MARIANA. Hilda Liliana Mattos

“Los valientes también tienen miedo, pero lo afrontan”, me había dicho mi abuela. Y así fui creciendo. Aprendí a vivir el horror. Simplemente notaba la sensación.

En la juventud, cuando me acostaba a dormir sentía mi corazón acelerado, algo me apretaba la garganta y un frío recorría mi cuerpo, paralizado en la cama. Después respiraba mejor, mis latidos ya no iban tan rápido, entraba en calor y dejaba la cama un rato. Cuando me tranquilizaba volvía a dormir. No sabía por qué, no encontraba motivo para estos episodios. Busqué muchas razones, como vísperas de exámenes y otras. Ninguna causa me parecía suficiente.

Una noche soñé con una cabeza. Pude reconocer el cabello, la barba, los ojos fijos de un muerto y restos de comida en su boca.

Hacia el año 1900 en un pueblo lejano, una joven de quince años llamada Mariana fue forzada a casarse con una persona importante. Ella estudiaba y trabajaba en una granja. Después de la boda, dejó los estudios y se dedicó a las tareas domésticas. Tuvo tres hijas y dos hijos. Las niñas le fueron arrebatadas para ser educadas primero con parientes y después en un internado. Por el contrario, los chicos pudieron trabajar y estudiar libremente.

Mariana tuvo nietos; entre ellos estaba yo. La recuerdo pequeña y encorvada, de piel oscura, ojos negros, labios gruesos y cabello rizado muy corto. Siempre seria y con un cigarrillo entre los dedos, se sentaba de espaldas al televisor tapándonos la visión. Ante mi reclamo respondía secamente que me consideraba insoportable. Mis padres suavizaban estos episodios explicando que la abuela había sufrido mucho, lo que justificaba su comportamiento.

Hubo momentos en que la tensión de su rostro desaparecía y se ofrecía a contarme historias antes de dormir. Me habló de su vida antes de quedar viuda, del desamor de sus hijas por no haberlas criado y la compadecí. Por eso la escuché muchas noches, aunque prefería los cuentos clásicos de mis padres. Eran épocas difíciles. El gobierno otorgaba tierras para promover la agricultura y ganadería. Muchos hombres se peleaban por estos motivos. Una vez hubo un aviso de peligro en el pueblo y todos corrieron hacia el sitio indicado. Había un fogón apagado y vestigios de lucha. Vio caballos y personas sin vida. Ella corría buscando a su hermano. Entre unos matorrales encontró su cabeza, los ojos fijos y la boca abierta con restos de comida. Más adelante encontró el cuerpo. Entonces limpió cuidadosamente la comida de la boca, cerró sus ojos y estuvo acariciándole un buen rato.

Mi abuela narraba muchas historias, pero esta era la preferida. Comprendí por qué me acompañó el horror en tantas circunstancias de la vida. La abuela tenía muchas historias como ésta …

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