TRAICIÓN Y PERDÓN. Alejandro Moraleda

Fue una mañana de primavera cuando María cayó en desgracia. Comenzó su depresión y su decadencia, ojalá no hubiera intervenido, desearía no haberlo agravado, pero… En fin. La historia comienza unos meses antes, cuando ella se llenó de júbilo al conocer a Fernando, un chico guapo, adorable, con el corazón de piedra y al que ella creía el amor de su vida.

Ese chico tenía algo, un no sé qué mágico que yo veía perverso, aunque ella lo consideraba un santo. María, mi mejor amiga de la infancia, con la que tantas veces me peleé por asuntos pueriles y que prácticamente crié por la dejadez de sus padres, iba a descarriarse por un hombre que no la amaba. Prometimos desde siempre ser las mejores amigas y no sabía cómo protegerla.

Pasaban los días y ella cada vez estaba más enamorada, pero él la veía como compañera, amiga, simpatizante, pero no amor. Aun así era detallista, se acordaba de todo, veía los detalles más pequeños, distinguía si te habías cortado el pelo, cambiado de pendientes y lo alababa o lo dejaba estar con mucha diplomacia y nunca se olvidó una cita ni se retrasó en ella.

Pero aquella mañana de primavera, Fernando encontró trabajo fuera del pueblo al que acababa de llegar y se marchó despidiéndose sencillamente.

María en ese momento no lloró, pues no se lo creía, o no era consciente. Y lloró amargamente todos los días desde entonces. Traté de animarla, traté de consolarla de todas las maneras imaginables y permisibles: vacaciones, fiesta sorpresa, regalos… Nada funcionó.

Un día su amiga Laura, la policía, estaba de vacaciones por Venara y encontró a Fernando, y claro está, le plantó cara enérgicamente delante de todo el mundo y le dejó estupefacto.

A la semana siguiente, mientras tomábamos un café, María dejó su tristeza a un lado y la cambió por cólera. Miré detrás de mí y allí estaba Fernando, con un girasol en la mano, la flor predilecta de María.

Se acercó y preguntó si podía sentarse y hablar. María asintió lenta pero furiosa.

-María, no sabía que me amabas, yo tengo el corazón de piedra del acoso escolar extremo que sufrí y decidí que nadie entraría en él, y creí que éramos amigos, no novios –dijo Fernando.

-Entonces, ¿a qué has venido? –replicó ella.

-Laura vino a mí y me dijo que te estás destrozando, que casi no comes, que palideces, no es amor lo que tengo, pero podría tenerlo si abro el corazón, he dejado mi trabajo, estoy aquí, tienes derecho a estar enfadada, y no es necesario que hagamos como si no hubiera pasado, pero no cargaré en mi alma tu sufrimiento.

No le creí, no pude creerlo, me pareció la sarta de pamplinas  más patética del mundo, pero María si le creyó, abandonó la cólera y tomó el girasol acercándoselo a la nariz como si oliera.

Todos los días desde entonces Fernando le llevaba un girasol, la tomaba del brazo y paseaban. Él encontró un trabajo mal pagado en el pueblo y ella volvió a reír. Con el tiempo Fernando se mostró más apasionado, más abierto y dulce, pero solo con María, para el resto si que parecía tener un corazón de piedra.

Un día María vino llorando, y me dio un vuelco el corazón, pero para mi sorpresa lloraba de júbilo. Fernando se le había declarado.

Ojalá me hubiera tragado mi orgullo, ojalá mi prepotencia no me hubiera hecho aquello. Fernando y ella se habían acostado y yo pensaba que cuando la dejara se suicidaría y no podía permitirlo.

Me inventé una treta: invité a Fernando a un bar con el pretexto de que María estaría allí y una actriz contratada le besó de improviso mientras yo le fotografiaba. Él la empujó con asco y se limpió la boca a la par de pedía respuestas. Yo cometí enseguida el mayor error de mi vida. Fui a casa de María y le dije que la había engañado y se había acostado con otra y yo lo había visto.

Fernando le aseguró que era inocente, dijo todo la que sucedió, lloró desesperado y amargamente por poder hablar con tranquilidad y durante dos horas le suplicó en su puerta sin que ella le abriese. Finalmente se fue a su casa y de camino en su coche vio una luz fuerte.

