MI PADRE. Maria Jesús De Gregorio

Siempre tuve una relación entrañable con mi padre y  creo que fui la preferida de los siete hijos que tuvo.

Hoy me viene a la memoria una de las muchas historias que viví con él a espaldas de mi madre y de mis hermanos.

Yo debía de tener nueve o diez años y como hacía de vez en cuando, él había quedado en recogerme a la salida del colegio.

Debía  de ser sábado porque lo hizo a mediodía. Salí de clase corriendo  y con la ilusión que siempre demostraba  cuando él venía a buscarme.

Bajé las escaleras de dos en dos, y salí a la calle Martínez Campos. No le veía, ni tampoco su Citroën negro. Pero de repente, oí su voz llamándome

desde un coche enorme de color burdeos y negro.

–¿Y este coche papá?– le pregunté.

–¿Te gusta? Es nuevo y quería que tú  fueras la primera en estrenarlo.

–¡Precioso papá! ¿Y dónde vamos?

Me hizo subir a su lado y se dirigió hacia una salida de Madrid que hoy identifico. Nos dirigíamos por la ciudad universitaria hacia la carretera de la Coruña.

–¿Quieres que paremos a comer?– me dijo.

_ ¡Si, claro!

_Vamos  a comer a un sitio que tiene unas angulas que te encantarán.

_ ¿Unas que…?

_ Angulas, ¡ya verás lo que es bueno!

Y me llevó a Casa Mariano, que estaba en el alto de Las Rozas y probé por primera vez aquel plato exquisito aquel plato exquisito.

En esas ocasiones a mi padre le gustaba observarme y disfrutar de verme comer.

Después de comer yo creí que iríamos a casa, pero observé que seguía por la misma carretera. Cuando quise darme  cuenta estábamos en un entorno de nieve maravilloso, que yo nunca había visto. Todos iban equipados con trajes de esquiar, gorros y guantes. Yo llevaba el  uniforme de las Esclavas del Sagrado Corazón y mi padre, traje formal y corbata.

Pero no sentí ningún ridículo. Pregunté  a mi padre si podíamos coger un trineo. Y allí estuvimos hasta que nos dejaron.

Yo ya no sentía  las piernas ni las manos por el frío espantoso y la falta de ropa adecuada.

Cuando volvimos a casa, nadie nos preguntó y nada dijimos. Nunca comenté con nadie esta aventura con mi padre hasta ahora.

Es una historia sin ningún atractivo para mis lectores, pero forma parte de los episodios que marcaron mi vida e hicieron que mi padre fuera la persona más importante de mi vida.

El día que murió mi padre, este y otros episodios parecidos, pasaron uno a uno como una película por mi cabeza y no podía dejar de llorar. Se fue un trozo de mi alma.

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