MUJER SOBRE FONDO AZUL. M. Emma González

María lleva décadas sumida en el más absoluto de los silencios. Ya le he robado su rostro, sus ojos, su boca y sus manos en docenas de bocetos con los que voy tapizando las paredes de mi cuarto; su alma aún no.  En estos dos últimos años, en los que cada jueves de fin de mes me he colado fielmente en la habitación 212, no he logrado arrancarle una palabra, apenas una sonrisa, pero no por ello abandono  mi costumbre; siento  que se lo debo.

No les perdono que durante tanto tiempo me ocultaran su existencia. Casi tuve que suplicarles que me ayudaran a desenredar el ovillo que yo misma había ido  forjando a base de frases inconexas, de retazos de conversaciones espiadas, de silencios ante mi presencia. Pero, al final,  logré que María Carvallo Casal llegara a mi vida; la tarde de mi dieciocho cumpleaños averigüé quién era realmente la  mujer de la que llevaba oyendo hablar durante tantos años. La insistencia es algo que siempre me caracterizó,  o tal vez sea la cabezonería.

Finales de octubre de 2014. Otro  jueves más  regreso a la residencia  portando mi carpeta. Necesito que María abandone esa actitud de mutismo, que rompa su  ensimismamiento; tengo que esclarecer, de una vez por todas, el asunto que desde hace meses se ha  adueñado de mis pensamientos, de mi tiempo también. Presiento que hoy todo va  a ser distinto.

Según asciendo por la escalera dirección a la 212, recuerdo el instante en que todo se desencadenó. Aquella tarde de mayo, El loco Vincent comenzó la clase de “Arte en el mundo contemporáneo” pronunciando solemnemente estas palabras: “hoy os hablaré de las verdades ocultas del caso Gurlitt”. Nadie habíamos oído hablar de ese caso, de ese Gurlitt. Se produjo un murmullo y después, un silencio acentuado. Estábamos expectantes; todo lo que está rodeado de misterio despierta el interés del alumnado y este entusiasta historiador del arte bien lo sabía.

–Aunque ya hace casi setenta años que terminó la Segunda Guerra Mundial, la restitución de piezas de arte usurpadas a los judíos por los nazis sigue siendo un tema candente.

Así comenzó mi profesor su exposición. El silencio se podía cortar en la sala, había nombrado tres palabras clave: judíos, nazis, usurpar.

–Hace unos años–continuó–, en un control rutinario entre Múnich y Zúrich, la Policía Aduanera descubrió que Cornelius Gurlitt, un anciano octogenario, viajaba llevando encima nueve mil euros en efectivo. Portar esta cantidad era legal, pero algo en Gurlitt les llamó la atención. A partir de ese incidente en el tren, las autoridades alemanas iniciaron una investigación sospechando que el señor Gurlitt podría haber  cometido delitos fiscales. Y, ¡sorpresa! En su casa de Múnich hallaron más de mil doscientos cuadros –entonó con énfasis–, obras de genios como fueron Matisse, Beckmann, Renoir, Chagall o Picasso.

–¿Cómo se hizo el tal Gurlitt con esos cuadros tan valorados?–se escuchó desde el fondo de la sala.

–Eso es precisamente lo que pretendo contaros.  Cornelius heredó la colección de arte de su padre, uno de los cuatro marchantes oficiales de Hitler. Hildebrand Gurtill adquirió miles de cuadros a precios irrisorios. Muchos judíos, ansiosos por abandonar los países ocupados bajo el régimen nazi, malvendieron su patrimonio artístico para conseguir salvoconductos que les permitieran escapar de los horrores del Holocausto. ¿Sabéis a lo que me refiero, verdad? Unos tuvieron que vender bajo coacción, otros por decisión propia pero, en la mayoría de los casos, esas obras fueron literalmente  robadas a los que aun hoy son sus legítimos propietarios. La cantidad de piezas artísticas saqueadas no tiene precedente –hizo una pausa esperando la intervención del alumnado, pero nadie habló–. Vuelvo al caso Gurlitt; ayer se publicó que el  Museo de Arte de Berna acepta la colección de cuadros que Cornelius le ha cedido en su testamento.

