La conversación con su jefe fue breve y concisa. Aguirre salió del despacho circunspecto pero tranquilo, con el paso firme, sin mirar a los costados, la humillación apenas delatada por unas gotas de sudor a la altura de la sien, aunque sólo del lado izquierdo. Marita lo miró de reojo, las uñas rojas tipiando con calmada celeridad los términos del  litigio de turno.

La mujer esperó verlo aparecer otra vez o al menos llamarla por el interno durante el resto de la mañana y la tarde entera, pero aquélla constituyó apenas una más de sus tantas esperas, pues Aguirre no dejaría su puesto hasta entrada la noche.

Cuando al fin abrió la puerta de su oficina las luces estaban apagadas, pero él podía ver todo con la notable precisión de un ciego acostumbrado. Sin despedirse de nada miró las cosas por última vez con la dignidad pretendidamente ilesa, la corbata desanudada y el saco colgando desde el hombro sostenido apenas por el índice quebrado. La alfombra bajo sus pasos fue el único testigo de su vacilación, mientras  los espejos de la entrada principal renunciaron una vez más a devolverle lo que durante tanto tiempo él pretendió no ver. El portero lo saludó con un gesto imperceptible, sentado con las piernas abiertas y estiradas – pues a esa hora de qué vale la decencia-  y el parloteo de su minúscula radio portátil estampado contra la oreja.

Aguirre se dirigió al estacionamiento y no tardó en encontrar su auto, que a oscuras lo esperaba con todos sus lujos al igual que lo haría un perro de la calle. Volvió manejando muy despacio y con distraído cuidado; veinticinco minutos para llegar a casa, treinta a más tardar si el tránsito así lo requería.

Frenó ante una luz roja y un auto viejo se detuvo a su lado. Adentro Aguirre pudo ver a dos jóvenes hablando animadamente con unos gestos y unas risas que él encontró exagerados, pero aun así  – o acaso justamente por    eso – bajó la ventanilla como si quisiera penetrar en aquel mundo de incógnito. Un aire cálido, con olor a río, le dio de lleno en el rostro. Supuso que iría a llover, aunque eso no cambiaría en nada los planes de los jóvenes. Pensándolo bien, tampoco los suyos.

Los dejó marchar con un también exagerado arranque para volver al discreto confort del aire acondicionado y a su ascético lugar de espectador en las vísperas de aquel fin de semana. Esta vez no quiso encender la radio como en general hacía: demasiadas noticias para una sola jornada. En lugar de eso pretendió concentrarse más que nunca en las señales de tránsito: de sobra sabía que aquellos momentos eran los más peligrosos para andar por el mundo.

Apenas dos cuadras recorridas y otro semáforo en rojo, evidentemente estaban descoordinados. – La cosa no está funcionando del todo bien – había sido el eufemismo  con el que el Dr. Mena inaugurara su discurso de despedida. Desde atrás una bocina lo sacudió del asiento, así que  presionó el acelerador y salió andando, no fuera cosa que el conductor buscara entrar en discusiones por tamaña nimiedad.

Ya había oscurecido  y las luces de la calle se habían encendido sin que él lo notara, como si un preciso mecanismo dispusiera en qué momento y de qué manera debía autorizarse a la noche a comenzar.  Las bolsas de basura, último vestigio del diario trajín de las casas, aguardaban en sus canastos enrejados para ser retiradas a la madrugada, mientras un perro enflaquecido aprovechaba el descuido de alguno que en su apuro la hubiera arrojado lejos del blanco.

– Te aseguro que esto me trasciende – se había justificado Mena –, es que como están dadas las cosas no tengo otra opción – y movía la cabeza como quien lamenta una gran pérdida. Tendría que haberle preguntado de qué cosas hablaba, pensó Aguirre casi en voz alta mientras ponía la luz de giro. En realidad eso es lo que Matilde hubiera preguntado, lo que ella querría saber y lo que él no sabría responderle. Claro que podría inventarle algo, pero de qué valdría si al fin y al cabo su mujer terminaría por descubrirlo.

