PATERAS. José Manuel Caamaño Sánchez

Son muchas las raíces que se desarraigan cada día en el continente africano buscando el camino que les conduzca al sueño dorado. Fatoumata sacó las suyas.

Sus amigas y la deshumanizada red de redes, internet, le habían aconsejado seguir la ruta de la costa en vez de la del interior, que transcurría por un desierto del Sáhara mucho más duro y sembrado con los huesos de jóvenes que habían empezado como ella ese viaje de incertidumbre y que nunca culminaron. La ruta de la costa ofrecía mejores posibilidades. No supo, o no quiso, ver los peligros a los que tendría que hacer frente, las mafias que los tratarían como esclavos y a ellas como esclavas sexuales.

¿Cómo van a hacerme eso a mí en mi estado? ¡Maldita bendita inocencia!

Los días calculados para cruzar Senegal mutaron a semanas. Una mujer sola, joven, sin mala presencia y con algo de dinero para hospedarse en alguna pensión, no llamaba mucho la atención, pero no todo sucedía tan rápido como ella esperaba. A medida que subía hacia Mauritania el viaje se complicaba. Empezaba a notar que ya eran dos en el viaje. Su cada vez más visible embarazo empezaba a ser un problema y un freno en su avanzar. Sus lágrimas, su desesperación, su decisión de seguir adelante, aunque fuese sola, conmovió a dos mujeres de un grupo con su mismo sueño, logrando que la aceptasen.

Llegó la hora de seguir. El pick-up no salía gratis. Unos pagaban con dinero y otras con su cuerpo. Ella quiso pagar con dinero. Grave error. Pagaría doble. El dinero le fue robado y su cuerpo joven, a pesar de la incipiente barriga, era fruta más apetecible para los traficantes. Al llegar al poblado le cobrarían el viaje.

Tras un día bajo un sol que abatía los cuerpos y derretía los cerebros, llegaron al campamento. Mujeres aquí, ellos allí. Chozas separadas. Había otras mujeres. Explicaron a las nuevas el funcionamiento. Retenidas hasta la llegada de mujeres nuevas. Encierro para las nuevas. Libertad para las otras, que así podrían seguir el viaje. Era la norma. Carne nueva para satisfacer sexualmente los deseos de los traficantes. El jefe la apartó para su uso particular hasta que pasados un par de meses su embarazo se hizo demasiado ostensible. La llegada de otro grupo de inmigrantes con más mujeres les dio un relativo descanso. Su interés estaba en las nuevas.

Un buen día cargaron un furgón. Ella, las dos mujeres que conoció en Mauritania y varios hombres. Cruzaron la frontera sur del Sahara y entraron en Marruecos, donde los abandonaron, sin agua ni alimentos. El tiempo corría en su contra. Los meses habían pasado. Sabía que se le acababa el tiempo y con él la posibilidad de ver nacer a su bebé en España.

Eran continuas las redadas policiales y el traslado de los detenidos hacia el desierto, donde eran abandonados a su suerte. Ella pudo eludir dos traslados vendiendo su dignidad de mujer. Cada día tenía más claro que nada ni nadie le iba a impedir cumplir su sueño. Jornadas interminables procurando caminar de noche y esconderse durante el día. Varios componentes del grupo fueron cayendo. Se iba debilitando cada día más. Cerca de Tarfaya, desde donde les habían dicho que partían las pateras hacia Canarias, llegó el día del bebé. Sus hermanas de viaje, las dos mujeres que la acompañaban desde

hacía ya casi un año, le abrieron los ojos. No podía seguir. Una cosa eran las pateras en el Estrecho, unas horas de viaje, y otra cruzar hasta Canarias, días en el mar. En su estado nadie se arriesgaría a llevarla. Había una familia que al verla tan avanzada se ofreció a ayudarla hasta que diese a luz y se recuperase. No podía seguir ni pensar en subir a la patera. La travesía era larga y ponerse de parto en el mar significaría la más que probable muerte de ella y del bebé. Las lágrimas la ahogaban. Su sueño truncado. ¿Por qué a mí?

