TEOBALDO Y TOMATE. Jose Luis Sanchez Carvajales

Los dos túneles parecían exactamente iguales. Ahora tenía que decidir por cuál de los dos retomar la búsqueda. Quién iba a decirle aquella mañana mientras desayunaba que acabaría en este embrollo.

Baldo se levantó de la cama como cualquier otro día. Contempló unas cuantas moscas que revoloteaban por su cuarto y, como era habitual, se le fue la hora de llegar a desayunar. Se vistió atropelladamente sin caer en que los calcetines no eran del mismo color y bajó a la cocina.  El desayuno fue un acto de imprecisa velocidad engullendo las tostadas y la leche con cacao como si fuera un pavo.

En el camino hacia el colegio, mientras su padre le recriminaba por hacerle llegar tarde un día más, Baldo miraba por la ventana del coche sin ni siquiera escuchar lo que le estaban diciendo. Se fijó en las matrículas de los coches buscando una que coincidiera con su fecha de nacimiento, en una nube que tenía forma de aspiradora, en los perros que se dejan las personas atados en la puerta de las tiendas y de las cafeterías mientras están dentro, en definitiva, en todas esas cosas carentes de importancia pero que a Baldo le llamaban poderosamente la atención.

Había vuelto a llegar tarde y no le importaba un pepino. Caminó con su característico andar medio de puntillas hasta su clase. Llamó, entró y se sentó en su sitio. El sitio de Baldo es la mesa de al lado del profesor, esa en la que se sientan los que dedican la mayor parte del día a contemplar cómo revolotean las moscas alrededor de la pizarra. Al lado de la mesa del profesor hay otro sitio, allí se sienta Cloe. Cloe es una auténtica experta en la observación de insectos voladores.

Hoy era el segundo viernes de mes, que es cuando hay laboratorio de Science, y hoy tocaba que los niños que tuvieran mascotas las llevaran al colegio para que todos pudieran verlas y tocarlas. Baldo tenía un galápago, pero ese día se le había olvidado en casa.

El laboratorio de Science es un lugar magnífico en el que hay una cantidad infinita de cosas en las que poder fijarse. Baldo se imaginaba mezclando diferentes líquidos y conectando todo tipo de elementos de vidrio y goma. Luego encendía el mechero sin saber muy bien qué podría pasar. Porque a Baldo le pasan cosas, no sabe muy bien cómo le suceden, ni las consecuencias que pueden tener, a él las cosas le pasan, sin más.

Uno a uno, los niños que se acordaron de llevar sus mascotas fueron enseñándoselas a los demás de la clase. A Baldo le llamó la atención la cantidad de roedores que tienen los niños en sus casas: grandes, medianos, pequeños, grises, marrones, blancos, con rabo, sin rabo, con orejas grandes, medianas, pequeñas… A Baldo no le gustan los roedores, le gustan los galápagos y los perros, pero un perro necesita mucha atención y eso es una cosa que a Baldo no se le da muy bien.

Cuando parecía que no iba a ver nada interesante en la clase de hoy, Cloe enseñó su mascota. ¡¡UN POLLO!! Pero el pollo de Cloe no era el típico pollito amarillo de feria, era un pollo en toda regla: grande, con una maravillosa cresta roja, muchísimas plumas color dorado y una cola negra. El pollo de Cloe era imponente. El pollo de Cloe se llamaba Tomate. Cloe decía que no se le podía sacar de la jaula porque se ponía nervioso y podía dar algún picotazo.

Baldo se quedó mirando a Tomate y, desde ese momento, nada de lo que explicaron o enseñaron los demás niños existió para él. Quería tocar y estrujar a Tomate y empezó a maquinar cómo podría hacerlo.

Una vez terminada la clase de Science, todos los niños dejaron sus mascotas en el laboratorio y salieron al recreo.

Todo sucedió rapidísimo. Baldo se dio media vuelta y salió corriendo hacia el laboratorio. Entró como una exhalación y, sin pensárselo dos veces, se plantó delante de la jaula de Tomate y la abrió. Comenzó a estrujar al pollo de Cloe. Tomate cacareaba aterrorizado, propinó un par de buenos picotazos a Baldo y salió a toda velocidad por el pasillo del colegio.  Atravesó el patio ante la mirada atónita de los compañeros de clase y desapareció entre unos matorrales que separaban el patio del aparcamiento.

Cloe miraba los matorrales fijamente, luego miraba a Baldo y de nuevo volvía la mirada a los matorrales. No se podía creer que Tomate hubiera desaparecido para siempre. Antes de que pudiera saltar al cuello de Baldo, vio cómo este se lanzaba también por debajo de los matorrales, cómo atravesaba el aparcamiento del colegio y desaparecía por la calle llamando a Tomate con todas sus fuerzas.

