QUE TODA LA VIDA ES SUEÑO. David Poblete

El despertador llevaba zumbando sin piedad durante diez minutos cuando por fin logró arrancarle del sueño. Maldijo. Se apeó de la cama y fue camino del baño pisando los restos del naufragio de la noche anterior: el revoltijo de los vaqueros y la camisa, un paquete de tabaco con un par supervivientes, un vaso de tubo con el cadáver de una rodaja de limón flotando sobre un charco negruzco. Dio un empellón a la puerta, se quitó los calzoncillos y evitó mirar cuando pasó frente al espejo. Sin embargo, ya bajo la ducha, los brazos apoyados contra la pared y la cabeza colgando entre ambos, no pudo dejar de observar el perfil desmesurado de la tripa que le ocultaba por completo la visión de los genitales, las piernas cortas, hirsutas y flácidas, los pies planos y juanetudos, las uñas largas. Tuvo un acceso de tos que le inflamó las sienes e incitó a la alimaña que le zahería el cerebro a extender sus tentáculos hasta las órbitas de los ojos. Escupió un gargajo negro. Maldijo.

Mientras se secaba, miró la hora: las nueve y cinco. Otra vez llegaba tarde. Otra vez la mirada de sorda decepción de su padre cuando abriera la puerta de la farmacia: cuatro años hacía que le había colocado de mancebo en el negocio familiar para que hiciera algo de provecho, para que no se pasará el día encamado rumiando la resaca, y no había sido capaz de llegar puntual ni una sola mañana. Y aquel aspecto zarrapastroso que llevaba siempre, Dios mío, a sus treinta años recién cumplidos. Pero nunca le dirigió una palabra de reproche, ni un gesto. Hacía tiempo que su padre había asumido la derrota. Se tentó el mentón y sintió la aspereza de los troncos retoñados de la barba. Ahora sí levantó la vista y se miró fijamente en el espejo. Dos bolsas de mala vida colgaban violáceas bajo los ojos, tenía los labios resecos y la mandíbula apenas era un recuerdo abrumado por la papada.  Durante unos largos segundos continuó observándose, como tratando de traspasar el fondo de las pupilas, preguntándose con curiosidad quién había realmente ahí detrás. Y en ese preciso instante se acordó del sueño que estaba viviendo justo cuando había sonado el despertador:

Había entrado junto con un amigo en una taberna del puerto. No era capaz de precisar en qué localidad de la costa se encontraba ni quién era su acompañante, pero sí estaba completamente seguro de que no era la primera vez que visitaba en sueños aquel antro, y el chico con el que se movía, sin ser ni remotamente parecido a ninguno de sus amigos, le inspiraba la confianza de un compinche de toda la vida. El local estaba lleno a aquellas horas. En el ambiente flotaba una densa bruma auspiciada por el humo de los cigarros y el que exhalaba la parrilla de la cocina. Las mesas corridas, situadas a ambos lados de un pasillo central, bullían de hombres de aspecto hosco, barbados, de mirada desconfiada y piel curtida por el azote de mil soles y de otras tantas tempestades. Muchos no se habían destocado para cenar y conservaban puestas unas pellizas de color pardo, forradas de borrego. Se trasegaba vino tinto en frascas de barro y se comía pulpo, pescado a la brasa y gambas al ajillo. Los dos amigos enfilaron el pasillo hacía las mesas del fondo, tratando de localizar al tipo que los esperaba. Distrajo su atención primero un conato de trifulca entre dos hombres, que no pasó a mayores, y después el descubrimiento de una mesa, justo pegada a la pared del fondo, ocupada sólo por mujeres jóvenes, a todas luces fulanas a la espera de que el vino y la manduca surtieran sus efectos y se desataran juntamente la alegría y las carteras.

-Shhh, vosotros dos. Sentaos ahí.

La mañana en la botica transcurrió como otra cualquiera. A las diez empezó a sentirse mejor, merced al ibuprofeno que se había tomado nada más llegar, y a las diez y media terminó de templarle el cuerpo el desayuno que, a base de pincho de tortilla, café y picatostes, se endilgó en el bar de la esquina. Luego, la mayor afluencia de clientes le tuvo distraído hasta las dos, hora en que echaban el cierre para ir a comer. Como cada día, acompañó a su padre a comprar el pan y después subieron a la casa familiar donde su madre les tenía preparada la comida. Se echó la siesta. Se levantó con el tiempo justo para vestirse y llegar sólo con cinco minutos de retraso. Segundo ibuprofeno del día. El resto de la tarde trabajó en la rebotica pasando pedidos y clasificando recetas. A las ocho y cinco se despedía de su padre y se iba directamente a una cervecería que había tres calles más abajo.

