MARACAIBO. Luz Navarro

Quizás fue una equivocación el empeño que puso en buscar a su padre, pero Flor no deseaba iniciar una etapa nueva en su vida, sin cerrar ese capítulo que le atormentaba.

– ¿Que tal lo llevas? -le preguntó su futuro suegro

-Bien- contestó Flor- ya casi tengo el equipaje preparado.

– ¿el pasaporte, los dólares?

-Si, si, Octavio, todo controlado.

-Bueno, bueno. Pues hasta mañana Flor, bueno, mejor hasta dentro de un rato. Intenta descansar. Venga, a las 5 .00 te espero en el zaguán.

Su suegro, persona cariñosa y amable al mil por mil. ¡Cuanto le hubiese gustado a ella, que fuese su padre!, Pero no, la mala suerte se había cebado con su familia.

Durante 20 años había visto a su madre asolada por el abandono marital, aunque lo peor era verla salir de casa muerta de vergüenza.  Nunca supo el motivo de la desaparición de su padre, pero cuando apenas empezaba a leer y escribir, Flor, fue anotando en su libreta de penas, todas aquellas preguntas que le haría sí alguna vez se encontraran cara a cara.

Los silencios de su madre durante el día se convertían en sollozos durante la noche, consiguiendo acrecentar el sentimiento de rencor hacia su padre, del que además tardó años en saber cuál era su nombre. Nadie lo hacía en su presencia y cuando entre murmullos, la familia y amigos que iban a visitar a su madre se referían a él, lo nombraban como “el ausente”.

Para Flor, crecer sin la figura paterna, había sido una tragedia. En todos los acontecimientos, allí estaba ella sola con su madre y sus hermanos. Los cumpleaños, las fiestas de fin de curso, las primeras comuniones, las tardes de Feria….

Más de una vez, pensó que le gustaría decir a voz en grito, que su padre había muerto. Así, al menos, las compañeras del colegio, la mirarían con cara de pena durante unos días, y todo serían atenciones hacia su persona. Y quizás también, hacía su madre.

La noche anterior al viaje, Flor casi no pudo dormir. El avión, destino Caracas, despegaría al salir el sol, y el trayecto hasta llegar a Maracaibo, ella sola, arrastrando su maleta, le parecía un pico difícil de escalar. No obstante, dejó que el sueño le venciera hasta que su madre de madrugada la despertó la despertó.

Sentadas las dos en la cama, su madre le alisó el pelo enmarañado, y con un rictus de tristeza le dio mil consejos para el viaje:

No comas nada que no esté cocinado.

No le hables a tu padre de mí.

Tu suegro, ya te está esperando en el portal.

…. Y, sobre todo, no te vayas a quedar por aquellas tierras que embrujan.

Sumido en sus pensamientos, y mirando de reojo a su querida futura nuera, Octavio condujo su Renault 5 hasta el aparcamiento de la Terminal Uno. Antes de bajarse del coche, con un gesto cariñoso la cogió de la barbilla y le dijo:

– Te quiero como a una hija Flor. No te hace falta encontrar otro padre, pero tampoco quiero verte casada, sin resolver esta pena. El pasaje que te he comprado es de ida y vuelta. Dentro de un mes, no te quepa la menor duda, te vendré a recibir y aquí mismo estaré con los brazos abiertos.

El vuelo de Iberia LNV 1953 destino Caracas, se le antojó corto. Su suegro le había sacado el billete en primera clase. Agradeció este detalle, y se permitió dejar en libertad sus ensoñaciones de hija abandonada. En el bolso de mano, llevaba su libreta de penas y una carta de su novio con las mil y una palabras de amor que mecían su relación desde hacia cinco años.

Recordó la tarde en la que entre lágrimas le contó la historia del ausente.  No tengo fortuna, no tengo padre.

¿Qué pensará tu familia? – dijo sollozando.

A ella, que le hubiese gustado tener una padre fuerte y poderoso, tenía que, no sólo conformarse con la ausencia, sino también con la vergüenza que le daba que se conociese su historia. A su casa, no invitaba a las amigas a merendar. No tenían televisor, y las tardes de los sábado y Domingo las pasaban jugando al parchís y a la oca en la salita del minúsculo piso en el que vivían de alquiler. Mientras tanta, su madre cose que cose, teje que te teje en la habitación contigua, sin ganas siquiera de ponerse a escuchar la radio, tal y como Flor veía que hacían las madres de sus amigas.

Su infancia se le hizo lenta, muy lenta, y siempre por culpa del ausente.

Flor y sus dos hermanos eran los niños pobres del Colegio. No eran tiempos de ayudas sociales, sino de obras de caridad con el prójimo. Esto, permitía a los demás niños, mirarte con cara de lastima, pero que ni se atrevieran, les decían sus padres, a ir un poco más allá en la relación. Ni compartir la merienda, ni juntarse con ellos en el recreo. ¡y mucho menos, invitarlos a merendar a su casa!

