Rosario Pino Coronel

Blanca madrugo como era su nueva costumbre, con la pastilla blanca en la mano derecha se dirigió a la cocina con la intención de preparar un gran tazón de café,mientras el botón se ponía en verde, pensaba que hasta la forma de preparar el café había perdido su encanto, las nuevas cafeteras encierran el aroma del café en una capsula que les impide desprender su aroma, ese que tanto le gustaba, también debía acostumbrarse a eso.

La mañana estaba oscura, la luz de una farola aún encendida le recordaba que las tardes en Septiembre van empequeñeciendo y lo normal es que por las mañanas el sol se demore en salir, es el anuncio de la llegada del otoño que coincidía perfectamente con su nuevo estado de ánimo.

Por un momento miró a su alrededor, su nuevo piso era pequeño; lo inauguraba una cocina abierta al salón, tres cojines rojos alineados en forma de rombo le daban la bienvenida nada más cruzar la estancia desde el dormitorio hasta la cocina; un minúsculo cuarto de baño, no pensó en este detalle cuando lo compro hace 5 años con su marido; y por último su habitación donde pasaba largas horas, esta estancia si era espaciosa y le permitía tener hasta una mesa de escritorio con su ordenador, fiel compañero de insomnio, su armario dejaba entrever sus vestidos, camisas y pantalones perfectamente ordenados en una cálida gama cromática, esa sensación de tenerlo controlado le daba seguridad y la apartaba de la locura que había vivido.

A la vez que removía la espuma de su café recién hecho, escuchaba el estallido de las pequeñas burbujas chocar unas contra otras, ese sonido le recordaba cuando ,en estado efervescente, le traían bebidas que debía tomar sin protestar, supuestamente para recuperar la cordura perdida, por todo lo que había vivido en estos últimos 3 meses.

Blanca era mujer hecha a base de golpes, tuvo una infancia feliz pero en cuanto la madurez llego a su vida, no paró de recibir retos que supero con mucha paciencia; perdió a sus padres también en un accidente de carretera, cuando apenas se encontraba terminando la adolescencia y tuvo que trasladarse a otra ciudad, a casa de sus tíos que la acogieron  con los brazos abiertos, pero era una más entre los 4 restantes hijos del matrimonio, por lo que la atención que ella demandaba se diluía entre los quehaceres diarios.

Abrochó su pantalón de rayas diplomáticas siempre a juego con su chaqueta pensando que necesitaba un agujero más en su cinturón para que este siguiera cumpliendo su deber de sujetar, sobre sus manos colgaban varios pliegues de la camisa blanca que llevaba,

– Con un par de vueltas hacia atrás quedará mejor- dijo en voz alta, al final decidió ponerse una rebeca para disimular el exceso de tela.

-Tendré que comprarme una talla más pequeña – pensó.

Miro su reloj, eran las 07:00h,  según su psicólogo hacer las cosas con antelación le ayudaba a frenar la ansiedad,  no tenia medidos los tiempos entre su nueva casa y su viejo trabajo,  así que necesitaba salir ya.

Con media Magdalena aún desvaneciéndose en la boca por el último sorbo de café, pulso el botón de bajada del ascensor, metió la mano en su bolso para comprobar que la caja de pastillas estaba ahí, no quería perder la sensatez que supuestamente había recuperado , al  llegar al parking la luz estaba fundida frunció el ceño porque todo estaba oscuro y le costo encontrar  las luces de su coche, una vez abrochado el cinturón de seguridad , tomo aire antes de meter la tarjeta en el arranque y que el motor comenzó a sonar, la cajista verde así  la llamaba su hijo, un pequeño turismo de hace 10 años.

Al final le sobraron minutos para llegar a su destino y más rápido de lo esperado Blanca ya se encontraba frente a la entrada de un gran edificio de oficinas, tiro de su chaqueta en un gesto de compostura, de nuevo lleno sus pulmones y accedió con fuerza al edificio. Nada más entrar tomo el pasillo recto hacia los ascensores y pulso el numero 5,  se relajo mientras notaba el cosquilleo de la subida por su estomago.

Al llegar a su planta volvió a sentirse intranquila sabia que despertaría curiosidad entre sus compañeros y no quería ser ninguna figura de exposición, entro respondiendo a las miradas con un tímido gesto de mano, queriendo llegar rápido a su mesa, la cual estaba limpia como siempre, alguna que otra nota, que ya carecía de importancia y un montón de expedientes pendientes de archivar, casi en el mismo orden que lo había dejado, nadie diría que había faltado unos meses a su puesto de trabajo.

Sus compañeros la vieron entrar y se quedaron sorprendidos no esperaban verla tan pronto de regreso, todos querían mostrarle su cariño, incluso Gertrudis la secretaria del departamento de proyectos  que siempre tenia la sensación de estar enfrentada al mundo, hoy mostraba una sonrisa, y no sé sentía superior a una simple recepcionista, le había dejado encima de su mesa una taza de té bien caliente sabia que le ayudaría a sobrellevar la dura mañana.

Con una taza de té, que no sabía bien quien la había dejado

– Gertrudis seguro que no, jamas tendría un detalle conmigo ni en estas circunstancias-

Escucho desde el final del pasillo el crujir de unos mocasines bien encerados, ese sonido era inconfundible, conforme dicho chasquido se fue aproximando  se vislumbraba  la silueta de un hombre, pelo canoso y aproximadamente unos 50 años al que Blanca admiraba mucho, era D. Gonzalo el primero que confió en ella, nada más verla entrar en aquella entrevista de trabajo hacia ya mas de 10 años,  la veía como la hija que nunca tuvo y siempre era su máximo defensor.

