SIN ELECCIÓN. Lidia Ahumada

Roberto tenía treinta y siete años cuando lo conocí. Me enamoraron sus facciones delimitadas por el corte de la barba. Era exageradamente guapo para mi gusto, como sacado de un anuncio de Christian Dior. Sus rasgos eran del tipo escandinavo pero su cabello y sus ojos eran negros. Según se comentaba en el trabajo, la madre fue heroinómana y murió en el parto de Roberto, cuya tutela fue confiada a sus abuelos.

Aunque era serio y muy distante, conmigo siempre tenía una sonrisa y un gesto amable. Las mujeres se volvían locas al verlo, pero no me daban celos, él las apartaba de su vista con un gesto de indiferencia.

Vestía con americana y pantalones de pinza, siempre de colores oscuros, combinados con una camisa blanca. Era muy enigmático e introvertido, no le gustaba hablar con la gente de tonterías sino que prefería las conversaciones cultas y el trabajo bien hecho.

Roberto era jefe de la sección de marketing de una empresa de moda y yo, secretaria del director. Le gustaba mirar los nuevos trajes de la colección, y en cuanto salían de la mesa del despacho le llevaba los diseños.

–¿Cuáles son los que más te gustan? –me preguntaba amablemente.

Yo se los indicaba mientras él pasaba las hojas. Pero un día, sin querer, se rozaron nuestros dedos, y él enseguida apartó la mano.

Roberto hacía catorce años que estaba en su puesto. En el año que yo llevaba trabajando en la empresa, no escuché nada a sus espaldas que fuera malicioso.

Roberto era muy callado, tanto que no compartía las habladurías de sus compañeros. Era muy discreto y pasaba inadvertido, excepto para mí y las mujeres atraídas por su aspecto.

Me atraía acercarme a un hombre que desde sus primeros contactos conmigo había mantenido las distancias. Parecerá extraño, pero ocurre que yo me encontraba enferma y tomaba precauciones para no relacionarme con la gente, más bien, para que no lo supieran.

Soy muy influenciable por el entorno y sin la medicación oigo voces que me incitan al suicidio. Cuando hablaban a mis espaldas, lo percibía y ese simple hecho me provocaba tal pérdida de autoestima que entraba en un ciclo de pensamientos suicidas.

Pero gracias al tratamiento pensaba que eran puntos de vista diferentes y no les hacía caso. Incluso si me lo decían a la cara, sabía defenderme y no entraba en polémicas.

Poco a poco me fui acercando a Roberto, mi excusa eran los catálogos y me mantenía a cierta distancia.

No pretendía una relación sentimental con él. Sabía que él también escondía algo y eso me cautivaba. Pero qué: ¿Había matado a alguien, se había intentado suicidar como yo, también escuchaba voces, su secreto era tan inconfesable que no lo podía compartir con nadie, al igual que yo?

–¿Quieres un café? –le dije una mañana.

–Si es de máquina sí –dijo Roberto–, gracias.

Me senté en frente a él y le confesé mis ciclos destructivos.

–¿Cómo, que a veces escuchas voces? –dijo Roberto en voz baja –¿Me dejas decirte una cosa?

–Sí.

–¿Alguna vez las voces te han pedido que mataras a alguien?

–No, nunca.

Pensé que se creía que iba matando gente por ahí.

–¿Es tan duro como lo que cuentan? –preguntó con mucho tacto.

–Sí –dije.

–¿Te apetecería vernos fuera de aquí y me lo cuentas? –dijo Roberto.

–De acuerdo, estaré encantada.

Quedamos en la cafetería de la esquina de su casa. Llegué primero y me senté en la terraza, las sillas eran de forja y las mesas de madera rústica, en la pared había colgados; potos, narcisos, geranios, y las flores y hojas daban color a la pared blanca.

Esperaba impaciente su llegada. El reloj marcaba las ocho menos cinco. Buscaba algo más que ser una amiga para él, pero esos eran mis sueños. Puede  que él solo quisiera ser amigo mío, pero yo sentía una atracción inexplicable por él.

Cuando vi que algunas mujeres de la cafetería se giraban, me di cuenta de que había llegado. Se acercó, me saludó y se sentó a mi lado. Pero ni me besó en la mejilla, ni hizo ningún gesto de aprecio.