Media cuadra más y ya estaba frente a la entrada de su casa. Las luces lo recibieron encendidas, indicando el recto camino hacia la puerta principal. Activó el control remoto que siempre llevaba al alcance de la mano y el portón de hierro negro comenzó a abrirse, deslizándose lento y sonoro por la canaleta. Las ruedas recorrieron silenciosas el cemento grisáceo y apenas necesitó maniobrar para que su auto se detuviera a prudencial distancia del de Matilde. Al bajarse escuchó unas voces agudas provenientes del jardín vecino: los niños no podían esperar el mes que faltaba para recibir al nuevo año y ya intentaban, con estruendosa pirotecnia, apurar los caprichos del calendario.

Cerró la puerta del auto con el cuidado necesario para evitar anunciar su llegada, el mismo que emplearon sus zapatos al avanzar y la llave al girar dentro de la cerradura. Apoyó el saco sobre lo que su mano reconoció como el posa brazos del sillón, tan espesa era la penumbra que Matilde se empeñaba en hospedar al anunciarse cada noche. A tientas se dirigió hacia la cocina por un vaso de agua, infalible excusa para tomarse en realidad un respiro, que más que ordenarle las ideas sirviera para prestarle alguna a su cabeza.

Sobre la mesa desnuda yacía la breve nota de Matilde recordándole los mensajes, los de ése y los de tantos otros días. Cansada de esperar la mujer se habría ido a dormir, dejándole por todo saludo los restos de la cena.

Aguirre comió sin cubiertos ni apetito, pues nada de eso era necesario ahora. Se puso de pie cansado y caminó despacio, con la obcecada decisión de un viejo. Al vaso de agua lo dejó, servido y olvidado, a un costado del lavatorio junto a los otros restos.

Atrás quedaron otras cenas, como también quedaron las noches en vela a fuerza de café aguado y textos ajenos con fechas límite, el puesto regalado al flamante yerno     (-Que mi hija merece lo mejor – había sido la advertencia), los ovarios dormidos de Matilde, secos a fuerza de tanto suspirar, la vuelta a casa del domingo con la frustración del gol nunca convertido.

La biblioteca lo esperaba como siempre, ofrecida a sus anchas sin reproches ni condiciones. Él mismo la había ido poblando muy de a poco, cada nuevo ejemplar elegido con esmero, paladeado con dedicación, un regalo a su esfuerzo como lector. Sin siquiera encender la luz la recorrió con amorosa mirada; pudo percibir el olor del roble mezclado con el del papel descolorido entre las tapas de cuero grueso, el silencio esta vez elegido, la fría suavidad del escritorio extrañando su presencia, los cansados latidos del corazón acobardado, el resto de respiración contenido en los pulmones, apretados contra el pecho.

Se sentó en el sillón de terciopelo y apoyó las manos sobre la madera lustrada. Abrió el cajón con inútil delicadeza y rozó el contenido para comprobar que allí tenía lo necesario.

En el jardín vecino los niños seguían jugando, de modo que los gritos de festejo se imponían sobre las calladas palabras que ocupaban la habitación. Palabras de otros que sabían tanto más que él, que habían podido hacer otra cosa con sus pensamientos y con su honor.

De pronto los niños también callaron: con cómplice excitación esperarían el resultado de su nuevo experimento. Palpitantes los corazones, ignorantes de todo dolor, aferradas las manitos en ingenua ronda.

Aguirre cerró los ojos y los apretó con fuerza, la misma fuerza del que quiere olvidar un mal sueño o sacudirse el horror. Los dedos se habían movido ya, con el permiso ganado de toda una vida. El estampido se confundió con el de afuera: en aciaga coincidencia, el cuerpo de Aguirre dejó este mundo coreado por las risas de unos niños que le daban la bienvenida a un nuevo año.

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