REDENCIÓN. Carme Santos

El otoño agonizaba en el jardín mientras la vida de Tomás enfilaba su ocaso.

– Manuel, sécale los ojos al abuelo, que le lagrimean.

La voz de su mujer lo arrancó abruptamente del ensimismamiento. Fingiendo una serenidad que estaba lejos de sentir, se volvió hacia la cama. Cogió el pañuelo de la mesilla y con delicadeza lo pasó por la mejilla arrugada. Acarició aquel rostro tan querido y se miraron con ternura infinita. Se giró hacia la ventana; le costaba contener la emoción. No soportaba verle morir. Había cumplido ya cuarenta y dos años, pero la inminente muerte de su abuelo Tomás lo hacía reencontrarse con el niño que fue, el que nunca pudo separarse de él, el que ahora no aceptaba que había llegado la hora de despedirse. Sucumbió a la pena y sollozó en silencio. Para amortiguar el dolor se refugió en la memoria, donde atesoraba tantos momentos compartidos.

Tomás estaba presente en los recuerdos más tempranos de Manuel. A falta de hermanos, el abuelo fue su primer compañero de juegos, también el primer maestro, el confidente de sus temores nocturnos, su aliado cómplice en las primeras travesuras y un feroz intercesor ante su madre. Durante toda su infancia, nieto y abuelo fueron inseparables. Cada día, después de la siesta, se iban a pasear juntos. Tomás fingía que le molestaba su presencia. El pequeño se pasaba todo el camino haciéndole preguntas y el viejo acababa agotado, pero en el fondo le hacía gracia tanta curiosidad y le deleitaba aquel soniquete chillón e insistente. Manuel era un niño frágil y algo desamparado que halló en su abuelo, a pesar de la rudeza aparente, el único foco de amor en aquella casa donde escaseaban los afectos y las muestras de cariño. La madre lo trataba con frialdad; la llegada del hijo antes de tiempo truncó sus planes de irse con su marido a trabajar fuera y la mujer volcó todo su resentimiento en el pequeño. Nunca tuvo un beso para él, nunca una caricia. Tampoco tuvo Manuel vínculo alguno con su padre emigrante. Cuando venía de vacaciones, lo sentía un extraño que invadía su mundo y sólo contaba los días para que se fuera. Luego estaba la abuela Flora; de cuerpo enjuto y mirada fría, nunca sonreía ni respondía a las gracias del niño. El nieto nunca entendió por qué le repudiaba. Al igual que él, tampoco el abuelo se sintió nunca querido ni por su mujer ni por su hija; por eso le enternecía tanto el amor de Manuel y se preguntaba si la vida lo estaba compensando por lo que un día le quitó. El niño pasó su infancia cuestionándose por qué en aquella casa nadie parecía quererse y todos arrastraban una tristeza que les amargaba el alma y de la que nunca se hablaba.

Cuando Manuel se hizo mayor y se fue a estudiar a la ciudad, Tomás por poco se muere de pena. Su carácter se agrió y pasaba los días sentado solo bajo el viejo castaño recordando las horas compartidas con el pequeño. Con la marcha del nieto renacía en la mente de Tomás algo que lo había atormentado durante años, aquella vieja creencia de que la vida tarde o temprano lo castigaría. “No tengo derecho a ser querido. No, después de lo que hice”, se repetía. Su sorpresa fue mayúscula cuando, al cumplir veinte años, ya muerta la abuela, Manuel le propuso que se fuese a vivir con él. Su madre fingió oponerse, aunque le duró poco la resistencia. A las dos semanas, se cerró la casa del pueblo. Tomás ni siquiera se despidió de su hija. Ella se iría a vivir con su marido y se sentía, por primera vez, dueña de su vida. Le entristeció que su padre ni le diese un beso, pero ella tampoco se acercó a él. Demasiados años viviendo como extraños; demasiado tiempo sin mirarse. Ya era tarde.