El camarero le sirvió la primera cerveza una vez hubo ocupado su lugar habitual al final de la barra. Dio dos sorbos largos y profundos hasta apurar el vaso, lo apoyó en el mostrador y mientras le servían la siguiente encendió un cigarrillo. Ese era sin duda el mejor momento del día: miraba a través de la ventana a la gente que pasaba ocupada en sus quehaceres, con prisa por llegar a casa, cumplir con sus obligaciones domésticas  y dejarse caer en el sofá, frente al televisor,  a esperar a que muriera la jornada. Y se regocijaba con el pensamiento de que él tenía toda la noche por delante, sin horarios, sin tener que dar explicaciones a nadie, dueño de su tiempo, sólo ocupado en beber y comer a gusto, charlar con los parroquianos del bar, y gozar la expectativa de cualquier aventura que la noche le pudiera deparar. Se echó al coleto la segunda cerveza. Encendió otro cigarrillo.

A las cuatro de la mañana subía a su casa sentado en el suelo del ascensor, llorando sin saber muy bien por qué. Cuando abrió la puerta y encendió la luz comprobó que su madre había estado, otra vez, limpiando el apartamento. Sobre la mesa de la cocina, había dejado, además, un paquete de café, leche y algo de fruta. Rompió a llorar de nuevo como una plañidera. Camino de la habitación se quitó los zapatos, dejó tirados en un montón el pantalón y la camisa y consiguió apoyar sobre la mesilla el vaso de cubata que inconscientemente llevaba en la mano izquierda. Todavía hipó dos o tres veces antes de quedarse dormido.

El mar estaba en calma y la luna, en cuarto creciente, iluminaba lo suficiente para que pudieran verse el uno al otro si se mantenían cerca. Se desnudaron y escondieron la ropa tras unas rocas. Echaron una última mirada alrededor para cerciorarse de que la playa seguía desierta y nadie los observaba y con mucha cautela se metieron en el agua y echaron a nadar. El tipo gordo de la taberna les había dado indicaciones muy precisas del lugar en el que encontrarían flotando los paquetes, y en qué punto de los acantilados  debían  realizar la entrega. Luego les había arrimado un sobre con la mitad de lo convenido y se había largado sin mediar palabra. El agua estaba fría, pero eran unos nadadores expertos – por algo les habían ofrecido aquel primer trabajo-y la adrenalina les impelía a moverse con rapidez y determinación. Al cabo de una hora reconocieron el escollo que había de servirlos de referencia, y avanzaron ahora más lentamente, virando ligeramente a poniente, con los ojos bien abiertos para no pasarse de largo. Fue su compañero el primero en divisar las boyas a unos doscientos metros de donde se encontraban. Atadas a éstas debían estar los paquetes resguardados por una lona oscura. En ese momento escucharon el rumor todavía lejano de un motor. Se quedaron completamente quietos, rígidos, con las orejas amusgadas. Enseguida fue evidente que la embarcación avanzaba en su dirección y a gran velocidad. Apenas tuvieron tiempo de reaccionar cuando una ráfaga del foco de la patrullera de Aduanas pasó rozándoles el peinado.

Se despertó con el corazón dándole brincos en el pecho. Se incorporó en la cama y tuvo que permanecer varios minutos sentado tratando de templar los nervios y encalmar la respiración. Sólo un largo rato después, mientras se vestía con premura para no llegar demasiado tarde al trabajo, logró romper completamente el hilo que mantenía los acontecimientos del sueño entreverados con la realidad .

No obstante, durante toda la mañana el murmullo de una sensación sin nombre le estuvo aguijoneando por detrás de los pensamientos cotidianos,  e incluso en un par de ocasiones tuvo que disculparse e ir a refugiarse en la rebotica porque volvía a notar cómo se le aceleraba el pulso y se le entrecortaba el resuello. Estaba asustado. Pero también sentía las descargas de una emoción indescriptible, rayana en la alegría. Sin pensarlo dos veces, pidió permiso a su padre y volvió corriendo a su casa para meterse en la cama.

Sentados y clavando los talones en la arena para hacer fuerza, tiraban de los pesados fardos para sacarlos del agua. Estaban exhaustos y ateridos de frío. Habían nadado durante dos horas bordeando la costa hasta llegar a una calita diminuta, entre dos salientes de roca,  al pie de un acantilado de más de quinientos metros de altura desde el que asomaban curiosas las copas de los pinos. Cuando la patrullera hubo dado la vuelta, alcanzaron las boyas y desataron las cuerdas a las que estaban amarrados los fardos, las enlazaron en torno a sus hombros y, puesta la boca de cara al cielo estrellado, comenzaron a nadar despacio, intentando evitar que el miedo a que regresara la policía les precipitase al error de correr demasiado y desfondarse a mitad de camino. Una vez oculta la mercancía en una concavidad de la roca, se pegaron a la pared y esperaron la señal acordada.