He soñado muchas veces con aquel día, me lo contaron y lo soñé tantas veces que hasta lo creí recuerdo.. En mi sueño veo a María. Ella se sentía estúpida y Laura llamó a su puerta.

-Mira, no estoy de humor, necesito estar sola alegó María.

-Lo siento, lo siento muchísimo –dijo casi llorando-. Fernando… Ha muerto.

María enmudeció.

-No te engañó, la autopsia ha revelado que no ha tenido relaciones en la última semana.

-Pe…ro, ¿c…ómo?

-Un conductor borracho se empotró frontalmente con él, el borracho ha sobrevivido, pero él murió en el acto.

Ahí termina mi sueño y me siento fatal siempre, pero en verdad, al día siguiente de mi traición, cuando me enteré salí corriendo al hospital donde estaba María. Lloraba con un girasol en la mano delante del cadáver. Me acerqué despacio y ella me miró con odio.

-Me mentiste –dijo con rabia-, dijiste que se acostó con otra.

-Solo quería protegerte.

-¿Por qué? No querías que fuera feliz, ¿no querías que hubiera un hombre en mi vida? Vete y no quiero volver a verte.

Y así María perdió a su mejor amiga y el amor de su vida el mismo día, y pasaron los días como rutina, y yo era incapaz de perdonarme a mí misma, desesperada por para el tiempo y retroceder para tragarme mi orgullo.

Laura era mi único contacto con ella, me informaba de que cada día estaba peor y María se desvanecía. Se desmayó en su trabajo y no recuperó la conciencia.

Sé que no quería verme, pero fui a verla al hospital, donde aún estaba inconsciente. Me arrodillé y aunque sé que no me escuchaba le supliqué amargamente que me perdonase.

-María, lo siento tanto, yo no quería esto, yo no quería que sufrieses otra traición y al final fui yo quien te traicionó, lo siento, si murieses por depresión, si murieses por mi culpa, te seguiré yo, te he criado prácticamente y te quiero como a una hermana, ¡lo siento!

-Hola traidora –dijo levemente-, te odio y no creo que pueda perdonarte por lo que hiciste, pero en verdad me odio a mí. Si tan solo le hubiera escuchado, ¡dos minutos! Tan solo dos minutos, él no habría estado en ese lugar en ese fatídico momento. Yo también te quiero como a una hermana y no sé si volveré a confiar en ti, pero no quiero que mueras por mí.

Laura entró con una sonrisa y dijo:

-María, ¡estás despierta! ¿Deprimida? Umh, te desmayaste, pero no por depresión. Estas embarazada, ¡embarazada!

No supe cómo reaccionar, y creo que ella tampoco. Puede que Fernando volviera al firmamento, pero al menos siempre tendremos algo de él. María te llamó Benjamín que en hebreo es “hijo del dolor y la tristeza”, y es tanta la alegría que nos ha dado… Por eso te cuido como si fueras hijo mío, por eso ayudo tanto en tu crianza.

-¿Entonces, mi mamá te perdonó?

-Inmediatamente no, esperé una oportunidad y cuando la tuve me aferré a ella. Una vez María me necesitó y no la decepcioné. Ten en cuenta una cosa, en la vida los pecados se perdonan pero no se olvidan, es una herida cicatrizada que puede estar mal curada, pero mientras estén sanas esas heridas, aprovecha el tiempo que se te otorga para sanarlas más. Benjamín, veo muchas cosas de Fernando en ti, pero no permitiré que sufras el acoso escolar que tu padre sufrió por su carácter, esa sí que es una herida que nunca le sanó.

pensamientos de 2 \"TRAICIÓN Y PERDÓN. Alejandro Moraleda\"

    1. Muchas gracias, estaba inspirado, como otras veces, salvo que esta vez la manera de escribirlo me han ayudado muchísimo los cursos de escritura creativa, a la par de animarme a seguir escribiendo.
      Me acuerdo de mi primer libro, jejejeje, yo mismo temía releerlo, menos mal que nunca lo publiqué.

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