MAMA NIEVES. Fátima Romero Avilés

No, niños. Abuela no, abuela no, Mamá Nieves. Que ya sabéis que el día que yo nací cayó una nevada enorme y mi madre me quiso llamar Nieves, Leonor Nieves, para que no me llamaran Norica, que era como se llamaba entonces a las Leonor.

Yo era la más pequeña de mis hermanas. Nací con dos dientes ya visibles, señal de lo espabilada que era. Ya en la escuela de doña Balbina destaqué por encima de todas, en lectura y, sobre todo, en escritura. Como sería que ya con trece años mis compañeras  me pedían que contestara las cartas de sus pretendientes por ellas. Yo también tenía pretendientes, no creáis. Uno de ellos era un amigo de mi hermano Nicolás, Bernardo se llamaba, que vino a pasar unas navidades y se quedó prendado de mí. Tenía muy buen porte, el chico, lo que pasa es que a mí no me gustaba. Se declaró y todo, el pobre, pero cuando lo rechacé se fue para Málaga corriendo, de vergüenza que le dio. Y así con dos o tres más. Que mi madre me veía ya vistiendo santos.

Andaba yo por los veintitrés cuando un día íbamos unas amigas, mis primas y  yo bajando por el callejón de los Tristes y apareció tu abuelo. Él iba por la acera, se bajó para dejarnos sitio y cuando pasó por mi lado se quitó el sombrero y me dijo: “Buenos días, señorita”.  Y yo muy ufana, le contesté: “Buenos días tenga usted”. Mis amigas empezaron a darse codazos entre ellas, y apenas doblamos la esquina empezaron a canturrear:” ¡Leonor tiene novio, Leonor tiene novio!”, porque, al final, nadie me llamaba Nieves. Yo no sabía que decir, creo que se me subieron los colores, porque la verdad es que me había quedado prendada de él. ¡Era tan alto, tan apuesto, tan educado! A los dos días recibí una carta. Era suya. En ella solicitaba hablarme. Para sorpresa de todos, porque era bastante mayor que yo y además apenas lo conocíamos, acepté.

Desde entonces nos hablábamos todas las tardes, como se hacía por aquellos entonces, por debajo de la puerta de la calle, que estaba cerrada; los dos tendidos, yo en el portal y él en el escalón de fuera, seguidos muy de cerca por mis hermanas mayores. A los dos meses solicitó entrar en casa. Como el abuelo era secretario del juzgado y, además, de buena familia, mi padre le dio la venia y hablábamos entonces en el salón, con alguna de mis hermanas de carabina, siempre sentada en una silla en medio de los dos.

Y pasado un año nos casamos. Fue una boda muy hermosa; estábamos muy enamorados y eso se notaba. Después de la ceremonia cogimos un coche para ir a Málaga a pasar la noche de bodas. Llegamos tardísimo a un hotel muy bueno que había y, cuando íbamos a subir a la habitación, me tomó del brazo y me dijo: “Ya se te podrá besar, ¿no?”. Era todo un caballero.

En Málaga cogimos un tren para Madrid y allí pasamos cuatro días. Vimos muchas cosas bonitas, el Palacio de Oriente, el cambio de guardia y hasta al rey Alfonso XIII, que se asomó a saludar al balcón del palacio. Tomamos chocolate en las mejores cafeterías y cenamos en los mejores restaurantes. En una tienda muy principal tu abuelo me compró el abrigo de astracán que tanto os gusta. Fue todo precioso.

Volvimos a esta casa, que el abuelo había comprado para nosotros antes de casarnos. Como era de pudientes, tuvimos antes que nadie una radio de esas de mueble y a veces venían los vecinos a oírla. También teníamos una muchacha que venía a lavar y otra que venía a cocinar, así que yo podía dedicarme a las tres cosas que más me gustaban, que eran leer, el ganchillo y el abuelo. Al año de casados vino la tita Carmen. El abuelo estaba loco con ella, la llevaba a todas partes, su niña del alma. Luego estuvimos cuatro años sin que tuviéramos ningún hijo más y al final vinieron todos de golpe.

Once años pasaron y cinco niñas tuvimos, y el niño Benito, si, el de la foto de mi habitación, que ya sabéis que murió, tan chiquito. Once años de felicidad, pero a veces parece que al destino le da envidia y te la quita de golpe. La guerra empezó un 18 de julio. Ese día el abuelo estaba fuera, viendo algunas propiedades que pensaba vender, y yo me encontraba en casa sola con las niñas, la mayor con siete años y la pequeña de nueve meses. Escuché en la radio las cosas tan malas que estaban ocurriendo, pero yo creía que nada de eso iba con nosotros, que era cosa de otros sitios, de otra gente. Yo era tan feliz que no podía imaginar que nada pudiera afectarnos.

Pero ya el mundo se había vuelto loco. En esa noche y en todas las que vinieron después, sucedieron muchas cosas horribles. Se volvió vecino contra vecino, hermano contra hermano. Vosotros no entendéis eso ahora, sois pequeños; en realidad creo que nadie entendió ni entenderá nunca que pasó. El caso es que todas las noches salían camiones y camiones con hombres que desaparecían.

