REFLEXIONES DURANTE CONFINAMIENTO. Jose Miguel Barrenechea.

No llevamos siete días de confinamiento de los catorce anunciados y parece una eternidad.

Estás todo el día en casa quitando la escapada que has hecho para comprar el pan y el periódico, total veinte minutos, y el día se te hace larguísimo. Y me pregunto ¿qué sentirá un preso? Porque, a fin de cuentas, yo estoy encerrado en mi casa, pero puedo moverme, ir de aquí para allá, asomarme a la ventana, estar en la terraza… Pero el preso, en una celda de, cuanto ¿once? ¿doce? ¿trece metros cuadrados lo más?, ¡prácticamente todo el día! Durísimo me parece.

Y al igual que con el preso, me vuelvo a preguntar: ¿Qué sienten las personas en una guerra? Porque este confinamiento durará un tiempo de, no lo sé: ¿un mes? ¿Dos meses? ¿Tres meses? Y la pandemia supongo que lo que tarden en encontrar una vacuna. ¿Un año? Pero ¿cuánto duran las guerras? Años. Pues fíjate tú todos los días con malas noticias; un mes, seis meses, un año, otro año…

Y si a la claustrofobia de la celda, le añado la angustia, la incertidumbre y el dolor que durante años se sufre en la guerra ¿qué sería lo peor de lo peor? Pues para mí, sin duda, un campo de concentración. No puedo ni imaginarme lo que tuvo que ser sufrir la experiencia de malvivir en un Aushwitz, Treblinka, Mauthausen, Bergen – Belsen, Birkenau… Cada minuto del día con dolor físico, dolor moral por la pérdida de familiares y amigos, por el desamparo, por el confinamiento, por el hacinamiento. Dolor del alma por la injusticia, el abandono de Dios. Y por si esto no fuera bastante, le añades la incertidumbre. ¿Cuánto tiempo voy a estar sufriendo?  Y así un día, y otro, y otro. Un mes, y otro, y otro. Un año, y otro, y otro. Los que sobrevivían claro. No puedo imaginar nada más angustioso.

Estoy hablando de una situación extrema a nivel global. Porque a nivel individual lo peor, en mi opinión, sería un secuestro que, si además es de larga duración, como ya conocemos casos en este país, imagínate.

Lo reúne todo.

Comentaba con un amigo (telefónicamente por supuesto) que somos varias las generaciones afortunadas, privilegiadas me atrevería a decir que, más allá de crisis económicas o temas personales que hayamos podido tener, en general no hemos sufrido nada malo a nivel mundial. Por el contrario, generaciones anteriores, no han conocido más que guerras y maldad la mayor parte de sus vidas. Estaba pensando en Stefan Zweig, escritor, que nació en 1881 y falleció en 1942. Para cuando salió de la guerra del 14 ya estaba metido en la del 39. Y si las desgracias no eran pocas, además era judío en la época nazi. Hay que tener en cuenta también, que a los años que dura la guerra, hay que añadir lo que dura la preguerra y lo que dura la postguerra. Todo en conjunto son un montón de años. Si es así la mayor parte de la vida que has tenido a lo largo de tu existencia, tiene que ser un horror. Por eso no me extraña nada que Zweig acabara suicidándose.

Y aquí nos encontramos. En una situación que si lo ves es una película de ciencia ficción, no te lo crees. Como se dice al final de la película: La Guerra de los Mundos, “unos microorganismos…”. Cuando te hablan de pandemias anteriores en la historia de la humanidad, piensas que en el S XXI esas cosas no pueden ocurrir porque la ciencia, la sanidad, las comunicaciones… ¡Todo está muy avanzado! Pues resulta que no, que esos microorganismos de la película son capaces de paralizar el planeta e, increíblemente, lo que hacía unos días era lo más normal del mundo: saludar, confraternizar, hacer deporte, trabajar, comer en familia, copas con amigos, pasear, gente en la calle, tráfico en las carreteras…, hoy esa normalidad sí que se ha convertido en ciencia ficción.

Pienso también en los políticos de nuestro país. En cómo están actuando en estos momentos. Yo sinceramente creo que lo peor que tiene este país es su clase dirigente. No dudo de que los haya buenos, que los hay, pero la inmensa mayoría son unos ineptos, unos mediocres. Y en algunos casos, unos miserables. Lo digo así para no andarme con ambages porque, sobre todo en los últimos años, nos estamos perdiendo en esa atmósfera irrespirable de lo políticamente correcto que no nos deja decir las cosas por su nombre. Hay ejemplos en todos los colores del pantone político. Cómo puede ser posible que en un momento como el que estamos viviendo, priorices convicciones políticas sobre las necesidades urgentes de la población y no ves necesario que la UME (Unidad Militar de Emergencia) ayude a montar un hospital de campaña ¡que necesitas por la saturación de los hospitales en la comunidad! O en labores de desinfección. Todo por la única, y bastarda opinión, de que es el ejército español y en tu territorio, no entra el ejército español. El político que desatiende la cuarentena a la que están obligados todos los ciudadanos cuando tienen una persona contagiada en su casa, y se la pasa por el forro para acudir a consejo de ministros y ruedas de prensa para acumular más poder.   Estos son ejemplo de algunos de los de la primera línea. De los de la segunda línea (diputados, alcaldes, concejales…) hay ejemplos para exportar. Pero claro, si los de la primera línea no dan ejemplo…

