¡NECESITO AYUDA! Rocio De la Cueva

Una nueva generación ha destronado a la milenial, se trata de la generación Z. Pertenecen a ella los nacidos entre mediados de los noventa y mediados de la década de los 2000. Sus rasgos característicos son el pesimismo, la impaciencia y además generalmente esperan poco de la vida. La información la reciben principal y casi exclusivamente de la red y desde luego les parece impensable una existencia sin móvil. Su máxima preocupación es cómo les ven y qué piensan los demás de ellos.

¿Por qué explico esto?, muy simple, yo pertenezco a esta generación. Me llamo Carlos, tengo 14 años y necesito ayuda desesperadamente. Me encuentro en una situación que se me ha ido de las manos y no sé a quién acudir. Espero que cuando todo salga a la luz no sea demasiado tarde.

Soy una persona tranquila y bastante solitaria, mis hobbies son los cómics y los videojuegos. Tenía una media de diez pero me ha bajado a nueve porque soy pésimo en los deportes. Desde luego no voy a la moda, de hecho aunque quisiera no podría porque no sabría cómo. Soy lo opuesto a ser popular, más bien encarno la perfecta descripción de un friki y la verdad es que no me importa, estoy contento con mi vida. Tengo grandes amigos desde primer curso, los profesores me aprecian y valoran y además tengo la mejor familia del mundo, por supuesto con sus más y con sus menos como todas, pero sin lugar a dudas para mí es la mejor familia del mundo.

Una vez terminada esta rápida auto-descripción, contaré cómo empezó todo. Fue hace unos días cuando el destino quiso que la profesora de ciencias nos pusiera a Alejandra Vázquez y a mí como compañeros para presentar un proyecto. Según nos dijo, este supondría la mitad de la nota trimestral. En un primer momento pensé en hacerlo yo solo y presentarlo como si lo hubiéramos realizado en común, pero resultó ser obligatoria  la exposición conjunta, así que sí o sí tendríamos que hacerlo los dos. La idea me asfixiaba, ¿qué iba a hacer a solas con Alejandra?, el simple hecho de pensarlo me angustiaba tanto que rápidamente tuve que echar mano de mi inhalador.

A la salida de clase Alejandra me esperó para preguntarme si me parecía bien empezar el trabajo esa misma tarde en su casa. Le contesté con un movimiento afirmativo de cabeza porque no me salían las palabras, ¿cómo podía ser tan estúpido?  Y encima para mayor frustración, mi cara se estaba poniendo roja de vergüenza y no había nada que pudiera hacer  para remediarlo. Alejandra debía de pensar que era imbécil.

Su casa estaba cerca, así que fuimos andando desde el colegio. No me podía creer que aquello estuviera sucediendo realmente, llevaba enamorado de ella desde tercero de primaria y jamás habíamos mantenido una conversación, era la primera vez. La verdad es que siempre la había visto como si fuera de otra galaxia, aunque siendo sinceros he de admitir que desde luego no orbitamos en la misma, ella está a años luz. Para mi sorpresa resultó ser muy simpática, además parecía mostrar un sincero interés por lo que le estaba contando. La tarde fue perfecta y al despedirnos intercambiamos los teléfonos con el fin de quedar y continuar con el trabajo. ¿Era real que hubiera pasado la tarde con Alejandra?, si se trataba de un sueño no quería despertarme jamás.

Al día siguiente volvimos a quedar, pero esta vez en mi casa. Cuando llegó la noté bastante triste y aunque me daba vergüenza preguntar qué le pasaba, lo hice, supuse que era lo correcto. En ese momento empezó a llorar repitiendo una y otra vez que no aguantaba más, decía que no podía soportar que la gente se creyera que la conocía simplemente por el hecho de ser popular. Además odiaba tener que dedicarse todo el día a su imagen y a las RRSS para mantener su fama, estaba harta de sentirse constantemente analizada y juzgada por todos. Incluso me comentó cómo fingía llevar una vida de color de rosa por miedo a recibir críticas, cuando la realidad era radicalmente opuesta. Decía que sentía como si estuviera en un campo de batalla en el que matas o te matan. Cuando se tranquilizó un poco me dijo que hacía ya tiempo que había perdido la ilusión por vivir y que la espiral de falsedad en la que estaba metida la estaba consumiendo.

