PEQUEÑAS HISTORIAS DEL METRO. Maria Angeles Sainz De Baranda

El metro… ¿Quién no ha tenido alguna anécdota allí?

Es una pregunta que me hago a veces cuando viajo en él, sobre todo cuando el recorrido es largo, estoy sentada y no tengo nada que hacer, algo que no suele ser lo cotidiano. Cuando se está de pie, no se puede divagar, ya que, lo más importante, es guardar el equilibrio para no caer de bruces sobre alguien entre frenazo y estación.

Lo utilices mucho o poco, si adaptamos la frase de Forrest Gump en su película, aunque hablaba de la vida, se podría decir que este medio de transporte “es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar”. Y esos chocolates somos nosotros.

Me acuerdo de la primera vez que monté en uno, en París, además. ¿Glamour? No sabría decirlo, la verdad. Si mis recuerdos no me fallan, fue en la línea 13 que llevaba a Saint Denis. He de confesar que vengo de una ciudad muy pequeña, una capital de provincias, donde siempre se ve al mismo tipo de gente, cortada por el mismo patrón, que se repite y pasa de padres a hijos. Por eso, allí, en ese trayecto, me sorprendió la variedad de personas de diferentes orígenes que, por breves instantes, compartíamos momentos de nuestra existencia y destino. Con muy poca discreción por mi parte, me quedé mirando a un chico de ascendencia africana con el chándal del Real Madrid más blanco que había visto en mi vida. El contraste era tan grande que me tenía hipnotizada, no podía apartar los ojos de él. Por supuesto, como no podía ser de otra manera, se dio cuenta y, molesto por mi escrutinio, me increpó enfadado, con un gesto poco amigable:

-Tu regardes quoi! (¡Qué miras!)

Me avergonzó tanto mi actitud que, con el convencimiento de una mala actriz, solo pude contestar balbuceando con torpeza:

-Rien, pardon, pardon, ¡hala Madrid! (Nada, perdón, perdón).

Abochornada, queriendo que me tragara la tierra con un rayo justiciero, sonreí con timidez. Menos mal que pareció agradarle mi respuesta. Su expresión cambió y se volvió más suave. Con un acento francés muy marcado, respondió:

-“Siempge”.

Suspiré aliviada por haber capeado ese repentino temporal con un mínimo de dignidad.

Desde entonces, procuro ser más cauta en mis observaciones de metro, que no de campo. Además, vivir en una gran ciudad como Madrid, villa que habito desde hace unos cuantos años, supone realizar bastantes viajes y acumular puntos de vivencias con el día a día.

Calor humano, empujones, falta de espacio, apretones varios (que no de manos), olores del mundo, frenazos, acelerones, ruidos, gritos, silencios, pasarela de moda de media y baja costura, chándals y corbatas, predicadores espontáneos, mendigos, gente despierta y dormida, sala de lectura, pista de baile, pole dance, música de ambiente, karaoke, conciertos en directo que van desde el cantante de turno que quiere ganarse la vida (con mayor o menor acierto), como de aquel que comparte su siempre dudoso gusto musical con los demás… Es todo esto y mucho más.

Antes de la avalancha de la tecnología y los smartphones con sus aplicaciones y demás luces de colores, la gente iba inmersa en sus propios pensamientos, evitando a toda costa el contacto visual. Como si fuese un tabú, una intromisión no autorizada en la vida de los demás. Yendo casi todos en silencio, moviéndonos al unísono, como hierbas de la pradera mecidas por un viento inexistente.

Hoy en día, pensamos menos y nos digitalizamos más. La mayoría pendientes del teléfono, metidos en esa burbuja personal e intransferible. Y una minoría, la resistencia de un noble arte, va inmersa en la lectura de libros en papel. Aunque una no excluye a la otra.

Y todos seguimos bailando el mismo ritmo y coreografía que marcan los trenes. Hay cosas que no cambiarán nunca. Y si no, fijaos la próxima vez.

Hace tiempo, no sabría decir con exactitud, estando en el metro de Madrid, en la línea 6, donde los vagones son más anchos que en el resto de recorridos, me había quedado sin batería en el móvil y el libro que estaba leyendo, decidió jugar al escondite para quedarse en casa a holgazanear. Así que, no sin cierta pereza, observaba, casi sin prestar atención, a los pasajeros como un robot programado para ello. Recuerdo que volvía a casa y no era hora punta, porque la gran mayoría estábamos sentados, aunque el reparto de los sitios libres era aleatorio y caprichoso. Si fuéramos con alguien, con toda seguridad no nos habríamos podido poner juntos.

