MIS CARTAS AL VIENTO. Chari Dominguez

Mis Cartas al Viento.

  Y cierro los ojos, tomo aire…, y me llega ese olor a pasado, una mezcla entre Cola Cao con galletas, libros viejos y goma de borrar. Doy un salto a esas tardes con mis abuelos, sentada en la mesa de camilla y escribiendo copiados y dictados que me mandaba mi abuelo, recuerdo en los descansos como degustaba mi merienda mientras mi abuela, sentada en su butaca, me contaba historia. Desde aquí miro a esa niña que era, sintiéndome querida y segura en esas tardes tranquilas de invierno que dejaron su huella a mis diez años. Siempre agradeceré a mi madre que me mandara a hacerles compañía.

¡Ay, mamá! Jamás me preocupé de verla envejecer, estaba segura que siempre sería la eterna coqueta y risueña. Sabía lucir todo lo que se ponía, contoneándose al andar. Nunca salió a la calle sin comprobar su peinado y sus labios pintados de color coral.

Su perfume llenaba la habitación; la veo entre telas e hilos sentada ante su máquina de coser, junto a la ventana, y sonrío ante ese recuerdo. Crecí observándola entre sus costuras, disfrutando con todo lo que hacía. Si no fuese por esa enfermedad que ahora te consume, seguirías rodeada de tus labores. Se me escapa un suspiro, y me pregunto; ¿dónde estarán tus pensamientos ahora?.

Y me veo ahora intentando recomponer esos trozos de recuerdos, como un rompecabezas, y sin saber muy bien por donde empezar.

Cierro de nuevo los ojos: le veo caminar, acercándose por la calle, vestido de azul. Atractivo,  de ojos grandes y porte de eterno chaval.

Es una tarde de verano, a mamá la escucho de lejos hablando con las vecinas. De pronto, el grito de mi madre llamándonos a mi hermana y a mi. Papá se acerca con un vaivén al andar y una cara sonriente imaginando la bronca que le espera de mamá. Quizás su parada en el bar antes de llegar a casa, le daba fuerzas para enfrentarse a su realidad.

¡Ay ,papá !Le recuerdo siempre alegre. Los domingos, nos llevaba a mi hermana y a mí, las dos mayores, a casa de sus padres. Nunca nos reñía ni nos castigó por nada. Espero que, estés donde estés, seas más feliz de lo que fuiste el poco tiempo que estuviste aquí..

No recuerdo haber estado nunca sola, pues a mis diecisiete meses llegó mi primera hermana al mundo. Era mi espejo, por lo que mamá nos vestía iguales, y siempre sentí que era parte de mí. Ella, con más ganas de lanzarse a vivir, siempre por delante de mí y empujándome para que perdiera la timidez. Recuerdo nuestras largas charlas y risas de madrugada; cuando todo el mundo dormía, nosotras hacíamos balance del día vivido.

  Y en este laberinto de emociones, la tristeza me invade: te miro, buscando a la niña que se esconde detrás de la mirada cada vez que me miro al espejo. Y te digo: no te asustes, ya comprendí todo, ya puedes descansar. Y vuelve esa pregunta a mi cabeza, como algo punzante, dime: ¿a que se reduce una vida?¿qué crees que queda una vez que nos marchamos? Y me zambullo en mi pasado y me llega esta respuesta que penetra en mí como algo fresco…;

¿ No es todo lo vivido, como un pergamino escrito que va dejando una huella? Esa huella son polvos de mí, de lo que fui, de lo que soy. Y lo vivido me llevó por remolinos de emociones, que me hicieron sentir ¡viva! A veces me mantenía arriba, otras abajo. Y en este viaje de mi vida, una veces me acercaba a mis sueños cumplidos y sin cumplir, hasta llegar a este instante, intentando escribir todo los recuerdos, los reales y los soñados. ¿Qué diferencia hay?

Y abro los ojos y te miro, y aquí sigo, preguntándome , ¿quién  soy?…

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