Por qué no llego a Roma. José López

La respuesta estaba allí. Siempre lo había estado, aunque no lo hubiera sospechado, especialmente unos años atrás.

Yo estaba acostumbrado al dolor porque lo vivía a diario en mi trabajo. Probablemente fuera esa la causa de las bolsas de los ojos y de las arrugas de expresión en el rostro que cada mañana saludaban en el espejo a alguien que se ponía frente a él.

Mi vocación había sido incuestionable desde niño, aunque en mi familia no había antecedentes de ningún galeno, (sí de algún que otro pendejo, que también acaba en “o”). Una intuición innata me daba una extraño don para captar dónde estaba la patología que afectaba a cualquier enfermo. Eso sí; tenía que tocarlo para que se desarrollara esa intuición. Y antes de que alguien lo pregunte: no. Desgraciadamente, ello no conllevaba la curación.

Pero después de unos cuantos años de encuentros constantes con el dolor humano, con la soledad, la desesperanza, la enfermedad, años de tocar la muerte con los dedos, de verla en directo y asiduamente, esa vocación incuestionable se tambaleaba.

-¿Y ya está? ¿Te mueres y se acabó? ¿Tanto esfuerzo, tanta lucha, tantas cosas vividas se quedan en un cascarón vacío, sin más? –me preguntaba a mí mismo.

Esto no tenía sentido.

Cuando tenía la muerte de frente, y alguien exhalaba su último aliento estando yo presente, pedía quedarme a solas con la persona (privilegios de ser sucesor de Hipócrates) solo para mirar fijamente un cuerpo inerte, algo vacío, lo que hasta instantes previos había sido una persona, un ser con infinidad de experiencias, de anhelos, de esperanzas, de vida, en definitiva, que se había ido y nada más.

La muerte siempre me pareció algo más radical que la pubertad, pero tenía mis dudas.

Me quedaba observando, o más bien, buscando alguna respuesta, preguntándome dónde quedaba su camino, intentando averiguar qué habría detrás de lo que se veía. Lo verdaderamente interesante estaba pasando en lo que no se veía, yo estaba seguro.

¿Habría llegado ese ser a Roma?

Nunca creí que nadie salvara a nadie. Ni siquiera cuando me felicitaban porque algún paciente había sobrevivido gracias a una rápida o inspirada actuación por mi parte (menos a menudo de lo que me hubiera gustado). La vida, la muerte y todo lo que les rodea, absolutamente todo, no dejaban de tener un gran misterio. Al fin y al cabo, esa persona recién “salvada” iba a morir tarde o temprano, y seguramente, de un tabardillo absurdo y no de una manera épica o gloriosa.

Y es que, a pesar de tanto esfuerzo, la gente al final, de una manera muy desconsiderada, se acaba muriendo.

En el fondo tenía la sensación de que todo se me escapaba de las manos. Lo que llenaba a cualquier otro colega, para mí no dejaba de ser idolatría del ego. Es bien sabida la tendencia de algunos menesteres a sentirse especiales con respecto al resto de los humanos.

-¡Como si no tuvieran las mismas necesidades fisiológicas que cualquier otro parroquiano!- pensaba yo.

Todos estos que tanto alardeaban de logros, resultaban ser auténticas tormentas en sus vidas personales cuando los conocías más a fondo, y encima, con mayor cantidad de miedos que la media. Nadie escapa a la vida y al aprendizaje.

Porque, al fin y al cabo, todos estamos aprendiendo. De la manera que sea, cada uno a su modo, pero todos aprendiendo y evolucionando, aunque sea de una forma cruel.

Realmente, no es que no me sintiera bien, satisfecho, o incluso con cierto orgullo interno cuando esas situaciones comprometidas con un paciente acababan con éxito. Más bien era un sentimiento de que algo más había en todo ello, completamente fuera de mi control.

También la decepción cuando metía la pata. Los errores que cometía eran como losas sobre mí mismo. Y aún me horrorizaba más pensar en cuántos errores había cometido de los que ni siquiera había sido consciente. De estos últimos no podía aprender. Esa era, a mi parecer, la parte más peligrosa.

Yo solía sonreír de forma maliciosa cuando veía esas películas de actores disfrazados de blanco en hospitales, haciéndolos pasar por héroes o por dioses caídos con un lado humano, pero siempre salvando vidas a diestra y siniestra. Eso parecía encantar a un público ávido de emociones fuertes, que sueña con tener esas vidas y realizar esas proezas, sin duda, mucho más cinematográficas que reales.

Todo el mundo quiere ser algo que no es o tener lo que no tiene.

Si vives en un lugar con mucho verde y mucha lluvia (por eso es tan verde) quieres vivir en un lugar muy soleado porque te deprime tanto gris. Si vives en un lugar muy soleado, añoras otro lugar con mucho verde y mucha lluvia, porque acabas hastiado de tanto calor.

Roma sigue quedando muy lejos.

Nunca estamos satisfechos. Y probablemente, ello tenga mucho que ver con la capacidad de progreso del ser humano. Todo es una contradicción, y las cosas, las situaciones vitales, tienen muchas esquinas en cuanto se miran con cierto detenimiento.