La familia que la acogió resultó ser su salvación. Dio a luz una niña sana, más de lo que se podría esperar, pero ella quedó muy débil. La llamaron Fatou, en honor a su abuela. Estuvo casi un año acogida, escondida, con esta familia. Pero su sueño seguía en pie. Cruzar. En el primer campamento descubrió que el cuerpo de una mujer es moneda de cambio en muchas circunstancias y ella, que ya no tenía nada, salvo a su hija, tenía que seguir, no podía fracasar. Orgullo africano. Así se lo transmitió a la familia que la había acogido.

Una noche la despertó la mujer marroquí. Habían parado en la casa, a descansar, un grupo de jóvenes migrantes como ella. Sería buena oportunidad, si la aceptaban, para seguir tras su sueño. Le pidió, le rogó, que dejase la niña con ellos, ese no era viaje para un bebé de menos de un año. ¿Dejarla? ¿Separarme de ella? ¡Nunca! Era la razón de su lucha por sobrevivir, gracias a ella estaba ahora luchando por buscar algo mejor, aunque la vida fuese dura, aunque tuviese que vender su cuerpo. Todo por su sueño.

Las pateras hacia Canarias se habían cortado por la presión de las autoridades. Eso les obligaba a tener que subir hacia Tánger o a acercarse a la valla de Ceuta. Unos mil quinientos kilómetros de penuria, peligros, lucha. Y ella no tenía forma de pagar ese viaje, máxime para dos personas. Aquí todos pagaban. Ya lo resolvería.

Algunas noches, con Fatou dormida en su regazo, no podía dejar de recordar su casa, a sus padres y hermanos. Las lágrimas dibujaban ríos en su cara aniñada.

Meses de sufrimiento, hambre, desprecio, agresiones y ¡Tánger al fin! Aquello era distinto. Una ciudad gigantesca, con muchos europeos. Los subsaharianos se solían concentrar en el centro de la Medina, en varias pensiones, a la espera de poder juntar el dinero necesario para pagarse la patera o acercarse a Ceuta y prepararse para el salto de la valla. Este salto para ella era impensable, máxime con un bebé. Pasaban los meses y el sueño parecía diluirse cuando lo veía tan cerca. A veces bajaba con su niña a la playa y desde allí veía la costa española. Tan próxima y tan difícil de alcanzar.

Más de un año de espera, pero por fin llegaba el momento en el que las pesadillas acabarían. Hoy es el día, hoy será, como canta Antonio Orozco. Se había aprendido esa frase de la canción y Fatoumata así lo sentía. Protegía a su mayor tesoro, su hija con ya casi tres años. Nunca se le pasó por la cabeza un reproche hacia la niña al haber sido sacada de sus raíces tras saber que se había quedado embarazada de ella. Se le vinieron a la mente los momentos previos a su marcha, forzada, de la casa de sus padres.

– Has deshonrado a la familia con esto que has hecho -dijo su padre Abdou.

-¿Cómo puedes culparla de ese embarazo? ¿Es que no te das cuenta que ha sido violada? -le indicaba Fatou, su mujer.

-Padre, yo no he hecho nada, tan solo nacer mujer en África.

-¡Cállate, descarada! -le respondió su padre a la vez que la golpeaba en la cara- . Si vas así por la vida, ¿qué se puede esperar? Toda la culpa es tuya, ésta ya no es tu casa ni nosotros tu familia, ¡vete!

-¡Abdou, NO!, ahora, en su estado, no puedes echarla de casa -intercedía por su hija y dirigiéndose a ella y sus hermanos los mandaba a su cuarto-. Dejadme a solas con vuestro padre.

Fatoumata, acostumbrada a obedecer, y aunque era el foco de la discusión familiar, cogió a sus hermanos y marcharon al cuarto donde tenían sus camastros y colchones. Una puerta de tela para silenciar los sonidos.

La madre tomó asiento en una silla e invitó a su marido a sentarse. Sabía que estando él de pie seguía siendo la máxima autoridad, sentado compartían las decisiones. Abdou tomó una silla, pero no se sentó, se apoyó en el respaldo y siguió de pie.

-Abdou, por favor, piénsalo bien. Piensa en Fatoumata, cuando vino al mundo, fue nuestra bendición, nuestra primera hija -trataba de ablandar su corazón con recuerdos de sus primeros años de matrimonio y de la infancia de su hija-, la bendición la llamabas, ¿recuerdas? Entiende que han abusado de ella, que nuestro, único error fue traer una niña al mundo, el nacer mujer. Por favor, no la lances a iniciar ese infierno de viaje. La perderemos, se nos morirá, pero eso no es lo peor. Lo hará maldiciéndonos y piensa en cómo morirá, en todo lo que sufrirá.

