TROCO Y EL MONSTRUO DEL MOCO. Elena Alonso

En un país lejano vivía una familia con dos hijos; Pupi, de 7 años y Troco, que con solo 4, tenía un grave problema: ¡no paraba de comerse los mocos!

Su madre a cada momento le decía:

–Troco, saca ese dedo de la nariz.

Pero Troco le miraba, paraba, y de nuevo se hurgaba con más intensidad, si podía.

Su padre le cogía el dedo y con el moquete aún colgando, le llevaba al lavabo para limpiarlo. Pero Troco, antes de que el moco se esfumara por el desagüe, lo cogía al vuelo y… ¡para adentro!

Su hermano le miraban con cara de asco y le decía:

­­            –Va a salirte una cueva en la nariz.

Troco lo escuchaba con atención y algo preocupado. Iba a su habitación y se miraba en el espejo. Se levantaba la nariz con la mano y como no veía ninguna cueva… ¡Vuelta a sacarse otro moco!

Una noche, un monstruo se coló por la ventana de su habitación. Despertó a Troco y le contó que estaba buscando a su hijo: el monstruo del moco. Sabía que estaba en su barriga y necesitaba que lo expulsara para poder volver a abrazarlo.

–¿Que tengo una monstruo en mi tripa? –dijo Troco, abrumado.

–Sí. A los niños que se comen los mocos les crece una bola de moco en su barriga. Cada vez que se comen un moco, alimentan a la bola hasta transformarla en el monstruo del moco. Tú eres el niño que más mocos se ha comido del mundo, y por eso, el monstruo del moco está dentro de ti.

–¡Hala! Yo no quería… –contestó Troco, sollozando.

–No te preocupes. Esto tiene solución. Si durante tres días estás sin comerte un moco, el monstruo sentirá tanta hambre que saldrá de ti y volverá a su hogar. Yo te ayudaré a conseguirlo.

Como Troco parecía estar de acuerdo, el monstruo ató las manos de Troco con una cuerda y se despidió de él.

Al día siguiente, cuando los papás de Troco le vieron con la cuerda, estuvieron a punto de quitársela. Pero como no se comía los mocos, le dejaron pasar el día entero con ella.

Por la noche, volvió el monstruo. Mientras Troco dormía le retiró la cuerda y le colocó unos guantes muy gordos que arañaban tanto o más que las lijas. Se marchó y a la mañana siguiente…

–¡Ayyyyyyyyyy! ¡Ayyyyyyy! –gritó Troco.

El hermano de Troco fue corriendo a ver qué pasaba. Troco tenía la nariz ensangrentada. Se había metido el dedo para sacarse un moco y se arañó tanto que no se atrevió a hurgar más. Sus papás, asustados, le ayudaron a limpiarse y como veían que no se comía ningún moco, le dejaron con los guantes gordos de lija durante todo el día.

Por la noche, regresó el monstruo. Mientras Troco dormía le retiró los guantes y le untó un ungüento de “caca de lombriz” por todas las manos. Especialmente por el dedo peligroso. Se marchó y a la mañana siguiente…

–¡Puaj! ¡Qué asco! –gritó Troco.

Troco se había sacado un moco y se lo había metido en la boca, pero al sentir el asqueroso sabor a “caca de lombriz” lo escupió. Durante todo el día no se comió ningún moco y sus papás estaban encantados.

Llegó la última noche y el monstruo regresó de nuevo a ver a Troco. Le despertó y le dijo:

–Has conseguido no comerte los mocos. Ahora mi hijo estará muerto de hambre y deseoso de salir. Por lo bien que lo has hecho, te rociaré con magia de monstruo y cada vez que tu dedo quiera meterse en la nariz, tu mano se iluminará y te recordará que comerse los mocos está muy feo.

–Gracias –contestó Troco. –Y ahora, ¿cómo saldrá el monstruo del moco?

