MI PRIMER DÍA DE ESCUELA. Ángeles Alonso

Septiembre de 1988. Me dispongo a acudir a mi centro de trabajo, el mismo que me aportó mi primera experiencia educativa. Lo recordaba de unas dimensiones inmensas y  me sorprendí al comprobar que, desde el punto de vista de adulto, las dimensiones habían disminuido considerablemente. Cuando abrí la puerta del aula,  mi mente se inundó de recuerdos.

Compartía mi infancia con  mis dos hermanas, la que la naturaleza me brindó y mi vecina, a la que yo siempre  he llamado mi segunda hermana. Éramos inseparables, hasta que llegó el momento de ir a la escuela: ellas empezaron dos cursos antes por cuestiones de edad. Me quedé sola, sin comprender por qué  no podía acompañarlas. Cada mañana y mediodía, una gran perreta se apoderaba de mí cuando las veía marchar.

Harta de la situación,  mi madre decidió hablar con  la maestra para pedirle que me dejara acudir con ellas a  clase.

  • No pretendo que aprenda, ni haga nada, señorita—dijo mi madre— lo único que quiero es evitar estos llantos. He esperado a que se le pasen, pero veo que no es así; me haría usted un gran favor.

Agarrada a las faldas de mi madre, yo estaba atenta a todo lo que ocurría. Doña Encarnación, así se llamaba la maestra, posó sus ojos en mí y con una sonrisa me preguntó:

— ¿De verdad quieres ir al cole?

— Sí—contesté, saliendo de mi escondite.

—Que lleve una pizarra y un pizarrín —dijo—, dirigiéndose a mi madre.

Al día siguiente el sol brillaba en el cielo, el aire olía a hierba recién segada, todo el ambiente  celebraba la alegría que sentía yendo con mis  hermanas y con el material. La sala, donde se impartían las clases, era  enorme: repleta de mesas de madera con sus asientos anexos correspondientes para dos niñas y colocadas en filas separadas por pasillos. Después de presentarme a mis compañeras, la maestra me pidió que me sentase en un  banco grande, ubicado en el fondo, con las  más pequeñas; las edades de las alumnas comprendían de los  seis a los catorce años.

Yendo hacia mi lugar, paseé mis manos por las mesas brillantes y tan suaves al tacto, sensación semejante a la percibida por mi vista. La mañana me resultó tediosa, me entretuve sacándole punta al pizarrín que, al igual que la pizarra, estaban hechos con dicho  material, tal y como su nombre indica. Con la punta dura y afilada y, aprovechando  mi corta edad y un cuerpo menudo, recorrí los pasillos mientras pinchaba las piernas de mis compañeras que, ante la sorpresa y el dolor, gritaban. El resultado final fue mi inmediata expulsión.

La niña que me acompañó explicaba, en el umbral de la puerta de mi casa a mi madre, lo sucedido.

—Gracias —  respondió mamá. Y clavando sus ojos en mí, continuó, —tú, entra.

La puerta de la calle se cerró con un golpe seco y en ese mismo instante un gran zapatillazo en mis posaderas anunció los siguientes, que me llovieron por todo el cuerpo. A continuación sentí un dolor en el brazo apretado por su mano que tiraba de mí hacia el desván; señaló la viga de madera que lo atravesaba  horizontalmente y dijo: —Otra queja, otra sola queja sobre ti y te cuelgo.

El tono de mi madre, unido a la penumbra y a la humedad del lugar, lograron que un escalofrío recorriera mi espalda. La  humillación y el temor me mantuvieron en calma unos días pero, pasados estos, volví a la carga: berrinches y más berrinches pidiéndole  que hablara con  doña Encarnación.

—¿Acaso no sabes la vergüenza que estoy pasando? No y no—dijo tajantemente.

Pero mi insistencia fue tal, que una de las muchas mañanas en que yo estaba con mi perorata, y harta de oírme,  dijo:

—Yo no pienso dar la cara por ti, si quieres volver, habla tú con ella.

Nerviosa, me asomaba a menudo a la puerta. El día cálido y luminoso me decía que todo iba a salir bien. Al fin, la vi acercarse.

—¿Se lo digo, mamá, se lo digo? —Le gritaba a mi madre desde la puerta.

—¡Díselo y déjame en paz! —contestó ella desde la cocina.

En ese momento llegó  a sus oídos la voz de la maestra:

— ¿Qué quieres decirme?

Mi madre salió, le explicó lo que pasaba y me admitió de nuevo, bajo la promesa de portarme bien.

“Y me porté bien, ningún docente se volvió a quejar, doña Encarnación”, pensé, mientras con una sonrisa inicié mi trabajo.

pensamientos de 2 \"MI PRIMER DÍA DE ESCUELA. Ángeles Alonso\"

  1. Me ha gustado el relato . Consigue transmitir hechos y emociones que quizás algún día viví. Me gustaría mucho poder escribir algo al menos parecido , que transmita con la mente y con el alma . GRACIAS.

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