MI TIA PATRICIA. Teresa María Mayor

Antes de hablar de mi tía Patricia quiero recordar lo que dijo Flannery O´Oconnor de que un escritor debe de tener “un pequeño toque de estupidez”, algo que a mí me sobra, claro. Por eso, tal como acabo de afirmar, voy a escribir acerca de mi tía Patricia. Soy terca como una mula y muy tozuda, y confieso que nunca he podido soportar a mi tía Patricia, la hermana “friki” de mi padre. Es una mujer obsesiva, maniática, y que tiene la terrible cualidad de amargar la vida a todos los que conviven con ella. Me cuentan que, antes de casarse, aparentemente era una mujer adorable, toda ternura y sensibilidad, que se desvivía por cuidar y hacer feliz a todo el mundo.

Al poco tiempo de casarse quedó embarazada y me han dicho que durante su embarazo empezó con su hipocondría: que si hay que tomar suplementos de calcio, que si los pescados están contaminados por metales pesados, que si la carne, que se vende en las carnicerías y en los supermecados, está saturada de hormonas porque los dueños de las granjas y los ganaderos quieren que los pollos y los corderos tengan un crecimiento muy rápido, que si las verduras y las frutas están impregnadas de insecticidas tóxicos… Era angustioso oírla hablar. Todo le parecía repugnante y, por supuesto, daba tanto asco escucharla que  quienes la escuchaban perdían las ganas de comer.

– Es por su embarazo – comentaban mi padre y su marido, mi tío.

– Al parir ya veréis como dejará atrás todas estas manías.

Cuando dio a luz hubo una tregua, su ánimo se serenó porque tuvo un buen parto y su primer hijo era un niño muy hermoso y sano.

Dos años después mis tíos decidieron tener otro hijo y, mi tía Patricia se sumergió otra vez en sus muchas obsesiones alimenticias. Será un chaparrón pasajero, como la primera vez, opinaron mis padres. Pero no fue así. Esta vez el parto tuvo muchas complicaciones  porque la criatura estaba mal colocada, venía de pies y mi tía fue sometida a una cesárea. Así que su hipocondría fue a más y se iba incrementando, a medida que el tiempo iba transcurriendo, como una progresión geométrica. Estaba tan obsesionada con proteger a sus dos hijos, mis primos, que no les dejaba ni jugar en la calle ni relacionarse con los demás niños.

Les vigilaba sin parar y les acompañaba a la escuela porque no quería dejarlos solos y expuestos, según ella, a mil peligros y amenazas.

– El aire y el suelo están llenos de microbios, virus y bacterias- repetía hasta la saciedad. Y para combatir esa nefasta trinidad, cuando entraban en su casa, les desinfectaba las manos con alcohol.

– Además, se justificaba,  muchos niños pueden tener piojos y liendres…

Recuerdo que mi madre y mi padre hablaron un día de que ella, mi tía Patricia, sumergía las verduras, los tomates y las frutas, que compraba en la plaza del mercado, en agua hirviendo para que llegaran a la boca de sus dos hijos, de su marido y de ella misma, limpias y libres de esa trinidad tan espantosa: los microbios, los virus y las bacterias. Pero eso no era todo. Recuerdo que mi prima me contó un día que se compró un jersey de lana precioso, un jersey de color lila con una cenefa de estrellas blancas. Bien, su madre, nada más verlo, le dijo:

– Así no te lo vas a poner. Hay que desinfectarlo antes porque en la tienda ha pasado por muchas manos y a saber quién se lo ha probado.

Lo cogió con la punta de sus dedos, con sumo cuidado, y lo metió en un barreño de agua hirviendo y, claro, la lana encogió tanto que el jersey solo podía servir para vestir a una muñeca de juguete y la prenda acabó en un contenedor para reciclar ropa usada.

– No llegué ni a estrenarlo – me dijo llorando- y era tan bonito, tan bonito…

– Lo siento mucho, prima, de verdad.

– ¿Ves esta pulsera? Pues también tiene su historia. Un día su cierre se abrió de repente y la pulsera se me cayó en la calle. Mi madre, como era de esperar, la recogió con mucha aprensión, la metió en una bolsita de plástico para que no pudiera contaminar su impoluto bolso con los microorganismos de la calle, y, al llegar a casa, la puso en un cazo con agua hirviendo y así estuvo durante casi media hora. Yo pensé que me iba a quedar sin mi bonita pulsera, que se iba a desintegrar de tanto hervir, pero como es de oro, ya ves, inalterable.

– ¡Qué horror!