Su madre intentó defenderla pero no pudo evitar que el padre la echase. Hablaron madre e hija y ahí ella le confirmó que iniciaba la aventura hacia España, que aprovecharía que otro grupo de jóvenes del pueblo saldrían esa noche para irse con ellos. El corazón se le partía, aún veía a la niña que no había dejado de ser. El embarazo aún estaba en sus primeras semanas y quería dar a luz a su bebé en España, como había visto en la televisión que hacían otras muchas mujeres como ella. Le dio su bendición y con el corazón roto por el dolor la vio partir. Por otro lado estaba orgullosa de la valentía de su hija.

Esa noche tocaba dar el salto hacia el sueño. Estaban todos agrupados y en cuclillas, escondidos entre los matorrales, ateridos por el frío húmedo que traía el viento de poniente desde la cercanía del mar, a escasos cincuenta metros de su escondite. Una voz les alertó y les hizo ponerse en movimiento.

Bajo el suave brillo de la luna se adivinaba, en la orilla, una patera a la espera de recibir su carga humana. La poca luz le daba una imagen extraña, ¿patera o féretro? Hacia esa sombra se encaminaron.

Sus miradas tenían un brillo especial. Empezaban un viaje que definían como el viaje final. Si salía bien llegarían a España, la tierra prometida, pero si salía mal sería, a buen seguro, el del final de sus sueños y de sus vidas.

A Fatoumata los ojos se le iban a salir de las órbitas. No cesaban de mirar, nerviosos, en todas las direcciones, volvían a su hija, y de nuevo hacia la playa. Intentaba convertir la oscuridad en luz. Buscaba la cara de sus compañeros de viaje, esperando encontrar en ellos un atisbo de esperanza, pero solo veía ojos escurridizos, evitando que se les mirase directamente para así no enseñar sus temores, el miedo, o tal vez pánico amordazado. Por fin encontró los de un joven gambiano en el que se había fijado en las tardes de la medina en Tánger, aunque no hablaron mucho, pero al que se notaba que se había fijado también en ella y en la niña, con la que pasaba muchos ratos jugando.

Si muchos no saben ni tan siquiera nadar y pensar en meterse en una embarcación y cruzar un mar donde yacen los cuerpos y los espíritus de muchos de nuestros hermanos, predecesores en el trayecto, no es precisamente la mejor forma de empezar”.

Se sorprendía con esos pensamientos que no había tenido con anterioridad, y si los tuvo los había apartado de su cabeza. Ahora todo era distinto. Era la hora del paso definitivo. Ahora salían todos los monstruos que se llevan dentro. Mal momento.

Algunos se habían dedicado, durante su espera en Marruecos, a buscar cámaras de neumáticos que pudiesen servirles de salvavidas y las llevaban colocadas en bandolera. Otros iban a cuerpo desnudo para enfrentarse a los demonios que la noche y el mar presentaban ante ellos.

Fatoumata, acompañada de su hija, no había dejado de observar de forma directa, descarada, a aquel joven. Él la sorprendió mirándole. Pudo ver en ella el miedo que la bloqueaba.

-Mujer ¿sabes nadar?

-No. Tengo miedo sobre todo por mi bebé.

-No te preocupes, yo cuidaré de vosotras, con mi vida si hace falta. ¿Cómo te llamas? -aunque él ya sabía su nombre pues también llevaba semanas fijándose en ella y en la niña.

-Fatoumata y mi hija Fatou.

-Yo soy Muhamadou.

Ella le miró a los ojos preguntándole con la mirada, al ver que llevaba puesta una de las gomas, cómo iba a cuidar de ella y de su hija si ni siquiera él debía de saber nadar.

Muhamadou se dio cuenta de esa mirada, que más bien era un grito de desesperación. Le dio el salvavidas, a la vez que la ayudaba a colocárselo. Le venía grande por lo que cogió a la niña y la introdujo junto a la madre.

-Vuestro destino, que sea el que Dios tenga marcado, seguirá unido.

Ese gesto la tranquilizó y siguió caminando hacia la patera. Lo cogió de la mano. Cálida, fuerte. Lo sintió como un ángel de la guarda.