Continuó diciendo que para ser la envidia de todas y el deseo de todos tenía que estar y ser sencillamente perfecta, que eso al principio le resultaba divertido y emocionante, pero que ahora le parecía absolutamente insoportable. Aquello le estaba costando literalmente la vida, sentía que si mostraba cualquier síntoma de debilidad, tristeza o si su imagen no era impecable, enseguida comenzarían a especular y a inventarse ridículas historias. Cada día debía colgar fotos en las redes para aumentar o cómo mínimo mantener el número de seguidores. Sabía que con ello participaba en el absurdo y cruel juego en el que los seguidores habían decidido asumir el rol de juez y verdugo, creyéndose así con derecho a decir todo lo que les viniera en gana sin límites ni censuras. En definitiva, el trono le exigía dejar de ser humana y esto le estaba pasando una factura muy elevada.

Desgraciadamente la cosa no paró ahí, aún había más. Como dice el refranero popular, a perro flaco todo son pulgas. Me contó que sus padres, después de varios años intentando salvar su matrimonio, habían decidido finalmente divorciarse.

Yo estaba ojiplático, no sabía cómo actuar ni tampoco sabía qué decir.

Después de aquella lluvia de información y emociones me quedé sin habla durante un rato, mi mente me exigía decir algo para romper el hielo y reconfortar a Alejandra, pero me era del todo imposible articular palabra. Después de un rato habló ella mirándome con los ojos llorosos y suplicantes para pedirme que por favor me abstuviera de decir nada a nadie. Le respondí que jamás se me pasaría por la cabeza algo así. No me pareció oportuno continuar con el trabajo dadas las circunstancias. Pasado un rato nos despedimos, Alejandra se fue a su casa, me dijo que necesitaba estar sola. Después de aproximadamente dos horas me llegó un WhatsApp suyo en el que me pedía perdón y además me explicaba que se sentía avergonzada por lo que yo pudiera pensar de ella, pero que aún así me agradecía que la hubiera escuchado sin juzgarla.

Me parecía increíble que todo lo que estaba sucediendo fuera cierto, no sólo me hablaba, sino que se había desahogado conmigo y la verdad es que me daba igual que tan sólo fuera por no poder hacerlo con nadie más, a mí me valía. Por otro lado reconozco que me quedé muy preocupado, no sabía qué debía hacer, siempre se me había dado bastante mal tratar con las personas, era el principal motivo por el que me había centrado en aficiones solitarias como los cómics y videojuegos.

Cuando vi al día siguiente a Alejandra en clase parecía contenta, era como si todo lo ocurrido el día anterior no hubiera sucedido nunca. Por la tarde nos fuimos juntos y en cuanto nos alejamos del colegio y perdimos de vista a cualquiera que pudiera reconocerla su gesto cambió instantáneamente. Ahora se mostraba hundida y yo desgraciadamente seguía sin saber cómo ayudarla.

Cuando llegamos a su casa me dijo que no podía ni quería seguir así, pero que no sabía cómo salir de aquella situación sin hacerlo de forma dramática. Estaba realmente harta de fingir ser quien no era, decía que cada día le costaba más enfrentarse a su propia vida. ¿Qué se supone que me estaba queriendo decir con aquello? Continuó hablando, dijo que estaba planteándose hacer el reto de la ballena azul. La verdad es que no tenía ni idea de a qué se estaba refiriendo, así que le pregunté en qué consistía exactamente ese reto. Según me explicó había que enfrentarse a cincuenta desafíos en cincuenta días. El primero consistía en autolesionarse en el brazo con algo punzante, como por ejemplo una cuchilla Gillette escribiendo “F57” y posteriormente era necesario enviar una foto de la dramática obra al administrador del grupo de Facebook o WhatsApp para dejar constancia. Según me comentó cada prueba era más macabra que la anterior, parecía ser que el administrador incluso conocía los miedos más profundos del participante y le exigía enfrentarse a ellos. Siguió explicándome que del día treinta al cuarenta y nueve el envite consistía en levantarse a las 04:20 a.m. para ver películas de terror y escuchar una música abominable que el propio administrador le proporcionaba, rematando la prueba con un corte diario. El tétrico juego culminaba el día cincuenta con el reto final, este consistía en quitarse la vida tirándose desde un edificio muy elevado, cuanto más alto mejor. Aunque según se había informado Alejandra, no había que limitarse únicamente a ese final, también se podía optar por ahorcarse, precipitarse a las vías del tren, etc.  Lo que el  administrador realmente exigía era un final impactante.