Nos sirvieron el café y, mientras movía la cucharilla, me preguntó si mis voces provenían de mi infancia o empecé a escucharlas de mayor. Le conté la verdad, percibía en él un interés que nunca había obtenido por parte de una amiga. Yo estaba sola, mis padres y mi hermana murieron en un accidente de coche y desde entonces empecé a escuchar las voces. Nunca estuve metida en una institución para locos, pero tuvieron que medicarme.

Tras oírme con atención, empezó a hablar Roberto:

–Quizás sepas que mi madre era heroinómana y que me cuidaron mis abuelos.

Aquello debía de ser también muy duro, y me conmovieron sus palabras. Agaché la cabeza y Roberto me acarició la mano.

¿Por qué lo hizo ahora? Creo que se sentía culpable por el trato que me dio en su día.

–Me gustaría que nos viéramos fuera del trabajo, pero me da miedo. Como ya te dije, no quiero lastimarte –dijo Roberto.

–¿Qué escondes tú? –le pregunté.

–Mi herencia… –y sonrió como si fuera a revelar un secreto.

Este chico es tonto, ni que le fuera a pedir dinero y menos yo, que había heredado todos los bienes de mi familia.

–¿Cómo que tu herencia?

–Mi madre, cuando murió, no tenía ningún dinero –dijo como si me leyeras la mente–. Mis abuelos,  me criaron pero de una manera muy especial. Las atenciones que me profesaban eran extraordinarias, pero me enseñaron que no tocara a nadie, ni siquiera a ellos. Soy seropositivo de nacimiento. ¿Entiendes ahora mi comportamiento hacia los demás?

Sus abuelos, aparte de enseñarle modales, le enseñaron que debía guardar su secreto, a no ser que encontrara alguien que pudiera comprenderlo. Deduzco que fui yo al confesar lo de mis voces.

–¿Cómo se vive siendo un seropositivo desde el nacimiento? –le pregunté.

Y Roberto, cabizbajo, me dijo:

–Sin elección.

pensamientos de 16 \"SIN ELECCIÓN. Lidia Ahumada\"

  1. Corto pero intenso. Me ha gustado mucho el relato. No me hubiera esperado ese desenlace, te deja con ganas de más, de saber más de los personajes y de cómo podrían evolucionar junto con la historia.

  2. Impresionante relato
    Dos personajes tan parecidos y al mismo tiempo tan diferentes
    Como la infancia marca la evolución de la vida de cada uno, sin elección
    Su acercamiento no es amor a primera vista si no el secreto que esconde cada uno
    Y con que sensibilidad lo narra la escritora.
    Es un relato que te invade y lo devoras hasta el final

  3. M’ha encantat. No deixes de llegir fins que l’acabes, manté la intriga i l’atenció tota l’estona… Hauria de continuar la història, et deix ganes de llegir més.

  4. Para ser rumbera tú tienes que haber llorado
    Para ser rumbera tú tienes que haber vivido
    Tú tienes que haber soñado…
    Y haber reído…

    Buena historia compañera.

  5. Buen relato que enseña que cada uno tenemos secretos que solo pueden entender muy pocas personas, la infancia es la época más importante la cual cuidar en nuestros hijos, ellos no tiene elección, nosotros la mayoría de las veces sí. Me encanto Lidia 🥰.

  6. Me ha parecido interesante, tiene un punto de intriga que te incita a seguir leyendo para llegar pronto al final y descubrir el misterio.
    Tiene un estilo sensible y elegante. Me ha gustado.
    Te ánimo a escribir más de estos.

  7. Un magnífico relato que explica una historia intrigante a la vez que conmovedora. La escritora narra a la perfección circunstancias adversas con las que tiene que lidiar el ser humano con la vida cotidiana y, a pesar de no haber elegido la mochila que tiene que llevar a sus espaldas, con esfuerzo y fortaleza consigue salir adelante con éxito. Te sigo desde tus inicios y siempre eliges con valentía temas para hacernos reflexionar sobre la condición humana, sus miedos, anhelos, etc., con una exquisita narrativa y una buena armonía en la historia que consigues seducir al lector. Enhorabuena!!!

  8. Un bonito relato tratado con la mayor sensibilidad posible que nos recuerda que muchas situaciones de la vida nos vienen previamente determinadas, teniendo que adaptarnos a ellas.

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