MI PRÍNCIPE EN UNA HARLEY. Angela Ortiz

Una noche, siendo yo muy pequeña, mi abuela me llevaba a casa, donde mi madre me esperaba para cenar y acostarme. Al salir del ascensor, nos dimos cuenta de que la puerta de casa estaba abierta. Dentro se oían los gritos y sollozos de una mujer. Mi abuela me dejó sentada en un peldaño de la escalera y entró a ver qué pasaba. Yo siempre he sido muy curiosa y me levanté para mirar qué sucedía. Mi madre se encontraba de rodillas en el suelo, llorando. Mi abuela corrió hacia mí, intentando ocultar la escena, pero yo me escabullí entre sus piernas y entré a la casa. Antes de que mi abuela pudiera cogerme en brazos y sacarme, vi a mi abuelo forcejear con mi padre, que sostenía una motosierra, con intención de cortar en dos partes el sofá. Esa noche dormí en casa de mi abuela.

Supe que ya no volvería a ver a mi padre en casa. A la mañana siguiente mi abuelo se había ido a trabajar muy temprano. Mi abuela me esperaba en la cocina, con un Cola Cao ya preparado y pan frito en la mesa.

—Abuela —pregunté—, ¿cuándo podré ver a mamá?

—Pronto corazón, pronto. Ahora está trabajando.

—¿Y a papá?

—Espero que pronto también —respondió, quitándose el delantal y marchándose precipitadamente.

Los días transcurrieron sin noticias de mi padre, y yo seguía sin saber por qué no podía ver a mamá. Una noche, mi madre apareció en casa de mi abuela con varias maletas llenas de ropa y objetos personales. Traía los ojos llorosos, la cara hinchada y desfigurada y la acompañaba mi abuelo, muy serio, con varias maletas más. Por el silencio supe que algo no iba bien, así que no hice preguntas.

Mi abuelo me llevaba todas las tardes a su taller de motos, y allí me sentaba a hacer los deberes, a jugar o a hablar con los clientes que entraban en la tienda. Mi abuelo siempre acababa lleno de grasa, con las uñas negras y volvía a casa con alguna herramienta olvidada en el bolsillo. Yo lo esperaba en la cama a que viniera a darme un beso de buenas noches y a dedicarme la última sonrisa del día.

Una mañana, mi madre me despertó muy temprano:

—Mamá —dije bostezando—, ¿qué pasa?

—Ya podemos volver a casa.

—¿Y papá?

—Papá no volverá —me dijo con cara seria.

Yo entendí que no obtendría más explicaciones.

Estuvimos varios días comprando cosas para la casa. Habíamos vuelto a nuestro piso, solo que la distribución de los muebles y algunos tabiques ya no eran los mismos.

Mi abuelo me recogía en el colegio todos los días. Comía con él y con mi abuela y el resto de la tarde tenía actividades extraescolares. Un jueves mi madre me dijo que yo tenía que ir con los abuelos a Chipiona, pero que ella no podía acompañarnos. Al día siguiente mi abuelo me montó en su Chrysler Voyager y emprendimos el viaje al pueblo natal de mi abuela. Durante el camino nos sorprendió la noche. Yo llevaba un perrito de peluche que me había regalado mi abuelo. Lo cogí entre mis brazos, lo miré y comencé a llorar silenciosamente. Me sentía muy triste, sola y abandonada a pesar de estar con mi familia. Mi abuelo me vio por el espejo retrovisor, soltó una mano del volante rápidamente y me acarició una pierna. Yo me acomodé en el asiento y me dormí.

A la mañana siguiente desperté en la casa de verano de Chipiona. Olí a café recién hecho y escuché ruido en la cocina. Mi Cola Cao ya estaba preparado, y mi tostada recién puesta en la mesa. Me senté con mis abuelos a desayunar. Ese día estaban especialmente serios y callados. Mi abuela fue quien habló primero:

—¿Sabes que para nosotros eres un gran tesoro?

—Yo también os quiero mucho, abuela.

—Siempre nos tendrás contigo. Vamos a cuidarte todo el tiempo que podamos. Eres nuestra niña —dicho esto, mi abuela me acarició una mano.

—Chiquitita —dijo mi abuelo—,  a partir de ahora vendrás con nosotros a Chipiona los fines de semana, y mamá se quedará en casa. Así pasas más tiempo con nosotros y ella puede dedicarse a sus quehaceres. ¿Te parece bien?

Yo asentí con la cabeza. Desde entonces, cada viernes me montaba en el Chrysler Voyager y pasaba el fin de semana en Chipiona con mis abuelos.

Mi abuelo se convirtió en mi figura paterna. También en mi mejor amigo y mi confidente. Nuestra relación era perfecta, hasta que un día llegué del instituto y le confesé que había conocido a un chico que me gustaba mucho y que me había pedido salir. En aquel momento, mi abuelo sufrió una transformación enorme. Tenía miedo de que me hicieran daño, y así me lo dijo. Lo tranquilicé cuando le dije que era buena persona, que no tenía nada que temer, pues no se parecía en nada a mi padre.

