RÍO MATINA. Orlando Burgos

Todo empezó en el amanecer de los tiempos, cuando esta tierra emergió del océano. Sí, ya él estaba aquí. El río Matina es un viejo de mil siglos. Lo conozco bien, es lento, casi dormido en los días veraniegos, impetuoso cuando el cántico de las lluvias lo despierta. Es culebrero, avanza por la planicie, después de lanzarse como un latigazo desde los cerros, hasta diluirse entre las aguas infinitas del Caribe. Desde siempre ha serpenteado en estas tierras. Por designio supremo apadrinó la vida al nacer, cuando sólo los bosques se movían al paso de los vientos, y sólo los cocoteros escuchaban la voz de sus aguas en sus orillas. Luego contempló con asombro surgir a las bestias. El río arrulló al felino, a las hormigas, también a las aves que buscaban su frescura.

Transcurrieron los tiempos. Se extrañó, un día de tantos, de aquellas figurillas ágiles de dos pies, que llegaron con sus flechas y arcos a este universo verde; pescaban en sus aguas, cantaban alegrías y tristezas, y adoraban dioses. Sí, así fue, respetó a los hombres de piel cobriza con sus caciques, sus ranchos de palmas y sembradíos de yuca.

Era un río amable.

Miles de años después vinieron los hombres blancos con sus herramientas de hierro, sus arcabuces, sus ganados; cortaron el bosque para hacer prados y cacaotales, entonces el río sintió inclemente el sol, sin las sombras protectoras de los ramajes.

Y pasaron los siglos. Llegaron a estos territorios los poderosos señores a sembrar sus bananales, limpiando más el rostro de las selvas; construyeron el ferrocarril que marcha escondido entre los árboles. Trajeron a los negros con sus voces en criollo jamaicano y sus viviendas sobre pilotes de madera.

Desde entonces, se hermanaron aguas, bosques y vientos para sostener una lucha suprema contra el hombre.

Hace tan sólo unos días, jugaban al dominó varios amigos de las cercanías, en la casa de Joaquín “Quincho” Cordero. Se amalgamaban las risas y las palabrotas con los golpes de las fichas sobre la mesa en el patio, bajo las sombras arbóreas. Los chiquillos jugaban a los trompos en los alrededores, acompañados por Dunia, la mujer de Joaquín.

—Cuatro y dos —dijo Quincho al lanzar su ficha.

—Par de unos —contestó su amigo, disparando la suya contra la mesa para añadirla al grupo.

El dominó es juego de suerte y razonamiento. Ellos apostaban sus pesos, la cantidad no es mucha, pero aumenta la emoción de los resultados.

—La vida es un suerte, man, toda la vida ser un apuesta —sentencia Marshall, con su español enrevesado—. Suerte y cabeza. ¡Yea!

Ahí estaban Quincho, Marshall, y Marín jugando su partida, en la rústica vivienda sobre la colina, bien asistidos por Dunia con café, además de la chicha dulce y bastante embriagadora que Joaquín fermentaba de vez en cuando.

Llovía desde temprano, era un aguacero hermoso, realmente soberbio; desde los cerros bajaban las aguas por los pequeños surcos, se vertían sobre el río que crecía y doblaba su caudal.

En el crepúsculo terminaron su tertulia y se dispusieron a marcharse:

—Está peligroso ese río, man —previno Marshall—, no puede cruzarse.

— ¿Cómo van a hacer? De veras, es un peligro –agregó Dunia.

—Si quieren se quedan mejor —propuso Quincho.

Pero Marín tomó la iniciativa diciendo:

—¡Mm…! A mí no me atrasa esa crecida, ¡Jm! ¿¡A mí!? No.

Sí, no es por hablar, pero es que este río guarda un rencor atravesado en su conciencia. Marín dijo que no lo atrasaba; se despidió, bajó por la vereda hacia el torrente, cruzó la línea ferrocarrilera que se aleja entre las fincas. El río había desbordado su cauce para lanzarse a la llanura.

Sus amigos iban tras él, empujados por el susto.

—Vamos a ver qué piensa hacer ese loco, Marshall, en la de menos se ahoga.

Marshall lo miró y contestó:

—¡Yeah! Ese río es de cuidado, man, hay que tenerle respeto.

En el potrero, Marín sintió las aguas por sus rodillas, caminó hasta la ribera, observó los borbollones y remolinos color chocolate.

Quincho y Marshall gritaron, asustados, desde lejos:

—¡No seas tonto, Marín, vea cómo está de crecido!

—¡Hey río, pendejo, no me atrasás, hombre! —voceó Marín, y se lanzó a las aguas.

En la vivienda, Dunia escuchó los gritos de Quincho y Marshall, cuando vieron una marioneta, remecida, golpearse mortalmente contra las raíces, y después, desaparecer en un recodo del río en la lejanía.

