RELATO Marta Perea

Sentada junto a la ventana más tiesa que un junco, con la mirada perdida por encima del puerto y más allá del horizonte decidió acicalarse para salir. El día era desapacible y el mar rugía furioso chocando contra la pared de roca del acantilado. Caía una llovizna de las que te calan hasta los huesos. Aún así le apetecía la idea de acercarse callejeando hasta el muelle, antes de cenar.

Se tomó el tiempo necesario frente al tocador para mesar sus ondulados cabellos plateados y darle polvos de color a sus afilados pómulos. El resultado de la compostura no era el que ella hubiera elegido años antes, pero ahora todo importaba menos. Abrió el joyero y se fue poniendo una a una sus pulseras de oro y piedras preciosas. Eran demasiadas para llevarlas puestas de una sola vez y, sin embargo, lejos de descartar la elección, sonreía satisfecha al colocar cada una en sus huesudas muñecas. Después escogió del armario un vestidito ligero de crepé de seda en verde pistacho que resaltaba el color de sus ojos y unas manoletinas a juego. Al mirarse nuevamente en el espejo pensó que a su marido le gustaría.

  • ¿Dónde va con el día que hace Doña Manuela? -le preguntó la dueña de la droguería que había junto al portal de la anciana-.
  • A dar un paseín… ¡Uy! Se me ha olvidado el paraguas. -dijo Manuela mientras comenzaba a subir las escaleras-.

Una vez en la calle miró orgullosa la fachada bicolor de su casa y sus hermosas balconadas, en las que siempre se había sentado a esperar con su corazón puesto en el mar. Su oración siempre fue repetitiva y fervorosa. Aquel edificio lo había heredado de su padre, que había sido el dentista de aquel pequeño pueblo asturiano y de las aldeas aledañas. Miró las cortinillas blancas del primer piso, que era en el que ella vivía, y pensó que tendría que haberlas dejado descorridas para que le entrara un poco de luz a las hortensias. Comprobó con cierta tristeza que en el piso de su hijo todavía no había luces encendidas.

Por la calle empedrada bajaban chorros de agua que enseguida calaron sus zapatitos, pero caminaba con tanta determinación hacia el puerto que no hizo caso al chapoteo que sentía a cada paso. Sin duda, se había equivocado de calzado. El cielo plomizo no parecía querer dar tregua.

Empezó a jadear y sintió algo de mareo cuando por fin llegó al puerto. Se apoyó en el muro y tomó aliento. Ya no era una chiquilla, aunque recordaba bien cada instante de su niñez. No se olvidaba de los juegos en La Poza con sus primos, ni de los baños diarios de su padre en la playa de arena oscura y aguas frías del cantábrico. También recordaba con claridad cada Descenso a Nado de la ría y lo que a ella le gustaba el olor a verbena y el sabor del algodón de azúcar.

Se sentó en el muelle a esperar, hecha un ovillo bajo su paraguas. Allí, tan quieta, parecía una fotografía antigua de un álbum viejo y deshojado. Por un instante, Manuela se sintió descascarillada y una lágrima rodó por su mejilla. La sensación de vacío y soledad recorrió su frágil y encorvada figura como un escalofrío. Su mente se nubló. Miró con extrañeza a su alrededor, pero después sonrió con la inocencia de una niña. Mientras tanto, se fue apagando el día al ritmo del sonido sordo del agua al estrellarse contra el suelo. Nadie reparó en la anciana.

Esa tarde la sirena de los astilleros sonó puntual como siempre y el hijo de Manuela se apresuró bajo la llovizna para llegar rápido a casa. Deseaba pasar un ratito con su madre. Cuando Sergio abrió la puerta del primero las luces estaban apagadas y no había rastro de Manuela. Sintió un sudor frío en la espalda recordando el último día que había desaparecido. Bajó a trompicones las escaleras y por poco no cayó de bruces por el suelo mojado. Pensó rápidamente en los lugares a los que habitualmente iba su madre antes de entrar en la droguería a preguntar.

– ¿Has visto a mi madre? -dijo Sergio con voz ansiosa-.

– Salió a las cinco o así. Dijo que iba de paseín. -contestó con un acento asturiano muy marcado-.

– Gracias. -dijo Sergio con rostro enrojecido y desencajado-.