–Es muy fácil. ¡Solo tienes que ir al baño y hacer caca! Entonces, mi hijo volverá conmigo y tú quedarás liberado de él.

Sin casi pensarlo Troco corrió al váter. Entre los nervios que sentía y todo lo que había cenado esa noche, era el momento perfecto para decir adiós a aquel monstruito. Apretó y apretó y el monstruo de moco se escapó.

–¡Papi! –gritó el monstruito. –¡Qué hambre tengo!

–Hijo, no te vuelvas a escapar. En casa tenemos los mocos Ibéricos más sabrosos del mundo. Dile adiós a Troco que te ha cuidado muy bien.

–Gracias por cuidarme, Troco. Y… ¡hasta nunca!

–Adiós, monstruito -contestó Troco muy orgulloso.

Troco no volvió a comerse los mocos nunca más. Y además, sabía que en algún lugar, tenía un amigo que iluminaba su mano cada vez que estaba tentado a hacerlo. Pero, ¡shsssssssssssss! Esto es un secreto que solo tú y Troco conocéis.

¡Hasta la próxima!

 

 

 

 

UNA SONRISA MÁGICA

Érase una vez un oso llamado Risitas. Vivía en un bosque lleno de colores. Risitas tenía el pelo blanco, a diferencia de sus hermanos que eran osos pardos. Esto a veces le traía algún que otro quebradero de cabeza.

–No serás un oso polar, ¿verdad? –le decían algunos.

Pero él sabía que no vivía en un lugar frío y, además, tenía los mismos ojos rasgados que su mamá y las mismas manchas grises en las orejas que su papá. Así que no hacía mucho caso a estos comentarios.

Risitas, además, tenía algo especial: su sonrisa era tan contagiosa que los que estaban a su lado siempre terminaban riendo.

¡Eres la alegría del bosque! –le decía su mamá.

Al principio, esto le enorgullecía. Se sentía feliz viendo reír a los otros animales. Pero según fue creciendo, su sonrisa se empezó a transformar en un incordio.

–Hoy me lo he pasado genial con mi amigo ratón –les decía a sus hermanos.

Pero estos, según le miraban, se empezaban a reír y le interrumpían.

–Papá, hoy me he caído al suelo jugando al Torito en alto.

Pero antes de que hubiese terminado la frase, su papá se estaba riendo. Risitas empezó a sentir que no le tomaban en serio. Todas las noches se miraba al espejo. Veía su sonrisa y deseaba cambiarla por una mueca de enfado. ¡Pero no podía!

–¿Cómo es posible que sienta rabia y mi boca sonría? –pensaba.

Un día Risitas decidió jugar solo. Pasó por allí un león cachorro y le preguntó:

–¿Puedo jugar contigo?

–No –contestó mirando al suelo –Arañarás mi pelota con tus garras y la romperás.

Al poco rato pasó una ardilla y le preguntó:

–¿Puedo jugar contigo?

–No –contestó mirando al suelo –Llenarás la pelota de tus pelos y la ensuciarás.

Y así fueron pasando los cachorros uno a uno. Pero ninguno jugó con Risitas.

Aquella noche, antes de irse a dormir, volvió a mirarse al espejo. Hizo grandes esfuerzos por acabar con su sonrisa. Además, ese día se sentía especialmente triste. Se había aburrido mucho estando solo. Se había sentido fatal no dejando jugar a sus amigos con su pelota, y para colmo, su sonrisa seguía en su cara cuando en realidad, tenía ganas de llorar.

–Llora, llora, llora –se decía delante del espejo.

Pero no hizo efecto. Entonces, decidió decirlo más fuerte:

–¡Llora! ¡Llora! ¡Lloraaaaaaaaaaaaaaa!

En ese momento, el espejo se resquebrajó. Risitas se asustó tanto que salió corriendo buscando a sus padres. Y estos, según le vieron… Se echaron a reír. Volvió a su habitación con las orejas gachas y se plantó delante del espejo roto. Se quedó en silencio, tratando de ver qué había pasado, y de pronto se escuchó una voz:

–Risitas, soy el espejo de Blancanieves.