Pero hubo una persona que me llamó poderosamente la atención: un observador, como yo. Iba con la cabeza bien alta, sin perder detalle de nada de lo que ocurría a su alrededor. Era inevitable que, al final, nos miráramos y nos sonriéramos. Podíamos distinguirnos entre la multitud, como si perteneciéramos a una tribu de cuya existencia no había constancia, invisible, pero siempre presente.

Era un hombre mayor, el típico abuelo de manual, con una cálida mirada que templaba el espíritu. Tenía surcos alrededor de los ojos marcados por una sonrisa que parecía no haberse quitado nunca del rostro, cincelada por su escultor para permanecer allí siempre. ¿Qué edad podría tener? ¿Alrededor de los setenta largos?, ¿ochenta? Podría ser…

Vestía de manera tradicional, con ropa de toda la vida de colores otoñales, muy cuidada. Movía la pierna compulsivamente, quizá por costumbre o por nervios. Se ve que los cordones de los zapatos no resistieron tanto movimiento y decidieron, con cierta relajación e indiferencia, deshacerse, expuestos ante cualquier agresión externa. Imaginé que, dada su edad, debía de ser difícil atárselos todas las mañanas. Gestos cotidianos que se complican poco a poco, día a día, a medida que entramos en la veteranía.

En una de las muchas paradas, se montó una pareja de jóvenes enamorados de los que la mera separación de sus miradas, les causaba daño. ¡Qué bonita esa etapa! Se ve que estaba lloviendo fuera porque iban dejando un rastro de agua a su paso que ensució, aún más, el suelo. Destino caprichoso el de los asientos: había varios, pero juntos no, ninguno. No les quedó más remedio que alejarse uno del otro con gran pesar.

-Siéntate ahí, en la esquina, y yo me pongo al lado.

-No, mejor tú aquí y yo enfrente, no pasa nada. Hemos pateado mazo y estarás hecho polvo.

-Bueno, venga vale – dijo asintiendo a regañadientes y aliviado a la vez, se le veía agotado. Siguieron dados de la mano hasta que la separación del ancho vagón no les dejó más remedio que apartarse y deshacer esa unión.

Intentaron continuar con la conversación que llevaban:

-Me ha flipado la visita ¿Qué es lo que más te ha molado?

-Tú.

-No, tonto, del museo.

-Tú.

Los dos sonrieron embobados. Pero al tener que elevar el tono, y dándose cuenta de la expectación que estaban creando (entre otros, a mí, y mucho, no lo puedo negar), no quisieron desvelar más al curioso público que estábamos alrededor. “Lástima”, pensé yo, porque habría sido lo más interesante del viaje. Era como estar viendo una escena de una obra. Si el vagón ya es una sala de conciertos, ¿por qué no una de teatro?

Curiosamente ella se sentó al lado de mi observador que, enternecido por la escena, no perdía detalle. Parecía recordarle tiempos pasados en los que se sintió igual que ellos. Su cara era nostalgia pura. La pareja enseguida volvió a su burbuja del mundo de la piruleta, eso sí, a distancia, y se abstrajo de todo. Si hubiesen sido dibujos animados, les rodearían corazones palpitantes en movimiento con olor a fresa.

Me extrañó que el ritmo de la pierna de mi paisano de tribu se acelerara aún más de lo habitual. Miraba con palpable nerviosismo y con gestos rápidos a los viajeros que había cerca. Incluso, al llegar a la siguiente estación, incorporó medio cuerpo y cuello entero, para ver el andén. Imaginé que habría quedado con alguien y quería comprobar que no le habían dado plantón. Pero no, nada más lejos de la realidad.

Todo sucedió de un modo tan precipitado… Cuando el tren paró, y vio que no entraba casi gente, llamó la atención del novio para que, sin demora, se sentara al lado de su chica, y poder ocupar su preciado lugar, antes de que nadie viniera. Para ceder el sitio, se levantó con rapidez, demasiada, diría. No sé si fue eso, los cordones desatados, un tropezón mal dado, el suelo escurridizo por el agua o la combinación de todo, que casi dio con sus huesos en el suelo, si no hubiese sido por el enamorado y un pasajero que estaba al lado al quite de lo que ocurría. En ese momento se le veía tan frágil… Algunos nos mantuvimos alerta por si había que ayudar. Otros, en cambio, apenas levantaron la mirada de sus pantallas, indiferentes a la escena. ¡Qué pena!

