LUCIA. Carmen De Celis

Cualquier parecido con la realidad es cierto. Os contaré lo que sucedió en mi ciudad hace más de treinta años.

Manolo recogió a Yolanda con  retraso. El Citroën GS que le habían prestado para el secuestro se había quedado sin gasolina y tuvo que recurrir a su viejo coche.

—¿Por qué llegas tan tarde? ¡Me estaba poniendo de los nervios! —dijo Yolanda.

—Sube y calla, hostia. Que el hijoputa de Luis me dejó el coche, pero sin gasolina —contestó Manolo contrariado.

—Menudo cambio de mierda. ¿Dónde vamos con este 127? A ver si te piensas que cabe un tío en este maletero.

—Que te calles. ¡Hostia ya! Y dame el pico. —dijo fuera de sí—. ¿Te has metido ya?

Tras chutarse, se dirigieron a la empresa por una carretera de segunda que Manolo conocía perfectamente de sus veinte años trabajando en Todoauto, un negocio que se dedicaba a la compraventa de automóviles.

Esperaron a que salieran el director y el encargado, Benavides y Fernández, que acostumbraban a cerrar a las 20.30 horas.

Manolo, al verlos salir, se enfundó la cabeza en una media  de Yolanda y, a punta de pistola, obligó a sus antiguos jefe y compañero a meterse en el coche de Benavides y a conducir por una zona cercana, Los Pinos, un paraje solitario donde muchas parejas iban a ver las estrellas.

Ellos, asustadísimos, obedecieron sin resistirse y condujeron en silencio hasta que Manolo les dio la orden de parar y meterse en el maletero. A continuación regresó,dando un rodeo para despistar, y recogió a su compañera, que esperaba con el 127.

Ella, al verlo llegar, se puso un turbante para que no la reconocieran, subió al cochazo y se dirigieron a la casa que Manolo tenía en el pueblo vecino. Una casita de veraneo, comprada  con no poco esfuerzo, y que se había convertido en el nido de amor con Yolanda, su amante.

Al abrir el maletero los dos hombres encerrados saltaron buscando escapar de los dos drogadictos a puñetazos. Pero un disparo al aire los retuvo y la desalmada de Yolanda aprovechó para vendarles los ojos con esparadrapo.

En una de las habitaciones de la planta de arriba tumbaron a Benavides en una cama y lo ataron con cuerdas. Rápidamente llevaron a un descampado a Fernández, al que dieron las instrucciones para recuperar a Benavides: veinte  millones de pesetas a cambio de su vida.

Una vez libre, Fernández se quitó  el esparadrapo y contó a la familia de su jefe lo ocurrido. Tras varias deliberaciones decidieron acudir a la policía. Mientras tanto Benavides había conseguido soltarse, escapar de la casa, correr a la policía y denunciar su secuestro.

Esa misma noche los secuestradores, Manolo Presa y Yolanda Tejedor, fueron detenidos.

La policía dio la noticia a Lucía, la mujer de Manolo, que enmudeció. Fue incapaz de reaccionar. Sentía el corazón parado y el suelo había desaparecido bajo sus pies. No tenía nada que decir. Cogió una chaqueta, se calzó y salió de puntillas para no despertar a los niños.

En la comisaría le permitieron a hablar con Manolo, quien dijo:

—¡Cariño, te lo puedo explicar!

Ella no contestó.

—Mírame, ¿por qué no me miras?

Ella levantó la mirada pero era incapaz de hablar.

—¡Háblame! Yo sólo quería dinero. ¡Me echaron, los hijos de puta!

Lucía dio media vuelta y se fue a casa, con la cabeza gacha y la chaqueta cerrada sobre su cuerpo encogido. No lloró, tampoco durmió.

Aquella noche pasaron por delante de sus ojos tantos años de convivencia y mil preguntas sin respuesta. Antes tenía un marido normal y ahora tengo un heroinómano, delincuente y secuestrador. Se preguntaba qué había hecho mal. Serán los niños. El trabajo. Seré yo. Qué hace con esa, que parece una yonqui.

Hasta hacía poco llevaban una vida envidiable. En el barrio eran respetados. Sus hijos estudiaban en uno de los mejores colegios, tenían una casa de verano y dinero para vacaciones . Poco más se podía pedir.

Manolo llevaba una temporada llegando más tarde del trabajo. Había hecho creer a Lucía que tenía clientes que le entretenían. Pero fue una canita al aire  lo que le llevó a la perdición. Se enamoró de una prostituta y drogadicta. La retiró de la calle y él se enganchó a la droga, que necesitaba a diario. Luego fue despedido.

Manolo continuó frecuentando malas compañías, acabó desesperado y sin dinero.

Tenía un arma, de sus años felices  cuando disfrutaba de una de sus aficiones, el tiro; y un plan. Nadie saldría dañado y conseguiría el dinero.

Lucía se llevó la peor parte, asumir todo aquello era muy duro: un marido infiel y delincuente que la había arruinado. Salir a la calle era un esfuerzo insoportable, las miradas curiosas y reprobadoras le dolían tanto que no era capaz de levantar la vista del suelo. Fue un “qué dirán” que la torturaba y con el que tuvo que convivir. Y, lo peor de todo, su  nivel económico se  redujo a la mínima expresión. Los niños tuvieron que abandonar el colegio y trasladarse a uno público. Llegar a fin de mes se había convertido en una odisea para Lucía. Limpiaba escaleras y los hijos trabajaban a ratos recogiendo cartones. Recibían alguna ayuda de los vecinos, lo que les causaba vergüenza a la vez que alivio. Pero ella callaba. Sólo quería morirse, porque cuando estás muerto no sientes nada. Consumida por la pena y la angustia, se convirtió en una vieja prematura. Y así fue pasando el tiempo y siguió callando, hasta que un cáncer de boca se llevó por delante a la pobre Lucía en un par de meses, un buen día de otoño.

Sus hijos crecieron y aprendieron a pelear con la vida. Hoy tienen un taller de coches, donde también trabaja Manolo, que consiguió salir de la cárcel y de la droga.

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