–¿Blanca qué? –dijo Risitas, pasmado al ver que el espejo le hablaba.

–Blancanieves. Una princesa que sufrió mucho porque su madrastra no le quería.

–¡Ah! –dijo Risitas como si aquello no le interesase.

El espejo continuó hablando:

–Yo no miento. Y por decirle a la madrastra que Blancanieves era la más bella del reino, ordenó matarla.

–Ya.

–¿Ya? –preguntó el espejo sorprendido al ver que a Risitas le daba igual. Pero el espejo siguió a lo suyo:

–Yo no miento.

Risitas se acercó al espejo y lanzó el gruñido más fuerte que jamás había hecho.

–¡Grrrrrrrrr! ¡Eso ya me lo has dicho!

Risitas cada vez estaba más enfadado, su sonrisa no desaparecía y para colmo le estaba hablando un espejo roto que solo decía: “Yo no miento”. ¿Podría haber algo peor? Así que Risitas cogió su pelota, la lanzó contra el espejo y éste se rompió en mil añicos.

–¡Así no dirás más nada! –exclamó cerrando los puños.

Risitas estaba cada vez más rosa. (Y es que los osos blancos cuando se enfadan también se ponen rojos; pero en el caso de Risitas, sus colores se mezclaban y en vez de rojo, se volvía rosa). Decidió dormirse sintiendo que por fin se había deshecho del espejo. A la mañana siguiente una voz le despertó:

–Yo no miento.

¡NOOOOOOO! ¡Otra vez el dichoso espejo! Risitas cogió de nuevo su pelota y justo antes de lanzarla sintió un fuerte viento que, en vez de empujarlo, lo absorbió dentro del espejo. De pronto se vio sumergido en un lugar muy raro. Allí, todos los animales sonreían.

Buscó y rebuscó y lo único que vio, además de animales sonrientes, fue… ¡el espejo!

Respiró hondo tratando de calmar su corazón, que iba aceleradísimo, se miró con la certeza de que su boca dibujase una mueca de enfado y lo que descubrió no le gustó nada. No solo seguía con su sonrisa, sino que además le habían desaparecido sus patas.

–¡Espejooo! ¿Puedes explicarme esto? –dijo.

Pero el espejo no contestaba. Risitas lo único que pudo obtener como respuesta era su propio reflejo en el que le faltaban las patas. De repente sintió cómo una mano le agarraba de la cabeza, le taladraba un agujero en su oreja derecha y le colocaba en una percha.

–¡Auch! –protestó Risitas. Pero nadie le oyó. Desde el perchero podían verse a un montón de humanos mirando a los animalitos sonrientes. Una mujer con voz muy dulce le sacó de su asombro:

–¿Podría enseñarme ese oso blanco, por favor?

La misma mano que había colgado del perchero a Risitas, volvió a agarrarle poniéndole sobre una mesa. La señora de voz dulce lo acarició y se detuvo en el extraño cuerpo que se le había quedado tras perder las patas. Dijo:

–¡Qué suave es! Me lo llevo.

–¿Que me lleva con ella? –dijo musitando –¿Y por qué tiene esa tripa tan gorda? ¡Es más grande que la montaña del oso hormiguero del bosque! ¿No será que un cachorro humano está ahí dentro? –pensó bastante asustado.

La señora que le había perforado la oreja dijo:

–Son 8 euros.

Justo en ese instante Risitas cayó en la cuenta de que se había convertido en un peluche para el bebé que iba a nacer. Pero… ¿Y sus amigos? ¿Y su familia? La mujer metió a Risitas en una bolsa. Cuando esta llegó a su casa, dijo:

–¡Mira lo que he comprado! A María le encantará.

–¿A María? –se preguntó Risitas. –¿Será el cachorro humano que va a nacer?