Corrió calle arriba hasta la Plaza de Abastos. Recorrió los puestos de alimentación que ya estaban echando el cierre y preguntó por su madre al carnicero y al pescadero de toda la vida. Por allí no había pasado Doña Manuela. Después pensó en ir a la iglesia Santa María de la Barca. Revisó cada rincón y subió al púlpito gótico de madera tallada. Una vez, Manuela se había refugiado allí arriba y se había quedado dormida como una niña.

Sergio se sentía sin resuello y apoyó sus manos en sus rodillas intentando coger aire y pensar. Sintió miedo y le dio una arcada. Instintivamente corrió hacia el puerto. A pesar del frío, sudaba intensamente. Notaba los músculos de las piernas algo agarrotados por los nervios, pero cuando vislumbró su diminuta silueta bajo la lluvia respiró aliviado

  • ¡Madre! La llevo buscando un rato. -dijo Sergio, mientras la envolvía con sus fuertes brazos-.
  • No ha llegado el barco. -contestó Manuela sollozando-.
  • Lo sé, madre. -le dijo como arrullándola con su voz mientras la cogía en brazos y caminaba hacia casa-.
  • ¡Hoy tampoco ha llegado el barco! -insistió Manuela-.
  • Chss… tranquila. -musitó Sergio tranquilizándola-.

Al llegar a casa Sergio le puso un camisón seco a su madre y la metió en la cama. Le calentó una taza de caldo y Manuela agradecida lo bebió a pequeños sorbos. La anciana tenía un gesto dulce y Sergio sintió una ternura estremecedora.

  • ¡Gracias Antonio! El caldito me sentará bien. -dijo Manuela complacida-.
  • Madre… soy Sergio. Tu hijo. -contestó mientras una lágrima se deslizaba por su rostro-.
  • Me alegro de que el barco haya atracado antes de que llegue la tormenta. -Manuela respondió ajena a lo que le había dicho su hijo Sergio-.
  • Te quiero madre. Buenas noches. -la besó en la frente suavemente y apagó la luz-.

Sergio subió a su casa a cambiarse porque también estaba calado y sabía que su madre dormiría como un bebé. Llamó a su hermana que se había ido a vivir a Alemania.

  • -dijo Sergio-.
  • -contestó su hermana-.
  • Te llamaba porque… madre ha vuelto a despistarse. -dijo Sergio con voz apagada-.
  • ¿Sí? -respondió ella asustada-.
  • Esta vez fue al puerto a esperar el barco de padre. -dijo Sergio muy emocionado-.
  • ¡Madre mía, Sergio! -dijo con voz temblorosa-.
  • No me conocía… estaba calada… -siguió explicando Sergio-.
  • ¿No te conocía? -rompió a llorar-.
  • Ella hablaba conmigo como si hablase con padre… me llamó Antonio y todo. -dijo Sergio mientras le recorría un escalofrío por la espalda-.
  • ¿Qué vamos a hacer? -preguntó con desesperación-.
  • Tenemos que buscar una solución… la enfermedad avanza. -dijo con tono profundo-.
  • Sí… -su voz se entrecortó por el llanto-.
  • El otro día se dejó el gas abierto, pero llegué a tiempo. -continuó diciendo Sergio-.
  • Ohhh… Sergio… pobre mamá. -contestó-.
  • Hoy se puso todas sus joyas y en el bolso llevaba casi mil euros. -dijo apesadumbrado-.
  • Pero Sergio… dijimos que ibas a retirarle las joyas y el dinero. -le increpó su hermana-.
  • Sí… pero cuando fui a hacerlo… me llamó ladrón… y no pude. ¡No pude! -gritó Sergio con cierta resignación viniéndose abajo-.
  • ¡Pobrecita! -dijo sintiendo opresión en las sienes-.
  • Lo único grave son las escapadas que hace… estoy muy preocupado. -su voz se rasgó al decir aquello-.
  • Podemos buscar a alguien. ¿Qué te parece? -contestó su hermana-.
  • Sí. Es necesario… pero me parece difícil encontrar a alguien de confianza y que ella lo acepte en su casa. -contestó Sergio tajante-.
  • Ya… -contestó su hermana-.
  • Vamos viendo. -dijo él-.

Sergio decidió bajar a echarle un vistazo a su madre y después de darle un beso en su cabecita, se dejó caer pesadamente en el sofá. Los pinchazos en el pecho se habían mitigado un poco, pero se sentía desorientado. Él no sabía tomar decisiones tan importantes como aquella. Eso siempre lo hacía su madre. Y ahora su madre estaba más desorientada que él.

