SOMBRA EN LA TORRE. Maria Angeles Lopez

Los días trascurrían, y no  tenía noticias de ella desde que la viera por última vez.

Recordó la mañana que la vio subir apresuradamente por las estrechas escaleras del campanario, mientras los rayos de sol se reflejaban en sus largos y ondulados cabellos negros.

Detuvo el vehículo frente a la puerta de entrada, estaba ansioso pues no podía demorar la subida, un sudor frío invadió su cuerpo, su boca se secó, necesitaba mojar sus labios para calmar la sed. Comenzó lentamente a subir las empinadas escaleras, notó que una sombra le penetraba lentamente, y poco a poco se apoderaba de él. ¿Sería así como ella lo había sentido? ¿Qué la llevó hasta el final de la escalera?

Los oscuros pensamientos que lo invaden hacen que el cuerpo le pese cada vez más, que le sea difícil escalar los pocos peldaños que le separaban de la espadaña, de esta manera, por fin, entendería qué llevó a su amada hacia tal situación. Su corazón late fuertemente, le cuesta respirar, sus claros ojos se llenan de lágrimas, ya no puede continuar, siente hormigueo en los muslos y rodillas, nota como sus doloridos pies resbalan en los escalones ¿sería este su fin?

Y así fue como ella lo halló.

El pánico se apoderaba de él, la oscuridad y el agotamiento no le permitieron percatarse de la proximidad de la campana cuando el badajo comenzó a balancearse. Tan solo tuvo tiempo de llevarse las manos a sus oídos, exclamando de dolor  “Dios mío, Dios mío”  Una suave brisa le acarició el rostro, una mano asió la suya, elevándolo muy por encima del ruidoso y trepidante tañido.

Y allí la vio. ¡Era ella! Por fin aquel frío aliento calmaba su sudada  piel, los helados labios besaban su rostro, recorriendo una y otra vez desde la frente hacia su cuello para luego bajar por sus hombros. Sus ojos se cruzaron en ese mismo instante, y dos gotas que se deslizaban suavemente por su tez desaparecieron.

­¡No quiero morir, ni siquiera por ella quiero desaparecer!

La desesperación le sobresaltó y se incorporó bruscamente de la cama. La humedad de su almohada, la frialdad de sus manos, le llevó a pensar que la pesadilla fue tan real que aún sentía la suavidad de su rostro y el aliento en su cuello.

 

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