Fue la casualidad, lo que hizo que encontrara el amor y a su segunda familia. Flor, terminado el cuarto de Bachillerato en el Colegio de la Monjas, sabía que tendría que buscar un empleo más pronto que tarde, para ayudar a su madre a tirar para adelante con sus hermanos. Pues bien, en esas estaba, cuando se enteró que el Ayuntamiento de la capital, buscaba jóvenes para realizar el Censo municipal.  Era un trabajo de puerta a puerta, cargada de carpetas, y explicando en cada piso el motivo por el cual tocaba en el timbre. Sudaba la gota gorda y una vez sí y otra también, empezaba la entrevista dando explicaciones, de que no era una de esas vendedoras de enciclopedias o menajes de cocina a domicilio.

El empleo duró seis meses y estaba muy bien pagado. Durante ese tiempo, cada viernes, acababa la jornada laboral en las oficinas del Censo. El funcionario que tenían asignado para la recogida de la información que había trabajado durante la semana, era, nada más y nada menos que ¡Octavio!

-Flor, -le dijo Octavio- cuando acabes este trabajo, te vienes a merendar una tarde a mi casa, que quiero que conozcas a mi familia.

– Me encantaría, respondió Flor, muy ilusionada.

-Y de paso, te presento a un primo mío, que tiene una oficina de administración de Fincas, que, seguro que le interesa una chica como tú, tan responsable y educada, y que se encargue de ir a cobrar los recibos de la comunidad, vivienda por vivienda.

Al llegar a casa y contárselo a su madre, ésta puso el grito en el cielo, preocupada por sí detrás de esa oferta, habría un interés oculto. ¡que pena de mujer desconfiada! Cuanto daño y cuanta huella, había sembrado el ausente en aquella pobre alma.

Lo que, en un principio, era una invitación formal a la casa de quien durante seis meses había sido su jefe, se convirtió en el comienzo de una historia de amor. El hijo mayor de Octavio, recién terminado sus estudios en la Universidad, cruzó su mirada con la de ella, y desde entonces, sólo estaban el uno para el otro.

Regresen a sus asientos. Abróchense los cinturones de seguridad. A partir de este momento no está permitido utilizar los aseos. Estamos preparando el aterrizaje en el aeropuerto de Maiquetía. La voz del sobrecargo, ahora en inglés, puso en alerta a Flor. Cada instante se encontraba más cerca de su padre, y sólo por pensarlo, el corazón se le aceleraba. No había marcha atrás. Encontrase lo que encontrase, sintiera lo que sintiera, no tenía vuelo de regreso hasta pasado un mes.  Así, que inspiró profundamente, tal y como lo hacía en sus sesiones de yoga, y se santiguó, más por hábito adquirido, que por creencias religiosas.

Aún quedaban diez horas de autobús hasta llegar a su destino. Tendría un poco más de tiempo para preparase para el encuentro. Por primera vez, quiso imaginarse a su padre. Ni una foto, ni un recuerdo. ¿cómo era posible que su madre no guardara ni un sólo retrato del padre de sus hijos? En fin, nunca la pudo comprender, pero la quería profundamente y la admiraba por su empuje para tirar de una familia, en una sociedad que la miraba como si fuese un bicho raro. ¡a ver lo que habría hecho, para que su marido la abandonara!

Rafael el ausente esperaba de noche cerrada en la estación, la llegada de Flor. Esta visita era un incordio, y realmente poco entendía el porqué de la misma. Su último amante, un adonis consentido de su porte y casi de la misma edad que ella, quiso hacerle entender los motivos que una joven, a punto de casarse, podría tener para ir a conocer a su viejo.

– Oye, Rafael, que quizás venga a pedirte que seas tú quien la lleve al altar.

– Calla, locoplaya. Nosotros a sacarle las perras que traiga, y a que se dé cuenta que ha venido para nada. ¡Cuantito antes se vaya, más tranquilos nosotros.!

El mes pasó tedioso. Los silencios de Flor durante el día se convertían en sollozos durante la noche, consiguiendo anular el sentimiento de rencor hacia su padre. Se había encontrado con un hombre, vencido por las deudas y dejado de la mano de Dios.

Ahora sólo deseaba llegar de nuevo a su isla, y encontrarse con los brazos amorosos y la mirada dulce de su querido suegro, pero antes tendría que deshacerse de su libreta de penas.

Sonrío para dentro y decidió, que nada más el avión despegara, y el sobrecargo que podrían desabrocharse el cinturón, iría al excusado y una vez la libreta hecha mil pedazos, la lanzaría hacia las nubes a través del wáter.

Sin lugar a dudas, suspiró con fuerza, Octavio estaría encantado de llevarla al altar.

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