RELATO DEFINITIVO. Helena Calle

Hemos llegado a la finca de la Sierra de Guadarrama, vamos a pasar todo el mes de julio; en agosto iremos a Morella a las fiestas del Sexenni. Aunque es lo que más deseo durante las vacaciones de este verano también me apetece estar con el abuelo, la tía Consuelo y los primos pequeños, que viven en el piso de abajo de la gran casa que construyó cuando yo aún no había nacido. La hizo con sus propias manos, con ayuda, claro.

La casa es rectangular, de dos pisos, muros anchos y un desván con trastos viejos.

Tiene tres entradas con cancelas de hierro. Podemos vivir las dos familias, cada una en su piso, independientes. Julio y Luis, como he dicho, vivían en el piso de abajo, con su madre, la tía Maruja. Durante la semana nos relacionábamos mucho, por las noches, después de cenar nos invitaban a ver la televisión. Nosotros no teníamos tele arriba. Vimos “¿Es usted el asesino?”, que me daba mucho miedo.

Durante la semana la convivencia era buena, pero los viernes por la tarde, cuando llegaba el tío Julio, siempre de mal humor y dando gritos por cualquier motivo, se acababan la diversión y la tele hasta el lunes, cuando se marchaba a Madrid a trabajar.

El piso de arriba, donde vivíamos mis padres, mis hermanos, el abuelo y la tía, era muy grande: cuatro habitaciones alrededor de un salón; una cocina, un comedor enorme con un balcón, un largo pasillo que llevaba a la cocina despensa y dos cuartos de baño.

Para atravesar la casa, al atardecer, tenía que pedir a mi hermana que me acompañara, le ponía cualquier excusa, pero creo que a ella le pasaba lo mismo, que le daba un poco de miedo.

La tía Consuelo está todo el tiempo con nosotros, nos hace la comida, arroz con leche para cenar, y nos cuenta muchas historias de su juventud. Era una delicia escucharla. Nació en Riópar, un pueblo en lo alto de un monte de la Sierra de Alcaraz. Por las mañanas venía a despertarnos, y una mañana entró en la habitación con la noticia: “Ha muerto el Gordo, Oliver Hardy, el de El Gordo y el Flaco”. Eran actores que me hacían reír mucho más que Charlot.

Los viernes, la muchacha de servicio nos acompañaba a la estación del tren a buscar a nuestra madre, que venía a pasar el fin de semana con nosotros, pues toda la semana trabajaba en su oficina. A veces nos traía un juguete, un libro de Celia, una pulsera de cuentas o un collar, que yo guardaba en una cajita de madera con una llavecita.

Los lunes por la mañana mi madre volvía a Madrid, y yo pasaba ese día un poco triste, ya que la echaba de menos.

El jardín de Villa E. era una finca de tres mil metros, rectangular. El abuelo plantó muchas especies de árboles, en hileras. Desde la cancela de hierro por la que se entraba al jardín se abría un paseo de acacias con cuatro plátanos al final. Atábamos una cuerda larga de uno a otro plátano y en el centro poníamos una almohada de asiento, ese era nuestro columpio.

Había tres castaños y un nogal de tronco grueso en cuyas ramas podíamos sentarnos a caballo.

A lo largo de una de las vallas había plantados cinco avellanos, que daban frutos redondos unos y alargados, otros. En una de las esquinas mi abuelo construyó un pilón junto al pozo, que estaba encerrado en una caseta con llave, para evitar desgracias, decía. El agua que almacenaba el pilón servía para regar todo el jardín y de paso, de piscina para nosotros.

Cuando él regaba repartía el agua haciendo acequias de un árbol a otro, con el azadón.

Junto al muro del otro extremo del jardín había cinco cedros grandes, y una zona más baja que hacía de huerta, pero al abuelo le faltaba tiempo para atenderlo debidamente.

Después de muchos años el árbol mejor conservado fue un laurel, que crecía hermoso asomando por la valla.

No faltaba de nada: un garaje lleno de herramientas y una casa para guardeses. Sólo el abuelo  cuidaba con pasión la casa y el jardín. Después de trabajar durante casi todo el día, se sentaba en una hamaca del porche con aire tranquilo y satisfecho. Entonces su abundante pelo blanco y su cuerpo grande y fuerte resplandecían.

Un día los chicos pelaron un trozo del tronco de un cedro, y él, cuando lo vio, montó en cólera y salió tras ellos con el cinto en la mano para arrearles por la fechoría que habían cometido. Luego vendó la herida del cedro con un trozo de saco de arpillera.

Las mañanas eran activas, ayudábamos a Carmen a ordenar la ropa que teníamos tirada por toda la habitación. La tía nos mandaba al pueblo a comprar las cosas que le faltaban para la comida, y nosotras cogíamos las bicis e íbamos a comprarlas.