Sorprendentemente, nadie ocupó los asientos que estaban en juego, a pesar de estar libres y sin dueño.

Nuestro hombre se incorporó como pudo, con un poco de ayuda, y se sentó en el sitio del chico con torpeza.

-¿Está bien?

-Gracias, gracias ¿cómo se encuentra?

Le preguntaban ambos a la vez, preocupados por su bienestar, mientras se daban de nuevo la mano sin pensar, casi de manera automática.

Pero él no contestó con palabras. Los miró, se irguió orgulloso de su proeza y una expresión de plenitud, de saber que había hecho algo loable, llenó su rostro. Estaba feliz, risueño como un niño. Sus ojos brillaron, satisfechos, plenos.

Los dos le sonrieron de nuevo, agradecidos por ese gesto.

-¿Seguro que se encuentra bien? Muchas gracias, gracias, de verdad.

Él solamente asintió, quitando hierro al asunto, con dicha en sus labios.

Reconozco que, al ser testigo de primera mano de esta escena, los ojos se me empañaron y tuve que dejar de mirar para que no se me escapara una lágrima que hubiese traicionado mi estado de ánimo. Es a día de hoy que lo cuento y me emociona aún la imagen. Nunca vi un gesto cotidiano tan desinteresado que me tocara tanto el corazón. ¿Cómo algo tan insignificante puede hacer felices a los demás? Ese día, me dio una lección que, con gusto, quise aprender.

 

María Sainz de Baranda

pensamientos de 11 \"PEQUEÑAS HISTORIAS DEL METRO. Maria Angeles Sainz De Baranda\"

  1. Maravilloso me ha llegado al Alma y yo que pensaba q las grandes ciudades estaban deshumanizadas!¡ Gracias Maria por compartir esas vivencias y contarlas tan bonito!!

  2. Me ha encantado!!!! Una historia tan cotidiana, que cualquiera de nosotros nos podríamos sentir protagonistas de la historia……

  3. Me ha gustado mucho… Me has hecho recordar aquellos viajes en el metro cuando iba al trabajo. Escrito con mucho cariño y gusto. Enhorabuena.

  4. Me ha parecido muy buenl y con una narración muy bonita. Increíble cómo se juega constantemente con el tema de las miradas y cómo se describe esa escena casi teatral.

  5. Que decir… me gusta y me encanta ver cómo de algo tan sencillo como una simple observación o una simple experiencia se puede abrir un mundo lleno de pequeños detalles maravillosos que forman el día a día.

  6. Historia genial. Está tan bien narrada y descrita que te hace meterte en la escena como si formases parte de ella. Además te hace reflexionar sobre cuánto estamos inmersos en el mundo de la tecnología cuando vamos en transporte público ,lo que hace perdernos historias así.

  7. Simplemente sin palabras, hace que parezca fácil esto de escribir. Tiene una capacidad para hacer tan interesante un tema del día a día al que normalmente no le hacemos mucho caso o le restamos importancia que impresiona a cualquiera. Hace darte cuenta de que no es solo un medio de transporte sino un mundo distinto, y lo hace con un estilo que te envuelve completamente y te hace sentir que estas en ese metro como un pasajero más. Enhorabuena Maria, simplemente me dejas sin palabras

  8. El relato te envuelve desde el principio, subiendo de intensidad a medida que avanza. Sembrado de detalles y muy personal, nos deja ese gusto mágico al comprobar lo grandes que son nuestros mayores y cuán importante es prestar atención a lo que nos rodea.

  9. También a mi se me han humedecido los ojos. Qué historia tan tierna y escrita de una manera que, algo tan sencillo, te atrapa. Quién no ha vivido un viaje en metro sin libro y ese fastidio se torna en ser testigo de algo así. Me ha gustado, mucho, mucho.

  10. Espectacular narracion!!! fresca,sencilla y con aires y ruido de libertad…gracias por abrirnos a vivencias tan cotidianas y tan reales.

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