Lo confirmó cuando la mujer le sacó de la bolsa y le depositó sobre una cunita. En ese momento el agotamiento le devoró y cayó dormido. Al despertarse solo se escuchaba silencio. Se incorporó y reptó para asomarse por los barrotes de la cuna. Cayó de bruces al suelo y al levantar la cabeza…

–Yo no miento.

–¿Tú otra vez, señor espejo? –dijo Risitas, indignado. –Contigo quería hablar. ¡Devuélveme al bosque!

El espejo, con una voz muy, muy suave, y con suma calma le contestó:

–Deja que el bebé te enseñe lo que quieres aprender y volverás al bosque. Recuerda que yo no miento.

–¡Y dale con el “yo no miento”! Pero, ¿qué me va a enseñar un… bebé? (En ese momento Risitas se dio cuenta de que a los cachorros humanos les llamaban “bebés”).

Risitas comenzó a volverse rosa de nuevo. Entonces se escuchó la puerta y el llanto de un bebé.

–¿María? –pensó Risitas.

Pues sí. Era María. Cuando entró en la habitación estaba más dormida que un cesto. Su madre recogió a Risitas del suelo y se lo colocó junto a la carita de María.

–¡Qué olor tan agradable! –pensó Risitas. Pero no podía centrarse en ese aroma relajante. Tenía que descubrir lo que el espejo le había dicho. En ese momento, María se despertó. Risitas, que estaba pegado a su nariz, se asustó al ver esos ojos tan negros. Casi enloquece al presenciar el puchero que estaba haciendo con su boca, que de golpe se abrió, y soltó un alarido jamás escuchado.

–¡Buah, buah, buah!

–Pero… ¿qué te pasa? Si hace un segundo dormías feliz.

Según decía esto Risitas, un rugido bramó en su estómago. Entonces, la mamá entró, cogió en brazos a María y le dio de comer. Con la mamá entró otra niña algo más mayor. Al ver a Risitas en la cuna le agarró y se puso a bailar con él cantando:

–¡Tiene “hambe”, tiene “hambe”!

–Lucía, mi amor, ¿me ayudas luego a cambiar el pañal a María? –dijo la mamá.

Lucía soltó de golpe a Risitas dejándolo espatarrado en el suelo. María de pronto se había dormido, Risitas dejó de sentir hambre y esto le resultó… un tanto curioso.

–El pañal tendrá que esperar, Lucía. Pero luego lo intentamos de nuevo. ¿Te parece?

–¡Vale! -dijo Lucía dando un saltito.

Lucía se marchó. La mamá dejó de nuevo en su cuna a María, recogió del suelo a Risitas y le puso junto a su carita.  Risitas estaba a punto de quedarse dormido cuando…

–¡Buah, buah, buah!

–¿Y ahora por qué lloras? Si estabas profundamente dormida –dijo Risitas.

En ese momento, un dolor intenso apareció en el estómago de Risitas. Una especie de terremoto le sacudía por dentro. Abrió la boca y sonó: “Burp”. Lucía y su mamá volvieron a entrar en la habitación y según la mamá cogió en brazos a María, ésta soltó un eructo que parecía mentira que sonase tan fuerte en un cuerpecito tan pequeño. María se relajó y de nuevo se durmió. Risitas, entonces, dejó de sentir el terremoto dentro de su estómago y esto le resultó… un tanto curioso.

–Aquí te dejo con Risitas –dijo la mamá con voz suave mientras acariciaba el rostro de la pequeña. Pero antes de que se fuesen, Lucía volvió a agarrar a Risitas y bailó cantando:

–Burp, burp. Burp, burp. A “Maía” le dolía la “tipita”.

–Lucía, cariño, vamos a por el pañal por si luego lo necesitamos –dijo su mamá.

Y de nuevo, soltó a Risitas. Esta vez, le lanzó contra la cuna, con tal mala suerte que cayó de golpe sobre la cara de María y…

–¡Buah, buah, buah!