Baldo cruzó la calle, giró por la primera que se encontró, corrió dos calles más, luego giró a la izquierda y se perdió. Cuando tomó conciencia de la situación vio que había perdido un zapato, no se podía explicar cómo se le había salido, pero el caso es que solo llevaba uno. No le importó mucho, su único objetivo era encontrar a Tomate, no porque fuera el pollo de Cloe, ni porque estuviera fuera del colegio, ni siquiera porque le fuera a caer la regañina del siglo. Quería encontrar a Tomate para seguir espachurrándolo.

Cinco perros atados en la puerta de una cafetería más tarde, Baldo vio a Tomate en medio de la acera de enfrente. También vio como uno de los perros atados en la puerta de la cafetería se soltaba y salía a la caza de Tomate.

–¡TOMATE! -gritó Baldo lo más fuerte que pudo, y Tomate, tras esquivar con gran agilidad la primera dentellada del perro, volvió a emprender su velocísima marcha hacia ninguna parte. En este caso Baldo sí pudo salir corriendo detrás de Tomate sin perderlo de vista, cruzó la calle, por supuesto sin mirar al ciclista que se fue al suelo, y vio como el pollo bajaba las escaleras y entraba en la estación del Metro.

Baldo bajó las escaleras, se agachó para pasar por debajo de la barrera y notó como se elevaba a gran velocidad cuando el vigilante le agarró del brazo mientras le gritaba: -“¿Dónde se cree usted que va, Señor?”-.

Pues ahí estaba Baldo, sin un zapato, con un calcetín de cada color e intentando explicar al vigilante del Metro que se había colado sin pagar billete porque iba persiguiendo a un pollo que se llamaba Tomate. La cara del vigilante se iba poniendo cada vez más y más roja intentando contener la sonora carcajada que, al final, acabó estallando. El vigilante no podía parar de reír, lo que llamó la atención de sus compañeros, que acudieron al puesto de vigilancia. Aprovechando el lío que se había montado, Baldo huyó del lugar y se adentró en la estación.

Él nunca había estado solo en la estación de Metro y no parecía importarle mucho, había la misma cantidad de gente de siempre, el mismo ruido de siempre y el mismo mal olor de siempre, pero eso le importaba un pimiento, su único pensamiento era encontrar a Tomate. ¿Y cuál era el mejor lugar para buscar al pollo? Pues los túneles. Y allí se fue.

Hasta entonces no se había parado a pensar cómo se había metido en esta aventura. De repente se encontró solo, en un túnel del Metro, sin sus padres, ni profesores, ni amigos, ni nadie. Él solo y, si no fuera porque le faltaba un zapato y le pinchaban las cosas del suelo, no le importaba un pepino. Tenía que encontrar al pollo de Cloe y lo iba a conseguir. Así que se puso en pie y comenzó a andar por el túnel que le pareció la mejor opción para capturar al imponente y escurridizo animal.

Los trenes pasaban sin descanso, uno, otro, otro más. Sin duda ese no era el túnel que debía tomar, demasiado tráfico como para que Tomate se pudiera estar quieto. Así que decidió explorar por los pequeños túneles que conectan los principales. Fue avanzando con cierto éxito hasta que llegó al punto en que se encontró dos que eran exactamente iguales.

Providencialmente, y en un momento en que no se oía ningún tren, escuchó el cacareo que salía del túnel de la derecha. Ese era el camino.

El túnel se hacía cada vez más estrecho y el cacareo era cada vez más fuerte. Al llegar a un recodo se encontró con Tomate. Ni Tomate ni Baldo parecían estar asustados, lo que sí parecía es que ambos estaban muy contentos de encontrarse, ya que el pollo no opuso ninguna resistencia cuando Baldo lo agarró y empezó a espachurrarle una y otra vez.

Ahora tenían que salir de ahí e intentar volver al colegio para devolver a Tomate a su dueña.

Lo que iba a parecer una aventura más difícil aún se solucionó más deprisa de lo esperado cuando volvió a elevarse a gran velocidad mientras el vigilante del metro le gritaba: –“¿Así que este es el dichoso pollo?”-.

De vuelta a casa en el coche con sus padres se dio cuenta de que no había ningún perro atado en la puerta de las tiendas. Debía ser bastante tarde y todo estaba cerrado, tampoco se veían nubes con forma de aspiradora, así que se recostó en el asiento y se quedó dormido.

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