–¿Y Alemania que dice al respecto?–preguntó otro de mis compañeros–. El escándalo le da de lleno, ¿no es así?

–El gobierno alemán sabe que este asunto puede afectar a la imagen de su país, razón por la que ha aumentado los presupuestos destinados a la investigación sobre el origen de estas obras. Pero, ojo, en la mayoría de los países europeos, los particulares no tienen obligación legal de devolverlas; sólo el arte robado –articula estas dos últimas palabras entrecomillándolas con los dedos–, sólo el arte robado–repite–que se encuentra en los museos estatales puede someterse a procesos de restitución. El Kunstmuseum de Berna, por lo que le toca, seguro se verá envuelto en más de una querella; ya hablaremos de ello.

El loco Vincent encendió el cañón y proyectó una imagen que a todos nos dejó perplejos, especialmente a mí.

–Hasta el momento sólo se ha exhibido uno de los cuadros del legado de Gurlitt. ¡Equilicuá!–dijo.

Ante nuestros ojos apareció el rostro de una mujer pintada sobre un fondo azul. Un turbante envolvía su pelo y una sábana cubría sus hombros desnudos; sus ojos entornados, y la expresión de su boca, evocaban  sosiego. Me reconocí en ella y, al parecer, no fui la única que se dio cuenta.

–¡Es clavada a Jimena!–vociferó uno de mis amigos rodeando mi cabeza con el fular que acababa de arrancarme del cuello.

–Ciertamente–Vicente me miró y esbozó una sonrisa, luego prosiguió–. Quiero que investiguéis sobre este retrato, sobre la doble de vuestra compañera. Ya sabéis cómo hacerlo. Describid la escena, qué representa, la técnica que  emplea, los pigmentos, referiros a los aspectos destacados: a la profundidad, al  volumen, a la iluminación… ¡Escudriñadla!

–Una pista, por favor–solicité.

–Se trata de “Mujer sobre fondo azul”. El autor es Marc Chagall. Quiero referencias a dicho autor, al contexto histórico en que realizó la obra. Implicaos en los comentarios–sugirió–, no quiero recortes de wikipedia–. Se escuchó una carcajada múltiple en el auditorio–. Los más osados, intentad averiguar la procedencia de la obra. A quién logre desvelar el  auténtico propietario,  le subo la nota.

Así concluyó la  sesión.

Aquel trabajo se convirtió en una obsesión para mí. Me aficioné a cubrir mi cabeza con una felpa; me estimulaba ver frente al espejo el reflejo de aquella mujer pintada por Chagall. ¡Éramos tan parecidas! Investigué a fondo la vida del pintor judío que había transcurrido entre Vitensk, su tierra natal,  San Petersburgo, París, Moscú, Marsella y Nueva York, lugar donde terminó finalmente refugiándose a causa de la persecución antisemita. Me empapé de su obra. Sus pinturas estaban llenas de fantasía y cargadas de una  inspiración tan poética que me fascinaban. Escudriñé el retrato, ese que tanto me recordaba a mí misma; era lo que Vicente esperaba de nosotros. Deduje qué técnica había utilizado: óleo sobre lienzo, predominio del blanco, azul ultramar y azul cobalto, y ese rojo indio de los labios en  el que, a mi parecer, se concentraba  toda la fuerza de la obra. Esos labios me tenían hipnotizada. Quise dar un paso más y buscar su procedencia, pero todo resultó un fiasco. Decidí pedir ayuda y  una mañana abordé a mi profesor en  un pasillo.

–¿Dónde va la mujer sobre fondo azul? –me preguntó animoso. Como ya era mi costumbre, aquella mañana también  llevaba el pelo recogido con una tela.

