TOME ASIENTO. Jose Luis Mantecón

Tome asiento, señor Notario, y dispóngase a levantar acta de la fantástica historia que viví hace algunas décadas, y que en el umbral de mi partida hacia el más allá quiero reseñar. A la vez es mi deseo que sepa que doy este importante paso porque quiero dejar constancia de ella y que, a ser posible, se difunda a través del programa “Cuarto Milenium” para que todos los habitantes de este planeta sepan que no estamos solos en nuestro Universo.

Todo comenzó una veraniega noche en el parque principal de mi ciudad, Granada, cuando me encontraba contemplando plácidamente el estrellado cielo. Entonces, esos instantes mágicos fueron interrumpidos por una pareja compuesta por dos personas de distinto sexo, los cuales portaban en sus manos sendas carteras de ejecutivo, de tonalidad negra, y unos libritos. En un principio pensé que eran los Testigos de Jehová que querían darme la tabarra, pero me equivoqué. Y después de un cordial y educado saludo, pasaron de inmediato a realizarme  una propuesta, la cual iniciaron de esta manera:

-¿Le gustaría hacer un viaje espacial a un planeta desconocido por ustedes los terráqueos?

Todo sereno les articulo:

-¿No será esto para un programa de cámara oculta?

Ambos, entre sonrisas, me ratificaron que no. Y como me inspiraron bastante confianza y los veía con buena presencia, sin saber cómo les dije que sí. Bueno, a decir verdad, en realidad sí lo sabía, pero eso es otra historia.

Sin más dilaciones me condujeron hasta una nave nodriza que se encontraba posada en las afueras de la metrópoli. Nos situamos debajo de la misma, y en menos que el diablo se restriega un ojo, fuimos succionados igual que si te bebieras una horchata de chufa con una pajita. Y, francamente, fue una sensación algo desagradable, porque los calzoncillos se me introdujeron por cierto orificio que se encuentra ubicado donde la espalda pierde su honorable nombre.

Nada más entrar en el interior de aquel enorme artefacto me encuentro con que se había producido el óbito repentino de un extraterrestre, que al final resultó ser un estafador galáctico, lo cual me extrañó bastante porque pensaba que esto no sucedía fuera de nuestro país, España.

Después de esta triste noticia comencé a inquietarme en demasía, no porque en el planeta al que me llevaban hubiera defraudadores, ya que estaba acostumbrado a ello, sino porque se produjo un estado de inquietud en mi cuerpo y en mi alma que, raro en mí, hacía que me encontrara más nervioso de la cuenta.

Mulder, como así se llamaba el varón que me convenció para hacer el viaje, al darse cuenta de mi malestar me condujo hasta la zona de relajación. Una vez allí, unas delicadas manos femeninas me dieron un masaje terapéutico por todo el cuerpo, bueno, por casi todo, que hizo que me sintiera mejor. Después de esto, también me invitaron a una rica sauna, y como estos nuevos amigos abrazaban la religión budista, me convencieron para que hiciera meditación.

Ante  tal ofrecimiento pregunté:

-¿Eso no será como en el planeta Tierra, que cuando le pides dinero prestado a un amigo te dice muy irónicamente que ya lo meditará?

-Por supuesto que no. Esto es muy beneficioso para el cuerpo y el espíritu, contestó Scully, la mujer que junto a Mulder me abordara en el cercado.

– Me senté cómodamente en el suelo sobre un cojín, adopté la postura conveniente y seguí las instrucciones de la persona que dirigía el grupo. Y no habían transcurrido ni dos minutos, cuando comencé a tener la sensación de que todo mi cuerpo se dormía. Instantes después principié a levitar, para posteriormente verme rodeado de miles de estrellas muy relucientes.

Como me encontraba igual que Ortega Cano, o sea, muy a gustito, no hice el más mínimo movimiento para volver a mi antiguo estado, ya que visualicé que viajaba a través de la cuarta dimensión. Pero a mitad de camino, cuando me hallaba disfrutando de maravillas inenarrables, me topé con la pantalla de un enorme y potente ordenador. Al verlo, de inmediato recordé que no había hecho efectivo el recibo mensual del televisor a El Corte Inglés.  Pero no me preocupé en demasía, puesto que mi suegra (que no es por nada, pero suegras como ella ya están en el otro mundo), al margen de que estaría maldiciéndome y criticándome por todo el vecindario, saldría al frente del mismo.

El aparato informático me salió al paso y me dijo con voz bastante grave y algo metálica:

-¡A ver si pagas lo que debes bribón!

Cuando escuché aquella palabra me fui para él en plan chulo, y pegando mi cara a la pantalla me expresé así:

-Sabes, cabeza cuadrada, a mí también me deben y no ando por ahí avergonzando a la gente.

