PLASTILINA. Ángela Ortiz

Mi madre se había empeñado en que yo necesitaba ayuda, no podía comprender que me gustaran el silencio y la tranquilidad. Cuando entré en la consulta, ni siquiera miré hacia el psicólogo que estaba sentado a la mesa. Me senté en una silla libre y esperé, cabizbajo, a que me atiborrara a preguntas.

No hubo presentaciones ni tampoco el típico falso interés que encierra la pregunta “¿Cómo estás?”, sino que el hombre comenzó con voz firme:

— ¿Qué momento del día es tu favorito?

No entendía esa pregunta. Aun así, reflexioné sobre aquello. No me lo había planteado nunca y no sabía qué contestar, por lo que opté por repasar mentalmente mi día a día.

Tenía que levantarme a las ocho para ir al colegio. Odiaba madrugar, por lo que la mañana no era de mi agrado. El resto del tiempo entre mis compañeros era una competición constante: todo el mundo quería destacar en las clases, y quien no lo hiciera se convertiría en un marginado de por vida. Sería la diana de las burlas.

La hora de comer era un suplicio, no me gustaba casi nada. Mi abuela no sabía qué hacer y a veces me maldecía en voz baja por haber salido tan testarudo, ya que yo padecía un principio de anorexia que los médicos recomendaban tener vigilado. Por la tarde iba a nadar. Allí descargaba mis energías, al mismo tiempo que tragaba toda el agua de la piscina.

Luego llegaba la noche: el regreso a casa, una cena ligera, mi madre que preparaba las cosas para el día siguiente, y luego venía la hora de dormir. Cuando llegaba la oscuridad, era cuando yo estaba más alerta. Mi padre llegaba a horas intempestivas, casi siempre borracho. Mamá le preguntaba dónde había estado y él contestaba que no era de su incumbencia. En algunas ocasiones los oía discutir en la habitación y también,  los estrepitosos ruidos de objetos al caer o de portazos.

Podría contestarle que ningún momento del día era mi favorito, sin embargo, el psicólogo debió suponerlo cuando lanzó la siguiente pregunta:

—¿Cuándo dejaste de comer? ¿Y por qué?

Difícil de responder, ya que desde que empecé a tener recuerdos, apenas había comido. Me esforzaba por descubrirlo, cuando una imagen apareció de repente en mi cabeza. Estaba sentado al final de la mesa, mamá al lado y papá en la otra punta. Había un cuenco de pasta frente a mí. Veía a mis padres comer, pero yo era incapaz de probar bocado pues aborrecía todo tipo de platos. Esto llevó a una discusión entre ambos, ya que cada vez estaba más delgado. Daba igual el trabajo que mamá empleara cocinando, mi padre siempre ponía pegas, dejaba el plato lleno porque le faltaba cualquier cosa y al final acababa en un bar.

Todo me parecía normal, hasta que mi madre se encerraba en la habitación a llorar mientras me quedaba en la mesa sin hacer nada. Entonces recordé el instante en que el cuenco de pasta cayó al suelo, cuando intenté alejarlo lo máximo posible de mí. Aquello hizo estallar a mi padre en gritos. Decía cosas que no lograba entender y otras que no debería oír un niño de tan poca edad. A partir de ese incidente, no volví a comer.

—Me parece que por hoy está bien. Continuamos mañana si te parece —concluyó el psicólogo. No había obtenido ninguna respuesta, sin embargo no parecía importarle.

La semana siguiente volví a regañadientes. Me senté donde la otra vez y esperé.

—Hoy probaremos otro método. Voy a mostrarte varias imágenes y tienes que recordar si eran buenos momentos o malos, ¿de acuerdo?

No dije nada, pero el hombre colocó un álbum de fotos en la mesa y lo abrió por una página al azar.

La primera imagen mostraba a un grupo de niños sentados en sus pupitres y yo en medio del aula soplando las velas de una tarta. Ese día mi madre compró muchas cosas para celebrar mi cumpleaños con los compañeros. Aquel rato me divertí mucho, ya que dentro de la clase y con los profesores todo iba bien. El problema se presentaba cuando me encontraba solo, sin adultos que vigilaran. La fiesta fue un éxito hasta que salimos al patio. La relación con mis compañeros era pésima, y decidieron acabar con mi momento de felicidad despreciando lo que había comprado mamá para todos. Como era el mayor, solían decirme que sería el primero en morir, entre otras lindezas que me acomplejaron durante todo el curso.

Sólo suspiré. Entonces el psicólogo pasó la página lentamente.

La siguiente imagen hizo que me sobresaltara. Estábamos en el patio del colegio, mi padre agachado rodeándome con un brazo, y yo de pie a su lado, con una cara extraña; quizá intranquilo por su proximidad. Había finalizado el baile de fin de curso. Todo el mundo comía y bebía. Los niños correteaban por allí. Yo estaba jugando cuando papá se acercó, pidió hacernos una foto, me dio un regalo y se fue. Así acabó aquella fiesta de fin de curso.

El psicólogo cerró el álbum, escuché que escribía algo y me dijo:

—Está bien por hoy. Gracias por venir.

Salí mecánicamente por la puerta. No sabía cómo aquel hombre iba a conseguir hacerme hablar, si ni siquiera había escuchado una palabra de mi boca desde que empezaron las sesiones. Sentí que perdía el tiempo, pero mamá estaba convencida de que esto me ayudaría.

Pasada una semana volví. Todo transcurrió como de costumbre. Esta vez oí que el hombre se movía por la sala y trasteaba por lo que intuía que eran cajones, luego se colocó a mi espalda y depositó en la mesa varios objetos: una guía de viaje de Portugal, una maleta pequeña que parecía de juguete, un mapa de Andalucía y una cartera de bolsillo.