A Risitas se le puso, de repente, un tremendo dolor en la cara (y también se enfadó un poco). La madre, al ver que María tenía a Risitas encima de la cara, se agachó hasta ponerse a la altura de Lucía y le dijo:

–Cariño, la próxima vez, dejas a Risitas cerquita de la cara de tu hermana. Si se la pones encima se puede hacer daño porque es muy pequeñita.

La mamá dio un beso a Lucía, cogió a María y la meció hasta que se durmió de nuevo. A Risitas, entonces, dejó de dolerle la cara y esto le resultó… un tanto curioso. Lucía, antes de marcharse, cogió a Risitas y bailó con él cantando:

– “Tene pupa”, “tene pupa”.

–Vamos a dejarle dormir con Risitas, Lucía. Ya cuando se despierte juegas tú con él –le explicó su mamá.

Y esta vez, Lucía dejó con “muuuuuuuucho” cuidado a Risitas.

–¡Por fin, tranquilidad! –dijo Risitas.

Pero por poco tiempo, ya que a Risitas le vino un apretón. Tenía ganas de hacer caca y no sabía dónde podría hacer. Justo en ese momento:

–¡Buah, buah, buah!

Un olor, no demasiado desagradable pero tampoco delicioso, embriagó la habitación. La mamá vino a buscar a María y según entró respiro el tufillo y dijo:

–Lucía, María tiene caca. ¡Vamos a cambiarle el pañal!

Lucía comenzó a saltar como loca por la habitación. Movía los brazos arriba y abajo y decía:

–¡Bien, bien, bien! ¡Voy a cambiar el pañal a “Maía”!

Ayudó fenomenal a su mamá a cambiarle el pañal. Cuando acabó cogió a Risitas y se puso a bailar con él cantando:

– “Tene caca”, “tene caca”.

Cuando ya estaba limpita, María volvió a dormirse y Risitas, entonces, dejó de tener ganas de hacer caca. Y esto le resultó… un tanto curioso. Lucía ya no se olvidaba de lo importante que era dejar a Risitas con cuidado y así lo hizo.

–¡Vaya ajetreo hay en esta casa! –pensó Risitas –¿Y por qué será que cuando María llora noto lo que le pasa? ¡Y luego la tal Lucía me lo recuerda! –se dijo a sí mismo. –Y es curioso cómo cuando ella se duerme, yo dejo de sentir hambre, dolor, ganas de hacer caca…

De pronto, alguien interrumpió sus pensamientos:

–María te está enseñando lo que quieres aprender.

Risitas, según escuchó la voz del espejo, empezó a ponerse de nuevo rosa, se frotó las manos y dijo:

–¿Tú otra vez?

–Yo no miento –contestó el espejo un poco a la defensiva.

–Si es que…

La mamá de María entró en la habitación interrumpiendo la conversación. Cogió muy despacito a María y se la llevó. Risitas vio, a través de los barrotes, cómo la metía en el carrito y se iban a la calle. Aprovechó ese momento para cantarle las cuarenta al espejo. Se acercó a él y le dijo:

–¡A ver! ¡Entonces explícame qué estoy aprendiendo!

Pero esta vez el espejo no respondió. Risitas se quedó frente a él esperando alguna palabra. Se miró y remiró. Y solo veía un oso blanco (bueno, casi rosa), con una sonrisa y sin patas. También sintió que quería volver con su familia. Y también se dio cuenta de que con María se sentía a gusto. Respiró y con mucha calma dijo:

–Espejito, espejito mágico…

Según pronunció estas palabras, el espejo se iluminó. Risitas se incorporó, acercó su hocico al espejo y se miró con mucha atención. Algo sorprendente estaba pasando. Su sonrisa se estaba transformando en una mueca de preocupación.

–Echas de menos a tus padres y hermanos, ¿verdad? –dijo el espejo.