-Me alegro de verte de nuevo por aquí, eres más fuerte de lo que crees.

Blanca esbozo una sonrisa, de ojala no hubiera tenido que comprobarlo de esta manera.

-Estaré en mi despacho para lo que necesites- . Gracias respondió ella.

Sobraban las palabras, pues ya habían tenido largas horas de conversación en el tanatorio y cuando estuvo internada, era lo más parecido a la figura de un padre.

Aprovecho el último sorbo de té para tomar su segunda pastilla del día, y empezó su tarea, cogió su carrito para transportar los expedientes y se dirigió al archivo.

La primera carpeta contenía la letra C y se acordó de Carlos, de nuevo su pecho le oprimía y le costaba trabajo respirar se tomo unos segundos de descanso para concentrarse en su respiración, necesito de la pastilla amarilla para controlarla, cuando sintió que de nuevo sus pulmones comenzaban a llenarse de aire por si solos ,se tranquilizo, sabia que no sería fácil.

Tras el archivo, volvió a su mesa, para intentar distraer su mente se conectó a la central de llamadas y entre llamada y llamada pasó la primera jornada de trabajo.

Cuando el día estaba llegando a su fin, abrió el primer cajón de su escritorio y encontró el resguardo de la autorización entregada hacía dos meses a la directora del centro escolar en el que estudiaba su hijo, se quedo mirándolo, era su firma. Podía no haber autorizado a su hijo a aquella excursión y nada habría ocurrido.

No podía evitar el sentimiento de culpa aún no superado. Quiso destrozar el papel en la trituradora, estuvo a punto de hacerlo, pero eso no iba a cambiar lo ocurrido.

No quiso seguir averiguando que había en el resto de los cajones, todo seguían siendo recuerdos de una vida que se había acabado, pulso el botón de finalizar el día y mientras se apagaba el ordenador recogió su chaqueta y su bolso. Se despidió con sus compañeros con un nuevo y corto gesto de mano, no queriendo dar pie a ningún otro tipo de tertulia, para ella el día ya había terminado.

Mientras se dirigía al coche miró su móvil, tenia una llamada pérdida de Carlos, él también se llamaba así, intento tener fuerzas para devolvérsela pero no pudo y volvió a guardar el terminal en el bolso.

Con Carlos la vida fue feliz, se conocían desde que eran unos adolescentes y compartieron muchos momentos felices,  se comprendían y compenetraban perfectamente hasta que lo sucedido abrió una brecha enorme entre ambos, los reproches escondían una rabia contenida que en nada tenia  que ver con lo que en ese momento discutían, solo sabían hacerse daño y por eso decidieron coger cada uno un rumbo distinto, aunque en el fondo seguía existiendo una gran sentimiento entre ambos.

Se montó en su cajita verde y arrancó, sin pensar en nada comenzó a conducir ,al pasar por el Kilómetro 342 de la nacional vio que aún permanecían las huellas de una gran frenada en el asfalto, desembocaban en un árbol torcido y semi calcinado, no sabía como había llegado hasta allí, absorta en sus pensamientos se había pasado la primera salida que era la que conducía a su apartamento, sintió un gran escalofrió que recorrió su cuerpo al pasar por ese escenario, sintió de nuevo una sensación de ahogo, desabrocho su camisa en un gesto de buscar aliento, tenia miedo, sujeto el volante con ambas manos y  consiguió que la marcha no se detuviera, la presión de toda una tragedia le oprimía el pecho, metió la mano en su bolsillo siempre llevaba una de emergencia y se la puso debajo de la lengua, paro tan pronto pudo a un lado de la carretera,  y se bajo del coche aún jadeando, se había parado justo donde se iniciaba un camino forestal y se concentró en recuperar el aire sobre la hierba.

En su cabeza habían pasado minutos pero fueron horas las que necesito para poder volver a ponerse de pie. Acababa de ver la tragedia por la que su hijo paso y estuvo a punto de dejarse llevar hacia el mismo final.

Pensó en la autorización que había encontrado en el cajón de su trabajo, era su firma, la  había firmado a pesar que Carlos insistió que no lo hiciera, había demasiada lluvia esos días, su pensamiento sólo fue  que el niño disfrutará mucho visitando esa Granja Escuela era un gran amante de los animales, sentía que la equivocación había sido suya y solo suya, le remordía la conciencia lo ocurrido y como se había comportado con su marido, él  a fin de cuentas solo intentaba sobreponerse a lo ocurrido y ayudarla a superarlo, él quería que lo superarán juntos y ella decidió alejarse.

Hasta ese momento no se dio cuenta de lo egoísta que había sido, por fin veía las cosas con claridad, pensó en llamarlo no quería seguir sumando errores y él no se merecía el trato recibido.

Se subió de nuevo a su cajista verde dispuesta a  deshacer el camino que la había llegado inconscientemente hasta allí, pero antes decidió hacer una llamada, al sexto tono salto el contestador y decidió dejarle un mensaje:

-Carlos, podríamos vernos en el apartamento? tenemos que hablar.

 

 

 

 

 

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