MIENTRAS PERDEMOS LOS RECUERDOS. Sonia Munoz Rubio

Era la quinta vez que preguntaba lo mismo en menos de media hora.

  • ¿Has visto cómo está el jardín?
  • Síiiiiii, mamá – respondía resignada Alicia a su madre.

Y no es que fuese muy mayor, pero la demencia había entrado en su vida apenas hacía un año que se había jubilado. Aunque hacía dos más que la habían despedido de la gestoría donde durante 17 años había ejercido de secretaria de dirección, un puesto de confianza y gran responsabilidad, y que de la noche a la mañana, dijeron que no era eficiente. Nadie lo entendió, ni Alicia, ni su hermana, ni el marido, ni siquiera ella, Carmen.

  • ¿De la noche a la mañana no soy eficiente?- Preguntaba Carmen a su marido día sí día también. De repente, los dos en casa, jubilados, y mirándose a los ojos.- ¿Ya no soy eficiente?
  • Sí mujer, eres una gran profesional, pero ya sabes, nos hacemos mayores y prefieren a los jóvenes.- Respondía sosteniendo sus suaves manos sobre las rodillas de él y observando la mirada perdida de Carmen.

Maestra vocacional, apenas sacó la oposición, se casó, y se fue a vivir con José a ochocientos kilómetros de la familia. Tuvieron un noviazgo corto, o al menos corto para lo que consideran los milenian. Un año. Tan sólo necesitaron un año de noviazgo para saber que pasarían el resto de sus vidas juntos. Un año, en el que parte del mismo José estuvo en la mili, así que podríamos decir que fue un visto y no visto.

Quizá no es tan cierto que José se sorprendiera del despido, pero nunca se aventuró a hablar con sus hijas del tema. Carmen siempre había sido muy despistada desde joven. Cuántas veces no se había dejado las llaves puestas en la puerta de casa, o el fuego encendido y había llegado a explotar la cafetera, o pensar que ha perdido o le han robado la cartera y luego aparecer en cualquier cajón de casa. Pero quién no tiene un despiste. Por eso, las niñas de la familia, ya no tan niñas, no entendían ese despido a tan sólo dos años de la jubilación.

 

 

  • Mamá, ni lo pienses, si te faltan dos años de jubilación, dos años de paro. Podéis viajar, ir a la casa de la sierra, salir al parque con tus nietos… ¡Pues no hay cosas que hacer! – comentaba Alicia con su madre, no muy convencida de lo que estaba diciendo.

Qué podría haber ocurrido para que la matriarca, ahora no fuera eficiente. Y es que mientras que estuvo en activo, las niñas eran muy independientes, no necesitaban apenas más que el techo donde cobijarse, el resto estaba en sus manos, estudiar y trabajar desde bien jovencitas, pasando la mayor parte del tiempo fuera de casa de lunes a domingo. No les hizo falta mucho tiempo para entender lo que pasaba. Ahora que estaban independizadas, ahora es cuando más tiempo debían pasar en casa.

  • Mamá, voy mañana a comer – llamaba Alicia para anunciar a su madre que al día siguiente se pasaría por casa con la excusa de comer con sus padres, pero era más por ver el estado emocional y deterioro de su madre.
  • Vale hija.

Y al día siguiente a la hora de la comida, Carmen ponía dos platos sobre la mesa. No esperaba a nadie más. Carmen y su marido. Las niñas estaban independizadas. Pero llegaba Alicia, con un paquetito de buñuelos que era el dulce que más les gustaba a sus padres.

  • Mira lo que he traído. Buñuelos. De todos los sabores que había en la pastelería, chocolate, crema, café y nata. Así no me equivoco.
  • ¿Y tú qué haces aquí? – Le decía Carmen a su hija medio enfadada, rompiendo su rutina.- Pues no tengo comida. Claro, hacéis lo que queréis.
  • Mamá, llamé ayer. Te dije que venía a comer.

Carmen miraba a su hija desubicada, sin saber qué responder, con una lágrima deslizándose por su mejilla.

  • Mamá, no te preocupes. Pensé que te había llamado. Picoteo algo y nos comemos los buñuelos que están muy ricos.- Y con un abrazo a su madre, Alicia contenía sus lágrimas y deseaba que el tiempo se detuviese.

Los días pasaban con whatsapps contando una y otra vez lo mismo. Carmen respondía a una hija, lo que le había preguntado la otra, e incluso cuando hablaba con José, les cambiaba los nombres. Pero él, tan sólo la veía despistada, como siempre había sido ella, como cuando se dejaba las llaves en la puerta al salir de casa. Es despistada, no la regañéis, les decía a sus hijas, la estáis poniendo nerviosa. Y se zanjaba la conversación.

