TRAGEDIA EN UN LUGAR DE LA MANCHA. Francisco Toro Mansilla

Vivíamos en la albaceteña localidad de El Bonillo. Debería ser 1964 ya que, unos meses atrás, había ocurrido el asesinato de John. F. Kennedy. Lo que recuerdo con exactitud es que era invierno y que habíamos tenido unas navidades blancas.

En las áridas tierras de La Mancha el clima continental se dejaba sentir con crudeza. Aquella mañana me había levantado como siempre para ir al colegio. Tras asearme con el agua tibia de la palangana, que mi madre había calentado previamente en un puchero sobre la estufa de leña, desayuné un tazón de leche con pan migado y Cola Cao. Después cogí  la cartera y tras darle un beso a mi madre, conocida por los demás como la señora Edelmira, salí de mi hogar en la casa cuartel de la Guardia Civil para dirigirme a la escuela. Recuerdo también que mi padre, Bartolomé, y otro compañero llamado Pepe Velasco, habían salido de madrugada en lo que se llamaba servicio de correrías a caballo, y aunque tenía prohibido revelar los pormenores de su cometido, le había dicho a mi madre que tenía que ir a la vecina localidad de Munera y que regresaría quizá entrada la noche.

Tras pasar por la casa del herrero, me encontré con  su hijo, Eufrasio, que además era mi mejor amigo. Juntos nos pusimos en camino hacia la finca del tío Monicaco, que así se llamaba el paraje donde estaban las escuelas nacionales. Don Enrique, nuestro severo maestro, siempre esperaba en la puerta de la clase, controlando que ningún niño se despistara voluntariamente y se le ocurriera hacer novillos.

Don Enrique comenzaba su jornada rezando y haciendo rezar el Padre Nuestro y  pidiendo al Altísimo, paz, prosperidad y orden para todos, sobre todo orden. Y todos por supuesto, rezábamos. Y pobre del que no lo hiciera, porque don Enrique, a la par que buen maestro, era de una estricta  rectitud, y cualquier acción incorrecta era castigada, a menudo con un golpe de regla sobre la mano abierta. Y aquello picaba, vaya si picaba.

Aquel frío día tocaba a primera hora estudiar la historia de España. Una historia contada a niños de siete u ocho años  y que ensalzaba las gloriosas hazañas de los héroes nacionales, como el Cid Campeador. No recuerdo bien qué tocaba después, pero a las once salíamos al recreo y llegaba el momento en que, formando grandes colas, esperábamos  nuestro vaso de leche calentita, que tomábamos en aquella época gracias al tío Sam de turno y a la llamada “Ayuda americana”.

Todavía no habíamos regresado a clase, cuando  nos llegó un rumor de boca en boca: a don  Pedro, el practicante del pueblo, lo habían matado para robarle y su cuerpo había sido encontrado por la Guardia Civil, a escasos metros de la carretera que unía las localidades de El Bonillo y Munera. Don Pedro, además de pertenecer al núcleo de las autoridades locales, era muy querido por casi todos. Hombre maduro, de unos cincuenta y tantos, había enviudado sin hijos unos años atrás,  tenía  amistad con algunos de los guardias civiles del pueblo y mi padre era su mejor amigo.

Aquella noticia me dejó impresionado a pesar de mi corta edad. ¡Cuantísimas tardes le había visto en casa, jugando a la brisca o al tute con mi padre y sus compañeros! De carácter serio, lo mismo que su rostro marcado por las señales de la viruela que había sufrido en su juventud tenía un corazón enorme. ¿Quién habría querido matarlo ?

Al terminar las clases de la mañana, don Enrique  dijo que se suspendían las de la tarde en señal de luto. De regreso a casa,  Eufrasio y yo prácticamente no articulamos palabra. Al llegar a las inmediaciones de la casa cuartel, vimos que había un numeroso grupo de personas, entre las que pude ver a mi padre que, vestido de uniforme,  estaba llorando, a pesar de que se contenía. Estaba el jefe, el sargento Ciriaco. También pude ver a  don Ricardo, el médico y por supuesto a don Manuel Bustamante, el alcalde.

Hablaban entre ellos, cuando de pronto dirigieron su mirada hacia un vehículo que se acercaba. Era un Seat 1500, nuevo y negro intenso, que el alcalde había comprado pocos meses atrás y que  era conducido por uno de los aguaciles del ayuntamiento. Junto a él, venía una  persona que no conocíamos. Al llegar a la altura del cuartel se detuvo, la persona que acompañaba al aguacil abrió la puerta trasera y pude ver el cuerpo sin vida y con la cabeza destrozada de don Pedro. Aquella tremenda imagen permanece en mis recuerdos más terribles a pesar de los cincuenta y cinco años transcurridos.

Me parece estar viendo a mi madre llorar desconsolada, al igual que muchas otras personas. El desconocido resultó ser el juez de instrucción de Villarrobledo, que tenía jurisdicción en aquellos pueblos y que,  avisado del crimen, se trasladó al lugar donde mi padre y Pepe Velasco habían encontrado el maltrecho cuerpo sin vida de  don Pedro. Nadie sabía en aquellos momentos quién podía haber sido el autor de aquella muerte tan cruel, pero pronto  surgieron algunas pistas y sus correspondientes líneas de investigación.

Aquella misma tarde la casa cuartel estuvo muy concurrida. Además de las autoridades del pueblo  vino un señor muy grueso, que vestía con elegante traje y que resultó ser el Gobernador Civil de Albacete. Mi casa se llenó de niños,  no sólo Eufrasio sino también su hermano Javier y otros amigos; habían venido, supongo,  a cotillear sobre el hecho más  grave que había ocurrido en aquel pueblo desde hacía muchos años.

Mi madre, metió tres grandes tarugos de leña en la estufa, para contrarrestar el intenso frío que se colaba por todas partes. Todos intentábamos afinar el oído para tratar de escuchar algo sobre lo ocurrido. Mientras asábamos unas castañas en la estufa, escuchamos en el pasillo de la casa cuartel, al sargento  don Ciriaco que hablaba con el juez y con otras personas, y que les decía algo sobre un tal Diego Calero, que había salido recientemente de la cárcel de Ocaña y que había sido visto con un carro y dos mulas en la carretera de Munera algunas horas antes de que el cuerpo de don  Pedro fuera encontrado. En el carro habían hallado un bastón, al parecer manchado de sangre y que podría  ser el objeto con el que habían matado a golpes al pobre practicante.

Aquella tarde, como casi todas cuando salíamos de clase, los niños  jugábamos en a la plaza del pueblo hasta el anochecer. Ese día también lo hicimos, pero más pronto al no haber escuela. En vez de jugar, nos pusimos a hablar de lo sucedido. Ramón Solana, que era de nuestra clase, nos dijo que su padre, dueño de una de las dos tiendas de ultramarinos, había sido amigo de joven de Diego Calero, el presunto asesino,  y que  había estado en la cárcel seis años por  robar en la botica de la localidad cercana de Alcaraz, dejando malherido al boticario. Tras quedar libre, había regresado a Alcaraz, donde vivían su madre y sus cinco hermanos. Decían que era una persona violenta,  quizá con algún problema mental.

Pocas horas después Diego Calero fue detenido cerca de su domicilio y llevado a la casa cuartel de El Bonillo, para ser interrogado y llevado ante el juez. Los niños, con la imagen de lo ocurrido en mente, lo veíamos como una especie de monstruo, y no solo por su desaliñado aspecto sino por la siniestra fama que le precedía.

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