–Necesito tu ayuda. Quiero rastrear el origen del cuadro, saber a quién perteneció–le dije.

–Establecer la cadena de propiedad de una obra de estas  características es una tarea complicada, pero no imposible. Hay que averiguar dónde ha estado y demostrar su autenticidad. Te digo que fácil no es, pero puedo ponerte en contacto con una amiga que trabaja una fundación que se ocupa de la restitución del arte de la época del Holocausto; ella podría facilitarte el registro de los cuadros de la colección de Gurtill–. Yo lo escuchaba con los cinco sentidos–. En Internet–prosiguió–, no hay una  base de datos única para buscar las obras saqueadas. Los de Art Restitution llevan tiempo enfrascados en procesos judiciales, resolviendo demandas de restitución de obras extraviadas, y podrían echarte una mano.

–Llevo días navegando por la red  en busca de algún  dato y no he encontrado nada, te lo agradecería–le dije.

Donna Hawk, la periodista con la que mantuve contacto durante semanas, descubrió algo que me removió por dentro. Vicente y ella debían de ser muy buenos amigos porque se implicó de forma desinteresada en el asunto. Tardó apenas unos días en facilitarme los datos de identificación de la “Mujer sobre fondo azul”. Efectivamente, había sido pintado por Marc Chagall en 1939 y era propiedad de María Carvallo Casal. Volví a releer el mensaje. ¡No daba crédito! La propietaria del cuadro  tenía el mismo nombre y los mismos apellidos que mi abuela materna, la mujer que había descubierto hacía tres años. Le hablé del asunto a mi madre. Caso omiso. Me pidió que me olvidara de todo. “Jimena, céntrate en tus  estudios y deja de remover más el pasado”, me dijo. Pero fui incapaz de hacerlo y continué contactando con Donna. Me enfrasqué en una tarea de investigación familiar hasta confirmar que María, mi silenciosa abuela, había vivido en Francia en aquella época. ¿Por qué no podía ser la auténtica propietaria de aquel  cuadro? Sólo tenía que averiguar cómo había llegado la obra a sus manos y descubrir un indicio, alguna pista, que sirviera para demostrar que legalmente le pertenecía. Eso no sería sencillo.

Hoy traigo conmigo una copia del retrato. Entro en la habitación y María descansa sobre una  butaca próxima a la ventana. Saco la foto de la carpeta y la coloco a centímetros de su cara.

–¡Dime quién es!–le suplico.

Ella la mira, me mira, y con un gesto me invita a sentarme a su derecha. Cuando agarra mi mano, una sensación de bienestar recorre todo mi cuerpo; hasta ahora  nunca había intentado comunicarse conmigo. Entonces, por primera vez, escucho la voz grave y pausada de mi abuela.

–Marc te hizo un bonito retrato. Lo recuerdas, ¿verdad? Sólo tenías veintidós años cuando saliste de Madrid. ¡Tenías tantos deseos de volar!–Sonríe y acaricia mi rostro; eso me estremece. –Al bajar de aquel tren, Maksim ya sabía que serías su mujer para siempre. Eras su modelo, la  musa de ambos, cada parte de tu  cuerpo quedó infiltrada  en sus lienzos–se calla y  parece  estar organizando sus recuerdos–. Los años de Marsella en la Villa Air-Bel fueron preciosos, ¿lo recuerdas?

No contesto, asiento nada más, temo que mis palabras rompan ese momento mágico. Habla de mí, pero sé que la mujer a la que se está refiriendo, esa a la que Chagall y el misterioso  Maksim habían reproducido en sus cuadros, es ella misma. No tengo duda, mi abuela me está desvelando su pasado y yo soy una esponja reteniendo cada término que emplea, cada sensación que transmite.