Las cosas se pusieron bastante agrias entre los dos, y en el momento en el que me disponía a darle una patada en todo el rostro, perdón, quise decir cristal, apareció de buenas a primeras uno que se identificó como el protector de pantalla. Como éste tenía cara de pocos amigos, al preguntarme qué es lo que quería, yo, para suavizar la cosa, le enumeré que deseaba darme una vueltecilla por el interior a ver qué había y que el cara de cristal me lo impedía.

El vigilante jurado, mejor dicho, el protector de pantalla, me pilló la palabra y se disponía a darme paso hacia el interior del aparato, cuando, de buenas a primeras me preguntó muy “enterao” y en plan irónico:

-¿Traes el ratón?

-No, contesté. Y, además, le dije que esos animalitos me daban mucho asco y repeluzno, y que si lo podía sustituir por un hámster.

-¡No! me articuló todo enojado y elevando el tono de voz. ¡Si no cómo vas a abrir las ventanas, ignorante!

-Con un gato, o una palanqueta, como hacen los rateros, afirmé.

¡Para qué le diría aquello! Me llamó de todo menos “bonico”. Pero al final el tío se “enrolló” bastante bien, y después de explicarme concienzudamente qué era un ratón en informática, me facilitó uno que tenía él. Como yo no sabía cómo conectarlo, lo acompañé hasta la CPU, un robot bastante original, y le metió por el trasero un cable, como el que le mete una lavativa a un niño chico.

Entré dentro del ordenador, pero éste, no conforme con la decisión de su protector, empezó a protestar, y entre otras cosas decía:

-¡A lo que hemos llegado con la entrada de la democracia en la cuarta dimensión, ya tienen derechos hasta los morosos!

Sin hacerle el menor caso, porque en el fondo el pobre tenía razón, empecé, creo que se llama así, a navegar por el interior de la computadora.

Con lo primero que me topé, cuando deambulé un buen rato de un lado para otro a través de los cables, fue con el disco duro. Éste era un tío enorme y muy gordo, que se encontraba sentado en un hermoso sofá. Al verle, en plan guasón le dije:

-Estamos de buen año, eh colega.

Él me aseguró que era porque le daban demasiado de comer.

-¿Y qué comes? -interrogué.

-De todo, en especial Windows, Internet, Facebook, Skype, Twitter…

En esos instantes apareció por allí un DVD y se introdujo en la boca del disco duro. Al pobre debió cortársele la digestión, porque comenzó a vomitar y puso todo aquello perdido. Echó un montón de ventanas, que él las llamaba Windows. Unas iban marcadas con el número siete, otras con el ocho y con el diez. Éstas se marcharon volando hacia la pantalla y hasta tuve que agacharme para no llevarme un ventanazo.

El gordinflón, con lágrimas en los ojos y pesaroso, prometió no comer más Windows, porque, según él, le sentaban mal para su úlcera de estómago. Entonces, para consolarlo de su avanzado estado de bulimia nerviosa, le aconsejé, en plan guasón, que después de la ingesta de Windows se tomara un sobrecito de Almax Forte y le iría mejor.

Continué navegando por aquel lugar, y cuando me disponía visitar a un señor muy sabio que era conocido en la Red como Google, es decir, algo así como “El libro gordo de Petete”, pero en formato maxi, apareció por allí un personaje al que le llamaban “Cartero Electrónico”. Y ya que me había topado con él le pregunté si tenía correspondencia para mí. Éste me dijo que no se podía parar a mirar, ya que llevaba un mensaje urgente para un tal Ganimedes que estaba haciendo un curso de escritura superior.

-Ese soy yo, contesté.

-Me alegro, dijo el “funcionario electrónico”, así salgo “tirado” para un lugar que se llama “yoquieroescribir.com” a entregar un ejercicio de la lección siete.

Abrí el mensaje y, al comenzar a leerlo, me corrió un escalofrío por toda la columna vertebral. ¡Horror! El remitente era mi suegra, y el “Emilio” o  e-mail, ya no recuerdo cómo se pronuncia, decía textualmente:

-La “cagastes”. Stop.

Tienes una denuncia en la Oficina de la Mujer. Stop.

– Motivo: Abandono de familia. Stop.

Que te follo… Stop…

Ha de disculparme, señor Protonotario, siento que las fuerzas me abandonan y no… puedo concluir mi relato. Alguien me espera para conducirme hasta mi nueva morada y no debo hacerle esperar, así…

pensamientos de 5 \"TOME ASIENTO. Jose Luis Mantecón\"

  1. Mi enhorabuena José Luis. Tu relato me ha gustado, me ha divertido y me ha sorprendido agradablemente. Es imaginativo, y aunque acabe ” de aquella manera”, las vueltas por el mundo virtual y lo que se encuentra en el camino el protagonista sin nombre, es alucinante. Un delirio. Felicitaciones. 🙂

    1. Hola Monserrat. Un millón de gracias por tu comentario, el cual, al margen de gustarme mucho, me ha emocionado no sabes cuánto. Este detalle para mi tiene un inmenso valor, sobre todo porque soy una persona septuagenaria. Gracias, gracias y gracias. Un fuerte abrazo: J.L. Mantecón.

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