Pero, ante todo, las mañanas eran la espera de la hora del baño, que se empeñaban los mayores que fuera a la una, antes de comer, cuando más calor hacía.

Allí en la piscina, que era el pilón para el riego, aprendí a nadar yo sola con unos flotadores de corcho atados a la cintura. El pilón resbalaba a los pocos días de llenarlo y el agua se ponía verdosa. Tomábamos el sol encima del tejado del pozo, que era como una caseta, hasta la hora de comer.

Ese año vino a veranear Mari Pepa, la prima de Pochet; sus padres alquilaron una casa cerca de la nuestra. Mari Pepa era una chica guapa y muy presumida. Estaba gorda porque tenía “tiroides”, decía, “pero los chicos me quieren igual”. Por la tarde, después de la siesta iba a buscarla a su casa, cogíamos las bicis y subíamos a la era a hacer carreras o a patinar. Una tarde apareció una vaquilla por el fondo de la era. Queríamos salir, pero teníamos los patines puestos y no podíamos movernos del susto. Por suerte se la llevaron y no pasó nada.

A veces salíamos a pasear por la carretera de tierra que iba al pueblo, entonces los chicos tiraban piedras a las farolas y después salíamos corriendo.

La estancia en la finca llegaba a su fin, pero no el verano. Volvimos a Madrid con todos nuestros trastos y empezamos a preparar la segunda parte del veraneo. Las fiestas de Morella empezaban a mediados de agosto y mi madre había alquilado allí una casita.

El viaje a Morella lo hicimos en tren con mi madre. Mi padre nos puso en un vagón de primera clase con maletas, bolsas y un botijo. El tren era lento, tardamos casi toda la noche en llegar a Valencia. Allí nos cambiamos a otro tren que nos llevó a Castellón de la Plana, y luego tuvimos que viajar en autobús, por una carretera empinada llena de curvas con terraplenes a un lado y otro del camino, y después de no sé cuánto tiempo llegamos a Morella, pueblo al que antes de llegar se ve alrededor de una montaña con un castillo casi derruido en la cima, rodeado de una muralla, con varias puertas de entrada. El pueblo está todo en cuesta, las calles son estrechas y empinadas. Las principales son un poco sombrías, pero con muchas tiendas y bares.

Ya empezaban las fiestas y todo se vivía colorido. Las calles estaban engalanadas casi por completo con tapices hechos con papeles finitos, de todos los colores. Cada tapiz representaba una escena. Los morellanos iban en procesión por las calles vestidos con trajes bordados. Una muchacha muy guapa representaba la reina Esther con un vestido color oro y una larga cola. Fueron días de ver cosas y disfrutar. Salíamos con dos amigas que eran las hijas de las amigas de mi madre, Lourdes vivía en Castellón y Montse en Manresa.

Fuimos a los toros; nos removíamos en los duros asientos y dos señoras que estaban sentadas detrás nos preguntaron:”¿Habláis valenciano?” Y como yo les contesté que no, se pusieron a hablar entre ellas y me pareció que nos criticaban, aunque no las entendimos. En el ruedo toreaba uno llamado “el torero bombero”, y salía con un casco a ponerse delante de la vaquilla.

Las fiestas del Sexenni de Morella son, después de las Fallas de Valencia, las más espectaculares de la región. Si se celebrasen todos los años, tendrían que trabajar sin descanso, y se necesitaría más personal que la población residente para preparar los adornos de las calles.

Como no todos los días había festejos a lo grande, mi madre nos llevaba a visitar los alrededores. Visitamos la caseta de Mendaño, que tenía pegadas en las paredes conchas de mar encontradas en los alrededores, pues según contaba el dueño, hace miles de años toda la zona estaba cubierta por el mar.

El castillo era una ruina, crecían hierbas entre las piedras, pero no importaba, creo yo, porque la visión que ofrecía a la llegada desde la carretera era suficiente para dar de Morella una imagen majestuosa.

 

Aquel verano de mi niñez lo recuerdo junto a otros dos más, como mucho, de los más divertidos, porque aunque la niñez es larga, está llena de momentos lánguidos y aburridos; casi siempre estamos a la espera del permiso de los mayores para hacer las cosas más disparatadas, que es lo que nos anima a los niños y nos hace acumular experiencias.

Un pensamiento en \"RELATO DEFINITIVO. Helena Calle\"

  1. Muy bien Helena. Has escrito tantas cosasque recuerdo de mi niñez, que la que más me ha llamado al atenciòn fue al del Bombero Torero, al que conocí personalmente por ir con el médico que le atendió por un ligero topetazo de vaquilla.
    Muy bien descritos los recuerdos juveniles y sobre todo, muy cierto. el final. La época infantir, mediana y juvenil están llenas de esperas y permisos para poder hacer las cosas que te apetecen.

    Enhorabuena Helena, muy en su punto todo.

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