POEMARIO. Beatriz Ugalde

POEMA DIPSÓMANO EN HORAS ABSTEMIAS

Arde la tarde cobarde,
arde con mejillas coloradas,
arde en la taberna:
de copa en copa
volaba su capa.
Desvestía la lengua
con licor de ponzoña,
y dardos como palabras,
y silencios de perorata,
y un cerco morado en el ojo.
Arde la tarde, ¡cobarde!
arde de tumbo en tumbo
abrazado a las farolas,
a las luces dolientes
de ebrias sonatas,
a las sombras de goma
como vidas en pausa.
Vomita los restos de otros,
vomita los rostros sin rastro
y duerme la mona y la mano.

CIHURI
Se arracimaba el sol
sobre tu vestido de hierba,
te despeina
el eco de Jembres
cuando su cítara entona
plegarias a la Virgen.
Enmudece el guardaviñas
y todos los silencios
vienen a posarse
en tus calles
de muchacha enamorada…
Caen a plomo
muros y cancelas
mientras sonríes
con ánforas de luz
cruzando el Puente Romano,
perfumada al paso
de pámpanos floridos
y ese revuelo de mayo
que te alborota las mejillas
de amapola entre los trigos.
Tus curvas se me hacen
laberinto en los calados,
y te me antojas
vivaz geografía
de otros tiempos
cuando tus manos eran
lagar y comporta
y cobijabas
anhelos de cosecha.
Me extiendes los brazos
para hermanar aguas
-tu nombre siempre fue puente-
y en el doblez de tu sayo,
algunas bayas
de paseos a la sombra,
el rumor pausado
de cauces soñadores
fundidos en íntima caricia,
un petirrojo en la voz
generosa de choperas
y tus suspiros que son alas
llamándome a estos lares.

STREAPTEASE PARA NADIE
Fui una mujer
de lenta desnudez frente al espejo.
-En un corazón dividido
existe, al menos, una grieta de dolor-
Tenaz se me vierte la prisa
atrapada en ese hueco que te deja
a los pies de la cama
y escarba huellas de ida y vuelta.
las que regresan sudan secretos,
las que se marchan son simas.
ojos quebradizos, manos espumosas,
se pierden en ese bosque
de noches lentas, agonizantes
cuando las lianas de mis dedos
-inútiles, vacíos-
enroscan con temor el humo
para anudarte en volutas insomnes
mientras cruel, tu picadura
desbroza la aridez de otro lecho.
Nada colma este delirio,
nado calma sobre silencios húmedos:
creyéndome dormida me pierdo
en todas las tabernas de putas
con nombre de placer entre los muslos
y me arranco de la voz
aquel orgasmo frío y seco
que me devuelve madrugadas impares
y versos rotos
-ya ni mis poemas entienden
la huida de tu calor
sobre un colchón de agua-
Esta noche, febril ventana
de luna en llamas,
sirena lujuriosa que se pasea
con encaje de sucio tugurio,
barato, áspero y blasfemo:
puertas adentro
el juramento de no quererla,
puertas afuera
la fingida cotidianidad
a la que te ata, te atas y te atan
y con la que me desatas
el estruendo en las caderas.
Ya no se trasluce la mañana en ningún espejo,
vampirizado el tiempo:
tuyo, mío, nunca nuestro…
No sopla ya tu aliento
-conquistador de humedales-
desde esta cascada rota
y en gemidos rasgados
me deshago de llanto,
me desahogo de rabia azul
a dos manos…
Sé qiue a ella
le envalentona la noche
-cuando eres suyo-
A mí, sin embargo,
me deja insaciable
apocada de ausencia,
regresas a su territorio de loba,
a sus páramos oscuros
y en el camino, se pierden mis huellas.
Vino la soledad
con sombra de exterminio en los ojos,
quizás mañana ya no sea superviviente
del inconcluso hachazo
que me devuelva la cabeza.
Fui una mujer
de lenta desnudez frente al espejo
en streaptease para nadie

BALADA OSCURA
He gritado tu nombre
Como un ensalmo;
¡fuera de mí!
Fuera de mí no existes
y dentro no soy nada,
a nadie pueden sostener mis necias verdades;
te alimenté como a un cachorro recién nacido,
consentí a todos tus caprichos — sí, bwana—
y jugábamos a lanzar el futuro
cada vez más lejos.
He gritado tu nombre
como un exorcismo:
¡fuera de mí!
Fuera de mí solo hay vacío:
hiedra trepadora en las fronteras,
verjas maltrechas, candados oxidados,
baluartes derruidos… la flecha en la frente.
Me santiguaré aunque duela el pecho
que te amó y odió casi
con la misma fuerza,
y cuando mis dedos dibujen esa cruz
que se arrastra hasta los hombros,
arquearé la espalda
para acomodarla al hueco
entre el vacío y la nada.
He gritado tu nombre
como la última palabra
de un condenado:
silencio.

NO ERES RECUERDO SINO ORILLA
Pocas veces durmió el sol en ese patio,
pero ahora se despereza su luz
cada vez que abro la ventana.

Pocas veces tuvo otras vistas
más allá de los tejados dormidos,
pero ahora lo sobrevuelan
bandadas de tucanes.

Han crecido ramilletes de jazmines
en cada grieta de la fachada.
Huele a galletas de nata
recién salidas del horno;
aroma de infancia
con sabia canela.

Pocas veces fueron tan armoniosas
las voces que avisaban de la lluvia
como cuando las evoco
desde la aparente lejanía
que me sitúa en algún lugar
entre su eco y mi garganta,
tan prestas como las manos
que descolgaban la ropa
a punto de empaparse
con el cendal de niebla
que tiende la ausencia,
sujeta tan solo por las frágiles
pinzas del recuerdo
que cederán sus muelles
al paso del tiempo.

Pocas veces las chimeneas
exhalaron tanta vida
cuando el calor artificial
era solo vana compañía
y la soledad perdía siempre
en las tardes de seisillo.

Y había gatos en los tejados
paseando penas
de amores a la luna.
Y había golondrinas
dispuestas a anidar en los aleros
de todas las cornisas.

Cuando la nieve abrace las tejas silenciosas
y se instale en la estación
que vacía las maletas
y convierte en destino los trenes de paso,
sé que conservaré mi patio
de florecidas enredaderas,
de limoneros y naranjos
–en la sequedad de su asfalto –
de tendederos con olor a limpio
y voces amigas avisando
que la distancia entre mi ventana y su recuerdo
se va achicando.

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