 

Todos los martes, Carmen quedaba en la cafería de la esquina, con su hija Alicia, para tomarse su café terapéutico, como lo llamaban ellas, donde se reían o lloraban dependiendo de cómo hubiese empezado la semana, pero donde tanto disfrutaba Carmen de la compañía de su hija mayor. Ese día, había avisado a Alicia que ya se bajaba del autobús y que no tardaba en llegar. Tan sólo les separaba ocho minutos caminado por una sola calle. Esos ocho minutos, se habían convertido en veinte, y Alicia estaba impacientándose.

Media hora después, Carmen apareció por la puerta, con una sonrisa, disimulando el disgusto y el susto. Su respuesta no convenció a Alicia, que tras un año quedando en la misma cafetería, no entendía cómo podía decir que se había despistado callejeando. No era necesario callejear para llegar.

Y es que ya no eran despistes. No eran pequeños olvidos de las cosas más cotidianas. La dependencia 24/7, había comenzado. Veinticuatro horas, los siete días de la semana, así lo había entendido la familia. Todos sabían que esto no podría ir a mejor, pero no se rendían a la desidia del abandono de la vida. Ejercicios de memoria, recordatorios en el móvil, tarjetones en la nevera, todo, lo hicieron todo para que Carmen tuviese una vida plena.

Los médicos en ningún momento quisieron ponerle nombre, y éso constituía un estado de ansiedad para las niñas, que no sabían si su madre las vacilaba a veces con sus olvidos o realmente había algo grave. Y José… José seguía viendo a la pizpireta y olvidadiza muchacha que había conocido durante su estancia en la mili. José tan sólo la acompañaba.

Ahora habían decido quedarse a vivir en la casita del pueblo, donde tantos bonitos recuerdos tenían de la infancia de las niñas, buscando que Carmen pudiera revivir esos momentos de carreras en bicicleta, de paseos por la montaña, y poder salir a la calle sin el miedo a cruzar un paso de peatones repleto de coches, o al empujón de un desconocido que llega tarde a trabajar. José había retomado la cocina y realizaba platos espectaculares que Carmen paladeaba cada día como descubriendo sabores nuevos. Hacía tiempo que la sal en casa no existía, aunque en la despensa hubiese cinco paquetes, y los fuegos eran un arma letal, por lo que José diariamente se dedicaba a sorprender a Carmen, que sonreía con agradecimiento cada manjar que su marido la ofrecía. Porque la sonrisa Carmen no la ha perdido, no la ha olvidado…

La llegada de los nietos transforma el rostro de Carmen, que les achucha, les mima con regalitos y disfruta de su compañía contándoles historias de su madre cuando tenía la edad que ellos tienen ahora. Al llegar a casa, Alicia les aclara que lo que les contó la abuela le había sucedido a la tía, y que a veces los recuerdos con la edad se entremezclan, pero que no hay que tenérselo en cuenta, que la historia existió y sino, el cuento de la abuela esa tarde estuvo bonito. Ellos disfrutan con los relatos de la abuela, y no importa quién los haya vivido, la escuchan con devoción, con admiración, una y otra vez el mismo relato, ayudándola en algunos momentos a terminar alguno de sus argumentos inconclusos, e inventando nuevos finales. Es la vida de la abuela Carmen, pero si hay que buscarle un final, podemos buscar uno feliz y divertido. Eso argumentan los mocosos para echarse unas risas sentados en la alfombra del

 

salón viendo como su abuela disfruta de su compañía. El mejor café terapéutico.

El deterioro de Carmen aumenta por semanas. Cada fin de semana de visita se hace más duro. Durante la semana, las llamadas telefónicas con José o con Carmen, son un suplicio para las niñas. Los acontecimientos siguen el curso marcado por los especialistas, que siguen sin etiquetar la situación. No es tan difícil. Hay un día mundial de esta enfermedad. Pero nadie la nombra. Quizá porque lo que quieran sea olvidarla. Cerrar los ojos y despertar sentadas a los pies de Carmen escuchando el final del relato. Despertar y oler aquel chocolate que Carmen preparaba a las niñas los domingos por la mañana. El café recién hecho que tanto le gustaba a Carmen tomarse junto a José mientras leían el periódico y hablaban de política, del Ibex 35, o de las lavadoras que todavía faltaban por poner. Esas mañanas de domingo, en las que las niñas salían corriendo a entrenar para volver a la hora de comer a degustar los sabrosos guisos de Carmen.

  • ¿Has visto cómo ha quedado el jardín?
  • Lo has dejado precioso, mamá. ¿Quieres un café?
  • ¿Café? Sabes que nunca me ha gustado el café.
  • Bueno, pues yo me tomo uno y me cuentas qué flores has plantado, que yo no sé cómo se llaman.

Y es que lo importante para José, las niñas, y sobre todo para Carmen, es disfrutar del tiempo juntos. Con recuerdos, cuentos o imaginaciones, pero aprovechando cada minuto, cada segundo de la vida.

Sonia Muñoz Rubio.

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