Sin título 1. M. Cristina Dominguez

Abro los ojos. Una avenida en un pueblo abandonado y en ruinas. Cierro los ojos. Los vuelvo a abrir. Miro a mi alrededor  y lo reconozco. Mi pueblo. Aquel donde nací,  crecí y debí abandonar junto a mi família aquella fatídica noche.

Comienzo a andar por la avenida, las aceras están rotas y comidas por la maleza, la carretera llena de baches, rota y en algunos tramos ni siquiera está. Los edificios van pasando, algunos aún se mantienen en pie, otros amenazan con venirse abajo. Recuerdo aquellas calles, cuando éramos más pequeños y creíamos  que el mundo era un sitio maravilloso, sin problemas. Me detengo delante de un edificio medio en ruinas. Mi edificio, mi hogar. Subo las escaleras, con cuidado, faltan algunos peldaños y la barandilla esta rota. Entro en mi casa. Bajo capas de polvo las cosas siguen igual a como las dejamos en nuestra huida. Me dirijo a mi habitación,  todo sigue en el mismo sitio. En las baldas mi colección  de muñecas y mis libros. En la cama la colcha que me hizo mi abuela y en el armario toda la ropa que no me pude llevar. Mis vestidos llenos de polvo cuelgan de sus perchas como esqueletos ahorcados. Continúo por el resto de la casa, viejos recuerdos que creía olvidados vuelven a mi mente. Las lágrimas hacen acto de presencia. Las borro con la manga del jersey. Doy media vuelta y bajo.

De nuevo en la calle cierro los ojos y escucho. Sólo se oye el viento. Nada más.  Continúo mi camino, allí al final de la calle se alza majestuosa la gran noria.

El recuerdo de aquella tarde llega con fuerza.

Recuerdo que estábamos muy nerviosos y la profesora nos regañó varias veces. Estaban construyendo un parque de atracciones y ese día  iban a colocar la noria. Según decían los mayores iba a ser la más grande del mundo. Al acabar las clases mis compañeros y yo corrimos a verla. Nos detuvimos cerca de la valla, observando como la colocaban con los ojos muy abiertos, esperando.

Viendo como los obreros la iban montando y deseando que fuese mañana para ver como la inaguraban y poder montarnos en ella y en las demás atracciones. Sin darnos cuenta el tiempo pasó y la noche llegó. Mi hermana vino a buscarme para ir a casa a cenar. Me dijo que nuestra madre estaba muy preocupada porque aún no había vuelto del colegio y temía que me hubiese pasado algo. Me despedí  de mis amigos y prometimos reunirnos aquí a primera hora.  Nadie podía imaginar lo que iba a ocurrir en unas pocas horas.

Durante la cena no se hablaba de otra cosa en casa: mis hermanos y yo sobre lo bien que lo íbamos a pasar,  mi madre preocupada por la gente que podría venir a nuestro pueblo y mi padre contento porque le habían contratado para trabajar.  La única que no decía nada era mi abuela. Parecía ausente, como si notase que algo malo iba a pasar. A pesar de que pregunté,  no me respondió. Mi abuela era un poco bruja y como dijese que algo iba a pasar, te aseguro que pasaba.

Al terminar nuestras tareas nuestra madre nos mandó a la cama. De nada sirvieron nuestras protestas para quedarnos un poco más. Como no tenía sueño me metí debajo de las mantas con mi libro y una linterna. Pero al poco tiempo el sueño hizo mella en mí y me quedé dormida.

Me despertó un fuerte ruido. Como una especie de explosión. La puerta se abrió de golpe y mi madre entró despeinada y con el abrigo puesto.  Se dirigió a mí y me dijo que me levantase y que me vistiese rápidamente.  Sacó mi maleta de debajo de la cama y me dijo que  metiese sólo lo imprescindible. Intenté preguntarle, pero salió corriendo  hacia la habitación de mí hermana. Salí al pasillo y vi que el resto de la familia andaba poniéndose los abrigos y cerrando sus maletas.  Quise preguntar qué pasaba y qué eran esos gritos que se oían  en la escalera. No obtuve respuesta. Mi padre nos urgió a vestirmevestirnos, coger un par de cosas e irnos.

Entré en mi habitación,  puse un par de prendas en la maleta, cogí mi muñeca favorita y también un par de libros. Cerré la maleta y salí con ella al pasillo.  Mi madre me cogió del brazo y bajamos a la calle. Aquello era un caos,  gente corriendo, niños llorando. Mi padre apareció en medio de la niebla y le dijo algo a mi madre al oído. Ella se puso a llorar,  él la abrazó y luego nos dio un beso a mis hermanos y a mí.  Nos dijo que fuésemos valientes y que pronto se reuniría con nosotros. No entendía nada. Le pregunté a mi madre pero no me respondió.  Nos cogió del brazo,  le hizo un gesto con la cabeza a mi abuela y nos pusimos en marcha.  Una hilera de autobuses aguardaban a estar llenos para partir.  Mi madre nos llevó a uno y nos montamos en él.  Pensé que nos íbamos de excursión aunque me parecía raro tanta prisa.  Me senté en la parte de atrás y me puse de rodillas para poder ver la enorme noria que se alzaba como un fantasma en medio de la niebla de la noche. Daba miedo, pero yo sonreía pensando que por la mañana estaríamos todos de vuelta.

El autobús arrancó,  la noria se iba haciendo más pequeña según el autobús avanzaba.  Mi madre me hizo un gesto para que me sentara bien. No entendía lo que pasaba pero con ver su cara y la de mi abuela sentí que era algo grave y lo que yo en un principio creí que sería una pequeña excursión a no sé dónde,  iba a convertirse en un viaje muy largo.

Desperté de golpe. No sabía dónde estaba. Miré a mi alrededor y poco a poco tomé conciencia de que me encontraba en mi cama,  en mi apartamento, y que aún no había amanecido. Otra vez ese mal sueño, esa mala noche en la que mi familia y yo tuvimos que abandonar precipitadamente en medio de la noche nuestro pueblo. Me acerqué a la ventana y observé las calles desiertas. A mi padre no lo volvimos a ver desde aquella noche.

MI nombre es Katherina y soy una superviviente de Chernobil.

 

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