—Bien, como puedes ver, estos son los objetos que una persona podría llevar si se fuera de viaje. Quiero que esta vez te centres en recordar algún viaje familiar que te haya marcado, ya sea para bien o para mal. Te dejo unos minutos solo y luego vuelvo.

Salió, dejándome allí encerrado. Aproveché para mirar la sala. Las paredes estaban pintadas de blanco, sin ningún cuadro colgado. El escritorio era de madera oscura, cuadrada, bastante grande, y sobre él había un cuaderno de notas,  un bolígrafo y una placa que decía: Christopher Morales.

Frente a mí había un gran ventanal por el que entraba muchísima luz y veía la avenida que llevaba a mi casa. Al darme la vuelta vi dos sofás negros, una mesita de cristal en un rincón con varias revistas, y unas estanterías de madera a juego. Solo quedaba la puerta por la que había salido el psicólogo y una lámpara metálica como única luz. Todo muy sencillo.

Giré para ver los objetos que tenía delante y rebusqué en mi cabeza. No había viajado mucho, pero sí a Portugal y a Murcia. El último viaje no lo recuerdo, pero el primero sí. Fuimos a unos lagos. Por lo general suelo bañarme en cualquier sitio sin que importe la temperatura del agua, pero allí estaba demasiado fría, por lo que estuve contemplando el paisaje.

Regresamos pronto al hotel. Mi madre dijo que iría a comprar algún recuerdo para los abuelos. Mi padre prefirió quedarse. Yo tampoco estaba por la labor de moverme mucho, por lo que quise quedarme también en la habitación.

Transcurridas un par de horas, ella regresó y me encontró solo, tumbado en la cama. Empezó a inquietarse, preguntó una y otra vez dónde estaba mi padre, pero no sabía qué decirle puesto que salió mientras me duchaba. Tras llamarlo varias veces al móvil sin obtener contestación, decidimos cenar y acostarnos.

A la mañana siguiente me despertó una fortísima discusión entre mis padres. Al poco, hicimos las maletas, montamos en el coche y volvimos a casa.

El  psicólogo me sacó de mis pensamientos al entrar en la consulta diciendo:

—Bueno —concluyó—, te veré en la próxima sesión.

Llegó el último día.

—Hoy vas a jugar con plastilina. Recordarás con los máximos detalles posibles el día en que dejaste de hablar y, mientras lo haces, jugarás con ella.

Pensé que era absurdo, pero comencé haciendo pequeñas bolitas, mientras mi mente se esforzaba en recordar.

Fue un día cualquiera. Mamá estaba muy seria, ya que había discutido con papá hacía unas horas. Fuimos a casa de los abuelos. La abuela me dejó jugando en el salón mientras ellos se quedaron en el comedor. Oía a mi madre llorar desenfrenadamente, el abuelo estaba muy alterado y la abuela no paraba de alzar la voz diciendo cosas como: “¡Déjale!”, “¡Échalo!” y “¡Búscate un abogado!” Yo no entendía nada.

Entonces mi abuelo propuso acompañarnos a casa. Sentí que algo no iba bien incluso antes de que abriéramos la puerta del piso. La llave no estaba echada y la entrada vacía. Cuando pasamos al salón, vimos cosas revueltas y tiradas por el suelo. Faltaban los muebles principales y algunos objetos de decoración. Los armarios estaban casi vacíos a excepción del mío, que aún conservaba  ropa y algunos juguetes. Mi madre se echó al suelo a llorar, mientras  el abuelo comprobaba si allí había alguien más. Me quedé parado en medio del piso sin saber muy bien lo que pasaba. “¿Habían entrado a robar?”, pensé.

De pronto la puerta se abrió y dio paso a dos hombres vestidos con monos negros. Tras ellos estaba mi padre. Entraron con una sierra mecánica en mano y se dirigieron directamente al sofá. Mamá comenzó a gritar. Mi abuelo me cogió en brazos y me encerró en una habitación.

Solo escuchaba gritos. Me asomé: mi padre miraba el sofá. Tenía intención de llevárselo,  costase lo que costase. Al parecer no cabía por el ascensor ni por la escalera, por lo que decidió cortarlo con una sierra para bajarlo. Mi abuelo comenzó a alterarse, hizo ademán de ir hacia mi padre, y éste dio varios pasos atrás. El abuelo amenazó con llamar a la policía, pero eso parecía no importarle. Entonces mi padre pidió a los hombres que cortaran el sofá. Mi madre se desplomó en el suelo entre sollozos. La situación era muy tensa y horrible. De pronto, mi abuelo se lanzó al cuello de mi padre. Los dos hombres los separaron y finalmente se marcharon los tres. Yo salí corriendo tras él, pero se esfumó sin mirar atrás pese a que lo llamaba: “¡Papá, papá!”. Se fue sin despedirse de mí. Fueron las últimas palabras que dije.

— ¿Qué es eso?

Volví a la realidad. Detuve mis manos y miré la plastilina. Había un trozo grande de plastilina negra aplastada contra la mesa, y un muñeco con forma de hombre en el centro, entre una especie de barrotes que lo encerraban.

— ¿Qué significa eso, Milo?

Era la primera vez que le oía decir mi nombre. Yo estaba algo confuso, sin embargo, aquel trozo de plastilina recreaba perfectamente lo que había sentido aquel día tan trágico. Para mí, el hombre que un día fue mi padre, había caído en el olvido, en una parte cerrada de mi mente que yo no quería abrir. Quería olvidarlo, echarlo fuera. Quería mandarlo al vacío.

Y pasó. Miré al psicólogo con determinación y le respondí, mientras sentía que una lágrima caía por mi mejilla:

—Plastilina.

Fue lo único que conseguí decir tras años de silencio.

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