Mi relación con ese chico duró bastante tiempo. Parecía que íbamos a independizarnos juntos cuando, un día, estando en su casa, me dijo que se estaba enamorando de su mejor amiga. La chica había intentado besarle. Él me juró que no llegó a besarla, pero que le hubiera gustado. Me prometió que reflexionaría y me diría si dejábamos nuestra relación o no. A los días decidí irme con mis abuelos a Chipiona de vacaciones. Al principio todo iba normal, pero una noche me desmayé. Los médicos no sabían qué me había pasado, y estuve un mes en cama muy enferma.

Mi abuelo venía a verme cada dos horas. Se sentaba a mi lado y charlábamos un rato. Cuando mi malestar se alargó, mi abuelo empezó a sospechar que lo mío no fuera una infección, y vino a hablar conmigo.

—Pichoncita, tengo la impresión de que tu malestar es por algo que te pasa, que te tiene muy inquieta. ¿Puedo saber qué es?

—Abuelo, ocurre que mi relación pende de un hilo y la incertidumbre de no saber cómo acabará me consume.

—Si te está haciendo más mal que bien, lo mejor es que cortes del todo ese hilo —dicho esto, me dio un beso en la frente.

No se habló más, tampoco hacía falta. Yo sabía perfectamente lo que mi abuelo pensaba. Aquella conversación quedó en un secreto entre los dos.

La reflexión llegó. Varios meses después, en una comida familiar en Chipiona, para celebrar las bodas de oro de mis abuelos, mi pareja me dijo que había sido un estúpido por haber dudado de sus sentimientos por mí, y me propuso que nos independizáramos juntos. Aquel día no sólo celebramos que mis abuelos llevaban cincuenta años de casados, sino también que alquilaríamos un piso para convivir.

Al año siguiente me trasladé a otra ciudad por estudios, durante unos meses nada más. Todo iba bien hasta que acabé el máster, volví a casa y a los cuatro días se presentó mi novio y dijo que no podía más. Había esperado a que yo volviera para dejarme.

La ruptura fue muy traumática. Fui con mis abuelos a pasar todo el verano a Chipiona. Por las mañana estábamos los tres en la playa hasta la hora de comer. Por la tarde un amigo de allí se presentaba en casa para hacer ejercicio conmigo, distraernos y pasar la tarde juntos. Las noches eran tranquilas y veíamos películas. Mi abuelo estaba muy pendiente de mí. Me proponía todo tipo de actividades, cogíamos la moto para recorrer los pueblos cercanos a comprar o a ver coches. Volvíamos a ser él y yo. Sabía que estaba preocupado por mi futuro. Mantuvimos varias discusiones acerca de lo que debería hacer, ya que no encontraba trabajo, no me sentía motivada para seguir estudiando y desperdiciaba el tiempo.

Un fin de semana una amiga se presentó en casa con su hermano y otro chico llamado Víctor. Habían venido a pasar varios días en la playa. Los invité a merendar en casa al día siguiente. Nada más entrar, el hermano de mi amiga y el chico se pusieron a hablar con mi abuelo de motos. Me llamó la atención el interés de ese chico desconocido por mi abuelo. Cuando serví la merienda, saqué una bolsa de juegos de mesa para distraernos. Víctor me miró fijamente. Yo hice lo mismo y entonces algo pasó. Nos gustamos al momento.

El fin de semana transcurrió rápido y los tres tuvieron que irse. Mi abuelo se percató de mi cambio de actitud:

—Hacía tiempo que no te veía tan animada.

—Qué va abuelo, solo te hago caso en lo de buscar trabajo o estudiar algo y no perder el tiempo.

—Lo que tú digas, pero a mí no me engañas.

Aquel cruce de miradas había provocado algo en mi interior. Víctor y yo hablábamos a diario. En una ocasión fui a visitarlo a Rota, donde él veraneaba. La relación fue estrechándose más. Mi abuelo se dio cuenta de que cada día estaba más animada, y eso lo alegraba mucho. Alguna que otra vez me pilló sonriendo ante la llegada de un mensaje y me dijo:

—Verte sonreír me hace muy feliz. Debe de ser alguien especial.

Mi príncipe azul nunca fue azul ni montaba a caballo. Mi príncipe vestía chupa de cuero, montaba una Harley y esgrimía una llave inglesa. No era joven ni el más guapo del reino, pero para mí era el más guapo de todos los hombres. Era un príncipe atípico que, en vez de derrotar dragones, encerrar a malvados o dar fiestas en su palacio, acumulaba horas de trabajo convertidas en un salario, emprendía un viaje hacia el supermercado y volvía con alimentos para la familia.

 

Hace varias semanas fui a comer a casa de mis abuelos. Como de costumbre, mi abuelo y yo nos pusimos a bromear, hablamos del día a día y me enseñó sus inventos mecánicos, hasta que cambié la conversación:

—Abuelo, he encontrado a una persona que me hace muy feliz.

La expresión de su rostro cambió, se endureció y dijo:

—Ya veremos, me alegro por ti.

Víctor agradó mucho a mi abuelo. Demostró ser el “chico a mi altura” que él esperaba. Comíamos los viernes con ellos. Íbamos en verano a Chipiona a veranear y de ese modo estreché aún más mi relación con mi abuelo.

pensamientos de 2 \"MI PRÍNCIPE EN UNA HARLEY. Angela Ortiz\"

  1. Esta bien el argumento pero para mi gusto personal le falta más descripciones de las escenas. Pasa las acciones muy rápidas y para mi gusto personal salta de una acción a otra con un vacío de conexión.

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