–Sí, mucho. Quiero volver al bosque y abrazarlos.

Risitas, casi sin darse cuenta, sintió cómo una lágrima recorría su mejilla. Y sin ningún esfuerzo, su boca estaba muy triste. ¡No sonreía!

–Y supongo que estás enfadado conmigo por haberte traído hasta aquí, ¿verdad? –le preguntó el espejo.

Risitas se puso muy, muy rosa, apretó los puños, pegó un saltó y contestó:

–Sí. Mucho. Porque nadie me ha pedido permiso para estar aquí y ahora no sé qué tengo que hacer para volver. Y, además, tú no paras de decir: “no miento”, “no miento”, “no miento” –dijo Risitas cada vez más fuerte.

–Ya. Y es que yo no miento –le respondió.

–Grrrrrrrrrrrrrrrrrrr. ¡No puedo más! –gruñó.

Risitas se encaró al espejo y lo primero que vio fue su reflejo. Entonces se dio cuenta de cómo su boca no solo no sonreía, sino que además, mostraba enfado. Se asustó tanto al verse así, que su rostro de repente parecía un monstruo aterrador. No pudo evitar gritar:

–¡Ahhhhhhhhhhhh!

El espejo, riendo, le dijo:

–Eres tú, Risitas. María te ha enseñado a manifestar lo que sientes. Y eso es muy bueno. Tú sabes que yo no miento.

Risitas sintió calma al escuchar estas palabras y se dejó caer delante del espejo. Volvió a sonreír y desde dentro dijo:

–Gracias, espejito mágico. Por cierto, tengo hambre.

En ese momento, se escuchó la puerta y el llanto de María.

–No te preocupes –le dijo el espejo. –Ahora María comerá y a ti se te pasará.

Y así fue. María comió, se durmió y a Risitas se le pasó el hambre. La mamá acostó al bebé junto a Risitas y ambos se durmieron. Fueron pasando los días y Risitas cada vez se sentía mejor. Aprovechaba los ratos que María se iba de paseo para descubrir cuáles eran sus sentimientos y cada vez los expresaba mejor.

Un día el espejito le dijo:

–Risitas, creo que has aprendido mucho. Ahora tienes que volver con tu familia y demostrarles a todos que sigues siendo la alegría del bosque, pero que tú también tienes derecho a enfadarte o a estar triste.

–¿Y María? La quiero mucho y no quiero separarme de ella –dijo Risitas.

–Te dejaré este pequeño espejo. El de Bella y Bestia.

–¿Más príncipes? –preguntó Risitas.

–Sí. Este espejo te mostrará lo que hace María a cada momento. Tú podrás volver cada vez que tenga que dormir para que no te eche de menos. Y, además, ya te sabes las palabras mágicas.

–Sí –dijo Risitas con orgullo –“Espejito, espejito mágico” …

En ese momento, el espejo le absorbió de nuevo. Esta vez apareció en su casa. Su familia le abrazó. Le había echado mucho de menos. Risitas lloró de emoción y todos quedaron muy sorprendidos al ver sus lágrimas.

–Pero, ¿dónde te habías metido? –le dijo su hermano pequeño.

–Algún día te lo contaré –dijo Risitas agarrando con mucha fuerza el espejito pequeño.

Allí Risitas continúo brindando alegría a todo aquel que se le acercaba. Pero si algún día se sentía mal, también era capaz de hacerlo ver. Cuando María iba a dormir, Risitas solo tenía que decir: “Espejito, espejito mágico” … Entonces, un viento le absorbía y le empujaba hasta la cuna de María.

A los pocos años, Risitas ya era tan mayor que tuvo que decidir a qué dedicarse. No lo dudó. Sería el peluche favorito de María. Viviría con ella para siempre. Y me preguntaréis: ¿Y su familia?

Os contesto. Tan solo tendría que decir: “Espejito, espejito mágico…”

Y al bosque regresaría para hacer una visitilla,

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