Una noche llamaron a la puerta, requiriendo ver al abuelo.  Yo le decía que no abriera, pero él no me hizo caso; me dijo que no me preocupara, que sería por algún asunto de su trabajo. Y abrió. Era un grupo de hombres armados, muy mal encarados, que de muy malos modos agarraron al abuelo del brazo y tiraron de él hacia fuera, mientras el abuelo se resistía exigiendo una explicación. El que parecía el cabecilla avanzó y dijo a los otros: “Soltadle, vendrá por su por su propio pie”. Lo soltaron y el abuelo se sacudió el traje, cogió el sombrero, se volvió hacia donde yo estaba mirando medio escondida detrás de la puerta del dormitorio y me dijo: “No eches la llave, que enseguida vuelvo”. Salió delante de todos, que le dejaron pasar, y luego fueron en tropel detrás suya. Poco me importó estar en camisón, me asomé corriendo a la puerta y los seguí con la mirada calle abajo. Fue la última vez que vi al abuelo.

Al día siguiente, muy temprano, fui a preguntar por él, primero a la familia, para que me ayudaran a buscarlo, luego al juzgado, al ayuntamiento…pero nada. Ni ese día ni los siguientes, nadie me daba razón alguna. Por las noches me asomaba al patio y veía la luna, que estaba llena esos días, y le decía: “Luna, tú que también lo ves, ¡cuídamelo!”

Una semana después vinieron mi hermano y mis cuñados y me dijeron la horrible verdad. Lo había matado la misma noche que se lo llevaron, un par de calles más abajo. Al parecer, cuando se aseguró que yo ya no lo podía ver, se resistió y quiso saber a dónde iban, y como no le decían nada y lo empujaban, se agarró a un cierre de una ventana; como no se soltaba, alguien le dio un machetazo en la mano, y luego otro le pegó un tiro.

Fue un 8 de agosto. Me quede sola con las niñas y con mi dolor, porque me negaba a creer lo que me decían. Creo que por eso tampoco tuve miedo. Sólo esperaba a que el abuelo volviera de un momento a otro. No hacía caso de nada ni de nadie. No, tampoco de las niñas. Leía, leía mucho, porque eso me evadía, pero estaba como hipnotizada.

Un día, poco antes de acabar la guerra, el cielo se tiñó de rojo. Lo que os digo.  Rojo como la sangre. Las vecinas empezaron a asomarse a la calle y a llamarse unas a otras. Ahí fue cuando empecé a reaccionar. Me asomé a la calle y no podía creer lo que veía. Me asusté, no sabía qué hacer; la tía Loli me cogió la mano y dijo: “Mamá, pase lo que pase, vámonos”. Cogí a las demás y salimos calle abajo a casa de mi madre, en la plaza. La tía Loli se pasó todo el camino con la misma cantinela: “ Pase lo que pase, vámonos”. Todo el mundo se había echado a la calle. Unos decían que era la sangre que se había derramado en la guerra, otros que era un aviso de un castigo divino. Y debía serlo, porque acabó una guerra y empezó otra.

Pero a partir de ese día puse un poquito de orden en mi vida, y en la de las niñas, dicho sea de paso.

Había muchas cosas de las que ocuparse. Teníamos un cortijo, ¿os acordáis? Si,  el San Luís, que estaba un poquito dejado de la mano de Dios, y allí nos fuimos una temporadita. Las niñas disfrutaban mucho allí con los gatos, la granja, los paseos en burro por agua a la fuente…Pero era mucho trabajo, había que contratar, sembrar, recoger, vender la cosecha, y siempre teniendo en cuenta que, para cualquier cosa, dependía de mi hermano Nicolás que era el tutor, porque entonces las mujeres no podíamos hacer nada solas, pero nada, ni viajar siquiera. Todo el mundo me decía que necesitaba un marido. Y ahí estaba el tío Miguel. Nos conocíamos bastante; era vecino de la calle y siempre preguntaba con respeto y sin pasar de la puerta de la calle, cómo estábamos yo y las niñas. Finalmente me pidió matrimonio.  Aunque al principio dudé, como ya os podéis imaginar, luego entré en razón y acepté.

Nos casamos en la iglesia una mañana de febrero, muy temprano, acompañados apenas por un par de familiares por cada parte. El cura parecía tener mucha prisa, y yo ninguna. Hacer esto me parecía una traición hacia el abuelo, al que yo nunca había dejado de querer, ni dejaría de hacerlo. Y no os lo vais a creer. ¡Lo vi! ¡Vi al abuelo! Estaba de pie,  a un lado del altar, tan alto y tan guapo como lo recordaba. Y me hizo una señal. Se levantó el sombrero y asintió un par de veces. Y luego desapareció. Casi me caigo de la impresión, pero sabía a qué había venido, y cuando el cura me preguntó, di el “sí, quiero”.

Al abuelo no he vuelto a verlo más, y mira que lo llamo. Pero nada. Con el tío Miguel fui más o menos feliz, ya sabéis lo bueno que era y lo que os quería, y entendía lo que me ocurría. Siempre respetó mis límites. En realidad, tuve mucha suerte con él.

Y esta es mi vida. Quizá alguno de vosotros quiera escribirla algún día para que todo el mundo conozca a Mamá Nieves.

Y ahora, ¿quién quiere merendar?

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