La ciudadanía por el contrario está demostrando un grado de civismo extraordinario que está muy por encima del de los dirigentes políticos. No hay papel suficiente para enumerar los casos de solidaridad, apoyo, agradecimiento, entrega y muchas virtudes más que se están produciendo en el país y que son un ejemplo del que esos políticos mediocres, y algunos ruines, debieran aprender (lo cual es imposible por ser mediocres. Y ruines). También se dan casos en otros colectivos, en el de cuerpos y fuerzas de seguridad, por ejemplo, que resalto al haber leído la noticia de los ertzainas homenajeando a la Guardia Civil por los dos guardias civiles fallecidos como consecuencia de la enfermedad. Quién lo iba a decir, en el País Vasco, la ertzaintza cuadrándose y saludando a la guardia civil de la Comandancia de Álava. ¿Tomarán nota algunos? Algunos sí. Un político, lo dudo.

Puedo imaginar qué pasará cuando esta pesadilla termine. Los de la vanguardia: sanitarios, cuerpos y fuerzas de seguridad, bomberos…, recibirán unas medallas, un reconocimiento público y una palmadita en la espalda. La retaguardia: políticos y calaña circundante, para ellos, todo parabienes, abrazos de oso entre unos y otros y a seguir jodiendo la marrana. Y en medio, la ciudadanía: trabajadores, amas de casa, autónomos, funcionarios, estudiantes, pensionistas… Para estos ni medallas ni parabienes ni palmadas en la espalda. Los que estén incursos en un ERTE probablemente tendrán dificultades para reincorporarse al puesto de trabajo y otros muchos de ellos se irán al paro. Y a pasarlas canutas. El resto, poco a poco volverá a su rutina habitual y sin ningún reconocimiento.

Hoy hacemos la primera semana de confinamiento. Parece que fue hace un montón de tiempo cuando hacía mis rutinas habituales: levantarme, ir a trabajar… Y no dudo que en algún momento volvamos cada uno a lo nuestro, pero realmente hoy se me antoja como algo, no digo que una quimera, pero si muy lejano. A ver.

Cada vez más, sabes de gente conocida, familiares y amigos, que están afectados por la enfermedad. En algún caso, gravemente.

En una entrevista que le hicieron al Papa, le preguntaron sobre el poder de la naturaleza a propósito de que, durante este tiempo de la pandemia, se ha reducido muchísimo la contaminación en el mundo ya que muchas empresas han dejado de trabajar y por tanto de contaminar. Parece ser que incluso se ha reducido el agujero de la capa de ozono. Contestaba el Papa: “Dios perdona siempre. El hombre perdona muchas veces. La naturaleza ¡No perdona nunca!”. Y va a tener razón.

Estamos terminando la segunda semana de confinamiento y quieras que no empieza a notarse.

Soy partidario de mantener rutinas diarias que te ayuden a pasar el día, manejar emociones, estar activo… Pero me he dado cuenta de que también conviene ¡Cambiar de rutinas! Por qué. Pues porque si reiteradamente repites la misma rutina durante mucho tiempo, puedes hasta perder la noción del tiempo; que te despiertes, te estés afeitando y, de repente ¿Hoy es martes? ¿miércoles? ¿Qué día es hoy? Y es que el día a día es un continuo déjá vu.

Ayer en las noticias entrevistaron a una persona que decía que para él este confinamiento era “peccata minuta”. Comentaba que vivió de pequeño la guerra de los Balcanes y que la mejor manera de que no te mataran, de no morir por un bombardeo o un francotirador, era estar en casa. En su caso, en una casa que ya había sufrido los rigores de guerra por lo que la mayor parte del tiempo, la familia, estaban todos recluidos en el sótano. Y más de un año. Para él, este confinamiento: en casa, con televisión, internet, un poco de jardín y la nevera llena, lo dicho, ¡Peccata minuta! Me alegré de escucharle por que coincidía con mi reflexión que hacía al principio sobre el horror de las guerras.

A propósito de las noticias. En mi caso estoy pensando que no me aporta nada positivo ver estas por la televisión. Tampoco en el periódico, pero por lo menos tiene los pasatiempos. Lo digo porque desde el segundo uno, todo son malas noticias. Es verdad que las hay. Pero tampoco sé que aporta ver imágenes de una fila enorme de camiones con féretros. O el que te dice que ha pasado un cáncer del que nunca temió por su vida, pero que, con este virus, sí que teme por su vida. Me estoy acordando de un telediario en el que se veía en la pantalla a la presentadora dando las noticas (todas malas) y para más inri, en un fondo azul de la pantalla, una recreación del virus pululando por el aire. Y así en todas las ocasiones en que salía ella. Total, que al final, te has tragado todo lo horrible del día y con la sensación de que los bichitos, los microorganismos”, los tienes a tu alrededor ¡Y no puedes ni respirar!

En mi caso, por las tardes, me doy un pequeño atracón de buen humor. En este mundo fantástico que es You Tube, veo programas de humor que me hacen reír y no pensar. Los sketchs de José Mota, monólogos del Club de la Comedia (los de Leo Harlem, el de Miguel Lago “Soy un hijo de puta”, Ernesto Sevilla…), Cámera Café… O ver y escuchar a los Beatles, Neil Young…  Lo que quieras porque hay de todo.

Cualquier cosa menos malas noticias.

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