SEGUNDAS OPORTUNIDADES. Maria Gemma Mira García

“Con maderas de recuerdos armamos las esperanzas.” (Miguel de Unamuno)

 

Parte 1

Lucía regresaba al apartamento, después de un asfixiante día de trabajo, cuando se detuvo ante un escaparate de ropa de una marca poco conocida. Observaba ladeando la cabeza una blusa blanca ajustada con escote en pico. “No, no debo”-pensó. Retrocedió y se recogió el pelo en una coleta, bien apretada. Continuó su camino con paso ligero estudiando el pavimento. Era muy alta para tener veinte años, con cabello liso de un rubio común y la que menos pecas tenía de sus hermanas. Solía llevar un anillo de plata de su madre en el dedo anular, cejas mal depiladas y, sin enseñárselo a nadie, bralette de encaje morado. Al llegar, se dio un baño escuchando el último disco de Vicente García, y el vaho alivió parte de la tensión. Después, cenó ensalada de quinoa con aguacate y, esquivando a sus compañeros de piso, acabó en su cama releyendo antiguos e-mails de su padre en el ordenador portátil hasta quedarse dormida, con las mejillas húmedas.

A la mañana siguiente tras dejar impoluta la habitación, se dispuso a descansar ojeando uno de sus libros favoritos: …Me miran. Les conmueve mis palabras. Me invitan a bailar. Acarician mi rostro. Observan mis caderas. Huelen mi perfume. Se acurrucan en mi regazo. Oyen mis latidos en la sinceridad de mi voz. Admiran mi belleza. Admiran mi corazón. Pero no lo quieren…

Empezó a vibrar el móvil.

-¿Sí?

-¡Hola Lucía! ¿Qué tal? mira llamaba para invitarte si quieres el domingo a comer, vendrán tus primas.

-¡Hola tía!, pues… sí, en principio puedo ir.

-De acuerdo ya me dirás. Por cierto, conozco a un amigo que trabajó en New York unos años, le pasé tu número para que te cuente cómo buscar piso y…

-¡Sí! Sí, ya me lo dijiste… gracias. Aún no lo he decidido…

-Claro, yo se lo di por si acaso, es un conocido de tu tía Carmita.

-…vale

-¿Sabes? Ayer me encontré las medallas de tu padre de cuando hizo la mili. Se pasaba las tardes desfilando por el pasillo y ¡qué pesado!

-Ya… eso viene de familia. Bueno, ahora ya no tenemos que aguantarle. Pero ojalá escuchar su certera voz otra vez, dijese lo que dijese. O volver a esa mañana en la que me despertó dedicándome una canción con la guitarra. No me moví de la cama para que no terminase ese inesperado acto de cariño tan explícito.

-Bueno, tu piensa que nos cuida desde el cielo, Dios hace bien las…

-No me hables de Dios ahora.

-¡Vale tranquila! Pero creo que deberías pensar en pasar página

-¿Quién eres tú para decirme cuándo me tiene que dejar de doler?

-¡Lucía! Yo no he dicho eso…

Colgó el teléfono y lo lanzó a la cama. Se puso unas mallas, zapatillas deportivas y salió a correr por el parque de la esquina.  Era experta en eso, huir de las decisiones.

Volvió una hora más tarde. Encontró en la cocina a Ramiro:

-¡Hola!

-Hey, ¿Qué tal te trató la semana?

Lucía se sentía cómoda con él. Tenía el cabello corto y ensortijado de hilo negro, piel canela y habilidades para el liderazgo. Voz cálida y manos ásperas de ocho dedos. Una espalda amplia que solía distraerla, pero esta vez se centró en preparar el laurel, la pasta y en poner el agua a hervir.

-¡Bien!, sin mucha novedad… ¿Qué tal tu proyecto?

-Ah, divino. Va a ser un éxito.

-Es bueno tener la moral alta.

-Tú sabes, mi abuela siempre decía: confía.

-Sí…

-Oye y ¿te irás a la aventura al final o lo estás pensando aún?

– Pues algo he mirado… A ver, me da muchísimo miedo, pero en el fondo es lo que realmente quiero hacer. ¿Te has sentido así alguna vez?

-Sí… -suspiró- Habrá que echarle valor.

 

Si viniese de otra persona, su frágil ego se hubiese resentido, pero a él sí que lo escuchaba. Cuánto tiempo más necesitaba para “echarle valor”. Arriesgarse. Sentirse viva. Dejar de caminar con los huesos rotos. Por ella misma, nadie más. ¿Qué me detiene? -meditaba-  Estoy cansada de esconderme. De los hombres cobardes. De sentirme culpable por querer cariño. De elegir a un chico sólo por sentirme protegida, en búsqueda de lo que mi padre me daba.

 

Parte 2:

Dos semanas después, Lucía bajaba las escaleras de la estación de metro para coger la línea 5 con dirección Marítim-Serrería. Miró el letrero, faltaban 9 minutos. No había mucha gente, como de costumbre, ni la escalera mecánica estaba arreglada. Caminó sobre el aburrido y grisáceo suelo y se abrió la chaqueta. Sacó sus auriculares y empezó a desenredar el habitual nudo. Un hombre a su izquierda le llamó la atención. Al filo del andén, asomaba su cabeza y parte de su torso, apoyando una mano en la pared que limita con el túnel. ¡Ya llega señor!, de verdad, qué prisa tendrá…-se dijo.  Volvió a los entresijos de su viejo cable. Se paró frente al anuncio “Gimnasio AltaFit” con la modelo del bigote pintado, que le seguía haciendo gracia a pesar de formar parte de su rutina.

Consiguió conectar el móvil cuando sintió que una mujer de baja estatura clavaba su mirada en ella. Qué descarada la mujer… ¿le gustará mi abrigo?… A no, no me mira a mí… Lucía se giró a la izquierda y, de repente, aquél extraño hombre que asomaba la cabeza, se halla ahora en las vías. Guarda el móvil en el bolso y se sujeta la frente con las manos. El hombre camina de una vía a otra. Hacia delante, hacia atrás. ¿Pero qué hace?, sólo quedan 4 minutos. Lucía se acerca un poco a donde él está, todos los transeúntes observaban perplejos. ¿Por qué nadie dice nada?

El suicida mira a todos lados. 3 minutos. Lucía ahora se agarra del pelo. Los latidos de su pecho arden. 2 minutos. El hombre avanza con paso sereno hacia la oscuridad del túnel. Buscando esa luz que lo iluminará, justo antes de cerrar los ojos. ¡No es posible! Ella corre hacia él para ganar visibilidad y dispuesta a gritarle. 1 minuto. El joven resucita de entre las sombras, de nuevo en el andén. Ella exhala aliviada.

-Perdona, ¿estás bien?

-¡Sí!, es que se me ha caído el móvil a la vía y no podía subir otra vez, tengo el brazo escayolado. He visto que había una escalera ahí delante…

-Ah vale… ¡qué susto!

-… ¡Gracias!

Lucía subió al último vagón aún con la respiración alterada. O es muy valiente, o está loco de remate. ¡Por un móvil!, ¡que se quede ahí aplastado! Cuatro minutos era tiempo suficiente para él. Pero te puede cambiar la vida en solo unos segundos. Todo depende de la perspectiva. La vida avanza, aunque tú te pares.

 

A la mañana siguiente, Lucía se pintó los labios de rojo. Hizo una llamada a su jefe y salió a comprar una maleta. Guardó una foto de su padre, tamaño carné, en el monedero. Aunque no tenía todas las respuestas aún, cogió todo su dinero y se aferró a su ilusión. Y quién sabe, quizá Ramiro no la olvide.

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