PEPO, EL PEQUEÑO MAMOTRETO. Antonia Hidalgo

Había una vez, en un lugar muy lejano, o tal vez muy cercano, un pequeño mamotreto. Se llamaba Pepo.

¿Que qué es un mamotreto? Pues es un pequeño monito regordete, con una carita parecida a un koala y pelo color violeta. Le gusta vivir en lugares apartados y comer frutas y hojas.

La fruta que más le gusta a Pepo son las cerezas, ¿a ti también te gustan? Lo sabía. Tal vez su segunda fruta favorita no te guste tanto: los higos chumbos. ¿Que no los has probado? Pues a él le encantan.

La mamá de Pepo salió hace mucho a buscar higos chumbos, y aún no ha vuelto.

Pepo está preocupado, y tiene mucha hambre.

Mamá le dijo que no saliera de su escondite. Quedan muy pocos mamotretos. Las personas no saben ni que existen. Si los descubren podrían atraparlos y llevarlos al zoo, y ellos son muy tímidos. Les gusta vivir tranquilos, y dar largos paseos cuando anochece.

Pero mamá tarda mucho, su barriguita no para de sonar.

Tiene ganas de llorar.

No puede dormir.

Echa de menos a mamá.

¿Y si no vuelve?

Decide salir a buscar algo de comida, aunque no sean cerezas, ni higos chumbos.
Ahora se comería hasta un plátano, que es lo que menos le gusta. Al resto de monos les gustan los plátanos, pero a los mamotretos no, y a Pepo menos.

Saca un pie de su escondite.

Le da miedo.

Se mete hacia dentro otra vez.

Llora.

-¡Quiero a mi mamá! ¡Mami, ven ya!

¿Y si no vuelve?

Mami siempre le decía que tenía que ser un mamotreto fuerte.

Se secó las lágrimas.

Su barriguita seguía sonando.

Ahora también tenía frío.

Las lágrimas se derramaban solas.

Se durmió.

-Pepo, Pepo. ¡Mira lo que te he traído! Pepo, Pepo. Cariño. ¡Mira quién viene conmigo!

El abrazo de mamá hizo que Pepo ya no tuviera frío. Ni miedo. Ni hambre. Sólo una inmensa alegría.

-¡Mira cuántas cerezas traigo! Y cuidado de no pincharte con los higos. También hay pipas, cacahuetes, melocotones, y…

– ¡¡¡Papi!!!

Creían que papá no volvería porque hacía mucho tiempo que se había ido, pero allí estaba. Parecía que le dolía mucho la pierna, pero mamá ya le había curado, así que seguro que se pondría bien.

¡Qué ricas estaban las cerezas!

El que mejor pelaba los higos chumbos era sin duda su papá.

Si cuando salgas a pasear al atardecer ves a algún mamotreto sonreír y esconderse, sonríele y no le digas nada a nadie. Así podrá seguir tranquilo y feliz con su familia, como tú estás con la tuya.

Había una vez, en un lugar muy lejano, o tal vez muy cercano, un pequeño mamotreto. Se llamaba Pepo.

¿Que qué es un mamotreto? Pues es un pequeño monito regordete, con una carita parecida a un koala y pelo color violeta. Le gusta vivir en lugares apartados y comer frutas y hojas.

La fruta que más le gusta a Pepo son las cerezas, ¿a ti también te gustan? Lo sabía. Tal vez su segunda fruta favorita no te guste tanto: los higos chumbos. ¿Que no los has probado? Pues a él le encantan.

La mamá de Pepo salió hace mucho a buscar higos chumbos, y aún no ha vuelto.

Pepo está preocupado, y tiene mucha hambre.

Mamá le dijo que no saliera de su escondite. Quedan muy pocos mamotretos. Las personas no saben ni que existen. Si los descubren podrían atraparlos y llevarlos al zoo, y ellos son muy tímidos. Les gusta vivir tranquilos, y dar largos paseos cuando anochece.

Pero mamá tarda mucho, su barriguita no para de sonar.

Tiene ganas de llorar.

No puede dormir.

Echa de menos a mamá.

¿Y si no vuelve?

Decide salir a buscar algo de comida, aunque no sean cerezas, ni higos chumbos.
Ahora se comería hasta un plátano, que es lo que menos le gusta. Al resto de monos les gustan los plátanos, pero a los mamotretos no, y a Pepo menos.

Saca un pie de su escondite.

Le da miedo.

Se mete hacia dentro otra vez.

Llora.

-¡Quiero a mi mamá! ¡Mami, ven ya!

¿Y si no vuelve?

Mami siempre le decía que tenía que ser un mamotreto fuerte.

Se secó las lágrimas.

Su barriguita seguía sonando.

Ahora también tenía frío.

Las lágrimas se derramaban solas.

Se durmió.

-Pepo, Pepo. ¡Mira lo que te he traído! Pepo, Pepo. Cariño. ¡Mira quién viene conmigo!

El abrazo de mamá hizo que Pepo ya no tuviera frío. Ni miedo. Ni hambre. Sólo una inmensa alegría.

-¡Mira cuántas cerezas traigo! Y cuidado de no pincharte con los higos. También hay pipas, cacahuetes, melocotones, y…

– ¡¡¡Papi!!!

Creían que papá no volvería porque hacía mucho tiempo que se había ido, pero allí estaba. Parecía que le dolía mucho la pierna, pero mamá ya le había curado, así que seguro que se pondría bien.

¡Qué ricas estaban las cerezas!

El que mejor pelaba los higos chumbos era sin duda su papá.

Si cuando salgas a pasear al atardecer ves a algún mamotreto sonreír y esconderse, sonríele y no le digas nada a nadie. Así podrá seguir tranquilo y feliz con su familia, como tú estás con la tuya.

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