Santiaga Flores

Ahora que tengo una cierta edad y he vivido lo suficiente para poder mirar hacia atrás, me pregunto: ¿Por qué no supe ver más allá de mis sentimientos? ¿Por qué no hay fuerza capaz  de luchar contra nosotros mismos  para terminar con un amor que nos está destruyendo por dentro?

No he conseguido encontrar las respuestas.

Esta es la historia de la entrada de una mujer en un oscuro y largo túnel y su lucha por salir de él.

¡Buenos días querido mundo!

Llegué a él un diez de mayo a las tres y media de la mañana. Llorando y pataleando con muy mala leche, según me cuenta mi madre. Mis primeros recuerdos son de cuando tenía seis o siete años. Vivía en una casa grande de un precioso pueblo. Rodeada de mis padres, mis dos abuelas(a mis abuelos no los conocí) y un hermano dos años menor que yo. En este tiempo dada mi corta edad, no me daba cuenta que era lo que podríamos  llamar una niña mimada, consentida sobre todo por mi padre.

Mi padre.

Él es (y lo digo en presente) , junto con mis hijos, lo más importante que tengo en mi vida. De mi padre recibí la educación que ahora tengo, heredé su sensibilidad, su gran amor por la familia. Sus palabras y consejos, que guardo como un tesoro, han dirigido mi vida:

-Acércate a las personas de las que puedas aprender.

-Di siempre la verdad, aunque sea fea, antes que una bonita mentira.

-Trabaja sin descanso.

-Camina de frente por la vida, que te conozcan y te quieran tal como eres.

Procuré siempre no defraudarle; y, aunque no está conmigo desde el 1 de agosto de 1983, en mi corazón sigue tan vivo como antes

Mi niñez fue muy feliz, pero de mi adolescencia no puedo decir lo mismo, ni siquiera sé con certeza si la he tenido. Salía poco, mis estudios los compaginaba con una de mis grandes pasiones, la costura. Estudiaba y cosía en un taller de modistillas de la época, estoy hablando de los años setenta. También cantaba en un coro católico y a la vez era la solista de un grupo de folclore, dedicado a la cultura y raíces de mi pueblo.

Como cualquier niña de catorce años, me “enamoraba” de vez en cuando de algún que otro chico, pero ninguno llegó a tener relevancia para mí. Lo verdaderamente importante de mi vida comienza un 26 de septiembre de 1975.

El director de un grupo de teatro (de los muchos que había y que hay en mi pueblo) estaba buscando dos chicas para su próxima obra. Al comentármelo una amiga y ser aficionada a meterme en todos los charcos, fui a casa de este señor a hacer una prueba. Allí estaba todo el grupo, consolidado ya durante varios años. Junto con los actores estaba también el encargado de la iluminación del escenario. Este chico me gustó casi al instante. Parecía callado, muy serio y tímido, todo lo contrario a mí, que hablaba con todo el mundo y en unos minutos me había hecho casi la dueña del grupo. Leí un trozo de texto de la obra en cuestión y pasé la prueba con nota. Al final de la reunión, al marcharme, comprobé que llovía abundantemente y pedí un paraguas para volver. Daniel (así se llamaba el chico tímido) no permitió que volviera sola y me acompañó hasta la misma puerta de mi casa.

Me lo habían presentado no hacía ni una hora, pero el gesto de querer acompañarme, y dado que yo tenía quince años, me confundió totalmente. En los días que siguieron casi llegué a olvidarlo, mis estudios y todas las demás actividades que realizaba no me dejaban mucho tiempo para nada más; pero un mes después se iniciaron  los ensayos de la obra de teatro y comencé a ver a Daniel casi a diario. Hasta los días que no ensayábamos, sin saber cómo, me lo encontraba a la salida del instituto, incluso a la vuelta de cualquier esquina. Todos los días insistía en salir conmigo de modo formal. El día 21 de febrero de 1976 nos hicimos oficialmente novios. Cuando lo comuniqué en casa, a mi padre no le gustó mucho la idea. Hoy en día sería casi una aberración que una niña de quince años se comprometiera, pero en aquella época era algo casi normal.