Un par de marroquíes les ubicaron dentro del bote, y un tercero explicaba a uno de los subsaharianos cómo arrancar y manejar el motor de la patera, y de cómo debía dirigirse siempre enfilando hacia un grupo de luces que aparecían en el horizonte y que eran la meta soñada, la costa española.

La oscuridad de la noche no ayudaba. Cerca de treinta ilusiones, treinta historias, se agolpaban en el pequeño bote.

Habían dejado atrás la playa de Sidi Kacen, cercana a la cabecera de pista del aeropuerto de Tánger, desde la que partieron, y empezaban a entrar en pleno Estrecho de Gibraltar. El desconocimiento del mar, de sus leyes y de las consecuencias de cruzarse con buques de gran tamaño, de bailar sobre la estela dejada por ellos, estuvo a punto de hacerles zozobrar un par de veces. Las nubes cerraron definitivamente el cielo.

De vez en cuando oían ruidos que parecían salir del mar. Eran los motores de algunos de los barcos con los que se cruzaban.

-Mamá -preguntaba Fatou-, ¿son los dragones del mar que vienen a comernos?

-No, tranquila -contestó Muhamadou que se había sentado en la embarcación junto a ellas- ese ruido es el de las máquinas del pueblo al que vamos. Ya estamos cerca.

Trataba de tranquilizar a la mujer y a su hija, cuando ni tan siquiera él estaba seguro de qué era aquello.

Ella le cogía la mano cada vez con más fuerza. Cruzaban las miradas. Le transmitía seguridad. Sería un buen padre para mi hija, pensó.

-¡Mamá, mamá, ahora si es el dragón!

No vieron venir el impacto dada la oscuridad. Todos estaban asustados al escuchar un sonido atronador que tapaba incluso el del motor de su propia embarcación. Muhamadou trató de llevar calma.

-Tranquilos, no moveros, serán los que vienen a rescatarnos, ¡que nadie se mueva! -gritó tratando de hacerse oír.

De repente surgió ante ellos un muro oscuro que se les echaba encima a toda velocidad. El primer, y último, movimiento reflejo fue tratar de evitar el choque y frenar esa mole con sus manos, algo totalmente inútil. El impacto que recibieron hizo volcar la patera. Treinta vidas se encaminaban hacia el cementerio del Estrecho. ¿Quién lloraría por estos seres humanos? ¿Quién informaría de lo pasado? La embarcación causante del choque siguió navegando hacia el Atlántico. Posiblemente ni se enteró del impacto. Treinta vidas luchaban contra las frías aguas, contra el miedo y el pánico, para no pasar a engrosar la impersonal estadística de fallecidos en el Estrecho.

Algunos consiguieron aferrarse al bote volcado. Cada uno gritaba el nombre de su amigo para tratar de localizarlo en la oscuridad y orientarse, si es que era posible, en aquel caos de cuerpos, unos hundiéndose, otros flotando, aferrándose a lo que tuviesen al lado, sin darse cuenta de que a veces hundían a su amigo.

-¡Fatoumata! -gritaba Muhamadou tratando de hacerse oír y de encontrarla entre ese caos, mientras braceaba y luchaba para no hundirse. El choque los había separado

Vio el cuerpo de Fatou, la niña, flotando, unida aún a su madre con el salvavidas. Lo agarró dándole rápidamente la vuelta para sacar a la madre del agua, donde estaba sumergida. Sangraba por la cabeza y respiraba de forma ruidosa, como si exhalase la vida tras cada aliento.

-Muhamadou, prométeme que cuidarás de mi hija y la llevarás a mi familia en Gambia.

-La llevarás tú misma.

-¡Prométemelo! Yo no podré. Habrías sido un buen padre para ella

-Te lo prometo -dentro del caos surgió un momento de paz-. Y tú una magnífica esposa -dijo él, a la vez que unas lágrimas brotaban desde su corazón. ¡Qué difícil es la vida! ¿Por qué no se lo dije en Tánger?

Un pensamiento en \"PATERAS. José Manuel Caamaño Sánchez\"

  1. Hola José Manuel, tu escrito es magnífico, digno de una gran novela, esta lleno de sensibilidad, de emoción , con unas descripciones maravillosas y dentro están tus sentimientos.
    Enhorabuena y quisiera seguir leyendo tus escritos.
    Un abrazo

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