Pasaron los días. Quincho y sus amigos volvieron a sus menesteres; al recordar a Marín sentían una resaca en sus corazones, era un mazo que a golpes les acongojaba las noches y nublaba las mañanas. Quincho se llenaba de ansiedades cada vez que miraba al río cuando iba al pueblo, lo veía desafiante con su cara vengativa.

Como dice Marshall: “Yes man, el Matina es rencoroso”.

Quincho era un coyote enjaulado en sus pensamientos.

“Yo comprendo a Joaquín, es de esos que cuando son amigos lo son como una cuestión religiosa; desde pequeño se juntó con Marín, mire usted, de eso hará cosa de treinta años y ahí estaban; cazaban juntos, pescaban en el río, jugaban fútbol en los potreros, aprendieron a trabajar como nadie; sí señor, con el machete, y el hacha, y de muchachos, llevaron serenatas con sus guitarras a las jóvenes”, contaba un pueblerino.

Dunia empezó a cubrirse de miedo, miraba a su hombre acumular odio contra el río, cuyo torrente ronroneaba como felino al acecho y bramaba cuando el canto lo hacía despertar.

Y esta tarde ha llegado la hora del combate.

El pueblecillo de Estrada, desde la muerte de Marín se ha vuelto silencioso, como la terciopelo en la montaña, cuando se arrastra cautelosa para morder e inyectar su veneno. Sobre una banca, juegan hoy al dominó Joaquín “Quincho” Cordero con Marshall y sus amigos de siempre.

Al atardecer Quincho se dirige a su casa. El río ha sobrepasado el puente. La tarde se ha puesto oscura, se escucha el cántico por la llanura, con notas de vida y de muerte.

Llega a la orilla del cauce, se cuadra con las manos en la cintura, como una estatua gigante se proyecta su figura en la distancia.

El río, alentado por el coro lluvioso, se inflama al verlo , haciendo figuras,  arremolinándose en su caudal.

Quincho Cordero grita:

—¡Me quitaste a Marín, jodido! —y agrega— A ver si podés conmigo.

Los golpes de las aguas contra las piedras lo retan salvajemente.

“La vida es un apuesta, man”. Repite siempre Marshall, como oración de un rosario, cuando charla con alguien sentado en los rieles. “Suerte y cabeza, ¡yea!”.

¡Claro, la vida es una apuesta! ¿Cuántas veces, Joaquín ha perdido sus sacas de maíz al cruzar la riada? O cuando surge la enfermedad de la monilia, que llena de manchas color ceniza sus cacaotales. Recuerda también cuando las tormentas han acabado con sus sembradíos, llevándose a sorbos sus esperanzas.

Cordero se quita las botas, mira hacia adelante las colinas: la vivienda, a los suyos; mira hacia atrás: el poblado, los compañeros de trabajo, sus huestes. Y ataca al torrente.

El Matina se retuerce; sí, también, como la serpiente terciopelo al sentir un golpe en su lomo; Quincho es buen nadador, con fuerza da brazadas portentosas, las aguas lo lanzan contra los pedrejones que él evita anteponiendo sus brazos.

Pasan los minutos.

—¡Te gano, jodido! —exclama, mientras lucha llenándose de coraje.

La lluvia es una cántiga, un coro de millones de voces.

El hombre está en mitad del río. La lucha es frontal. Se baten por la vida. En el cielo lloran los dioses.

Las aguas y el hombre pelean con pasión. Es rencor contra rencor.

Las espumas lo tapan, los remolinos lo sacuden, lo hunden o levantan a su antojo; el cauce es ancho, faltan dos metros para alcanzar la ribera, roza algunas ramas de cañas sin poder asirlas.

Entre las breñas los monos congos, y arriba los nubarrones miran el cruento combate, enmudecidos.

El río siente una herida en sus entrañas, aquel cuerpo ajeno lo incomoda. Es el odio ancestral acumulado. El elemento defiende su medio. Quincho entiende que el hombre es rey, todos deben rendirle pleitesía, debe enseñorearse sobre la faz de la tierra.

Sujeta unas raíces, está ganando el desafío. El río reúne un borbollón, lo dispara con ansia, Quincho se va hacia atrás, un guijarro lo recibe con un fuerte golpe; se aturde, las fuerzas se le agotan, trata de bracear, traga un poco de agua, su vista se empaña, el caudal empieza a arrastrarlo, tose, se atraganta, siente impotencia, ¡pánico! Un nuevo golpe en un pedrejón. Y pierde el sentido.

Unos minutos después un muñeco inerte se bambolea entre las aguas.

Las lluvias cantan sin cesar. El río Matina ruge como una jauría inclemente ante su víctima.

Desde entonces ruge igual, cada vez que se entona el cántico de los aguaceros en las llanuras.

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