Últimamente, mientras anotaba el curso clínico del último paciente que había visto, no podía evitar que mi pensamiento y mi alma se trasladaran fuera de allí. Aquella planta hospitalaria era obscenamente blanca, quizá en un intento de transmitir una luminosidad que probablemente todos buscamos, aún sin saberlo. O pretendiendo dar una idea de sanación que, en realidad, solo puede realizar cada uno de nosotros de forma individual: Roma está muy lejos, sí. Cada vez me parece más diáfano que no hay forma de llegar.

Yo mismo sabía que iba a morir sin remedio. Cumplir años llega a ser, sin duda, una cuestión perturbadora. Pero, claro está, la alternativa parece serlo aún más.

Por eso, cuando aquel hombre de aspecto anodino tras unas gafas de alta graduación me propuso participar en aquel estudio, no tuve dudas. Poder hacer el paso entre uno y otro lado, entre la muerte y la vida de forma voluntaria, ir y volver a voluntad, conociendo qué sucede realmente tras el telón de lo que llamamos “vida”, era uno de mis sueños.

No sé de dónde salió ni cómo me encontró, pero se presentó delante de mí, o acaso yo lo llamé.

Me propuso una vía para realizar lo que llamaba “la Transición”, según una enseñanza muy antigua, casi olvidada y oculta durante mucho tiempo, aunque muy eficaz y poderosa, por la que era posible “morir y revivir cuando se quisiera”. Atravesar el Umbral y volver a atravesarlo en el otro sentido de forma voluntaria.

Así que no dudé. Sobre todo, porque en aquella técnica no había drogas ni sofisticados aparatos que realizaran el proceso. Solo la activación de una zona determinada del cerebro, con una conexión realizada a través del corazón, podía producir la Transición.

El corazón: nuestro auténtico cerebro por derecho propio, al que muy pocos escuchan. No se le escucha porque es el que nos enfrenta a nuestra verdad, a aquello que callamos, lo que queremos ocultar, lo que no queremos que vean los demás; nuestro cuarto trastero particular donde metemos toda la basura, todo lo incómodo, y todas nuestras fantasías más inconfesables.

Por cierto: hay otro cerebro en nuestras tripas, pero esa es otra historia.

Tras un tiempo de preparación, estuve dispuesto a cruzar el Umbral, por supuesto, no sin miedo. Porque también existen reglas, precauciones… y distracciones.

Esto fue lo primero que pude ver en mi primera “transición”: observé asombrado cuántas cosas ocultamos los seres humanos; cuántas veces no decimos lo que realmente sentimos, sobre todo a nosotros mismos. En el Otro Lado, no cabe la mentira ni la hipocresía. Menudo impacto entrar en ese Lado donde te sientes como si estuvieras desnudo, donde los pensamientos son patentes y nítidos a cualquiera que pueda ver. Donde no hay tiempo pasado ni futuro, solo un presente eterno.

¡Resultó que la muerte solo existía para el que se quedaba, no para el que se iba!

El “muerto” lo era porque hacía la Transición de manera involuntaria, inconsciente, aunque volvía a encontrarse de nuevo al otro lado del Umbral, sin más juicio que el que se haría a sí mismo, en un balance entre lo hecho y lo dejado por hacer, esto último, motivo de no pocos disgustos.

No salía de mi asombro en ese mundo y su interrelación constante con el que todos conocen. Tanto dolor, tanto miedo, tanto esfuerzo, en realidad no tenían sentido cuando cruzabas.

Volver a lo que llamamos “vida” era tremendamente duro y difícil. Cada vez más. La atracción, el impulso de permanecer en el Otro Lado era demasiado fuerte. Aun así, logré realizarla en numerosas ocasiones, siempre notando que dejaba algo de mí en ambos lados durante cada cruce.

Siempre, por todo, por cualquier cosa, debemos pagar un precio. Algo se toma, algo se debe dejar.

Eso hacemos todos. Dejamos y tomamos constantemente. Queremos tomar, no queremos dejar. Tememos perder en todo momento.

Esta era una de las cuestiones más difíciles del proceso de Transición: sentir la disolución de lo que yo era en el mundo físico; eso era lo que más temía hasta que atravesaba la Puerta. Y el retomar eso que había dejado, era también lo más duro del proceso en el sentido contrario. Algo siempre se quedaba atrás.

Así que aquí estoy, o estuve.

¿Dónde? Pues no sé. Ya no recuerdo la última Transición. Se me ha olvidado. No sé si estoy aquí o allí; o en ambos lugares a la vez. O lo estuve en algún momento. Muerto o vivo, no sé, pero no me importa.

Quizá, en realidad, no existan los lugares.

Quizá no existan los caminos ni las metas, porque en ninguna de mis tribulaciones y andanzas aquí y allá encontré dónde estaba realmente Roma.

Quizá tampoco exista y por eso no llego nunca… Ni llegaré.

O sí. Aunque, bien pensado, tampoco lo necesito.

¡Es probable que ni siquiera exista yo!

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