Comenzamos una relación formal. Yo lo quería con el amor que es capaz de sentir una niña; ciega desde luego, no viendo mas allá de mis narices y no dándome ni cuenta de que mi vida estaba cambiando silenciosa y drásticamente.

Comenzó por decirme que gastaba mi tiempo en demasiadas cosas y no dejaba ninguno para él. Con gusto fui dejando todas mis ocupaciones, diciéndome a mí misma que todo lo hacía porque me quería tanto que deseaba estar siempre conmigo. Mis amigas tampoco le gustaban, las tenía que ver a escondidas en los pocos ratos libres que él me permitía.

-“No quiero que te vayas con ellas, no me gustan las putas que pasean por la calle buscando tíos”. Hasta ese momento estaba convencida de que yo a su lado era una mujer “decente”.

Si alguien me preguntara porqué no corté mi relación con él, le diría que no lo sé .Ni entonces ni ahora, nunca lo he sabido. Antes de que me pidiera perdón por sus insultos, ya lo había perdonado y mucho antes de que me jurara que no se volvería a repetir, yo ya lo había creído.

Con 17 años terminé con notas brillantes bachillerato. Mi proyecto de irme a la universidad a estudiar magisterio y ser maestra se quedó en nada. Daniel amenazó con dejarme si me marchaba

Solo yo sé lo que tuve que luchar conmigo misma y con mi padre para dar un argumento creíble al decir que no estudiaría ninguna carrera y que había pensado dedicarme a la costura y ser una buena modista.

Mi vida por entonces tenía dos caras: la que todo el mundo veía, cosiendo en casa feliz junto a mi familia y mi novio, y la que vivía con él, con la cuerda atada cada vez más corta. El espacio donde podía moverme para no provocar su enfado era cada vez  más  pequeño, me alejó de mis amigas prohibiéndome verlas;  no obstante, una tarde, en un acto de rebeldía por mi parte, me fui con ellas a celebrar un cumpleaños. Cuando llegó a verme a casa por la noche (nunca supe cómo) ya se había enterado. Su actuación fue extraordinaria, se quedó a cenar, esperó a que mis padres estuvieran acostados y al salir a despedirlo me cogió del cuello, acercó mi cara a la suya y despacito para que solo yo pudiera escucharlo me dijo:

-¡Espero  que sea la última vez que me haces esto!, ¿Me entiendes? ¡Si lo vuelves a hacer, no me verás nunca más! Terminó esta frase con una terrible bofetada  (la primera) y se marchó.

El desorden mental que me provocó aquel hecho no sé explicarlo. Me pasé toda la noche culpándome, diciéndome a mí misma que si yo me portaba mejor en lo sucesivo ,él me querría más y no volvería a pegarme y con ese propósito me levanté a la mañana siguiente. No volví a verlo en unos días y la angustia crecía dentro de mí, deseando que volviera para perdonarlo. Así lo hice cuando llegó a mi casa pasados diez días. Mucho después comprendí que con ese gesto cerré la puerta de mi cárcel y le di a él la llave.

Corté (definitivamente) la relación con mis amigas, con el coro, con mi querido grupo de folclore y preparé junto con mi familia  mi gran boda, mi feliz boda.

A la que no pudo ir nadie de mi entorno. La excusa que empleé fue que a mí no me apetecía. Me convertí en una estupenda actriz,  tan buena que oculté durante años el infierno que estaba viviendo. Mi marido no lo era menos, consiguió hacerle creer a mis padres y a todo el mundo que me quería muchísimo y que éramos un matrimonio feliz.

En la riqueza y en la pobreza.

En la salud y en la enfermedad.

Todos los días de tu vida. Hasta que la muerte os separe…..  .

Un pensamiento en \"Santiaga Flores\"

  1. El relato nos retrata, no sólo una historia personal o de ficción, sino una penosa, triste y por desgracia muy real situación que fue vivida por tantas mujeres de la época. Algo impensable en nuestros días afortunadamente.

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