–¡Maksim y Marc estaban tan unidos! –continúa–. Les entusiasmaba hablar de su infancia en Bielorrusia, de cómo descubrieron su pasión por la pintura. Pero luego, en el 40, cada uno siguió su camino. ¡Debisteis hacerle caso! Él consiguió escapar, vosotros os metisteis en la boca del lobo. Fue un error regresar a París, tú lo sabías, pero  fuiste incapaz de convencerlo; Maksim era demasiado testarudo. Lo ficharon, tú  misma cosiste aquella estrella amarilla a su abrigo–. Ahora su voz comienza a resquebrajarse–. Deshacerte del cuadro fue terrible, pero la única salida; era lo más valioso que tenías y viste la oportunidad de vendérselo a aquel alemán. Con el pago compraste el visado que Maksim necesitaba para ir a Londres. Para ti todo era más fácil, no eras judía, pero te resistías a abandonarlo–. Sus ojos se llenan de lágrimas–. Tus planes no salieron como esperabas. Aquella noche de julio del 42, los gendarmes golpearon la puerta de vuestro nido de Montmartre. –Ahora sus manos temblaban–. Pidieron que se identificara y  se lo llevaron a la fuerza; ¡todo fue tan rápido!  Impidieron que lo acompañaras; lo subieron a un autobús sin que supieras que sería la última vez que volverías a verlo. Lo buscaste en el Velódromo, allí hacinaron a miles de judíos durante días, pero las autoridades se negaron a facilitarte información. Después de pasar semanas desesperada, decidiste regresar a Madrid. Aquí nació vuestra hija, una niña preciosa de la que no pudiste hacerte cargo; el sólo hecho de mirarla te recordaba a su padre, el dolor era tan grande que tu mente buscó refugio en el silencio.

Las piezas del puzle comienzan a encajar. Le suplico que me desvele una  pista, algo que pueda utilizar para demostrar que la auténtica dueña del retrato de Chagall es ella. Lo hago con el alma. Pero María se ha desvanecido de nuevo, ha regresado a su particular inercia.

Han pasado meses. He seguido visitándola, mostrándole día tras día a la mujer sobre fondo azul, aunque no he logrado arrebatarle ni una palabra más. Pero hoy su semblante es distinto, sus ojos brillan y su mirada parece querer decime algo. Me acerco y beso  sus mejillas. Luego saco la foto de mi carpeta,  la coloco frente a ella y le pido que me hable, es algo que  ya hago mecánicamente. Con un gesto, indica que lo acerque. Mis pulsaciones se aceleran. Entonces, María pasa sus delicados dedos por los labios de la  mujer impresa en el papel.

–Óleo y sangre–pronuncia con ternura. Luego calla.

Lo que descubrí a partir de aquella tarde de  jueves abrió definitivamente la puerta de mi pasado. Tardé en averiguarlo, en encontrar una explicación a las  últimas palabras pronunciadas por María, pero al final acabé desvelando su verdadera historia.

Con el tiempo, conseguí que una prueba de ADN demostrara  que ella era la legítima  propietaria del cuadro. Ahora sé que  Maksim Lébedev, mi abuelo, fue deportado desde el Velódromo de Invierno parisino al campo de Auschwitz, allí falleció en menos de un año. Ahora lo entiendo todo. Comprendo los silencios que durante años hubo en la familia, los retazos de conversaciones  espiadas, el cúmulo de frases inconexas. Imagino el dolor de mi madre. Entiendo el porqué del miedo que atormentaba a la mujer que, cuando mi madre apenas tenía semanas  de vida, se aventuró a tomarla a su cargo. Esa que es mi otra abuela del alma  sólo  temía  que la madre biológica de su pequeña despertara de su silencio y pudiera arrebatársela.

Donna sigue ayudándome con el pleito que he interpuesto al museo de Berna. Necesito recuperar su retrato, siento que se lo debo.

 

Autora: María Emma González Arribas

Marzo de 2017

pensamientos de 6 \"MUJER SOBRE FONDO AZUL. M. Emma González\"

  1. Que maravilla! Emma demuestra una destreza en la escritura que engancha y hace que se lea su relato de principio a fin sin pestañear.

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