Parece ser que para comenzar el juego era imprescindible dar los datos personales, dirección y enviar varias fotos. Este trámite era obligatorio para evitar cualquier tentación de echarse atrás, ya que en ese caso el administrador y sus secuaces procederían a quitarle la vida al participante arrepentido e incluso también a alguno o varios miembros de su familia. La amenaza resultaba ser bastante convincente ya que proporcionaban datos sobre su rutina y la de sus familiares. Esto implicaba que una vez se hubiera cumplido el primer reto no había vuelta atrás.

Yo escuchaba en silencio completamente impresionado, una vez más Alejandra me había dejado sin habla. Miles de preguntas se agolpaban en mi mente, ¿cómo podía existir algo así?, ¿qué alma perturbada habría inventado el espeluznante juego?, ¿cómo se le podía pasar a Alejandra algo semejante por la cabeza? Si decidía hacerlo y luego se arrepentía ¿qué sucedería?, ¿realmente acabarían con su vida o/y con la de alguno de sus familiares? Si la respuesta era sí ¿querría asumir el riesgo?

Finalmente hablé.

-¿Realmente estás pensando en participar?

-Sí.

-¿Por qué?

-Porque no tengo nada que perder, lo que tenía ya lo he perdido. Además quiero que las chicas que quieren ser como yo abran los ojos y acepten la cruda realidad, no hay nadie perfecto, somos humanos y como tales nos equivocamos. Por otro lado quiero dar una lección a todas esas personas que creen estar por encima del bien y del mal, dedicándose a criticar en los demás lo que no quieren ver en ellos mismos. Destrozando a todo aquel que se cruce en su camino con tal de no detenerse ni un segundo a analizar cómo son ellos mismos en realidad. Supongo que piensan que mientras que la gente se fije en el de al lado están a salvo. Estas personas deben aprender que su actitud está arruinando vidas, hay que poner límites de una vez por todas y dejar de mirar hacia otro lado. Lo he visto hacer tantas veces que tiemblo sólo de pensar que lo pudieran hacer conmigo, yo no soy tan fuerte como para aguantarlo.

-¡Pero vas a destrozar a tus padres!

-En un primer momento sí, pero he pensado que podría ser una fantástica oportunidad para que se reconcilien.

-No lo veo claro, Alejandra, me parece una locura, ¿te puedo ayudar yo? Dime qué puedo hacer y lo hago. No sé…, creo que deberíamos pedir ayuda.

-Muchas gracias, Carlos, pero no veo otra alternativa, tiene que servir para que los adultos nos paren los pies, no deberíamos tener un acceso ilimitado a toda la información que queramos y también a la que no queramos simplemente a golpe de click. Además, si a esto le sumamos la libertad total de hacer con ella lo que nos venga en gana y como nos venga en gana… Deben comprender que cuando nos regalan un móvil, tablet, ordenador,…, es como si nos dieran un arma cargada y sin embargo asumen de forma totalmente arbitraria el altísimo riesgo que supone que el dispositivo en cuestión caiga en malas manos, en aquellas cuyo único y despiadado fin consiste en herir de muerte a unos y a otros sin motivo ni excusa aparente. Hay que poner freno y hay que hacerlo ya. No debemos tener algo tan peligroso sin control alguno. Estoy harta de ver imágenes vergonzosas de compañeros colgadas en las RRSS con comentarios puramente ofensivos y al día siguiente ver a los afectados por el colegio con los ojos hinchados de tanto llorar sin atreverse a levantar la cabeza por la humillación que padecen. ¡Simplemente no hay derecho!

-¿Y no te parece que sería mejor hacerlo de otra manera?

-¿Cómo?

-Pues mostrándote como eres en realidad y ayudando a las personas que se sienten mal.

-Lo siento, Carlos, no me veo capaz, me da mucho miedo lo que puedan pensar y decir de mí, ¿te imaginas las imágenes y comentarios que colgarían? Prefiero la otra muerte, por lo menos la elijo yo.

Ya no sabía qué más decir, así que preferí dejar el tema y centrarme en el proyecto. La verdad es que me resultaba bastante irónico hacer un trabajo con una persona que estaba valorando seriamente quitarse la vida, supongo que quería mantener las apariencias para que el impacto fuera mayor.

Resultó ser una noche eterna, no paré de dar vueltas una y otra vez a todo el tema de la ballena azul. Tenía que hacer algo, pero no sabía el qué ni a quién acudir. Era demasiado para asimilar en tan poco tiempo.

Vi a Alejandra en el colegio y con un gesto de su mano me indicó que me acercara. Cuando llegué a donde estaba ella extendió el brazo y muy orgullosa me enseñó las letras F57 en su antebrazo. Había cumplido satisfactoriamente con la primera prueba aquella misma noche, ya no había vuelta atrás…

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