Se despertó a las dos de la madrugada. Se levantó para ir al baño y beber un vaso de agua. Hacía muchos meses que no estaba sereno a aquellas horas y sintió una punzada de pánico que a punto estuvo de arrastrarle al mueble bar en busca de la botella de ron. Se volvió a meter en la cama. Transcurrió una media hora larga y no lograba dormirse. Pensó que no podrían aguantar mucho al borde del acantilado. Pensó que no tenía hielo y que se tendría que tomar el ron a palo seco. Seguía sin  dormirse. Entonces le vino a la memoria  su época adolescente, cuando la masturbación le había resultado siempre un remedio infalible contra el desvelo. Pero ahora llevaba años sin hacerse una paja: le daba verdadero asco buscarse la polla arrugada entre los pliegues de la tripa y los muslos para luego resobarla durante media hora y no lograr ir más allá de una erección blanda y de una eyaculación desvaída. A pesar de lo cual se decidió a probar y los resultados, al menos, fueron satisfactorios.

El haz de luz de varias linternas les dio la señal de aviso. Inmediatamente escucharon el restallar de dos cuerdas golpeando en su descenso sobre las paredes del acantilado. Sacaron los paquetes de su escondite y los ataron a las cuerdas. Hicieron una señal con los brazos, los cordajes se tensaron e iniciaron una lenta ascensión. Nuevos movimientos de las linternas cuando la operación se hubo completado. Después sólo el manso bramido del mar. Los dos amigos se anudaron en un abrazo.

A la mañana siguiente, nada más levantarse llamó a su padre a la farmacia para decirle que se encontraba mal, seguramente gastritis, y que se quedaría en casa todo el día. Pasó el resto de la mañana yendo y viniendo por el pasillo a grandes trancos, fumando sin parar y meditando una idea que llevaba tiempo rondándole por la cabeza y  que quizá había llegado el momento de poner en práctica. Se mantuvo firme en el propósito de no tomar la decisión bajo los efectos del alcohol. A medio día se bebió un vaso de leche templada y, sentado en la mesa de la cocina, se quedó largas horas mirando hacia la ventana, observando con qué sutileza agonizaba la luz de la tarde. Sintió una paz infinita. Ni siquiera tuvo ganas de llorar. Se levantó con decisión, fue al baño y sacó del armarito la caja de valium. Desgranó una por una las treinta pastillas sobre la mesa y, por pura coherencia, se sirvió un último trago de ron. Después se tumbó en la cama y se quedó dormido.

La taberna del puerto estaba llena a aquellas horas. Los dos amigos entraron con decisión y enseguida pudieron comprobar que el tipo gordo estaba sentado en su sitio y, como la noche anterior, se encontraba sólo. Éste les hizo un leve gesto de asentimiento y fueron a sentarse frente a él. Les estuvo observando durante unos segundos con una media sonrisa de sorna, y luego empujó hacia ellos un sobre.

-Habéis cumplido, chavales. Volveremos a hablar.

Se pusieron en pie y sin mediar palabra se dirigieron al fondo del local, camino de una mesa que estaba ocupada sólo por mujeres jóvenes.

A la mañana siguiente le despertaron unos terribles golpes que alguien estaba propinando a la puerta de su casa. Abrió los ojos y todavía permaneció un largo rato con la mirada perdida en el techo, pensando que, si seguían aporreando la puerta de esa manera, iban a terminar por sacarla de sus goznes. Respiraba despacio, pesadamente. Apenas parpadeaba. Hizo ademán de incorporarse, pero los músculos no le respondieron, así que decidió abandonarse de nuevo a la más absoluta inmovilidad. Tenía la garganta reseca y el paladar era una costra pastosa . En la puerta,  mientas tanto, la lluvia de golpes arreciaba casi con desesperación, e incluso le había parecido oír que gritaban su nombre, pero no obstante permaneció postrado, imperturbable, preso de una profunda atonía. Entonces tuvo la sensación de que llevaba toda una eternidad escuchando aquel martilleo incansable, como si se tratara de un recuerdo remotísimo que nunca hubiera acabado por extinguirse y que ahora emergía de las aguas oscuras del sueño para devolverle la conciencia de quién era y de dónde se encontraba. Tenía muchas ganas de vomitar.

Se levantó y fue hacia la entrada completamente aturdido y con un fortísimo dolor trepándole por la cabeza. Se inclinó para echar un vistazo por la mirilla y vio que era su amigo que venía a buscarle. Cuando abrió la puerta y volvió grupas hacia la cama, comprobó que la preciosa pelirroja de cuyo nombre no podía acordarse dormía a pierna suelta.

Fin

Madrid, 2 de enero de 2017

 

 

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