En la nueva vida de Tomás y Manuel, compartirlo todo se convirtió en su rutina. El chico siempre iba a despertarlo antes de irse a clase, le llevaba el desayuno y lo acompañaba para asegurarse de que tomaba las pastillas de la tensión. A media mañana, el abuelo bajaba hasta el parque cercano y regresaba para comer con su nieto. Por las tardes nunca salía; tras la siesta, ojeaba el periódico mientras lo esperaba. Los fines de semana que Manuel no se iba con sus amigos, solían hacer algún viaje corto en coche. Tomás se sentía tan dichoso que, por momentos, le asaltaban pensamientos aciagos; algo le decía que aquello no podía durar. Pero pasaba el tiempo y empezó a convencerse de que, a lo mejor, él también tenía derecho a ser feliz.

Unos años después, Manuel se casó. La llegada de Isabel a su mundo particular no alteró la unión entre abuelo y nieto. Tampoco cuando llegaron Sara y Raúl. Los pequeños adoptaron al viejo como su propio abuelo y Tomás revivía con ellos los felices días de la infancia de su padre. La nueva familia había llevado por fin paz y alegría a su vida y nada hacía presagiar el giro que estaba a punto de dar.

Un día, Manuel volvió de trabajar antes de tiempo. Como aún quedaba sol, se asomó a la habitación de su abuelo para proponerle dar un paseo. Llamó a la puerta, pero nadie respondió. Abrió muy despacio y lo vio tumbado en la cama. Se acercó en silencio; igual que de niño, le gustaba verlo dormir. Se sentó a su lado. Entonces se percató de que Tomás sostenía en la mano una carta, apoyada en su pecho. En la mesita, estaba el sobre. Miró el remite: Daniel Carril, rue de la Huchette, 23. París. Daniel era un amigo que su abuelo había conocido durante la guerra y con el que mantenía correspondencia desde entonces. Manuel cogió la carta para guardarla, pero le llamó la atención el tipo de letra alargada de Daniel. Le resultaba curioso, era parecida a la suya. De repente, sus ojos se posaron en una frase: “Yo no podía casarme con Flora. Creía que al casarse contigo, me olvidaría”. Manuel dio un respingo; iba a continuar leyendo pero en ese instante, Tomás se despertó. Al verlo con la carta en la mano, se asustó.

-Manuel, ¿qué haces?

– Abuelo, ¿de quién es esta carta?

– Es de Daniel, ya lo sabes.

-¿Y quién es Daniel?¿Por qué habla de la abuela?

Tomás comprendió que ya no tenía sentido seguir ocultando lo que durante años guardó en su alma. La verdad había salido por sí sola a la luz. Sonrió amargamente; la vida volvía a decidir por él.

-Te he mentido, Manuel. A ti y a todos. No hay ningún Daniel. Y yo ni siquiera soy tu abuelo.

Manuel quedó mirándolo fijamente, sin pronunciar palabra, con los ojos muy abiertos, confundido. Tomás se irguió, se sentó a su lado y aspiró profundamente.

– Ya te conté que fui a la guerra con mi hermano. Éramos muy jóvenes los dos. José tenía veinte años; yo, veintiuno. Él estaba comprometido con su novia del pueblo, Flora. Se iban a casar al volver de la guerra. Nos destinaron al frente y cuando llevábamos un mes, a José le dispararon en una pierna y lo trasladaron a un caserío para curarlo. Cuando fui a verle, estaba sorprendentemente animado. Sus palabras me dejaron atónito:

-No quiero que vuelvas al frente, Tomás. En unos días estaré curado y nos escaparemos. No nos encontrarán.

>>Me asusté; sabía qué les pasaba a los desertores. Me negué, pero él insistió hasta convencerme. Yo no quería volver al frente, había visto morir a demasiada gente a mi alrededor. Durante tres años estuvimos escondiéndonos en los pueblos, comíamos lo que robábamos y dormíamos en alguna casa abandonada o en el bosque. Al acabarse la guerra, llegamos cerca de la frontera con Francia. Entonces José me reveló su verdadero plan:

– No voy a volver, Tomás. No quiero casarme con Flora. Hazlo tú, hermano. Sé que siempre la quisiste y ella se va a quedar sola. Le dices que he muerto en la guerra; me llorará unos días, pero seguirá con su vida y yo podré seguir con la mía. Te escribiré. Te suplico que nunca reveles mi secreto.