– No lo sabes bien. Y lo peor de todo es que papá nunca le llevó la contraria, como si estuviera abducido por ella. Siempre asintiendo en silencio y sin oponerse a todas las muchísimas manías de mi madre que, como sabes, rozan la locura. Claro que, con la excusa de su trabajo en el Banco, papá llegaba a casa cada vez más tarde porque estaba más que harto. No puedo entender su actitud con mi hermano y conmigo y me cuesta mucho perdonarle porque, para nosotros dos, nuestra casa se convirtió en algo peor que una cárcel. Siempre le reprocharé a papá su persistente silencio y él lo sabe y ha acabado dándome la razón.

Mi primo Enrique se comportaba mal día tras día, tanto en el colegio como en casa. Una travesura tras otra. Lo hacía a propósito, por supuesto, para que sus padres, hartos de tanta trastada, acabaran metiéndolo interno en un colegio, como sí que hicieron.

– Así al menos me podré relacionar con chicos de mi edad y jugar al fútbol.

Y es que el fútbol era otro de los peligros que obsesionaban a mi tía porque el césped donde se jugaba estaba, cómo no, lleno de microbios, virus, bacterías y, novedad, ácaros.

Finalmente, como sabéis ya, mi primo se salió con la suya. Para él estar interno en un colegio fue toda una liberación.

– Qué alivio, qué felicidad. Ahora puedo tener amigos y practicar todos los deportes que me apetezcan.

Mi prima Isabel fue una niña solitaria, siempre vigilada por su madre, mi tía Patricia. Una niña superprotegida, siempre encerrada en casa, sin amigas y sin relacionarse con nadie para evitar que se pudiera contagiar de ni se sabe qué enfermedades. Su única evasión era la lectura de libros de aventuras, novelas de Julio Verne, “La isla del tesoro” de Stevenson, “La Odisea”, las obras de Walter Scott, historias escritas por Jordi Sierra i Fabra, toda la serie de Manolito Gafotas y la de Celia escrita por Elena Fortún…

– Cuando sea mayor de edad me marcharé de casa.

– ¿Y dónde irás?

– Por mi parte me iría a Australia, o a Nueva Zelanda, a las antípodas para que mi madre no pueda encontarme nunca.

Mi tío callaba, nunca discutía con mi tía Patricia y, más que harto de ella y de sus manías, acabó teniendo una amante que le hacía olvidar el infierno en el que se había convertido su hogar, donde la lucha contra los virus, microbios y bacterias y el exterminio de estos pequeñísimos y peligrosísimos seres invisibles era el tema principal en torno al cual todo giraba, como nuestro planeta Tierra alrededor del Sol.

Cuando mi prima Isabel cumplió dieciocho años recogió sus cosas y se vino a vivir conmigo, en el piso que yo compartía con dos amigas, escapando así de la tiranía de su madre. Mi primo Enrique ya lo había hecho dos años antes.

Lo primero que hizo mi prima al abandonar su casa fue ir a un albergue para animales abandonados y adoptar una perra, una preciosa perrita mestiza, mitad labrador y mitad chucho mil leches.

– Si mi madre me viera con Nina, tan bonachona, que duerme conmigo en mi habitación, en una alfombra junto a mi cama.

– Le daría un parraque, seguro.

– ¿Qué?

–  Un soponcio…

– O un ataque de histerismo porque mi madre afirmaba que los perros son unos animales repulsivos, siempre dando lametazos con su repugnante lengua impregnada de virus, bacterias y toda clase de microbios.

– ¿Es verdad que las primeras palabras que tú dijiste no fueron papá y mamá sino microbio y virus?

– Verdad porque dichas palabritas mamá la repetía más de mil veces al día.

También mi tío abandonó la casa que había sido su hogar. Pidió el divorcio y se fue a vivir con su joven amante, una mujer muy buena y comprensiva que le hacía muy feliz.

Mi tía se quedó sola. O mejor dicho con la compañía de las bacterias, virus y microbios y con un inmenso arsenal de insecticidas y desinfectantes para acabar con todos esos pequeñísimos microorganismos.

– No sé si con el tiempo acabaré perdonando a mi madre. Es una incógnita que el tiempo acabará resolviendo. Quisiera poder perdonarla para poder sentirme mejor conmigo misma, pero ahora mismo no puedo. Espero poder perdonarla más adelante… porque voy a dejar la puerta abierta para una futura reconciliación.

Después de estas palabras mi prima Isabel permanece callada durante unos largos minutos hasta que su silencio es interrumpido por su perra, que, mimosa y alegre como siempre, se acerca a ella haciendo carantoñas y moviendo rítmicamente su rabo de izquierda a derecha y de derecha a izquierda.

– Mira: mi preciosa Nina me está recordando que es ya la hora de su paseo vespertino ¿A qué sí Nina?

– ¡Guau, guau!

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