Manuela se levantó contenta y canturreaba alegremente por la casa. Sergio se despertó al oírla y sintió que le dolía todo el cuerpo de haber dormido en el sofá, pero le animó escucharla feliz. Esa mañana lucía el sol fuera y Manuela parecía la de siempre. Se oía el graznido de las gaviotas que planeaban hambrientas sobre el puerto. Madre e hijo desayunaron juntos y charlaron animadamente del trabajo en los astilleros y también de los hijos de Sergio, a los que Manuela quedó en visitar esa tarde.

Sergio llegó al trabajo cuando la sirena sonaba estridentemente. Sus pasos eran rítmicos y parecía haberse olvidado de lo ocurrido el día anterior. La jornada transcurrió con normalidad y al salir se tomó con los compañeros una sidra y unos mejillones al vapor en El Cantábrico. Llevaban alternando en aquel bar familiar durante años.

Cuando Sergio llegó a casa le extrañó que su madre no hubiera ido a visitar a los niños como le había prometido y bajó a recordárselo, pero todas las luces estaban apagadas. Manuela no estaba. El frío se apoderó de sus entrañas. Por un instante se quedó paralizado. Sólo oía su corazón retumbando en su cabeza con fuerza. Corrió. Buscó. Su cara iba mudando según agotaba los sitios en los que podía estar Manuela. Le pitaban los oídos y le caían chorreones de sudor por las corvas. Ese día no estaba sentada en el puerto. Sergio decidió rastrear la escollera y allí estaba el cuerpo inmóvil de Manuela sobre las rocas. Parecía un pajarillo mojado. La apretó contra su pecho con fuerza y descubrió que su madre tenía un fuerte golpe en la cabeza. Sergio notó la sangre caliente y pegajosa en su brazo, pero ese día no se mareó. Cargó con su madre un trozo del camino y llamó a una ambulancia. Le aplastaba la culpabilidad. Se había confiado.

  • -dijo Sergio-.
  • ¿Qué pasó? -preguntó su hermana al oír su voz ahogada-.
  • Madre cayó de la escollera… -su voz se quebró-.
  • ¡Pobre mamá!… con lo que luchó toda su vida… no me creo lo que está ocurriendo. -dijo-.
  • Tiene un gran golpe en la cabeza…la hemorragia interna es fuerte. -dijo él visiblemente emocionado-.
  • ¿Dijeron algo los médicos? -preguntó agobiada-.
  • No saben si lo superará. -contestó Sergio mientras se tomaba un lexatin con un gran trago de agua-.
  • ¿Qué haría allí? -preguntó su hermana-.
  • Esperar el barco… ya sólo recordaba su pasado… creo que no sufría… pensaba que el pesquero de padre no naufragó aquel día por la tormenta… por eso esperaba. -su voz sonaba tranquila en ese momento-.
  • ¿Crees que no sufría? -preguntó incrédula-.
  • Antes sí se daba cuenta de que le fallaba la memoria y se lamentaba… -contestó Sergio, sin acabar la frase-.
  • ¡Ojalá! No me gustaría pensar que sufría… bastante fue sacarnos adelante quedándose viuda tan joven. -dijo con voz suplicante-.
  • Ahora ya no se quejaba… tampoco respondía con violencia… se estaba quedando como una gatita desvalida… -Sergio volvió a sentir ahogo en el pecho-.
  • Ufff… -dijo su hermana-.
  • Me dice Antonio esto… Antonio lo otro… Antonio cuando vuelvas de navegar te hago arroz con leche y una fabadita… -siguió explicándole Sergio-.
  • Te quiero. -dijo ella-.
  • Sale el médico, te dejo. -colgó y de los nervios casi se le escurre el teléfono de las manos-.

Doña Manuela fue recordada por el párroco en la misa del domingo. Los feligreses rezaron por su alma con cariño. Era una mujer muy querida en Navia.

Un pensamiento en \"RELATO Marta Perea\"

  1. Una historia de las que ocurren desgraciadamente para el ser humano con frecuencia Y por contrapartida, como el olvido tiene esa genuina y maravillosa cualidad de guardar como un tesoro algunos de los momentos más felices de la vida.
    Tu escrito parece una realidad vivida.

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