>>Quise decir algo, pero ya no pude. José no quería oírme; me abrazó y se fue. Nunca volví a verlo. Regresé a casa, conté que había muerto y descubrí que Flora tenía una hija de tres años. Sabía lo difícil que era ser madre soltera en un pueblo tan pequeño, así que me casé con ella. Nunca le hablé de mis sentimientos porque siempre supe que no me amaba a mí. La escuché llorar cada noche durante años. Tampoco tu madre me quiso, a pesar de que le ocultamos la verdad. A lo mejor siempre sintió que yo no era su padre. Un mes después, llegó la primera carta de José. Nadie sospechó quién era el amigo Daniel que había conocido en la guerra y que me enviaba cartas desde Francia cada mes. Durante mucho tiempo me sentí culpable por la infelicidad de todos: de mis padres, de tu abuela…Yo podía aplacar su dolor diciéndoles que José estaba vivo, pero me convencí de que les sería más duro aceptar que él los había abandonado voluntariamente. Este secreto impuesto me hizo mucho daño. Siento que usurpé una vida que no me correspondía, pero el precio que pagué por cada minuto de felicidad fue demasiado elevado. Perdóname, Manuel.

Tomás sollozaba como un niño. Manuel se había quedado paralizado y mudo, pero al ver las lágrimas del abuelo que siempre amó, lo abrazó conmovido.

– Siempre serás mi abuelo. ¿Por qué no me lo contaste? Yo te habría ayudado a sobrellevar esta carga. Tú no tienes culpa de nada, no tuviste elección. Hiciste lo que creíste que era mejor.

Al escuchar a su nieto, Tomás se derrumbó. Después de tantos años de silencio, todo el dolor enquistado brotó de su interior como un aluvión incontenible de emociones.

A la semana siguiente, Tomás y Manuel volaron a París. Cuarenta y siete años después, los dos hermanos se reencontraron entre abrazos y lágrimas, pero con el pasado muy presente. Tomás por fin pudo pronunciar aquellas palabras que no pudo expresar en la frontera, cuando José, sin su permiso, había decidido su vida y le había obligado a cargar con aquel secreto. “¡No tenías derecho!”, le reprochó Tomás. Manuel observaba a su verdadero abuelo e intentaba imaginar al joven de veinte años que había decidido abandonar a los suyos, pero sólo veía a un viejo que escuchaba los reproches de su hermano como un niño acorralado. La vida le había tratado peor que a Tomás. Tenía el pelo más canoso, la delgadez del rostro intensificaba su fragilidad aparente y caminaba encorvado, como si arrastrase una gran carga. La culpa, pensó Manuel. Aquella decisión tomada tantos años atrás había marcado la vida de los dos hermanos. José quería liberarse de un futuro que lo aprisionaba y la soledad acabó disipando sus ansias de libertad. Para Tomás, la huida del hermano había llenado su vida de temores y resentimientos. Pero se permitió perdonar y, partir de ese momento, fue reconciliándose con su suerte. Poco a poco, se convenció a sí mismo de que no vivía la vida de otro, sino la que estaba destinada para él y se acostaba cada noche dando gracias por ello.

Murió una mañana fría de diciembre, con casi noventa años. Apaciblemente, agarrado a la mano de Manuel, se despidieron como dos viejos amigos. A muchos kilómetros de allí, los restos de José yacían en un cementerio olvidado, a las afueras de París, en una tumba invadida por la maleza a la que nunca nadie llevó flores.

pensamientos de 3 \"REDENCIÓN. Carme Santos\"

  1. Es una bonita historia bastante creíble. Por aquel entonces sucedieron muchas situaciones no buscadas por las personas, pero que al parecer solucionarían algunos problemas o eso pensaban. !Enhorabuena¡

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